29. Carl #2
—Las cosas como son: la Dirección General de Denuncias del Paciente desestimó casi todas las quejas —puntualizó Rose—.
En cuatro de los casos dictaminó que se trataba de un accidente fortuito.
Y un par de historias seguro que solo salieron a la luz porque ya se había desatado un revuelo mediático y a la gente le olió a dinero fácil.
—Recogió los papeles y los amontonó en una pila—.
Creo que lo primero es hablar con el viudo que desató todo ese revuelo, el de la mujer que murió de sepsis y que vive en Ballerup.
Assad, ¿por qué no vas a buscar a madame Helena y miras si le apetece ir contigo o si sigue en casa, limándose las uñas?
—A mademoiselle Helena sí le apetece —asintió una voz desde el umbral de la puerta.
Carl se volvió hacia Helena, que miraba sus pies sobre el escritorio de forma acusadora. Bajó una pierna y, con la mano, limpió parte del barro seco de la mesa.
—No te levantes. —Helena se dejó caer con cuidado en el sofá con un gesto claro de dolor.
—Assad, hazme el favor de poner a Helena al corriente —solicitó Carl.
Puede que hubiera dejado el Departamento Q, pero algo en el aire de aquel sótano lo impulsaba a dirigir, repartir tareas, poner las cosas en marcha, marcar el rumbo…
En definitiva, a ser el mandamás. A veces lo echaba de menos; después de todo, como decía el viejo refrán, era mejor ser cabeza de ratón que cola de león… , aunque fuera una mierda de ratón.
—Entendido —afirmó Helena tras la breve puesta al día de Assad—. Claro que voy contigo, pero antes de nada os tengo que decir que Terje ha llamado hace media hora.
—¿Te ha llamado a ti? —Rose alzó la vista.
—Sí. En breve nos hará llegar los informes forenses preliminares sobre la explosión de Asserbo.
La mayor parte de la caravana quedó reducida a cenizas, pero han encontrado restos de una silla, de la estructura de la mesa integrada y de…
¿Qué dijo que era? —Buscó el móvil y comprobó en la pantalla—.
De un tablero de hdf con chinchetas. Acaba de llegar el correo; voy a imprimir el informe.
Acto seguido, desapareció por la puerta para ir a recoger los papeles de la única impresora del departamento, que casualmente se encontraba en el despacho de Rose.
A Carl no se le escapó que el rostro de Rose había cambiado de tono. En la nuca se le habían formado pequeñas gotas de sudor, y apretaba los dientes con tal fuerza que se le marcaban los músculos de la mandíbula.
—Dale una oportunidad —susurró Carl, a lo que Rose le respondió con una mirada asesina antes de que Helena regresara con las cuatro copias del informe forense.
Tras diez minutos de lectura, Rose tomó la palabra:
—Aquí se explica que la «muestra N.º 8» es una botella de plástico de medio litro de Pepsi Max, con huellas de dos personas diferentes que no figuraban en nuestro sistema, pero que ya se han registrado en la base de datos —dijo—.
La fecha de caducidad de la bebida es el 26 de enero de 2024.
Dado que la fábrica aplica una fecha de consumo preferente de seis meses tras el embotellado, la Pepsi debió de colocarse en la caravana o en sus proximidades en los últimos tres meses.
—Interesante, Rose. Assad, ¿a ti qué te llama la atención? —preguntó Carl.
—Que no se ha encontrado ninguna pisada ni huella de neumático útil, así que las que vimos frente a la caravana debieron de destruirse con la explosión.
Mientras Helena seguía peleándose con los términos en danés del informe, Carl fue el siguiente en presentar sus observaciones:
—Yo me he fijado en que todavía no se sabe con seguridad qué tipo de explosivo causó la detonación.
El resultado lo recibiréis hoy a lo largo del día o mañana, pero todo parece indicar que los explosivos se pusieron de forma estratégica, como tú muy bien suponías, Assad.
Lo más probable es que los colocaran tanto en los bajos de la caravana como en su interior.
Y, hablando de la caravana…, ¿sabéis ya de quién era?
¿Tomasteis fotos antes de que estallara?
Tanto Assad como Helena bajaron la mirada.
—Bueno, quizá algún vecino sepa cuánto tiempo llevaba allí.
Helena carraspeó.
—¿Habéis visto estos dos trozos de papel?
—Levantó una hoja con las fotografías de los pequeños fragmentos de papel hallados en la zona calcinada—.
Los peritos los han enviado para que les hagan un análisis detallado de material biológico y huellas dactilares.
Uno de ellos parece un trozo de periódico.
Creo que pone «riks» con una fecha debajo: 23 de octubre de 2013.
—¡Dámelo! —Rose le arrebató el papel de la mano y le hizo un gesto a Carl para que se apartara del ordenador—. Lo voy a investigar ahora mismo. Pásame tu contraseña —le dijo a Helena.
La francesa dudó un instante antes de acercarse a Rose, darle un leve empujón e inclinarse para teclear la contraseña.
Carl se dejó caer en el sofá. Por puro reflejo, se le cerraron los ojos en cuanto su trasero rozó la tapicería desgastada; había pasado demasiadas horas tirado en ese sofá y, además, el ambiente belicoso de su antiguo lugar de trabajo le resultaba sumamente agotador.
—¿Encuentras algo? —Assad miró a Rose con expectación.
Rose asintió.
—La tipografía y el diseño son del periódico Frederiksborg Amts Avis , que cubre la región del norte de Selandia. Solo tengo que localizar esa fecha en su archivo.
Carl abrió los ojos. Era increíble lo rápido que tecleaba la cascarrabias de Rose.
En ese sentido no parecía fallarle nada; de hecho, ahora mismo costaba diagnosticarle algo que no fuera su habitual mala leche.
Se levantó a regañadientes y se colocó tras ella para ir viendo lo que aparecía en la pantalla.
—Vamos a ver si hay algo que valga la pena en un periódico de hace diez años —dijo Rose, y amplió la imagen de la portada de aquel miércoles de octubre de 2013.
«El Rungsted aplasta al Rødovre», rezaba el titular de una nota acerca del equipo local de hockey sobre hielo, que había vencido a su rival del oeste de Copenhague.
La noticia principal, «Los socialdemócratas apuestan por la seguridad», era un reportaje sobre un mitin electoral previo a las elecciones municipales de aquel otoño e iba acompañado de una foto de la entonces primera ministra, que había acudido a apoyar a las promesas locales de su partido.
También había una noticia breve sobre una serie de robos en viviendas en Fredensborg y, al final de la página, un artículo, con el titular «Fallece en un accidente de tráfico la hija del pastor», hablaba acerca de una joven de veinticuatro años que había muerto unos días antes en un accidente de tráfico cerca de Humlebæk en el que no hubo más implicados.
El padre de la fallecida era pastor en la iglesia del municipio.
Ahora tenía que enterrar a su propia hija.
Assad señaló con su grueso dedo índice la imagen de la ex primera ministra.
—No hay ninguna otra pista que apunte a un motivo político, pero… ¿no es esto un poco sospechoso?
Rose suspiró.
—Todo puede ser, pero también cabe la posibilidad de que el periódico sea irrelevante. Quizá lo usaran como aislante en la caravana, o como moqueta, o qué sé yo.
—Justo mañana voy a ir hasta allí —murmuró Carl, señalando el artículo sobre la hija del pastor.
—¿A la iglesia? —Rose lo escaneó con la mirada, sin ninguna vergüenza—. ¿Desde cuándo eres tan devoto?
—A Humlebæk, quería decir. El museo Louisiana me ha invitado a uno de sus eventos literarios, y la iglesia queda justo al lado. —Carl se arrepintió en el mismo momento de decirlo.
En el evento en cuestión participaban principalmente poetas galardonados, y Carl quiso cancelarlo en cuanto la responsable de prensa de la editorial se lo coló en el calendario.
Y, además, ¿no se había prometido a sí mismo que no haría más favores al Departamento Q a no ser que estuvieran con la soga al cuello?
Si al menos aprendiera a cerrar el pico…
—Sería genial si pudieras pasar a visitar a esa familia. Seguramente no nos lleve a ningún lado, pero ahora mismo tenemos que comprobarlo todo —dijo Rose.
Helena se aclaró la garganta.
—¿Qué? —Rose la miró como se mira a una mosca en la sopa.
—¿Puedo volver a imprimir? El otro fragmento de papel también es interesante. Los peritos creen que es un folleto y dicen que el papel tiene una superficie… ¿Qué significa «satinada»?
—Brillante —zanjó Rose, poniendo los ojos en blanco—. ¡Ni que fuera tan difícil!
—Resulta que es de Charis. Mirad. —Helena señaló la fotografía del trozo de papel chamuscado, en el que se distinguía la parte inferior del torso de alguien vestido de azul claro—.
Abajo, en letra pequeña, se puede leer la dirección.
Está en las afueras de Blo… No puedo pronunciarlo… ¿ Blo-strø-øt ?
—Blovstrød —intervino Rose.
— Oui. Blo-strøt . Lo he comprobado en Google. Coincide con la dirección de la clínica.
Assad silbó.
—¿Un folleto de Charis en la caravana?
—Eso parece —dijo Carl—, así que el viudo sigue en el punto de mira.
Rose tecleó algo en el ordenador.
—El de la bata, en el dorso del folleto, debe de ser Kaare Berg, el propietario. Es cirujano plástico y lo usan siempre como la cara visible porque el tipo es guapo, no lo vamos a negar. Quizá deberíamos ir a hablar con él antes de hacerle una visita al viudo.
—De acuerdo. Vámonos —afirmó Assad.
—Yo no —soltó Rose.
—Yo tampoco —secundó Carl, levantando las manos—. De hecho, si alguien pregunta, yo no he estado aquí. Como Terje o, Dios no lo quiera, alguno de los abogados se entere de que estoy involucrado en una investigación abierta, se va a armar una gorda.
—Me refería a vosotros dos —aclaró Rose, señalando a Assad y Helena sin levantar la mirada—. Y esta vez procurad no liarla con bombas.
Assad y Helena intercambiaron una mirada. Ninguno de los dos parecía especialmente entusiasmado ante la perspectiva de otra excursión juntos.