Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 35. Rose
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35. Rose

ROSE

Se sentó en el despacho, motivada por una energía que no había sentido en muchos días. Con un poco de suerte, descubriría que Helena había tejido toda una telaraña de mentiras y en cuestión de poco tiempo se iría a la calle por la puerta de atrás de la Jefatura de Policía.

Entonces decidió buscar «Helena Henry» en las Páginas Blancas danesas.

Nada. Al teclear el nombre en Google, apareció una serie de fotos de mujeres morenas, pero ninguna se parecía a la nueva integrante del Departamento Q, ni en aspecto ni en edad.

En Facebook había más de treinta perfiles con ese nombre, y Rose comenzó a revisarlos de forma sistemática, incluso aquellos con domicilio en Canadá, África o el Reino Unido, pero tampoco coincidían.

Probó en LinkedIn, donde había una veintena de perfiles de Helena Henry, pero solo le llamó la atención el de una mujer que había estudiado Derecho en una universidad del sur de Francia.

La edad coincidía. La imagen de perfil solo mostraba un boceto lateral, pero el interés de Rose se esfumó en cuanto encontró en el archivo fotográfico de la universidad una imagen de ella recién graduada: pelirroja, con las cejas claras y finamente depiladas. No podía ser la misma persona.

Tampoco PagesJaunes, el equivalente francés de las Páginas Amarillas , arrojó ningún resultado.

Al menos, no dentro de un radio razonable de Lyon.

Lo más parecido que encontró fue una Helena Henry en la plataforma profesional RocketReach.

Según la página, esa Helena vivía en Besançon y era directora de ventas de una farmacéutica, pero cuando Rose hizo clic en el enlace para investigar más a fondo, apareció la foto de una mujer rubia.

Rose exhaló un suspiro. Tendría que intentarlo por otro lado.

En la página web del periódico francés Le Monde había un recuadro de búsqueda que permitía buscar palabras clave en la hemeroteca, pero al cabo de media hora solo había encontrado menciones a personas que de ninguna manera podían ser «su» Helena, así que decidió tirar la toalla.

Se frotó los ojos y miró el reloj. Era muy frustrante.

Ni siquiera en la web de la Police Nationale aparecía nada.

¡La policía de Lyon! Se mordió el labio y tecleó «Lyon» en el buscador, combinado con los términos franceses para «sindicato» y «policía». Tras un buen rato haciendo clic, por fin apareció algo útil.

Un agente jubilado se había encargado cuatro años atrás de digitalizar todas las ediciones del boletín interno de la policía de Lyon.

Además, había añadido un recuadro de búsqueda para que policías tanto retirados como en activo —y ahora también Rose— pudieran hacer búsquedas específicas en los artículos del boletín.

El apellido Henry arrojó bastantes resultados, aunque ninguno en combinación con el nombre de Helena.

Sin embargo, cuando Rose probó solo con «Helena», encontró algo interesante: un artículo fechado en la primavera de 2006 sobre un equipo de tiro de la policía de Lyon que había ganado el Campeonato Nacional de Tiro policial.

El texto iba acompañado de la fotografía de tres agentes alineados, con el uniforme completo, la espalda recta y empuñando la pistola.

Según el pie de foto, la mujer del centro se llamaba Helena Tessier.

Rose imprimió la imagen, la dejó sobre el escritorio y la inspeccionó un buen rato con la lupa.

Aunque los rostros de los policías aparecían algo granulados, aquella mujer podía ser perfectamente Helena Henry.

Tenía los mismos rasgos: pómulos marcados, complexión delgada pero fuerte y pelo moreno, aunque en la imagen lo llevaba tirante, recogido en una coleta, así que el peinado a lo paje y el flequillo debían de ser posteriores.

Suponiendo que los dos hombres de la imagen midieran alrededor de un metro ochenta, aquella Helena Tessier de la foto era de la misma estatura que Helena Henry.

¿Y los ojos? Rose parpadeó, cansada. En aquella foto antigua era imposible distinguir si eran verdes, marrones o azules.

Aquel campeonato se había disputado diecisiete años atrás, cuando Helena tenía…

¿veintisiete, veintiocho años? Quizá se hubiera cambiado después el apellido, al casarse o divorciarse.

Rose volvió al ordenador para seguir buscando a «Helena Tessier» en Google, pero no había prácticamente nada; desde luego, nada relacionado con una policía morena y campeona de tiro.

Lo poco que encontró era de hacía más de diez años: su tiempo en una carrera de campo a través en las afueras de Lyon y una valoración sobre una ferretería que ya había cerrado.

Se rascó el cuero cabelludo con el bolígrafo.

Aquello era demasiado extraño. Tenía un nombre, una ciudad y un lugar de trabajo.

Normalmente, con esos datos se podía tirar del hilo y dar con un montón de información: dirección, número de teléfono, redes sociales, incluso datos sobre préstamos inmobiliarios.

Pero lo más reciente que logró encontrar sobre Helena Tessier fue un breve artículo de 2011 en el periódico local Le Progrès .

En él se decía que a una tal Helena Tessier de la policía de Lyon le iban a conceder un premio honorífico y una recompensa económica cuantiosa, donada por un benefactor anónimo, por su «valentía excepcional» en un operativo policial del que no se ofrecían más detalles.

Para sorpresa de Rose, y seguramente también del benefactor, Helena había rechazado las dos cosas.

En el periódico no se explicaba por qué había renunciado tanto a la distinción como a los cincuenta mil euros.

Después de aquella mención en la prensa, era como si Helena Tessier hubiera dejado de existir.