Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 34. Rose
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34. Rose

ROSE

Ni siquiera era capaz de oír sus propios pensamientos; la música retumbaba con tal potencia desde los altavoces que hacía vibrar hasta las mesas.

Rose pidió un frappé de caramelo con triple carga, extra de nata y salsa de chocolate al joven que bailoteaba jovial detrás de la barra.

Necesitaba algo que la espabilara, porque el médico no había sabido darle ni una sola explicación a sus molestias de la última semana.

En la clínica junto a la estación de Stenløse atendían sin cita previa entre las dos y las cuatro de la tarde, y mucha gente lo aprovechaba. La había recibido una enfermera mayor muy profesional; le sacó sangre y le tomó la tensión. Luego llegó el médico y la auscultó.

—¿Es grave? —preguntó Rose.

—Bueno…, de entrada, parece que los pulmones y el corazón están bien.

Tienes la tensión un poco alta, pero con esos síntomas tan difusos podría ser desde un virus persistente hasta diabetes.

Los análisis nos lo confirmarán; ahora toca tener paciencia.

—El médico se recolocó las gafas y la miró con una sonrisa comprensiva—.

Rose, ya no tienes veinte años; la menopausia se acerca.

¿Duermes bien? ¿Haces ejercicio? A las mujeres de mediana edad les recomiendo hacer entrenamiento de fuerza con regularidad.

Intenta evitar el azúcar y toma suficientes proteínas, ¿sí?

Y el estrés… hay que mantenerlo a raya a toda costa.

Rose casi echaba espuma por la boca de lo furiosa que estaba. ¡Pero si no era vieja, joder, tenía cuarenta y tres años! ¿Qué demonios estaba diciendo aquel hombre?

—Voy a spinning tres veces por semana y duermo ocho horas —había mentido.

A decir verdad, no parecía que el médico se lo hubiera creído, y además le había recomendado comer más fruta y verdura, pero bueno, eso podía esperar a mañana.

Miró al joven detrás de la barra que, con la batidora entre ambas manos, hacía unos movimientos rítmicos que pretendían ser un baile, pero que a Rose le parecían más bien otra cosa.

¡Con un aparato de cocina! Joder, si esto era hoy en día el epítome de la juventud y la vitalidad, quizá no fuera tan malo ser una mujer madura.

Cuando regresó a Jefatura eran casi las cinco, y el despacho de Assad ya estaba vacío; por lo visto tenía mucho lío en casa últimamente.

Helena también parecía haberse ido; en todo caso, su despacho estaba desierto.

A Rose le venía bien. Con lo mal que se estaba portando su cuerpo, prefería estar sola.

No por Assad, que era la dulzura en persona, sino por la repentina irrupción de la francesa, que había trastocado por completo la dinámica del sótano.

No había pasado ni una semana y la pequeña discípula de Terje ya había puesto a Assad en peligro de muerte.

Por no hablar de todo ese silencio y secretismo que había traído al Departamento Q…

No había dicho ni una palabra sobre su vida privada, su pasado o su familia.

Lo único que sabían era que su madre había fallecido hacía muchos años y su padre, recientemente.

Al parecer, no tenía pareja ni hijos, pero una mujer en la cuarentena debía de haber tenido algún tipo de vida en Francia: casa, trabajo, amigos, hermanos, exnovios, costumbres, rutinas… ¿Qué la había llevado a dejarlo todo?

No podía quitarse de la cabeza que Helena estaba huyendo de algo.

Quizá su única salida hubiera sido venirse a Dinamarca.

Tal vez había cometido un error fatal en su trabajo en la policía, un error de los gordos, como el que casi mató a Assad la semana anterior, quién sabe…

Rose se frotó la barbilla. Puede que una imprudencia le hubiera costado la vida a un compañero, y desde entonces Helena fuera persona non grata en el cuerpo de policía de Lyon.

Pero ¿por qué la había contratado Terje? Esa mujer había llegado con una arrogancia y una actitud de sabelotodo insoportables, ¡y eso que ni siquiera quería estar allí!

Rose se acercó a la papelera de Helena para tirar el vaso de café pringoso, pero algo pequeño y brillante entre la basura la hizo detenerse.

Se agachó con una sensación extraña, como si el objeto la estuviera vigilando.

Levantó un trozo de papel, lo acercó a la luz de la lámpara del escritorio y vio que lo que llevaba pegado era una lente de contacto usada.

Y no una lente cualquiera: una lente de color, con el iris verde.

«¡Lo sabía!», murmuró para sí. Aquellos ojos color esmeralda de Helena Henry no eran un regalo de la naturaleza.

Dobló con cuidado el trozo de papel. Era hora de investigar a fondo los antecedentes de su nueva compañera.