31. Assad
ASSAD
A ssad se guardó el móvil en el bolsillo interior y le dirigió a Helena una mirada de disculpa.
—Era mi hija mayor, Nella —dijo, separando mucho las manos, como para abarcar más—. ¡Es mucha niña!
Helena asintió sin apartar la vista de la carretera, y un tenso silencio se adueñó del interior del coche.
La conversación de Assad con Nella había empezado en danés, pero cuando ella volvió a sacar el tema de su futuro por enésima vez, el tono cambió y el ambiente se caldeó de tal modo que él acabó pasándose al árabe para poder soltar expresiones más coloridas.
Desde que Marwa, Ronia, Nella y Alfi lograron escapar del cautiverio del líder terrorista Ghaalib y reunirse con Assad en Dinamarca, las dos hijas habían intentado, con resultados muy dispares, ponerse al día en los estudios.
Ronia, que ahora tenía veintiséis años, era la más rezagada, lo cual tampoco era de extrañar.
La hija menor de Assad volvió traumatizada de su paso por Irak y Siria; las repetidas violaciones hacían que se sintiera insegura ante la forma desenfadada de relacionarse que tenían los jóvenes en Dinamarca y, durante los primeros años, se encerró en su habitación, perdida en los rincones más oscuros de Internet.
Assad y Marwa habían pasado muchas noches discutiendo qué podían hacer, en el nombre de Alá, para impedir que su hija se dejara arrastrar por el fanatismo religioso.
Assad acabó convencido de que podía ser una especie de síndrome de Estocolmo: a Ronia la atraía la oscuridad porque era lo único que había conocido en su corta vida.
No era partidario de usar a la ligera el término « radicalizada » , y menos para referirse a su propia hija, pero cuando Marwa encontró bajo el colchón de Ronia un trozo de papel con un texto escrito por algún descerebrado de un movimiento terrorista del sudeste asiático, Assad se plantó.
Con ayuda de Mona enviaron a Ronia a terapia intensiva, y ahora las cosas iban mejor. Al menos, hasta donde él sabía.
Pero le dolía el alma cada vez que lo pensaba. Después de tantos años alejado de ellas… ¿Hasta qué punto conocía de verdad a sus hijas? ¿Cuánto influía realmente en sus decisiones?
Nella, un año mayor, se había puesto al día con el danés sin apenas esfuerzo y había terminado el bachillerato con tan buenas notas que había conseguido una plaza en Odontología.
Marwa gritó de alegría cuando la admitieron, y lloró con igual intensidad cuando Nella volvió a casa diciendo que había dejado la carrera.
«He visto suficientes encías para lo que me queda de vida», argumentó.
—A mi hija de veintisiete años le ha dado ahora por querer ser espía —le contó Assad a Helena— en Dinamarca, donde puede dedicarse a lo que le apetezca y ser maestra, auxiliar de banco… ¡Mira que no habrá trabajos que no sean peligrosos!
Aquella primavera, el Servicio de Inteligencia de Defensa había publicado en varios portales de empleo una vacante en la que buscaban «agentes de inteligencia con buenas habilidades sociales, agilidad operativa y un buen sentido analítico».
Para desgracia de todos, Nella la había visto y desde entonces no pensaba en otra cosa.
— Oui , lo de espía lo he entendido —dijo Helena, volviendo un instante la cabeza hacia Assad—. En Lyon hay mucha gente con raíces en Oriente Medio, así que entiendo algo de árabe.
Assad notó que el rubor le subía hasta el cráneo. Eso no lo había previsto.
—En primavera no consiguió el trabajo, pero desde el comienzo de la guerra en Oriente Medio de nuevo, hay mucha gente furiosa por el conflicto, y ya se sabe que los grupos terroristas aprovechan para reclutar.
Por eso la han contactado; los servicios de inteligencia necesitan agentes nativos de árabe.
—O sea, ¿gente que tiene que vigilar los círculos más radicales?
—Exacto. Aquí y en Oriente Medio. Se trata de localizar a los verdaderos hijos de perra.
—Querrás decir «cachorros».
Assad sacudió la cabeza.
—¡No, no, no, Helena! «Hijos de perra». Significa «desgraciados, malnacidos». ¡Estoy hablando de terroristas!
—¿No dices que tu hija tiene veintisiete años? Será ella la que decide lo que quiere, ¿no?
El tono de voz de Helena hizo que Assad se sintiera moralmente a la derecha de los talibanes y de Gengis Kan, pero el caso era que él mismo había servido en el ejército y en inteligencia; veinte años atrás había participado en una misión de espionaje en Irak con el sincero deseo, igual que Nella, de hacer del mundo un lugar mejor.
¿Y qué le había aportado todo aquello a su familia, aparte de desgracia y dolor?
Había perdido dieciséis años, prácticamente toda la infancia de sus hijos, cuando a Marwa y a los niños los tomaron como rehenes.
El sentimiento de culpa por lo que habían tenido que vivir nunca lo abandonaría, y solo de pensar que Nella pudiera acabar en otra situación de vida o muerte, se le aceleraba el corazón.
Pero no había tiempo para explicarle todo aquello a Helena.
—¿Tú tienes hijos? —preguntó en su lugar.
Pasó un instante antes de que ella girara la cabeza, con una mirada que decía claramente «¿y a ti qué te importa?». Señaló su bolsillo interior, donde llevaba el móvil.
—Pon el gps —dijo—. Nunca he estado aquí.
Las conversaciones triviales no parecían ser del gusto de la madame y, en realidad, él debería ser el último en interrogarla o intentar sonsacarle información. Cuando Assad llegó al Departamento Q también estaba cargado de secretos. Aunque llamar secretos a aquello era quedarse corto.
El propio Carl, que tenía un olfato especial para detectar la más mínima incoherencia en una historia y, por lo general, no tenía problemas en tocarle las narices a la gente, sabía también cuándo era mejor no hurgar en ciertas situaciones, y había dejado que Assad cargara con su pasado sin hacer preguntas.
Tal vez él debería hacer lo mismo con Helena.
—Y ese cuerpo, ¿qué tal?, o sea, ¿todavía duele?
—preguntó Assad como quien no quiere la cosa.
Había visto a Helena quejarse al subir al coche y apretar los dientes al cambiar de marcha, aunque quizá fuera su estilo francés de conducir: aceleraba sin miedo, iba siempre un poco por encima del límite de velocidad y cambiaba de carril con una brusquedad sorprendente.
En la salida de Lyngby, incluso le había hecho la peineta a un conductor que le daba bocinazos desde atrás.
En definitiva, conducía como le gustaba a Assad.
—El cuerpo va perfectamente —contestó Helena con la mirada fija otra vez en la carretera—, y la cabeza también, gracias; y no preguntes más.
—Lo digo porque allí arriba nos llevamos un pequeño susto…
—Nadie salió herido de gravedad. —Se volvió hacia él y lo fulminó con sus ojos verdes—. Sé que fui una idiota y que fue muy estúpido por mi parte. Lo siento, no volverá a pasar. —El coche giró de forma brusca hacia la barrera de seguridad y las bandas sonoras del asfalto chirriaron bajo ellos.
—¿A quién llamabas allá arriba?
—¿Dónde es «allá arriba»? —Helena puso el intermitente y cruzó de golpe al carril derecho para incorporarse a la salida, obligando a Assad a aferrarse al asidero. El coche de atrás dio un bocinazo y tuvo que frenar en seco.
—Después de la explosión. Gritabas sin parar algo como «chu-chu» o «yu-yu» —dijo Assad, tratando de imitar el sonido.
Las cejas de Helena se fruncieron en una expresión difícil de descifrar.
—No sé de qué me hablas. Te oí gritar «ihthari» , y entonces sentí una presión tremenda en la espalda.
Lo siguiente que recuerdo es la ambulancia.
—Poco después giró hacia el aparcamiento de un edificio de aspecto señorial—.
Pero estoy contenta de haberte entendido, porque ihthari significa «cuidado», n’est-ce pas ?
—Sí, sí… Pero me refiero a los minutos después de la explosión… Estabas tendida en el suelo y…
—Ya te he dicho que no me acuerdo. ¿No sería que aún tenías tinnitus ?
Encontró un hueco para aparcar, detuvo el motor y salió del coche.
Assad se apresuró a seguirla.
—A mí me pareció que llamabas a alguien —alzó la voz por encima del techo del coche; pero Helena ya se dirigía hacia el edificio de paredes blancas.
—Si fuera así, me acordaría —respondió ella por encima del hombro.
Assad aceleró el paso. Mientras la alcanzaba, le agradeció a Alá que, de entre todas las mujeres de lengua afilada con las que los dioses lo habían bendecido en la vida, al menos hubiera una con las piernas un poco más cortas que las suyas.
El edificio, que parecía una gran mansión, tenía una entrada lateral de construcción más reciente y una placa de vidrio mate con letras negras que indicaba que se encontraban en la Clínica Privada Charis.
Las puertas correderas se abrieron, y Helena y Assad entraron justo cuando se desarrollaba una acalorada discusión.
Detrás del mostrador de recepción, una empleada se había levantado y señalaba con un dedo acusador al hombre que tenía frente a ella.
—¡Tranquilícese! Solo quería ir al baño y me equivoqué de puerta. —El hombre era más joven que Assad; tendría cuarenta y tantos años.
—Pero a usted no se le ha perdido nada ahí dentro.
En la puerta dice bien claro que los pacientes no pueden entrar.
—La recepcionista, con voz temblorosa, señalaba hacia una puerta azul claro unos metros más adelante en el pasillo donde, efectivamente, se leía «Solo personal autorizado» bajo una señal roja de stop .
—Escúcheme. —El hombre había bajado el tono de voz; era evidente que le incomodaba ser el centro de atención de toda la sala de espera—.
Lo siento de veras. Ha sido un despiste; no llevaba las gafas.
—El tipo, de pelo oscuro, le dio la espalda a la recepcionista, se puso los auriculares y se marchó.
Al salir, su mirada se cruzó por un breve instante con la de Assad. Tenía los ojos azules, muy juntos, entradas pronunciadas y el pelo fino y oscuro con rizos incipientes en la nuca.
—¿Algún problema? —preguntó Helena, mostrándole la placa de policía a la recepcionista, que seguía en su puesto con las manos temblorosas.
—¿Policía? ¿Cómo…? No. Bueno, sí… Había un paciente que se perdió en el almacén de medicamentos.
—Ah. ¿Y eso no debería estar cerrado con llave?
—Sí, ha sido un despiste, un error nuestro. Solo tuve la sensación… Me da la impresión de que estuvo allí un buen rato.
—¿Tienen pensado presentar una denuncia? Hemos venido para hablar con Kaare Berg, pero si sospechan que ha habido un robo, podemos encargarnos. La policía se toma muy en serio el tráfico ilegal de medicamentos con receta. —Sacó del bolsillo interior una libreta y un bolígrafo.
La recepcionista echó un vistazo al pasillo, donde un hombre con polo azul claro y una bata blanca en la mano acababa de salir de un despacho.
—No… Aquí viene el doctor Berg —susurró, asintiendo casi imperceptiblemente en dirección al hombre, que se había puesto la bata al vuelo y se estaba acercando a la recepción—. Mejor nos olvidamos del tema; no quiero meterme en líos.
Helena y Assad intercambiaron una mirada.
—Usted haga un recuento del inventario de medicamentos mientras nosotros hablamos con el doctor Berg, y si ve que hay motivo de alarma, nos avisa. ¿Le parece? —ofreció Helena en voz baja, guardando la libreta en el bolsillo.
Assad asintió, más que nada dirigiéndose a Helena. Lo había resuelto con elegancia.
—Disculpen, ¿puedo pasar?
Assad se volvió y vio a una mujer de su edad que respiraba con dificultad. Tenía manchas rojizas en las mejillas y llevaba un atuendo que recordaba a una tienda de campaña con el que, o bien buscaba llamar la atención, o bien quería hacerse lo más invisible posible. Assad apostó por lo segundo.
—Las damas primero —dijo Assad, galante, extendiendo el brazo.
La mujer le sonrió con timidez y se acercó sin prisas a la recepción.
—Me llamo Linette Thykier —anunció—. Tengo cita con el doctor Berg.