Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 28. Carl
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28. Carl

CARL

El cursor parpadeaba en la pantalla, una vez por segundo.

Y con cada parpadeo, con cada segundo que se perdía en la nada, el sudor frío que le recorría el cuerpo iba en aumento.

Carl se había quedado bloqueado incluso antes de empezar.

No había conseguido ni una sola frase aprovechable pese a haber pasado el día entero delante del ordenador mirando fijamente ese documento en blanco.

La carta casi desintegrada que apareció dentro de la botella en Escocia y que desencadenó el caso de los niños secuestrados sí la recordaba con todo lujo de detalle, pero convertirlo en frases y capítulos, y que además encajaran con elegancia… eso era otro cantar.

Se recostó en la desgastada silla gamer de Ludwig, que cedió con un crujido.

El nieto de Mona ya no vivía en casa, y Mona y Lucia habían salido al patio a recoger castañas. Tenía tiempo y tranquilidad de sobra, así que no entendía por qué demonios no conseguía empezar.

«Cuando te falte motivación, mira la cuenta del banco», le había dicho Mona recientemente, pero era como si las palabras se hubieran quedado atrapadas en una habitación cerrada y él hubiera perdido la llave.

Desde que estuvo en aquel deprimente centro comercial, intentando atraer lectores sin demasiado éxito, dudaba de sí mismo.

¿Habría alguien a quien le interesara leer semejante material?

Según Anni, la responsable de prensa, La mujer que arañaba las paredes se había vendido bastante bien para ser un debut, aunque a saber qué significaba eso.

Quizá las ventas fueran más bien fruto de la curiosidad que despertaba su persona tras su polémica estancia en la cárcel que de sus dotes literarias.

Tal vez los lectores de 2023 prefirieran sagas familiares, biografías o ensayos críticos sobre la sociedad actual en lugar de historias de acción trepidante.

Mordió un lápiz, ya mordisqueado hasta la saciedad, tratando de imaginar que era un cigarrillo.

Quizá debería abandonar su carrera de escritor y jubilarse.

Dormir la siesta todos los días, hartarse de pan blanco con mantequilla, beber vino tinto de cartón y fumar de extranjis.

Bueno, ahora que lo pensaba, una cabezadita allí mismo en el escritorio tampoco le vendría mal, ¿no?

¿No había leído en alguna parte que la creatividad exige un alma descansada en un cuerpo descansado?

A través de la ventana abierta le llegaban las voces de Mona y Lucia, que charlataneaban en el patio.

Las vacaciones de otoño habían sumido al país en un letargo, con la fortuna de que también su editora, que era una trabajadora compulsiva, se había ido de vacaciones al mar del Norte, a una casa sin wifi.

Eso sí, antes de irse le había hecho prometerle que el lunes, cuando se reincorporara al trabajo, tendría lista una sinopsis.

A Carl se le cerraron los ojos solo de pensarlo, y estaba a un milisegundo del sueño profundo, cuando en el patio una voz familiar se mezcló con los gritos de alegría de Lucia.

—¡Assad! ¿Tú qué haces aquí? —dijo Carl, mientras se asomaba por la ventana.

Su excompañero logró a duras penas alzar la cabeza y mirar hacia arriba; la hija de cinco años de Carl se aferraba como un oso perezoso a su brazo grueso como una viga.

—¿Estás bien? —preguntó Carl cuando Assad entró en el piso, con un apósito blanco que relucía en la sien entre los rizos canosos. Desde la explosión, hacía cuatro días, Carl solo había hablado con su fiel amigo por teléfono, y Assad se había abstenido de mencionar que él también estaba herido.

—Son solo cinco puntos de nada, no como aquella vez en Suecia que me dieron descargas eléctricas en el pulgar.

Carl cerró la puerta de la habitación mal ventilada de Ludwig y le hizo un gesto con la mano a Assad para que se acomodara en el comedor de la cocina.

—Siéntate; yo voy a poner el café.

—Vale, pero que sea fuerte, Carl. El café danés me hace dormir. —Se dejó caer en la silla con un suspiro.

Carl puso cinco cucharadas extra de café en el filtro mientras observaba a Assad a escondidas. Su amigo era pequeño y compacto, blando por dentro pero duro por fuera, un armadillo humano que había sobrevivido a tal cantidad de lesiones que los médicos deberían conservarlo como caso de estudio.

—Cuéntame con exactitud lo que ocurrió —dijo Carl, cortando dos esquinas del pastel de coco y caramelo que Mona acababa de hornear.

Cuando Assad llegó al momento en el que Helena y él estaban frente a la puerta de la caravana, se detuvo, le echó otros dos terrones de azúcar al café y los removió distraído.

—Sentí algo cuando estaba allí arriba…, algo que me recordó a Irak, como si hubieran puesto minas en la carretera.

—¿En la carretera? —Carl intentó imaginárselo.

—Bueno, en este caso sería en la caravana.

Creo que había algún tipo de detonador en la puerta, y vi que habían manipulado la parte inferior, porque la caravana se veía toda gris y cubierta de moho, pero la rejilla de ventilación de la puerta estaba plagada de huellas blancas.

Carl, intenté evitar que Helena entrara, pero no me quiso escuchar, y entonces… ¡bum! —Abrió los ojos como platos.

—¿Y ella cómo está?

Assad se encogió de hombros.

—Fue muy muy raro, Carl. Después no había forma de que reaccionara.

Estaba tendida en el suelo, gritando una y otra vez, como si llamara a alguien.

Luego empezó a arrastrarse hacia la caravana, pero estaba en llamas, y nunca se sabe…

En una caravana puede haber bombonas de gas; podía haber más explosiones. Tuve que sujetarla.

—Mmm… —Carl sirvió más café en ambas tazas—. ¿Y qué gritaba?

—No lo sé, Carl. Debía de ser algo en francés. Gritaba algo así —Assad frunció los labios y emitió un sonido que a Carl le recordó a los torpes intentos de Lucia por silbar—. Me parece que era un nombre.

—No me digas… Pues tal como lo imitas tú, suena más bien a búho enfermo. Quizá solo estaba asustada por la explosión, o pedía que te callaras… Shhh, shhh. —Carl se llevó el dedo índice a la boca.

Assad soltó una especie de risa a media vela.

—Quizá tengas razón, Carl. Hablo demasiado, tú mismo lo dices.

Carl buscó la mirada de su amigo.

—Menuda explosión, ¿no?

Assad se rascó con cuidado el apósito de la cabeza.

—Tú y yo hemos tenido suerte demasiadas veces, Carl. Pero ya sabes cómo va eso de la suerte…, un día se acaba. Si fuera un gato, ya habría gastado seis vidas y media. No puede seguir saliendo todo bien, ¿sabes?

Sí, Carl lo sabía perfectamente. A lo largo de los años, ni a él ni al resto de miembros del Departamento Q les habían faltado experiencias cercanas a la muerte.

—Y Helena… —dijo Assad sacudiendo la cabeza—. ¡Fue tan imprudente! No sé si puedo fiarme de ella; esconde algo, Carl, estoy cada vez más seguro. Algo le ha pasado en Francia, algo que es un gran secreto. A Marwa tampoco le gusta; piensa que tengo que dejarlo.

—¿Dejarlo? ¿Dejar el Departamento Q? —Carl miró perplejo a su amigo. Se le debía de haber ido la olla.

—Ha salido un puesto de conserje en nuestra comunidad de vecinos; quizá lo solicite —dijo.

—¿Conserje? No, no, no. A ver, viejo compañero… —Carl no había oído jamás semejante tontería. Assad era uno de los mejores investigadores que había tenido la Jefatura de Policía.

—Eso es justo lo que soy, Carl, un vetusto —suspiró Assad—. ¿No podrías volver, Carl? Eres el único capaz de poner las cosas en orden.

—Assad, me retiré hace tres años. Mi tiempo en el departamento se acabó. —Puso una mano sobre el hombro de su amigo. La simple idea de un despertador que suena antes del amanecer todas las mañanas le revolvía el estómago—. Se necesitan nuevas fuerzas; gente como Helena.

—Rose piensa que Helena es una espía —soltó Assad.

—¿Una espía? ¡Madre de Dios! ¿Para quién, para los rusos?

—No, nada que ver con Putin. Rose piensa que Terje la ha puesto en el sótano para vigilarnos. Como pasó con Gordon cuando empezó, ¿te acuerdas? Pues lo mismo.

Sí. Carl se acordaba muy bien de su escepticismo inicial con Gordon, pero es que a aquel joven abogado metemuertos de mejillas más blancas que la leche sí lo había plantado su difunto jefe, Lars Bjørn, como espía en el sótano.

Assad miró al suelo.

—Por eso mismo quiero que vuelvas, Carl. Está completamente fuera de sí.

—A ver, ¿de quién estamos hablando ahora? —Carl pensó en esa cabezadita que nunca había llegado a echar.

—De Rose. No la reconozco, Carl. Está completamente ida.

La ansiedad se extendió por el pecho de Carl. No era la primera vez que Rose excedía los límites de la cordura, pero hacía ya mucho tiempo que no veían a sus alter ego ni a su clan de hermanas.

—¿Cómo de ida?

—Últimamente está muy arisca y gruñona.

—Pero Rose viene así de fábrica, Assad; solo existen las versiones «gruñona» y «muy gruñona».

—Es que ahora es aún peor. Nada va bien. Está convencida de que van a cerrar el Departamento Q, se niega a hablar con Helena, nos regaña a todos y va al baño cada dos por tres. Al principio decía que era porque le había sentado mal mi té, pero no puede ser, Carl, ya ha pasado una semana.

Justo ese detalle no le pareció tan improbable a Carl.

No sería la primera vez que una de las apestosas infusiones de hierba de San Gerardo de Assad le daba a alguien un dolor de barriga de campeonato.

Pero que Rose se comportara de manera tan extraña durante tanto tiempo, hasta el punto de que el estado de ánimo de Assad se resintiera… eso sí que lo inquietaba.

—Pero ¿va a trabajar?

—Sí, pero nos ha dicho que no quiere ver a nadie en la oficina hasta mañana, cuando los peritos tengan las primeras conclusiones sobre la explosión.

Carl se quedó pensativo. Quizá debería pasarse por allí para averiguar qué le sucedía a Rose.

Mona había decidido que toda la familia iría al Museo al Aire Libre de Copenhague a tallar linternas de Halloween, pero, a decir verdad, no se le ocurría nada más humillante que sentarse en un taburete de madera, con las rodillas a la altura de las orejas y las manos pringadas de pulpa pegajosa de calabaza.

Una repentina preocupación por la salud de Rose sería la excusa perfecta para librarse, y hasta Mona la aprobaría sin protestar.

De hecho, el plan para el día siguiente pintaba estupendo: primero, una visita al sótano de la Jefatura; luego, directo al sofá de casa para estimular la creatividad con los ojos cerrados.

—No hay forma de que me escuche —prosiguió Assad.

Carl le dio una palmada en el brazo.

—De acuerdo, Assad. Mañana me paso por allí.