Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 37. Rose
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37. Rose

ROSE

Rose tanteó a oscuras el interruptor para encender los tubos fluorescentes del techo, pero se detuvo en seco al advertir un delgado rayo de luz que se escapaba por debajo de la puerta del antiguo despacho de Carl.

Masculló una retahíla de maldiciones. Se había despertado a las cinco y media sin comerlo ni beberlo, empapada en sudor, con todo el cuerpo dolorido y las tripas pidiéndole azúcar y grasa a gritos, y su único consuelo era poder trabajar tranquila un par de horas.

A solas, por supuesto. Había comprado dos caracolas de canela con chocolate —las dos para ella—, y ahora ni siquiera podría concentrarse si esa… esa…

Apretó los puños. Era bien sabido que Rose tenía un repertorio de tacos, insultos y maldiciones descomunal, pero en ese momento apenas lograba encontrar un término para referirse a aquella mujer de nombre falso y ojos falsos que le habían encasquetado al Departamento Q.

Abrió la puerta de golpe y entró como una tromba en el despacho de Helena, dispuesta a cantarle las cuarenta, pero la estancia estaba vacía, solo la lámpara del escritorio seguía encendida. Rose sintió cómo toda la tensión acumulada se desinflaba de golpe, como un globo pinchado.

Qué cosa tan extraña. Aquella primera semana con Helena se había llevado la clara impresión de que la nueva incorporación al departamento era una persona de lo más pulcra y ordenada, de esas que apagan la luz al salir, bajan la tapa del váter, llevan las tazas vacías al comedor de la empresa, guardan los bolígrafos en el cajón y cuelgan la chaqueta en su sitio.

Una meticulosidad extrema, también en sus tareas de investigación, que llegaba a resultar irritante.

La espía perfecta, dicho sea de paso: diseñada para no atraer la atención.

Pero si Helena no había dejado la luz encendida, ¿quién había sido?

Carl ya no tenía tarjeta de acceso a Jefatura, Terje rara vez se presentaba en el Departamento Q sin cita previa y Assad se había ido directo a casa después del interrogatorio en la clínica.

Quizá los de la limpieza, que a veces eran algo descuidados con las luces, pensó Rose, y rodeó el escritorio para echar un vistazo a la papelera.

Pero todo estaba exactamente igual que el día anterior, cuando encontró la lente de contacto.

Entonces, no podía haber sido nadie más que Helena.

De pronto, le vino a la cabeza la atención con la que la francesa se había fijado en su archivo. Si había pasado la noche allí sola, con acceso a los despachos de Assad y Rose, sin duda habría aprovechado para husmear a sus anchas.

Se sentó frente al ordenador de Helena con una mezcla de enfado e intranquilidad corroyéndola por dentro.

El día anterior la había mirado por encima del hombro mientras tecleaba su contraseña: «Danemark23 » .

¡Qué contraseña más chapucera para una policía secreta!

Para eso podía haber puesto «Iloveyou» o «password».

Tecleó «Danemark23», pero esta vez no funcionó.

Se mordió el labio. Helena había cambiado la contraseña, y aquello solo podía significar una cosa: la francesa no se fiaba de ella.

Se sintió insultada. Apagó el ordenador y la lámpara y regresó a su despacho con paso firme.

¡Si con esas estaban, se lo iba a pagar con la misma moneda, joder!

Encendió todas las luces de su despacho y se llevó una ligera decepción al descubrir que todo parecía intacto.

Todo, excepto la impresora. Tenía dentro un papel que, con toda seguridad, no estaba allí la noche anterior.

Lo recogió. Era un informe de polcam, donde aparecían registradas todas las cámaras de vigilancia de Dinamarca, tanto de particulares como de empresas e instituciones públicas.

Una herramienta de investigación a la que la policía recurría con frecuencia.

En la parte superior del informe se podía leer «Frederikssundsvej 175-205, 2700 Brønshøj», seguido de una larga lista de personas que vivían o tenían negocios en ese tramo de la avenida, junto con la descripción de la ubicación exacta de cada cámara.

Rose tuvo que hacer un esfuerzo para reprimir una sonrisa mientras iniciaba sesión y accedía al sistema electrónico de la impresora.

Para imprimir documentos en Jefatura, había que escanear la tarjeta de empleado directamente en la máquina, y la última impresión en ese equipo correspondía a la persona con el código de identificación wrx-25634.

El directorio interno acabó de confirmar sus sospechas: wrx-25634 era el de Helena Henry.

Pero ¿por qué le interesaban tanto las cámaras de vigilancia de Brønshøj, hasta el punto de presentarse en la oficina en mitad de la noche?

Ni el caso de Ole Horsten ni el de la panadería de Østerbro tenían ningún vínculo con Brønshøj, lo que quería decir que la madame había iniciado una pequeña investigación privada por su cuenta.

De repente, le entró un hambre voraz. Agarró la bolsa con las caracolas de canela y devoró la mitad de una casi sin darse cuenta.

¿Se habría enterado Terje Ploug de que la niña de sus ojos iba por libre, quebrantando todas las reglas no escritas del buen compañerismo?

Quizá se había embarcado en una venganza personal o estaba envuelta en un escándalo de sobornos, pero también podía ser que solo estuviera cumpliendo órdenes.

Rose recordó el inquietante número de ocasiones en las que el jefe de Homicidios le había facilitado información importante a Helena y no a ella.

¿Qué demonios se traían entre manos aquellos dos?

Se metió un segundo trozo de caracola en la boca, se limpió los dedos pegajosos en los pantalones y llamó a Terje, que rechazó la llamada.

«Es urgente. ¿Dónde estás?», le escribió. ¡Que no se creyera que podía ignorarla ni aunque estuviera en la ducha, enjabonándose los cuatro mechones de pelo que le quedaban!

«Galería de tiro, Ejby 2», fue la escueta respuesta de Terje.

Rose agarró la chaqueta. Si Terje se había ido al Centro Nacional de Criminalística tan pronto por la mañana, los de Homicidios debían de estar ocupados con cuestiones importantes del caso de la dueña de la panadería asesinada.

Pero el tema de Helena no podía esperar.

Fuera corrupta, delincuente o espía de Terje, del director de la policía o de los rusos… algo allí olía a podrido.