29. Carl
CARL
Rose dio un respingo cuando Carl abrió la puerta de su despacho y la saludó con un «¡buenos días!
». Ella nunca había sido de pegar chillidos ni de repartir abrazos fraternales, por suerte para sus compañeros.
Sus saludos matutinos consistían en un variado repertorio de suspiros ruidosos, ojos en blanco y algún que otro latigazo verbal, señales inequívocas de que todo seguía en orden.
Pero la mirada opaca que ahora le lanzaba a Carl era nueva.
—¿Tú qué haces aquí? —preguntó, volviendo la vista a la pantalla del ordenador como si la respuesta de Carl no le importara lo más mínimo.
Carl miraba alternativamente a Rose y al despacho, cada vez más desconcertado.
Tal como Assad le había confiado, tenía la tez pálida y el pelo apelmazado; daba la impresión de que hacía días que no se duchaba.
Había papeles desparramados por todo el escritorio, sujetos tan solo por tazas de café usadas; en el sofá, las carpetas se apilaban en torres tambaleantes, y por el suelo rodaban seis o siete latas de cocacola vacías.
Carl jamás la había visto en medio de tal desbarajuste; es más, recordaba a la perfección las broncas monumentales que le había echado aquella misma mujer por haberse atrevido a usar una lata vacía o el cajón del escritorio como cenicero.
—Ya os avisé de que me pasaría por el departamento de vez en cuando. Labores de documentación, ya sabes; los escritores nos tomamos estas cosas muy en serio. ¿Todo bien por aquí?
Rose volvió a alzar la vista. Se le contrajeron las pupilas, que se clavaron en él como dagas, perforándolo sin piedad, mientras el cuerpo le empezaba a temblar como una olla a presión a punto de estallar.
Carl tuvo que contener las ganas de salir del despacho antes de que ella abriera la boca. Pero el estallido de ira nunca llegó.
—Todo bien —logró mascullar con los labios apretados.
—No parece que estés bien, Rose. —Envalentonado, Carl dio un paso más hacia ella—. Assad está preocupado por ti.
Rose se puso en pie.
—Si yo digo que estoy bien, es que estoy bien, ¿estamos?
—Daba la impresión de que el ligero esfuerzo de haberse levantado de golpe había bastado para dejarla sin aliento—.
Es solo que estoy muy ocupada, lo que no es una sorpresa después de que a la francesita se le ocurriera volar en mil pedazos un posible escenario del crimen.
Sea como fuere, si Ole Horsten estuvo cautivo en esa caravana hace cuatro años, las pruebas se habrán destruido.
—Quiso golpear la mesa, pero por accidente derribó un vaso de agua.
Se apresuró a secar el estropicio con el dobladillo del vestido.
Carl titubeó un instante. ¿Debería ofrecer su ayuda o no?
La verdad, no le apetecía demasiado involucrarse y, además, tenía otras cosas que hacer, como pasarse por la biblioteca de camino a casa a recoger un libro sobre dramaturgia que Mona le había encargado y que tenía toda la pinta de ser un somnífero potente.
Por otra parte, ya había visto lo suficiente como para contagiarse de la preocupación de Assad.
Sin ir más lejos, en aquel momento Rose daba resoplidos de frustración mientras trataba de rescatar sus papeles mojados.
—¡Toma! —Assad entró en el despacho y le acercó un paño. Llevaba un apósito nuevo, pero estaba todo lo bien afeitado que podía estar, y tenía mucho mejor aspecto que el día anterior. Parecía de buen humor—. En el despacho grande tengo café y dátiles para todos.
Mientras se dirigían a su antiguo despacho, Carl pudo sentir la mirada de pocos amigos de Rose clavada en la espalda.
—He aprovechado el fin de semana para examinar a fondo las cartas de amenaza —dijo Rose justo cuando Carl se sentaba detrás del escritorio mientras Assad le colocaba en la mano dos dátiles pegajosos.
Seguro que contenían más fibra de la que Carl ingería en toda una semana, y pensó en cómo podría despegarlos de los dedos y esconderlos en un cajón sin que lo vieran—.
Se enviaron a la antigua usanza, por correo postal —continuó Rose, que ya había devorado dos dátiles y escupido los huesos—.
Las cartas físicas las están examinando los peritos, a ver si son capaces de sacar huellas dactilares del sobre, o adn del sello, que no sea de Ole ni de Konrad Horsten.
Podemos tener suerte y que el remitente aparezca en los registros policiales.
Lo que yo tengo aquí son fotos de las cartas.
Les mostró una foto de una carta escrita con torpeza en letras mayúsculas en la que se podía leer: «asume tu responsabilidad. o cierras charis, o tú y tu familia os arrepentiréis».
En la siguiente foto se veían dos sobres.
—Una de las cartas de amenaza se envió a principios de enero de 2019, y la siguiente, a finales. Unos meses antes, la Clínica Charis se vio envuelta en un escándalo; aquí podéis orientaros sobre el caso —Rose le pasó a Assad la copia de un artículo del periódico Morgenavisen .
—«Hoy, su viudo sufre en soledad, sumido en la desesperanza» —leyó Assad en voz alta—.
«“Confiábamos en los médicos, pensábamos que sabían lo que hacían”, dice Max Pil Clausen, que todavía no ha reunido fuerzas para ordenar la ropa y los zapatos de su difunta esposa.
“Les importa un bledo si sus pacientes acaban muertos o inválidos. Es un negocio despiadado”».
—«Muertos o inválidos»… Eso se parece mucho a la expresión que aparecía en la segunda carta, ¿no?
¿De qué iba el caso? —Carl le quitó el artículo de las manos a Assad.
Aquel ping-pong entre Assad, Rose y él, el sentirse otra vez parte del equipo, prendió en su interior una chispa de felicidad.
La vida de escritor era más solitaria de lo que Carl estaba dispuesto a admitir.
—Yo te lo explico. —Rose miró a Carl con aire triunfante—.
He investigado todas las denuncias oficiales de pacientes de Charis desde 2013, el año en el que se fundó la clínica, hasta abril de 2019, cuando despidieron a Ole Horsten, y no son pocas.
He encontrado un total de nueve casos registrados en la Dirección General de Denuncias del Paciente.
Las denuncias provienen tanto de pacientes como de familiares.
Algunos han hecho declaraciones a los medios en varias ocasiones; un par de empleados despedidos tampoco se quedaron cortos.
—Rose miró sus notas—. El más grave es el caso de este artículo: una liposucción fallida en septiembre de 2018.
A la paciente, Mariann Pil Clausen, de cincuenta y cuatro años, le perforaron el intestino delgado durante la operación.
En las semanas siguientes, Mariann fue empeorando progresivamente, con fuertes dolores abdominales, náuseas y fiebre.
Apenas un mes después murió de sepsis; parece que las bacterias del intestino se habían filtrado por toda la cavidad abdominal.
—¡Qué puto desastre! —exclamó Carl.
—Nuestros viejos amigos de Gossip se explayaron sobre el caso, pero no fueron el único medio que lo cubrió. Otros pacientes descontentos aparecieron en periódicos de alcance nacional, y ese programa de consumidores del canal DR1 hizo un reportaje crítico sobre Charis.
—Tenéis que hablar con el viudo —dijo Carl en su habitual tono gruñón, cayendo en la cuenta de que Rose y Assad eran más que capaces de deducir eso por sí solos. Ahora que Rose había podido lucirse con sus hallazgos, parecía la misma Rose refunfuñona de siempre. Bueno, más o menos.
—En el artículo describen al viudo como alguien que apenas pudo vaciar el armario. ¿Os parece que tendría fuerzas para planear un crimen y encerrar a alguien varios días antes de matarlo? —preguntó ella.
—Muy buena observación, Rose, ¿no te parece, Carl? —Assad lo miró con un entusiasmo desmedido a la vez que le hacía la pelota a Rose sin el menor disimulo; se notaba lo contento que estaba de que el viejo trío cabalgara de nuevo. Ya solo faltaba que entrara Gordon por la puerta.
—«Cuando creía haberme liberado, ¡ellos me obligan a seguir! » —dijo Carl con voz ronca. Pensó que su imitación de Al Pacino no estaba nada mal, modestia aparte.
—¿Qué? —Rose alzó la vista.
—Nada.
—O sea, has hablado de otras ocho denuncias, Rose.
¿Son igual de graves que esta? —Assad iba ya por el décimo dátil.
Con un leve giro de mandíbula, hizo aparecer el hueso entre los labios.
Carl lo miró, fascinado, mientras Assad repetía el truco de separar al momento el hueso de la pulpa sin tener que abrir la boca.
—La liposucción fallida fue la única con consecuencias fatales —aclaró Rose, tomando un artículo del montón—, pero fijaos en este otro caso.
Dice el titular: «Vivo en un infierno de dolor constante: el médico me destrozó la vida».
El sábado me acerqué a casa de este paciente y me contó que en 2018 lo operaron de una hernia de disco en Charis, pero algo salió mal, y desde entonces hay días en los que está en silla de ruedas, así que difícilmente podría ser él quien esté detrás del asesinato de Horsten.
Y su voz tampoco coincide con la de la grabación.
Carl tomó una copia de un artículo de Gossip de encima de la mesa. «Desfigurada por una operación de estética: “Sufro todos los días”», rezaba el titular, acompañado de la imagen de una mujer de cabello oscuro y mirada triste.
—¿Podemos descartar los casos de mujeres? El de la llamada de emergencia parecía un hombre, ¿no estamos de acuerdo?
—Ya, pero una mujer como esta puede tener un padre o un novio cabreado que quiera vengarse, ¿no?
—dijo Rose—. Y lo mismo se puede decir del viudo o de ese chico en silla de ruedas.
Todavía no podemos descartar a nadie, aunque la paciente del retoque de nariz recibió una indemnización bastante sustanciosa en primavera de 2019, así que quizá se conformó con eso.
Carl se encogió de hombros.
—En principio, habrá que localizarlos e interrogarlos a todos —murmuró, alegrándose internamente de que esa aburrida ronda no le correspondiera a él.