Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 36. Helena
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36. Helena

HELENA

Nanna agarró su bastón plegable y se desabrochó el cinturón de seguridad, que se replegó con un chasquido.

—Voy a entrar —anunció, como quien dice que va a bajar a por leche.

—¿Ahí dentro? Non non … —Helena la sujetó del brazo—. ¿Estás loca de remate?

Se inclinó hacia delante y miró por el parabrisas.

Eran casi las seis de la tarde y la avenida Frederikssundsvej estaba ya envuelta en la penumbra.

La mayoría de las tiendas habían cerrado, pero en el número 185 aún brillaba una luz al fondo del local, tras las jaulas para pájaros y los acuarios del escaparate.

Sobre el cristal, en un rótulo de color verde, podía leerse «Bellis Pet Shop».

Una tienda de animales era, desde luego, lo último que esperaba ver allí.

Hacía tres meses, concretamente el viernes 21 de julio a las 21.

38, alguien le había enviado desde esa misma dirección de Brønshøj un mensaje que decía: «Aún te estamos vigilando».

No era la primera vez que recibía mensajes de ese tipo en su cuenta de correo profesional francesa; de hecho, ocurría con regularidad desde hacía diez u once años.

Los mensajes estaban en francés, pero redactados de manera tan torpe que parecían escritos con un traductor automático o por un hablante no nativo.

Las amenazas procedían siempre de direcciones de correo nuevas y anónimas, con toda seguridad creadas ex profeso , pero la última era distinta.

Por primera vez, Helena había podido rastrear la dirección ip y descubrir de dónde venía el mensaje.

La señal apuntaba precisamente a este inmueble en las afueras de Copenhague: la persona o personas que le habían arruinado la vida se encontraban en Dinamarca, y el router asociado a esa ip tenía que estar dentro de aquel edificio de ladrillo de tres plantas situado en la avenida más transitada del barrio.

Según el Registro de la Propiedad, pertenecía a una mujer mayor de Korsør que alquilaba los cinco pequeños apartamentos.

Era barato —le había contado por teléfono uno de los inquilinos aquel verano—, aunque la puerta principal y el interfono se caían a pedazos, y la dueña había instalado un solo router que la tienda de la planta baja y los cuatro inquilinos del primero y el segundo se veían obligados a compartir.

En el inmueble vivían sobre todo personas mayores, sin las ansias de venganza ni la predisposición a la violencia necesarias para acosar durante años a una agente de policía francesa, lo que dejaba únicamente al local comercial de la planta baja como posible origen del mensaje; aunque, según los registros públicos, allí tendría que haber un bar de cachimbas y no una tienda de animales.

—Helena, por mucho que hayas cambiado de corte de pelo y de color de ojos, si esta gente te ha estado siguiendo los pasos durante diez años, te reconocerán al instante. —Nanna abrió la puerta del coche y, con un gesto rápido, desplegó el bastón.

Helena se recostó contra el respaldo del asiento y la observó mientras avanzaba despacio por la acera, deslizando el bastón de un lado a otro y tanteando la fachada hasta que finalmente encontró la puerta de entrada y desapareció dentro de la tienda.

Helena miró la hora en el salpicadero: 17.

56. Si a las seis en punto Nanna no había salido, entraría a buscarla.

Bajó la visera parasol y se miró en el espejo unos segundos.

La herida de la mejilla le palpitaba bajo los puntos, y desde la explosión del jueves arrastraba unas ojeras de color azul morado, aunque no tenía muy claro si por falta de sueño o por el golpe en la cabeza.

17.58. Siguió con la mirada a dos adolescentes que caminaban con los ojos pegados al móvil.

¿Debería acercarse ya a la tienda? ¿O sería mejor esperar con el motor encendido, lista para arrancar en cuanto Nanna apareciera?

¿Y sería Nanna capaz de localizar el coche lo suficientemente rápido si tenían que salir de allí en cuestión de segundos?

17.59. Se desabrochó el cinturón de seguridad y se quitó la chaqueta. De pronto estaba sudando a mares.

¿En qué demonios estaba pensando? Nanna seguía creyendo que había venido al mundo para cuidar de Helena, pero en la situación actual los papeles debían invertirse: ella era la profesional, la que había cometido un error y tenía que enmendarlo.

La invadió esa vieja sensación de no ser capaz de proteger a la gente que quería… Era deshonroso. Humillante.

18.00. A las seis en punto, la luz del escaparate se apagó.

Paralizada, Helena contempló la fachada oscura.

Eso era el miedo: la sensación de que los órganos colapsaban y se desintegraban en el fondo de la cavidad abdominal.

Su mano derecha buscó por instinto en la cadera, pero no encontró nada.

Después de la visita a Blovstrød, había separado la munición del arma reglamentaria y lo había dejado todo en Jefatura, como prescribían las normas, pero ¿por qué demonios había elegido justo ese día para seguir el protocolo?

¡La palanca! Se estiró hacia el asiento trasero y las costillas protestaron cuando giró el torso, pero no hizo caso al dolor.

Detrás del asiento del pasajero había una palanca que llevaba allí varias semanas, desde que llevó al punto limpio la vieja estantería de Nanna.

Salió del coche, pero dejó la puerta abierta y la llave puesta.

Luego saltó a la acera y, pegada a la pared del edificio, fue avanzando hacia la tienda con la herramienta medio levantada.

Recorrió los últimos dos metros encorvada, agazapándose detrás de un carro jaula cargado de heno para animales, y echó una mirada furtiva por el cristal del escaparate.

Dentro estaba oscuro; tan solo había luz en lo que parecía un pequeño despacho que daba al patio trasero. En él se recortaba la silueta de un hombre de baja estatura moviéndose frente al foco, y entonces vio a Nanna. El hombre parecía estar agarrándola con fuerza del brazo.

Helena dio dos pasos, alejándose del cristal, y miró a derecha e izquierda.

En algún lugar debía de haber una puerta al patio, aunque no creía que le fuera a servir de mucho: los patios traseros de Copenhague estaban llenos de carritos de bebé y bicicletas de carga que costaban un dineral, así que casi siempre los cerraban con llave.

Si aquel hombre sacaba a Nanna por una puerta trasera, nunca…

La puerta de la tienda se abrió de golpe, y Helena se escondió de un salto detrás del carro jaula.

—Pues nada, perdona la molestia —oyó que Nanna decía animadamente antes de salir a la calle y cerrar la puerta de la tienda. Se quedó un instante en silencio, y entonces, como si pudiera percibir su presencia, dijo—: ¿Helena?

—Estoy aquí —Helena salió de su escondite, tomó a Nanna de la mano y ocultó la palanca tras la espalda—. Me estaba preocupando.

—Ya lo noto, ya. Pero no hace falta que vayas armada.

—Helena maldijo en silencio. El sexto sentido de Nanna, aquella extraña capacidad de percibir hasta el mínimo cambio en el comportamiento de Helena, se había ido agudizando a medida que se le deterioraba la vista.

No había forma humana de ocultarle nada—.

El encargado de la tienda fue de lo más amable.

Se llama Pedro y abrió el negocio el 2 de octubre —continuó Nanna.

—O sea, ¿hace dos semanas y media?

—Sí, bueno, en realidad lo tiene alquilado desde el 1 de septiembre. Como llevaba vacío tres o cuatro meses, consiguió negociar un buen precio con la propietaria.

Helena ayudó a Nanna a subir al coche y volvió a sentarse al volante.

—¿Y qué pasó con el bar de cachimbas?

—Se fue a pique o algo así. Según Pedro, la dueña solo viene a Copenhague si hay humedades o problemas con el pago. Y eso fue justo lo que pasó con el bar.

—¿No pagaban el alquiler?

—No, y tampoco respondían a los recordatorios de pago. Cuando la propietaria y su hijo, que es un cachas , vinieron hasta la ciudad a reclamar los atrasos, el pájaro ya había volado.

—¿Qué pájaro?

—¡Helena, es un decir! El pájaro ya había volado, el tren ya había partido… En fin, que los tipos de las cachimbas se habían pirado y se lo habían llevado todo menos la moqueta. Y la peste a tabaco, claro.

—¿Y todo esto te lo ha contado así, sin más?

Nanna sonrió con picardía.

—Le he hecho creer que mi marido había sido cliente habitual del bar hasta que me dejó por una manicurista de Vordingborg. A punto ha estado de regalarme un hámster como consolación.

Helena puso los ojos en blanco.

— Mon dieu…

Nanna dio una palmada.

—Te juro que es lo más emocionante que me ha pasado en meses.

—¿Y tu nuevo amigo también te ha contado quién usó el local en julio?

—Aquí viene lo misterioso. El local estuvo vacío desde mayo hasta que Pedro lo alquiló en septiembre.

Pensativa, Helena se apoyó sobre el reposacabezas.

—Pero no tiene sentido… El mensaje se envió desde esta dirección.

Nanna se encogió de hombros.

—Según Pedro, el router está en el portal y es de esos que tienen la contraseña escrita en la parte trasera, así que cualquiera con un smartphone y acceso al edificio podría haberlo enviado: carteros, asistentes a domicilio, limpiadores de escaleras, repartidores…

También me ha contado que vino una empresa a hacer la limpieza general de los locales, pero no sabe si fue precisamente en julio.

—Hizo una breve pausa antes de volver la cabeza hacia Helena—.

Siento decirlo, Helena, pero creo que te va a costar averiguar quién rondaba por aquí hace tres meses.

—Mmm… Espera. —Helena volvió a bajarse del coche y miró a su alrededor.

A dos números de la tienda de animales vio una inmobiliaria y, un poco más al norte, un podólogo, una tienda de especialidades chinas y un supermercado de descuentos.

En medio había una propiedad privada con un garaje que daba a la calle y, en la acera de enfrente, un taller de coches, uno de bicicletas y un local de shawarma .

El supermercado y los talleres debían de tener cámaras de vigilancia exteriores, y el local de shawarma parecía abrir hasta tarde los fines de semana, así que era muy probable que también las tuviera.

Helena había leído en una revista de la policía que cada vez más particulares instalaban cámaras.

Según la normativa danesa, las tiendas, los restaurantes y los edificios públicos debían borrar las grabaciones pasados treinta días, pero con un poco de suerte aún no lo habrían hecho.

Los particulares, en cambio, no tenían obligación de hacerlo.

Volvió a subirse al coche y miró el reloj: las 18.14.

—Tengo que pasar por Jefatura, ¿te parece bien? —le dijo a Nanna.

Nanna la miró entusiasmada.

—Solo si prometes llevarme contigo…