32. Rose
ROSE
—¿Y no me puedes confirmar la conclusión por teléfono? —Rose hacía clic con el bolígrafo una y otra vez, con la esperanza de que, al otro lado de la línea, el coordinador de la escena del crimen captara la indirecta.
La intoxicación alimentaria de la semana anterior le seguía dando guerra, ahora con unas ligeras náuseas acompañadas de punzadas en el bajo vientre.
Para colmo, estaba a punto de bajarle la regla, lo que explicaba su falta de paciencia; notó cómo le hervía la sangre solo de pensar que tendría que esperar a que llegara el informe de los peritos de explosivos para luego ponerse a descifrar treinta páginas de galimatías técnico, cuando ese hombre al teléfono la podía sacar de la duda de un plumazo.
A decir verdad, esta vez los peritos de explosivos se habían dado prisa en elaborar el informe provisional.
El jueves, mientras a Assad y Helena los trasladaban de urgencia al centro de traumatología, el Servicio de Emergencias Químicas y el Servicio de Desactivación de Artefactos Explosivos y Municiones del Ejército se habían desplazado al lugar de los hechos, en Asserbo, para tomar muestras y enviarlas al laboratorio para un análisis urgente.
Apenas cinco días después, los resultados preliminares estaban listos.
—El informe es bastante extenso, así que los detalles los tendrás que leer tú misma, pero te puedo adelantar que se usó algún tipo de explosivo plástico —explicó el coordinador.
Rose se limitó a darle las gracias con resignación, y apenas había sacado una caja de paracetamol del bolso cuando el ordenador emitió un pitido. Abrió el correo y comenzó a hojear el informe.
Habían adjuntado imágenes de las inmediaciones del lugar de los hechos y fragmentos de la caravana calcinada, pero apenas se distinguía nada: carrocería, enseres, telas…
todo estaba quemado, ennegrecido o pulverizado.
Si hubiera habido alguien dentro cuando Helena abrió la puerta, habría volado en pedazos.
Por suerte, parecía que no; de lo contrario, los peritos habrían encontrado pequeños restos de tejido biológico.
Aun así, a Rose le costaba no pensar en lo que podría haberles pasado a Assad y a esa taruga incompetente de Helena de no haber sido por la rápida actuación de él.
Encontró lo que buscaba al final de la página 23: «Las muestras N.° 5 y N.° 11 presentan restos de material explosivo, y en el análisis químico se ha detectado ciclonita, por lo que es muy probable que se trate de un explosivo del tipo C-4».
Llamó al perito de explosivos que había firmado el informe para que se lo aclarara con más detalle.
—El C-4 es un explosivo plástico relativamente conocido que lleva años empleándose en el ejército, y de vez en cuando se usa también con fines delictivos —explicó—. Los moteros, y también ciertas bandas, le tienen un cariño especial. ¡Hubo un par de casos en los que lo robaron de un cuartel!
—¿Es difícil de manipular?
—¡Qué va!, no es inestable como la «Madre de Satán», el tatp, que conocerás por los grandes atentados terroristas en Europa. Eso estalla con la mínima sacudida. Para el C-4 hacen falta uno o más detonadores, y tú decides cuándo explota, pero usado en suficiente cantidad tiene una potencia brutal.
—¿Es posible que colocaran el explosivo en varios puntos, dentro y debajo de la caravana?
Casi podía oír al perito asentir al otro lado de la línea.
—Sí, y estoy convencido de que eso es lo que ocurrió en este caso. De lo contrario, habrían quedado fragmentos más grandes, tanto de la bomba como de la caravana.
—¿Y cómo se consigue? Decías que solo el ejército…
—Por desgracia, es pan comido. Tengo una antigua finca en Suecia y allí lo venden en cualquier ferretería.
Los suecos lo usan para volar las piedras de los terrenos, como se hace en las canteras de granito, pero para que funcione hay que tener cierta maña y saber al menos lo básico de técnicas de explosivos, así que es raro que lo usen delincuentes de pacotilla para hacer alguna gamberrada.
Rose le agradeció la ayuda y colgó, no sin cierta frustración.
Si cualquier idiota podía ir a la ferretería del pueblo a comprar explosivos letales, sería prácticamente imposible de rastrear.
Los peritos tampoco habían encontrado el detonador, así que, o bien todo lo que pudiera contener huellas dactilares había saltado por los aires, o bien el autor había detonado el explosivo de forma manual desde las inmediaciones.
La propiedad de Asserbo estaba vallada, pero cualquiera podía haber trepado la valla y abierto la puerta: una persona sin hogar, algún joven borracho, una pareja de novios, incluso un par de críos jugando.
Lo que le gustaría saber era qué podía haber allí tan importante como para tener que hacer estallar la caravana.
En principio, podía ser cualquier cosa: un escondite para bandas organizadas de ladrones o traficantes, un laboratorio de skunk y hasta el escenario de grabación de esos repugnantes vídeos que se comparten en una red de pederastas.
Ese tipo de gente tenía las técnicas y los medios necesarios para borrar todas las huellas cuando las cosas empezaban a ponerse feas.
Pero ¿para qué querrían un pederasta o un cultivador de cannabis un folleto de Charis? La única conclusión lógica parecía ser que la persona que había secuestrado y asesinado a Ole Horsten cuatro años atrás era la misma que había plantado los explosivos en la caravana.
Rose subió los pies a la silla y envolvió las rodillas con los brazos. A pesar de que se había tomado dos analgésicos, el dolor en el bajo vientre se había extendido a la zona lumbar. En cambio, las náuseas habían desaparecido y tenía ahora un hambre canina.
Llamó a Teglholm. Terje contaba con analistas capaces de identificar en tiempo récord todos los demás casos criminales de Dinamarca en los que se hubiera utilizado C-4 como detonante.
Le aseguraron que probablemente tendría los resultados en una hora: mejor de lo que esperaba, y con tiempo de sobra para salir a comerse un bocadillo.
Cuarenta y cinco minutos más tarde, cuando se dejó caer de nuevo en su silla de oficina, el dolor punzante en la zona lumbar había empeorado.
Alzó los brazos por encima de la cabeza para estirarse, pero apenas sintió alivio.
Estaba agotada, aunque eran poco más de las 14.
30. Desde su colapso psíquico hacía siete años, aquella maldita menstruación iba y venía a su antojo.
Siempre en el momento más inoportuno, por supuesto, pero nunca había llegado a sentirse mal de verdad.
Tal vez le faltara hierro. O vitaminas. O quizá solo fuera azúcar.
Hurgó en el cajón en busca de chocolate, pero solo encontró un sobre con dos pastillas de edulcorante. Bueno, peor era nada.
La respuesta de los analistas la ayudó a despejarse. En los últimos cinco años, la policía había investigado diecisiete casos con explosivos, pero solo en cuatro de ellos se había usado C-4: dos en el distrito de Copenhague, uno en el distrito de Copenhague Oeste y otro en Jutlandia del Norte.
Los dos casos de Copenhague estaban relacionados.
En 2018, un hombre que había servido como soldado en los Balcanes había hecho explotar una bomba en la vivienda asistida de sus padres en Valby; luego se había detonado a sí mismo junto a su exmujer en una colonia de huertos urbanos en Amager, dejando a dos hijos preadolescentes.
Y por muy triste que fuera el caso, el tipo había muerto por su propia mano, así que poco habría tenido que ver con la caravana de Asserbo.
El caso del distrito de Copenhague Oeste trataba sobre una banda callejera que llevaba años en conflicto con un club de moteros local, y que en 2022 había hecho saltar por los aires la sede del club. «Esto sí puede ser interesante», pensó Rose, e imprimió el informe.
Mientras esperaba, examinó el último caso, con fecha del 10 de octubre, apenas unos días antes de la explosión de Asserbo. Rose recordaba la cobertura televisiva: un arrastrero había estallado al salir del muelle de Hirtshals y cuatro pescadores locales perdieron la vida.
Durante los primeros días, los peritos forenses habían trabajado con la teoría de que el motor de la embarcación, de apenas un año de antigüedad, tenía un defecto de fábrica, pero cuando los buzos del Servicio de Desminado del Ejército tomaron imágenes submarinas del pecio, se descubrió que se había producido una explosión a bordo.
Los restos del barco se habían recuperado y trasladado a tierra para un examen más exhaustivo, y las recién concluidas investigaciones del laboratorio químico del Servicio de Emergencias confirmaban que en la cámara de máquinas se habían colocado explosivos del tipo C-4.
Se trataba, por tanto, de un sabotaje deliberado con consecuencias mortales para los cuatro tripulantes, cometido con el mismo tipo de explosivo que en Asserbo.
La investigación seguía abierta y todavía no se conocía el motivo del atentado.
Al final del informe figuraba el nombre del responsable de la investigación, un nombre que Rose conocía demasiado bien: el comisario Gordon Taylor.
Un dolor punzante le recorrió el abdomen, justo por encima de la ingle, y decidió tragarse el tercer y el cuarto comprimido de paracetamol. Y habría hecho lo mismo con una cerveza fría de haber tenido una a mano.
Desde el primer encuentro, Gordon la había idolatrado, y a muchos les costaría entender que ella no se hubiera aprovechado de sus continuas insinuaciones para pasar un buen rato.
Tan desesperado estaba él por llevársela al huerto que, si Rose le hubiera hecho el favor, podría habérselo desgravado en la declaración de la renta como «donativos y otras aportaciones».
El único inconveniente era que aquel espárrago blanco con patas no la atraía lo más mínimo, y por eso solo había sucedido dos veces.
La primera, hacía diez años, cuando Gordon acababa de incorporarse al Departamento Q.
Tras un par de semanas, ella decidió aliviarlo del sufrimiento de sus ojitos de perro en celo y del peso de aquellos enormes huevos que arrastraba.
Había sido una idea terrible. En primer lugar, porque tenía el presentimiento de que Carl había oído todo el jaleo desde su despacho; en segundo, porque aquella entrevista íntima de evaluación del desempeño no había servido para quitarle las ganas a Gordon.
Al contrario, se pasó los diez años siguientes consumiéndose en silencio, ansioso por repetir la escena del escritorio.
En los últimos tiempos había terminado por aceptar que Rose nunca sería suya y había empezado a frecuentar Tinder con el mismo esmero y entusiasmo que ponía en su trabajo de investigación.
Ahora ocupaba un puesto destacado en Jutlandia del Norte y había conseguido por fin lo que siempre había deseado: una mujer.
Pero, por extraño que pareciera, aquello incomodaba a Rose. Aunque saltaba a la vista que no quería a Gordon, tampoco le hacía gracia que el chaval estuviera con otra. Y eso explicaba la segunda vez.
Después de la despedida oficial de Gordon en Teglholm, hacía ya más de tres meses, se emborracharon en un bar y, en un arrebato de sentimentalismo, ella sugirió ir a su casa a echar un polvo «por los viejos tiempos».
Al despertar, Rose apenas recordaba el acto en sí —señal de que no había sido nada espectacular—, y a Gordon lo consumía tanto la culpa que ella se apresuró a meterlo en un taxi y mandarlo de vuelta a casa. No lo había vuelto a ver.
Se estiró en la silla. Pensar en aquel lío de una noche con Gordon no le estaba haciendo ningún favor, pero seguro que no era más que resaca emocional.
No es que se arrepintiera: por su cama habían pasado muchos más hombres.
De hecho, recordaba a un bombero tres días antes de Gordon y a un agente inmobiliario cinco días después.
Le parecía perfecto que cada uno se vistiera y se marchara al acabar.
Aquello del café por la mañana y el intercambio de teléfonos no iba con ella, pero lo de Gordon no había sido del todo justo.
Extendió la mano hacia el teléfono. En la policía era habitual llamar a otros distritos cuando se necesitaba ayuda; el contacto directo se consideraba una buena práctica.
Pero cuando la llamada a Gordon saltó directamente al contestador, Rose colgó sin dejar ningún mensaje y, en su lugar, le envió un correo pidiendo que le devolviera la llamada en cuanto pudiera.
Se llevó las manos a la zona lumbar dolorida y miró el reloj. El médico local de Stenløse atendía sin cita por las tardes. Quizá le recetara un antiácido potente y la derivara al quiropráctico. Cerró el ordenador y se puso la chaqueta.