26. Jakob
JAKOB
En cuanto vio las cintas de acordonamiento rojas y blancas que bloqueaban la entrada, supo lo que había pasado. La caravana, con todo lo que guardaba en su interior, había desaparecido, volado en pedazos. Lo que no sabía era qué se suponía que debía sentir ahora.
No estaba preocupado ni nervioso. Sabía que no quedaba nada que pudiera vincularlo con la explosión; había colocado las cargas con una precisión absoluta.
De su infancia en Bornholm apenas sacó nada de provecho, pero tras estar obligado durante años a escuchar conversaciones sobre técnicas de explosivos durante las comidas, un par de cosas sí se le habían quedado grabadas.
El peso, los materiales y la inflamabilidad de la caravana…
, nada había escapado a sus cálculos. Las cargas más potentes las había colocado bajo los asientos; al ser detonadas, la caravana debió de levantarse literalmente del suelo.
Las más pequeñas las había distribuido siguiendo un patrón regular en la parte trasera del tablón de la pared.
Jakob se bajó del coche y se caló el gorro hasta las cejas para ocultar el pelo y parecer un obrero cualquiera.
Había aparcado entre unos pinos muy densos, un par de cientos de metros más abajo, y si la Policía seguía trabajando en la casa, pasaría de largo sin llamar la atención, con las manos cruzadas a la espalda y saludando con la cabeza, como un vecino más.
Se llevó una mano al pecho para poder palpar lo que sentía.
¿Había en él algo de tristeza al ver que los últimos vestigios de «Asger y Lise» en su vida se habían reducido a ceniza?
Su madre siempre decía que había puesto a aquellos «viejos hippies» en un pedestal, y aunque Jakob sabía que esas palabras eran fruto de la pura envidia, en su momento lo habían enfurecido.
Ahora, mientras contemplaba la valla destrozada y las recientes huellas de neumáticos que conducían a la parte trasera de la casa, sintió que la furia volvía a apoderarse de él.
Sintió una vibración en su bolsillo derecho y miró la pantalla con una mezcla de asco e irritación. Era como cuando uno huele a mierda y de repente aparece: para una vez que pensaba en su madre… ¡y justo se le ocurría llamarlo!
—¿Qué? —dijo al teléfono.
—Espero no molestar —sonó una voz tímida al otro lado. Siempre ese tono fingido de disculpa. ¿Por qué nunca llamaba él ? Eso era, en realidad, lo que se escondía tras la pregunta.
—Pues… sí, sí molestas —respondió. Era más fácil decir la verdad.
—Tu padre te manda saludos… Está muy mal; son los pulmones —la voz de su madre se quebró—. El médico dice que ya no hay nada que hacer.
Jakob siguió las huellas de neumático hasta la parte trasera de la casa de Asger y Lise. Pertenecían a un vehículo grande y pesado, casi con toda seguridad al camión grúa de la policía, porque la caravana ya no estaba. O ya no estaba entera; no podía haber quedado de ella más que el chasis.
—¿Y? —inquirió.
Su madre vaciló un instante.
—Pensaba que quizá sería buena idea que vinieras de visita.
—¿Y eso por qué? —Jakob fijó la mirada en el rectángulo chamuscado al fondo del jardín.
Constató, satisfecho, que la potente explosión había levantado casi toda la tierra alrededor de la caravana, y las partículas blanco-grisáceas del chasis se esparcían por el bosque como copos de nieve asimétricos.
—Como ya te he dicho, a tu padre no le queda mucho —continuó su madre, ahora con impaciencia—. Incluso tus hermanos vienen a verlo, como mínimo, una vez por semana. Y eso que ya tienen suficiente con lo suyo.
Jakob no respondió. Su hermano mayor cobraba una pensión por invalidez: la artrosis en los hombros y la espalda lo había dejado fuera de combate a los cuarenta y cinco, y hasta los pronósticos más optimistas le auguraban un futuro con silla de ruedas y un alto consumo de opioides.
Al mediano lo habían despedido de la cantera al poco de cumplir veinte años de servicio y, según su madre, vivía de llevar turistas en autobús por la isla en verano.
En invierno se dedicaba a comer fritangas y a planear ingeniosas venganzas contra la mujer que lo había abandonado tras cinco años de matrimonio, por suerte, sin hijos.
En definitiva, su padre y sus hermanos se habían venido abajo con mayor rapidez, creatividad y eficacia de lo que Jakob jamás habría podido imaginar.
—No tengo tiempo —dijo Jakob mientras inspeccionaba el jardín de Asger y Lise.
Los matorrales del jardín trasero habían quedado completamente aplastados por las pisadas.
Al parecer, habían acudido al lugar un puñado de peritos de la policía y, según los compañeros de la redacción que cubrían el caso, quien había agarrado la puerta y detonado la explosión, que se llegó a escuchar en Tisvilde, a unos diez kilómetros de allí, no había sido cualquier pelagatos. No. Habían sido dos agentes de policía.
—¿No tienes tiempo para tu padre que se está muriendo?
—preguntó la voz temblorosa de su madre.
Seguía albergando la esperanza de que su marido y el menor de sus hijos se reconciliaran, pero Jakob no había visto a su padre ni a sus hermanos en veinte años, y no iba a cambiar ahora de idea.
En su adolescencia había suplicado y rogado a sus padres que buscaran especialistas.
Había entrenadores vocales, fisioterapeutas, profesores de canto y otorrinos a quienes pedir ayuda; incluso había médicos en el extranjero capaces de operar las cuerdas vocales y alterar la voz, pero su padre lo había descartado todo porque le parecía una estupidez.
«¡A ver si voy a tener que gastar el dinero que tanto me ha costado ahorrar en recorrer medio mundo para que el niño pueda ser un chillón profesional!
¡Ya basta de tanta tontería! Los hombres de esta familia tienen un trabajo de verdad.
El chico tiene que aprender a usar las manos», había oído decir a su padre una noche, mientras él estaba en la cama.
¿De verdad esperaba que ahora Jakob fuera corriendo y lo tratara con cariño y empatía?
En cuanto a la madre… Cinco años atrás se había presentado sin avisar en su casa de Vanløse con un brazo de gitano de esos baratos del supermercado. Quería evitar a toda costa que una situación tan incómoda se volviera a repetir. Y mucho menos ahora.
—Trabajo toda la semana —contestó.
—¿Y el fin de semana?
La noche empezaba a caer sobre el jardín trasero de Asserbo.
Jakob contempló por un instante la casa de Asger y Lise, empapándose de esa imagen por última vez.
Sabía que jamás regresaría. La policía no había aclarado si los dos agentes heridos le seguían la pista, pero sentía que la presión sobre él iba en aumento.
Al mismo tiempo, el incidente le había infundido determinación: ya no tenía nada por lo que vivir, ni ganas de seguir esperando.
Solo quería terminar lo que había empezado. Y el sábado…
—El sábado me voy de viaje —contestó.
Seguía siendo más fácil decir la verdad.
Porque la noche del sábado daría comienzo su nueva vida.
Ya había reservado un billete para el tren nocturno de Hamburgo a Viena.
Una vez allí, buscaría unos baños públicos donde afeitarse la cabeza.
Después compraría un coche, subiría a las montañas y, llegado el momento, seguiría su camino en dirección sur, preferiblemente hasta el sur de Italia.
Si los capos de la mafia habían conseguido esconderse allí durante treinta años, ¿por qué no iba a lograrlo él, un periodista autojubilado con 5 millones de coronas en el bolsillo?
—¿De viaje? ¿Unas vacaciones organizadas? —La voz de su madre mostraba ahora un atisbo de envidia.
—Algo más que unas vacaciones. —Jakob se abrió paso entre los matorrales para adentrarse en el bosque. Las sombras de las coníferas se habían condensado en una mancha oscura grisácea, casi negra, así que, por seguridad, decidió regresar al coche por la linde del bosque.
—¿Y cuándo vuelves? ¿No crees que tu padre se merece una despedida decente?
Jakob no se molestó en contestar. Por un lado, su madre trataba de despertar en él un sentimiento de culpa que no existía; por otro, sobreactuaba como una actriz aficionada.
—Jakob, eres el ser más egoísta que he conocido —sentenció con reproche—. Te crees mejor que tu propia familia, más culto que nosotros, y siempre lo has creído, pero no eres más que un vago que no deja de lamentarse por una carrera musical que nunca llegó a despegar.
Los faros de un coche se acercaban por la carretera. Jakob se detuvo y se ocultó tras un grueso pino.
—Todo es «yo, yo, yo, el pobre genio incomprendido» —su madre casi escupía al teléfono—. ¡Diablos, Jakob, solo piensas en ti mismo!
Jakob siguió con la mirada las luces traseras rojas del coche desconocido hasta que desaparecieron tras una curva.
Quiso avanzar, pero aquellas palabras le oprimían el cuello como una soga invisible.
Quiso gruñir de rabia y gritarle al móvil que por supuesto que solo pensaba en sí mismo, porque ¿quién lo iba a hacer si no?
¿Quién, a excepción de Asger y Lise, lo había defendido y se había puesto de su parte alguna vez?
Quiso mandar a su madre a freír espárragos, pero de pronto irrumpió en su mente un recuerdo que absorbió toda su atención.
«Solo piensas en ti mismo».
No era la primera vez que se lo decían.
Ante sus ojos desfiló la imagen de una mujer elegante de poco más de cuarenta años con el pelo de color caoba peinado en un moño impecable, seguida de otra imagen de esa misma mujer abriendo la puerta de su casa.
Había envejecido, se había encogido con la edad y su piel se veía fina y traslúcida a la luz mortecina de noviembre.
Le había parecido más ligera que una pluma cuando la levantó y la llevó en brazos por las escaleras que bajaban al sótano. Tenía la mirada apagada y confundida, pero el pelo… el pelo seguía recogido en ese moño impecable.
Jakob siguió caminando a tientas en la oscuridad. Los matorrales y las ramas caídas se le enganchaban a los pies como finas garras retorcidas.
Todo había salido mal desde el momento en el que puso un pie en el umbral de la puerta. En un instante de lucidez, la mirada de la mujer con demencia se iluminó y exclamó, alto y claro:
«¡Solvig!».
Lo había reconocido.
¡No lo podía creer! Había tanta gente que, treinta años atrás, le había hecho la vida imposible, que lo había aniquilado y luego olvidado por completo…, pero ella… ¡ella se acordaba de él!
Jakob llegó hasta el coche y abrió la puerta de golpe.
Vaciló un segundo y se quitó el gorro; tenía la frente empapada en sudor y el pulso le latía a cien por hora, desbordado de adrenalina, como si hubiera estado huyendo de una bestia salvaje.
Cerró los ojos un par de segundos en esa fría noche de octubre y aspiró el aroma del bosque húmedo, tratando de recuperar el control de su corazón desbocado.
—¿Estás ahí, Jakob? ¡Dime algo de una vez! —gritó su madre.
Entró en el coche y cerró de un portazo. El móvil parecía arder en su mano y, de repente, comprendió que esa sería la última vez que hablaba con ella. Acercó el aparato a la boca.
—Adiós, mamá —dijo, antes de colgar.
«Solo piensas en ti mismo».
Lo había oído en otra ocasión, y Jakob sabía exactamente cuándo. Recordaba la fecha, recordaba el día de la semana, recordaba la hora.