Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 30. Tommy
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30. Tommy

TOMMY

Kaare Berg parecía salido de un anuncio de revista cuando, con paso despreocupado, emergió por las puertas correderas.

Llevaba su habitual pelo recién cortado, un impecable polo de Charis en tono azul claro, gafas de sol y unos pantalones claros de corte ancho, con los que Tommy habría parecido una crisis de mediana edad andante.

Kaare ya había cumplido los cuarenta y siete, pero el tiempo no pasaba por él.

Tommy parecía apagado, sin contraste, como una fotografía desteñida; en cambio, las patas de gallo y las contadas canas de Kaare no hacían más que conferirle autoridad.

Por suerte, no llevaba la bata puesta; Tommy no soportaba hablar con él cuando iba vestido de médico: le provocaba una sensación de inferioridad, como si se encontrara en la consulta por algún trastorno psicológico.

Se conocían desde hacía más de cuarenta años, desde que Tommy vino al mundo, aunque su relación nunca fue equilibrada; recordaba al trato de un hermano mayor a su hermano menor, y todos sabían que a Kaare nunca le faltaban una réplica mordaz o una amenaza física para proteger al pequeño Tommy cuando estaba en apuros.

Pero con el tiempo, Tommy empezó a sentir que la distancia entre ellos era mucho mayor que los tres años que los separaban.

Aquella desigualdad se podía entender cuando tenían siete y diez años, pero, ahora que eran adultos, el papel de «hermanito pequeño» irritaba enormemente a Tommy.

No lo merecía. Poseía un talento estratégico y un don de palabra excelentes, y en los últimos años de la adolescencia se había involucrado en una organización política juvenil donde descubrió sus dotes de negociación y comprendió que había nacido para ser político.

Y, sin embargo, Kaare seguía empeñado en recordarlo como el niño neurótico e inseguro que había sido.

De hecho, parecía disfrutar de hacerse valer a expensas de Tommy.

Es cierto que Kaare había llegado muy lejos, que había nacido con ese tipo de confianza en sí mismo que funciona como una profecía autocumplida: conseguía siempre lo que quería y alcanzaba cualquier meta que se propusiera.

Incluso logró sacarse la carrera de Medicina sin mucho esfuerzo y notas más que decentes, y no precisamente por su vocación de médico; todo lo contrario, a Tommy le confesaba sin tapujos que la mayoría de los pacientes le daban asco.

Eligió la carrera y la especialidad de Cirugía Plástica solo por dinero, y antes de los treinta y siete ya había fundado la Clínica Privada Charis con el único objetivo de hacerse rico y jubilarse pronto.

Nunca logró formar una familia, algo que Tommy no acababa de entender.

Con su físico, su carisma y sus buenos ingresos, Kaare era el prototipo de soltero de oro, pero Catrine opinaba que tenía la fea costumbre de examinar con ojos clínicos a cada mujer que conocía, buscando lo que podía embellecerse o perfeccionarse.

Tampoco tenía problemas en señalárselo y, como bien decía Catrine, a pocas mujeres en edad de casarse les entusiasma que les digan que son buenas candidatas para un relleno facial, un lifting de pecho o una reducción de párpados.

A Kaare eso le daba igual. En Copenhague y el norte de Selandia sobraban bellezas de veinte años, sin arrugas ni imperfecciones, dispuestas a hacerle compañía, y sacudía incrédulo la cabeza ante la postura sumisa que Tommy había adoptado en su matrimonio.

«Pasas de un director a otro», le susurró al oído a Tommy en medio de la fiesta de bodas, quince años atrás.

Comentarios como aquel sacaban a Tommy de quicio.

De hecho, toda su vida adulta había fantaseado con pedirle a Kaare que cerrara de una vez aquella boca de niño mimado, pero los comentarios «graciosos» de Kaare se habían vuelto aún más frecuentes y perversos tras la condena de Tommy por conducir ebrio, diez años atrás.

El breve paso de Tommy por el Ministerio de Sanidad había alterado el equilibrio de poder entre ambos.

Como ministro, Tommy tenía una influencia real en la carrera de su amigo, y casi nada le había dado tanto placer como rechazar las insistentes invitaciones de Kaare a eventos vip de la industria médica y farmacéutica.

Pero su etapa en el ministerio terminó de un día para otro, y pronto fue él quien tuvo que suplicarle a Kaare que le presentara a posibles empleadores.

Ahora estaban de nuevo en esa situación: Tommy mendigándole a Kaare en el aparcamiento de su clínica. No tenía ni idea de a quién más acudir.

Kaare abrió la puerta del coche de un tirón y se metió dentro dando un soplido para dejar claro que estaba acostumbrado a una comodidad mayor que la que el Fiat de Tommy podía ofrecerle. Se quitó las gafas de sol y lo miró.

—¿Qué es lo que ha pasado?

Ni un saludo, ni un abrazo incómodo. Tommy había avisado de su visita con muy poca antelación, por lo que su amigo ya se olía que algo andaba mal.

—Voy a tener que pedirte un préstamo. —Sus muchos años de experiencia en negociaciones le habían enseñado que lo mejor era poner las cartas sobre la mesa desde el principio; irse por las ramas solo servía para empeorar las cosas.

Kaare lo miró largo y tendido, y Tommy empezó a comprender por qué a Catrine le desagradaba tanto esa mirada de cirujano, obsesionada por encontrar imperfecciones.

—¿Cuánto? —preguntó.

Tommy apartó la vista.

—Cinco millones.

Kaare dejó escapar una risita nerviosa.

—¿Cinco millones? ¡Ahora mismo! ¿Te los paso por MobilePay? ¿O los prefieres en efectivo, en plan mafioso, dentro de una bolsa de deporte?

Inseguro, Tommy le devolvió la mirada.

—Yo…

—Joder, Tommy. —Kaare dio un puñetazo al salpicadero—. ¿Para qué narices quieres tú cinco millones de coronas? Supongo que tienes algún motivo para no pedírselos a tu mujer o al banco. —Frunció el ceño—. ¿Os vais a divorciar? ¿Te has hartado por fin de Catrine? Eso sí que lo entendería, joder.

Tommy negó con la cabeza.

—No…, no es eso. —Sintió que estaba a punto de romper a llorar.

Kaare desvió la mirada hacia la ventanilla, como si no pudiera soportar tenerlo delante.

—Joder, Tommy, cada vez te pareces más a tu padre.

—¿A mi padre? —Tommy lo visualizó: un hombre prácticamente calvo, de pecho hundido, vestido siempre con ropa italiana comprada a plazos o conseguida en trueques sospechosos.

—Sí, el viejo Eckert, que era un inútil total y venía corriendo a pedirle dinero a mi padre a todas horas. Se aprovechaba de sus contactos, ¿y qué ofrecía a cambio? Ideas de negocio desastrosas y el talento de perder cuatro coronas por cada dos que mi padre le prestaba.

Tommy no se atrevió a mirarlo.

—Mi padre tuvo mala suerte.

—¿Mala suerte? Está bien, llamémoslo así. A ver, chaval, ¿y tú qué «mala suerte» has tenido esta vez?

Tommy apretó los dientes. «Chaval». Siempre ese tono condescendiente, como si él hubiera elegido estar en esa situación.

—Me están chantajeando —dijo, en un hilo de voz casi infantil.

—¿Que qué?

—Que me están chantajeando —repitió, comprobando que todas las ventanillas estuvieran bien cerradas.

—Sí, ya te he oído. ¿A qué te refieres con «chantajeando»?

—Cometí un error…, un error muy grave…, hace muchos años, y ahora alguien se ha puesto en contacto conmigo y amenaza con… —Tommy se quedó paralizado. Las lágrimas que luchaban por salir le quebraban la voz, pero no estaba dispuesto a regalarle a Kaare ni el más mínimo signo de debilidad.

—¿Amenaza con qué? ¿Es un político?

Tommy negó con la cabeza.

—Es alguien que conoce mi… ese error del que te hablo, y amenaza con arruinarme la vida.

Mi matrimonio, mi carrera, mi reputación.

Estoy acabado si… ¡Lo perderé todo, Kaare!

Me expulsarán del partido; si esto sale a la luz, no podré regresar al Parlamento y jamás volveré a encontrar trabajo. Ha dicho que va a ir a la prensa.

—¿A la prensa? —Kaare lo analizó con la mirada y Tommy tuvo la impresión de que empezaba a ceder.

Kaare sabía de primera mano lo demoledora que podía llegar a ser la mala prensa.

Un par de años atrás, unos pacientes y familiares descontentos habían arrastrado a Charis a un revuelo mediático y, aunque Tommy nunca lo admitiría abiertamente, había disfrutado viendo a Kaare agachar la cabeza y pelear con los periódicos y programas de televisión que lo despedazaban.

—Parece un caso para la policía. ¿Por qué no lo denuncias?

—No puedo. —Negó de nuevo con la cabeza.

—¿Y eso? ¿Es que has hecho algo ilegal?

Tommy dudó. Lo que había hecho era delito, sí, pero siendo político, la infracción legal ni siquiera era lo peor.

—Hice algo malo. Moralmente hablando, quiero decir.

—¿Te has acostado con otra? Hostia, si es por eso, casi que te lo pagaría yo. Esa puñetera Catrine es tan…

—No es eso, Kaare. Es peor.

—¿Peor? ¿Es un tema económico? ¿Un desfalco?

—No tiene nada que ver con dinero, pero no puedo contártelo.

—Tommy cedió ante aquel nudo asfixiante en la garganta.

Con los ojos humedecidos, se obligó a mirar fijamente por el parabrisas, sin pestañear.

No quería ponerse a lloriquear como un crío de cinco años—.

Quiere ir a la prensa, Kaare. He luchado diez años para volver.

Diez años en el infierno, y ahora todo está a punto de irse al garete. No sé qué hacer.

Kaare miró en la misma dirección, a través del parabrisas, por donde en aquel momento cruzaba un chico con muletas. Permanecieron en silencio un par de minutos, hasta que Kaare dejó escapar un suspiro cansado.

—Hemos tenido un buen año. Puedo prestarte dos millones —dijo al fin.

—Pero… —Tommy vio desfilar ante sus ojos portadas imaginarias de tabloides con él de titular—. No me basta con dos millones.

—Dos y medio, si es que se me ocurre una buena excusa para el banco; ni un céntimo más. O lo tomas o lo dejas. —Kaare posó la mano con el lunar en forma de corazón sobre el hombro de Tommy, en un gesto destinado a reconfortarlo, pero también a hacerlo callar—. Pero tendré que pedirte algo a cambio.

Tommy lo miró sin comprender.

—No tengo nada que…

—Has vuelto al Parlamento como portavoz de Sanidad, ¿verdad?

Como sabrás, estamos a punto de ampliar la clínica; en cuatro semanas comienzan las obras de la nueva ala de quirófanos —Kaare señaló el ya imponente complejo hospitalario—, así que necesitamos gente en el Parlamento que impulse el uso de clínicas privadas como esta.

Tommy lo miró perplejo.

—El sistema público de salud está derivando al privado el doble de pacientes que hace diez años. Con eso ya te sacas un buen pico, ¿no?

Kaare se encogió de hombros.

—Yo lo veo como una ayuda a la comunidad. Sin nosotros, las listas de espera en los hospitales públicos serían interminables.

—Pero mi partido no lo apoya. Ni tampoco el Colegio de Médicos; dicen que los mayores y los más vulnerables salen perdiendo con este modelo.

—Pues mis pacientes están encantados y agradecidos. ¿Has visto al joven de las muletas? Mi compañero lo operó ayer de la rodilla, con solo una semana de espera. ¿Cuánto crees que habría tenido que esperar en el sistema público? Meses o incluso años.

—Pero es que acabo de regresar al Parlamento, y tenemos una disciplina de partido. No puedo salirme del guion así como así; ¡el presidente me mata! —Tommy empezó a sudar. No se le había pasado por la cabeza que Kaare le impondría condiciones.

—Entonces creo que es hora de que pongas en práctica tu aclamado «método Eckert» de argumentación; dicen por ahí que en tus mejores tiempos eras capaz de que la gente firmara su propia ejecución.

—Kaare abrió la puerta y salió del coche, pero volvió a asomar la cabeza—.

Dime que puedo contar contigo, mi pequeño lobista.

Tommy se aferró a la palanca de cambios con tal fuerza que se le puso blanco el pulgar.

—Lo intentaré.

—¿Cuándo necesitas el dinero?

—Pronto. Antes del fin de semana. —Tommy no apartó la mirada de su mano.

—¿¡Antes del fin de semana!? —Kaare sacudió la cabeza.

A Tommy le vino a la mente aquella vez que, de adolescentes, habían ido juntos a ver a una prostituta para que él perdiera la virginidad y Kaare «lo probara al menos una vez».

La mujer tenía la mirada apagada y pinchazos en los brazos y en los tobillos.

Aún podía ver a Kaare lanzándole billetes de cien coronas, y a ella, sin el menor pudor, recogiéndolos a cuatro patas. Así se sentía él ahora mismo.

—Tommy, no te estarás haciendo pipí en los pantalones otra vez, ¿no? —dijo Kaare, buscando su mirada, pero en cuanto Tommy levantó la vista, se puso las gafas de sol—. Ya sabrás de mí. —Y cerró la puerta de golpe.

Tommy lo miró caminar a paso lento y decidido en dirección a la clínica. Cómo lo odiaba. Y cómo odiaba depender de él.