27. Jakob
JAKOB
Oyó al coro de niños desde cientos de metros de distancia.
Era un cálido día de primavera, las ventanas estaban abiertas y las voces cristalinas llegaban ondulando hasta él como un canto de sirena.
Echó a correr en dirección a la música. Primero avanzó despacio, como si no pudiera creer lo que oía, pero el pánico no tardó en apoderarse de él y fue dando acelerones por el pasillo hasta sentir que las piernas le ardían.
Llegó al aula de canto, empujó la puerta y se quedó paralizado en el umbral.
Los niños del coro estaban alineados a la perfección, con las partituras abiertas frente a ellos, entonando el «Morgensang» de la cantata Elverskud , del compositor Niels W. Gade.
—¿Qué horas son estas de llegar? —Ole Horsten dio tres pasos hacia Jakob y se plantó frente a él—. Los demás llevamos una hora ensayando.
—Es que… me dijeron que el ensayo se había aplazado —Jakob miró a Berg y a Konrad, hombro con hombro en la última fila. Berg sonreía de lado, y en los ojos de Konrad había una mezcla de angustia y curiosidad.
—Pero ¿qué tontería es esa? —resopló Horsten—. En todo el tiempo que llevo en Laurenti, el ensayo de los sábados siempre ha comenzado a las nueve y media, y ninguna enfermedad ni ningún rezagado lo van a cambiar.
Un murmullo de inquietud empezó a recorrer las filas y Jakob vio cómo los demás cuchicheaban entre ellos.
—Pero me dijeron que hoy empezábamos a las diez y media —dijo Jakob, a punto de llorar. Llevaba nueve meses en Laurenti y nunca había tenido problemas.
—¿Y a ti quién te ha dicho eso? Aquí los horarios los decido yo, y punto. —Horsten alzó la cabeza con aire imponente.
Jakob miró a Berg, que le devolvió la mirada con esos ojos pequeños y penetrantes. Sabía perfectamente lo que le querían decir. Aquella mañana temprano, Berg había llamado preguntando por él.
—El ensayo se aplaza una hora; hoy empezamos a las diez y media —había dicho.
—¿Cómo lo sabes?
Que él supiera, solo una vez se habían incumplido los rígidos horarios del director, cuando la comitiva de la reina llegó con seis minutos de retraso a un concierto festivo en la iglesia del Palacio de Fredensborg.
—Me lo ha dicho Konrad. ¿O crees que me lo he inventado? —había contestado Berg—. Su padre nos pidió que hiciéramos una cadena de llamadas.
Jakob apenas podía creer su propia suerte.
Lise y Asger estaban alargando el café de la mañana en su pequeño apartamento de encima de la farmacia.
En la radio sonaba el programa Enciclopedia de la música , la estufa estaba encendida y un ligero olor a panecillos recién horneados se extendía desde la cocina.
Una hora más allí era la felicidad en estado puro.
«Qué bien que hayas hecho tan buenos amigos», le había dicho Lise cuando él entró en el salón. Jakob asintió, más que nada porque quería que sus padres de acogida lo vieran como ese tipo de niño que hace amistades con facilidad.
—¡Contesta, Solvig! ¿Por qué se iba a cambiar la hora del ensayo?
—El director del coro se acercó un par de pasos y le clavó la mirada.
Tenía un tic nervioso en la comisura derecha de la boca, y Jakob comprendió de forma instintiva por qué.
Tras el concierto de Navidad, Jakob había pasado a ser la voz principal del coro y se había convertido en uno de los favoritos del director y en objeto frecuente de sus elogios y atenciones.
Pero ahora se encontraban ante una situación que debía tener consecuencias, ya que cualquier muestra de permisividad daría pie a que los demás niños pensaran que la puntualidad y la preparación podían negociarse—.
La cosa es que has llegado tarde, y yo no tolero esa clase de dejadez.
Me temo que hoy no podrás ensayar. —Horsten giró sobre sus talones.
—Pero… —Jakob apenas podía dar crédito a lo que le estaba pasando.
—¡Fuera! —dijo el director, señalando la puerta sin mirarlo—. Sal. ¡Vergüenza te tendría que dar!
Segundos después, Jakob estaba sentado en el pasillo frente a la secretaría del colegio, sin saber qué hacer. Lise y Asger ya se habían ido y no regresarían hasta dentro de tres horas; aunque tuviera una moneda para la cabina telefónica, no podría localizarlos.
Se quitó la chaqueta y hundió la cabeza en ella. Seguro que ya no podría participar en la gira por Francia el próximo año, ¿y qué pasaría si el colegio le retiraba la beca? ¿Lo vendrían a recoger sus padres para llevárselo de vuelta a Bornholm?
El sonido seco de unos tacones que golpeaban el suelo de baldosas le hizo levantar la vista.
Ante él se encontraba una mujer con el cabello castaño caoba recogido en un moño impecable.
Jette Horsten era la esposa del director del coro y madre de Konrad, y trabajaba unas horas a la semana como secretaria del colegio.
Se puso en cuclillas y lo miró a los ojos, enrojecidos por el llanto.
—¿Por qué lloras, Solvig? —le preguntó con tanta dulzura que Jakob empezó a llorar aún más. Hurgó en el bolso hasta encontrar un pañuelo perfumado con el que le secó las mejillas con delicadeza—. Cuéntame qué te ha pasado.
Escuchó a Jakob contarle, con la voz entrecortada por los sollozos, la conversación telefónica de aquella mañana y el rapapolvo que le había echado su marido.
—¿Y quién te llamó? —Una arruga profunda se formó entre las cejas finas de Jette.
—Berg. Y… y Konrad. Berg me dijo que a él se lo había dicho Konrad.
—¿ Mi Konrad? —Jette Horsten miró un momento hacia la puerta cerrada del aula de canto antes de pasar con suavidad el pañuelo por una de las mejillas de Jakob—.
El problema… —empezó, con voz tierna. Jakob se dejó reconfortar un instante por su actitud maternal, hasta que ella espetó—: El problema es que solo piensas en ti mismo.
Jakob alzó la vista, sorprendido. Jette Horsten lo contemplaba con una expresión que no se correspondía con el tono cariñoso de su voz.
—Por lo que me ha dicho Konrad, en algunos ensayos has… te has hecho notar a expensas de los demás.
—¿A expensas de los demás? —Jakob no conocía esa expresión.
Jette Horsten esbozó una sonrisa tensa.
—Sí, los demás niños no tienen ninguna posibilidad cuando tú acaparas la atención de esa manera.
—Pero… —Su protesta no llegó a ninguna parte. La conversación había dejado de tener sentido para él.
—Konrad ensaya tanto como tú, o puede que incluso más, porque sabe que hacer la pelota no lo lleva a ninguna parte; su padre lo cala al momento —Jette lo miró—.
A Konrad está a punto de cambiarle la voz, y a Berg también.
Si fueras un buen compañero, les darías la oportunidad de disfrutar de estas últimas fantásticas experiencias, ¿no te parece?
Tú tienes toda la vida por delante. ¿Cuántos años tienes? ¿Ocho?
—Nueve.
—¡Madre mía! ¿Y con nueve añitos ya has cantado el solo de Laudate Dominum ? Konrad daría un brazo por vivir esa experiencia.
—¡Pero me engañaron! —Jakob se apartó unos centímetros. La proximidad de Jette se le antojaba ahora como una maniobra de manipulación, y sintió náuseas al empezar a comprender que aquellos niños no eran sus amigos, y su talento no era un regalo para el coro, sino una amenaza para los demás.
—¿Que te engañaron? —Jette Horsten dejó escapar una risita—.
Caramba, eso es una acusación muy grave.
Yo creo que se trata de un malentendido, Solvig.
Mi hijo, desde luego, no engaña a nadie.
—Se abrió la puerta del aula de canto—. Mira, es la hora del recreo; podemos preguntarles si están de acuerdo con tu versión —dijo cuando los niños empezaron a salir en tropel, y le hizo un gesto a su hijo, que estaba entre los primeros—.
¡Konrad! —El chico se sobresaltó al ver a su madre sentada junto a Jakob, fuera de su despacho—. Dile a Berg que venga también.
Los dos muchachos se acercaron; Konrad avanzó titubeante, esquivando los ojos de su madre, mientras que Berg lo hizo con la cabeza erguida y le lanzó a Jakob una mirada fulminante.
—Jakob dice que le habéis mentido a propósito para que llegara tarde al ensayo de hoy. ¿Tenéis algo que decir? ¿Konrad?
El chico se encogió de hombros.
—Yo no he tenido nada que ver —respondió.
—¿Berg? —Jette miró al mayor.
El rostro de Berg se iluminó con una sonrisa encantadora.
—Solvig, Solvig, Solvig… ¿Es que tú no miras el calendario?
Dio un paso atrás, arrancó una hoja de un calendario de pared y la acercó tanto a la cara de Jakob que este a duras penas pudo identificar el enorme número uno. «Sábado, 1 de abril de 1989», decía. Día de los Inocentes en Dinamarca.
—¡Era una inocentada, joder! —dijo Berg, y se giró hacia Jette Horsten—. Perdón por la palabrota, señora Horsten. —Hizo una reverencia al estilo de un actor de cine mudo y le dio a Konrad un empujoncito en el hombro—. Venga, que empezamos en breve. No vaya a ser que lleguemos tarde —añadió.
Jette Horsten contempló a los chicos con una ligera sonrisa. Luego le dio una palmada a la pierna a Jakob, evitando mirarlo.
—Estos niños… —Se le borró la sonrisa—. No seas tan egocéntrico, Solvig. Ya has oído a Berg; no era más que una broma.
Y se marchó.