Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 33. Assad
45%

33. Assad

ASSAD

Assad observó a la paciente que acababa de despedirse de Kaare Berg. Había salido de la consulta con una sonrisa de oreja a oreja y, en ese momento, avanzaba hacia la recepción balanceando con brío sus caderas generosas, como una condenada a muerte a quien han concedido una segunda oportunidad.

—¿De qué se va a operar esa simpática mujer? —preguntó Assad para romper el hielo, una vez que Helena y él se hubieron presentado.

—¿Quién? —Kaare Berg parecía desorientado; en general, daba la impresión de que no tenía muy claro quiénes eran estas dos personas con marcado acento y apósitos en la cara.

—La señora que acaba de salir —aclaró Assad, señalando a la paciente, que ahora recogía con solemnidad dos cajitas blancas en el mostrador de la recepción. La mujer rio cuando la enfermera le estrechó la mano, revelando un rostro muy atractivo tras el doble mentón y la mirada desconfiada.

—¿Esa de allí? No se va a operar —dijo el médico—, al menos por ahora.

A ver, por temas de confidencialidad no puedo comentar casos de pacientes concretos, pero creo que no les sorprenderá saber que no ha venido por un aumento de pecho.

—Kaare Berg esbozó una sonrisa pícara que se desvaneció en cuanto advirtió la mirada severa de Helena, con las cejas tan fruncidas que casi se tocaban.

Prosiguió entonces en un tono que recordaba al de un médico de serie de televisión—: Participa en nuestro exitoso programa de adelgazamiento.

Primero examinamos a los pacientes de pies a cabeza y, si no hay contraindicaciones, los enviamos a casa con su pluma de inyección y sus agujas; a partir de ahí, ya se las arreglan por su cuenta.

—¿Y funciona? —preguntó Assad.

—Yo diría que sí. No es raro que los pacientes pierdan de un quince a un veinte por ciento de su peso corporal.

—Y me imagino que el noventa por ciento de sus ahorros… —Helena había tomado un folleto sobre el medicamento para adelgazar de la estantería de Kaare Berg.

—Bueno, la consulta y la medicación tienen su coste, claro, pero aquí no obligamos a nadie a someterse al tratamiento. La gente acude por voluntad propia; es un programa muy popular. —El médico se alisó la bata, se sentó tras el escritorio y miró a Assad—. Y bien…, ¿en qué puedo ayudarles?

—Ole Horsten.

—¿Qué? —Las cejas de Berg se arquearon un par de centímetros sobre la frente, por lo demás lisa y sin expresión—. Ole se suicidó hace cuatro años.

—Hemos recibido nueva información que sugiere que su muerte no fue del todo voluntaria. —Helena agitó el folleto hasta captar la atención de Assad. El documento parecía idéntico al trozo de papel de la caravana.

—¿Y eso qué quiere decir? —preguntó el médico, mirando a Helena y luego a Assad.

—Que a Ole Horsten lo asesinaron, casi con toda seguridad después de unos días de cautiverio, y que es probable que lo hiciera la misma persona que intentó acabar con la vida de su mujer —explicó Helena.

—¿Que lo asesinaron? —A Assad, la sorpresa de Berg le pareció sincera—. ¿Y quién lo mató?

—Vayamos por partes —intervino Assad—. Por lo que sabemos, a Horsten lo despidieron de su puesto en el Consejo de Administración de esta clínica cuatro o cinco meses antes de su muerte.

Berg sacudió la cabeza, como si aquello fuera a ayudarlo a organizar las ideas, y luego se incorporó en la silla.

—¡Esto es una locura! Tanto mi personal como yo quedamos consternados por el suicidio de Ole.

Yo me sentí culpable; al fin y al cabo, soy el propietario y fui yo quien apretó el gatillo.

—Suspiró profundamente—. Sé que está un poco fuera de lugar, pero en este momento siento un gran alivio; por fin puedo empezar a pasar página.

—Berg hizo un gesto con la mano como si cerrara un libro y esbozó una sonrisa que, en efecto, estaba fuera de lugar.

—¿Lo despidió a tiros? —preguntó Helena.

—¡No, no, nada que ver con pistolas, Helena! —se apresuró a aclarar Assad—. Es una metáfora.

—Sí, como propietario de la clínica, tengo derecho a despedir a quien me parezca.

—El médico parpadeó un par de veces mientras procesaba la absurda conversación que acababa de presenciar—.

A ver si me explico. Le teníamos mucho aprecio a Ole; lo conocía desde hacía décadas y nunca tuve nada que reprocharle sobre su trabajo en el Consejo de Administración.

Tenía buenos contactos. —Berg deslizó la mano por la boca para secarse las gotas de sudor del labio superior—.

Pero por aquella época, unos cuantos pacientes y familiares descontentos iniciaron una campaña de difamación contra nosotros.

Con la inestimable ayuda de la prensa, por supuesto.

Nunca se cansaban; seguían ahí, dale que te pego, aunque yo ya había despedido al médico responsable de la liposucción fallida y pagado compensaciones a otros dos o tres pacientes.

Pero para los críticos no fue suficiente.

Querían ver rodar cabezas, y al final tuve que entregarles la joya de la corona que, para su desgracia, resultó ser Ole.

—También podía haberse ido usted —propuso Helena.

Kaare Berg la miró como si le faltara una primavera.

—¡Pero yo soy el dueño! En ese caso, me hubiera visto obligado a cerrar el negocio, y tengo inversores que opinaban que eso era una pésima idea. Estaban de acuerdo con el despido y también con que teníamos que anunciarlo a los cuatro vientos, para acallar a los críticos.

—¿Y Horsten cómo se lo tomó? —preguntó Assad.

—Son las reglas del juego, y Ole las conocía muy bien. Al final, la mierda siempre cae sobre el que está en la cima. Pero sí, se sintió rechazado y humillado. Siempre le había dado mucha importancia a su buena reputación.

—¿Cuándo lo vio por última vez? —Assad miró de reojo a Helena, que ahora estaba de espaldas, examinando con detenimiento un póster con un dibujo del corte transversal de un seno.

—Madre mía, a ver… Todo esto ya me lo preguntó la policía en su momento.

Cuando dejó de trabajar con nosotros, le organizamos una despedida informal.

Se llevó seis botellas de las buenas y un cheque generoso como detalle de consuelo, y después nunca más lo volví a ver.

Fui al entierro, claro, y todavía enviamos flores a Jette en el aniversario de su muerte.

Aunque ella ya no tiene ni pajolera idea de nada, pero…

Helena se giró de golpe.

— Excusez-moi ?

—¿Qué? —El médico dejó escapar un suspiro—.

Bueno, perdón por el lenguaje. Quería decir que en Charis les hemos mostrado todo nuestro apoyo, quizá aun más de lo que cabría esperar.

Ole tenía mano dura. Era muy exigente, no toleraba errores.

—Berg se frotó las sienes y levantó la vista de golpe—. ¿Esto va a salir en la prensa?

—No depende de nosotros —dijo Helena, sentándose junto a Assad.

—Pero… —Berg apoyó las manos en el escritorio—.

Por fin, después de cuatro años, hemos conseguido librarnos de esas historias horribles en los medios.

Tenemos éxito. Tenemos planes. En unas semanas comienzan las obras de la nueva ala quirúrgica.

¡No puedo permitirme otro revuelo mediático!

—Volvió a alzar la vista. Sus manos habían dejado un rastro húmedo en el linóleo verde oscuro del escritorio, y su mirada arrogante se estaba transformando en súplica—.

¿Han visto a los pacientes en la sala de espera?

¿A los empleados? ¿El bonito edificio en el que trabajamos?

Todo esto es mío; mi responsabilidad, mi futuro.

He levantado una empresa sólida…, pero es un gigante con pies de barro, ¿entienden? Otra mala historia y se acabó.

—¿«Pies de barro»? —Assad miró sus propios zapatos anchos de cordones—. Qué expresión tan curiosa.

Berg lo ignoró.

—Entiendo que tengan que investigar a fondo la muerte de Ole, pero les agradecería que se hiciera con discreción, y que el nombre de Charis no se vinculara al caso.

—No es fácil prometerlo cuando tantas pistas conducen a este lugar —dijo Helena—, pero la policía rara vez acude a la prensa, si es eso lo que le preocupa.

—¿A qué se refiere con «tantas pistas»? Ole trabajó aquí. ¿Qué más tienen?

Assad extrajo una funda de plástico del bolsillo interior y la dejó sobre el escritorio del médico.

—Este folleto o, mejor dicho, lo que queda de él, se encontró en una propiedad en Asserbo, en la que sospechamos que retuvieron a Ole durante un tiempo, antes de asesinarlo. ¿Le dice algo?

Berg se quedó mirando a Assad un buen rato antes de inclinarse sobre la fotocopia.

—Parece uno de los nuestros —observó, señalando el folleto que Helena sostenía en la mano, en cuyo dorso aparecía él mismo, con un polo azul claro y una sonrisa afable—.

Pero este folleto en particular se creó para el programa de adelgazamiento, así que es bastante reciente.

Si no me equivoco, fue para una de esas campañas antes del verano, cuando la gente está tan desesperada por perder peso.

—¿Y no lo tenían en 2019, cuando Ole aún trabajaba aquí?

—No, claro que no. El medicamento para adelgazar que nosotros usamos no se aprobó hasta 2022.

—¿Tiene alguna idea de cómo un folleto tan reciente y con su foto en el dorso ha podido acabar en esa propiedad en Asserbo? ¿O qué relación podría tener Ole Horsten con ese lugar? —preguntó Assad.

La expresión de súplica se desvaneció del rostro de Berg.

—Bueno, estos folletos se repartieron a diestro y siniestro, sobre todo aquí, en el norte de Selandia.

Los dejamos en gimnasios, estudios de yoga, cafeterías, galerías e incluso en las tiendas de ultramarinos de la costa.

Y aquí mismo, cualquiera puede entrar y llevarse uno.

Creo que se imprimieron entre tres y cuatro mil ejemplares.

—Vamos a necesitar una lista con todos los pacientes que han sido tratados con este medicamento —dijo Helena.

Berg hizo un gesto de resignación con los brazos.

—Mi secretaria puede tenerla en unas horas.

Pero ¿qué pasa conmigo? —Berg se giró hacia Assad.

De pronto parecía nervioso—. Primero me dicen que asesinaron a Ole, y ahora han encontrado un papel con mi foto.

¿Seré yo el siguiente? ¿Podrían ser los mismos tarados que enviaban amenazas a la clínica y a Ole?

—¿Usted también recibió amenazas?

El médico asintió.

—En las redes sociales había gente que se pasaba de la raya, y a esos los bloqueábamos, claro.

Mi dirección privada es secreta, pero aquí, al buzón de Blovstrød, llegaron algunos escritos.

Collages muy cutres, en los que aparecía yo con un hacha en la mano o de pie sobre un charco de sangre.

Cosas de ese tipo. Nada que me asustara en aquel momento.

Ni a mí ni a Ole. Pero quizá deberíamos habérnoslo tomado más en serio…

—¿Aún conserva las cartas? —preguntó Assad.

El médico sacudió la cabeza con aire contrariado.

—Si les soy sincero, los reportajes de prensa me preocupaban bastante más. Esas cartas absurdas nos las tomamos como simples gamberradas y fueron directas a la trituradora.

—¿Recuerda qué decían?

—Algo sobre que tenía que morir o quedarme inválido. Una auténtica idiotez.

—¿No sabe de quién eran?

—No, eran anónimas —admitió, mirando a Assad y luego a Helena—. ¿Necesito protección policial?

Helena y Assad intercambiaron una mirada.

—No tenemos motivos para pensar que esté en peligro inminente, pero si algo cambiara, lo avisaríamos de inmediato, no le quepa duda —lo tranquilizó Helena.

El smartwatch de Berg vibró dos veces; lo miró con prisa.

—Perdonen, hay pacientes esperando y tengo que hablar con el banco antes de que cierre. Me reclaman por todos lados, y además no sé qué hacer con esta información… ¿Debería contratar a una empresa de seguridad?

—Eso es decisión suya —soltó Helena, que se levantó y le hizo un gesto con la cabeza a Berg—. Voy un momento a hablar con la secretaria —le dijo a Assad antes de marcharse.

Assad también se disponía a levantarse, pero Berg se inclinó sobre el escritorio y apoyó la mano sudorosa en el antebrazo peludo del policía, sujetándolo con firmeza.

—Escuche, no me siento nada tranquilo con todo este asunto.

¿Puedo hacer algo a cambio de un poco de discreción…

? ¿Necesitan algo? Tengo buenos contactos en Christiansborg, en la industria farmacéutica, en todos lados.

A lo mejor a su mujer le vendría bien un retoque de nariz… No tiene más que decírmelo —murmuró.

Assad le apartó la mano y se levantó tranquilamente.

—Esto no es Irak. Y yo no soy partidario de la corrupción ni de los retoques de nariz —sentenció, y salió de la consulta.

Helena lo esperaba en la recepción.

—La secretaria nos enviará mañana a más tardar la lista de pacientes del programa de adelgazamiento —dijo mientras salían por la puerta corredera. Luego se giró para saludar con la mano a la recepcionista, que le respondió con una amplia sonrisa.

—Parece que está de mejor humor. ¿Ya se ha olvidado del tipo que entró en el almacén de medicamentos? —preguntó Assad.

—En cualquier caso, no quieren presentar una denuncia. Mientras nosotros hablábamos con Berg han hecho recuento de todo el inventario y no faltaba ni una pastilla para el dolor de cabeza.