Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 25. Helena
35%

25. Helena

HELENA

Helena dejó la sierra de calar a un lado y se apoyó contra la pared.

Le dolía todo el cuerpo de forcejear con aquellos tablones de varios metros de largo, y el mero hecho de sostener la sierra mientras se abría paso por la madera hacía que le vibrara todo el torso, precisamente lo contrario de lo que los médicos le habían recomendado.

¿En qué demonios estaría pensando cuando se puso el mono esa mañana?

— Imbécile —murmuró, y se arrancó de un tirón la mascarilla antipolvo. Se dejó deslizar hasta el suelo para examinar su trabajo.

Había empezado con el proyecto poco después de llegar a Dinamarca.

Al principio, como agradecimiento a Nanna por haberla acogido cuando se plantó en Copenhague con poco más que una maleta con ruedas, sus herramientas y dos esquejes de su antiguo jardín.

Pero aquel trabajo terminó siendo también una buena terapia.

Primero tuvo que desmontar el viejo armario de Nanna; solo las puertas de teca se habían salvado de la carcoma.

Después bajó todos los escombros desde la tercera planta, arrancó el viejo papel, enlució la pared, lijó y volvió a empapelar antes de poder ponerse manos a la obra con el verdadero proyecto, una estantería empotrada hecha a medida.

Resultó ser mucho más complicado de lo que imaginaba: el suelo era irregular y las paredes estaban torcidas y desniveladas, por lo que cada estante y cada panel lateral debía cortarse con una precisión milimétrica.

En aquel ático se habían oído más tacos e improperios que en un tugurio del puerto de Marsella.

«Tú prefieres morir antes que darte por vencida», le había dicho Nanna al cabo de unas semanas.

Y, si bien era cierto que la descripción le venía a Helena como anillo al dedo, no era toda la verdad: ella tenía planes para aquel mueble; planes que no pensaba compartir con nadie, y mucho menos con Nanna.

—¡Voy a entrar! —gritó Nanna desde el pasillo, aunque no hacía falta que avisara: tenía la vista tan deteriorada que caminaba a trompicones, y se la oía venir desde lejos.

Casi todas las mañanas, en la casa adosada en las afueras de Østerbro, Helena se despertaba con las maldiciones que la mujer musitaba cada vez que se golpeaba un pie o la cabeza en su torpe intento de preparar café.

Nanna seguía sin acabar de aceptar su rápida pérdida de visión.

Difícilmente podía haber un hogar menos idóneo para una mujer de sesenta años casi ciega que una vieja casa de tres plantas con sótano, pero ella no quería ni oír hablar de venderla.

«¡A mí no me echa de mi casa ninguna enfermedad!

», solía decir. Y ahora que Helena vivía allí, se sentía más segura.

Oyó a Nanna trastear con la puerta y, con gran esfuerzo, se puso en pie.

Un dolor punzante le recorrió el costado derecho y le atravesó el pecho.

Tenía dos costillas magulladas y una tercera rota.

Decían los médicos que, dada la magnitud de la explosión, había salido bastante bien parada, y la enviaron a casa con un analgésico.

Helena habría preferido que le recetaran también pastillas para dormir.

Había probado a tumbarse boca arriba, a recostarse sobre el lado izquierdo e incluso a sentarse con tres almohadas en la espalda, pero en los últimos tres días no había logrado dormir más de diez minutos seguidos.

Se sentía exhausta y… —buscó en su aún limitado vocabulario de danés la palabra exacta— ¿excoriada? Sí. Excoriada y avergonzada.

En los momentos que siguieron a la explosión en Asserbo, se había comportado como una loca.

Había gritado y tratado de levantarse; por alguna razón absurda, quería hurgar entre los restos calcinados de la caravana, así que Assad tuvo que sujetarla con sus brazos, gruesos como vigas, y contenerla hasta que llegó la ambulancia.

«Grita y patalea todo lo que quieras, pero no pienso soltarte», le había dicho.

Con solo recordarlo se le ponía la cara como un tomate. ¡Dios mío, qué vergüenza!

Abrir de golpe la puerta de aquella maldita caravana había sido un error imperdonable que había estado a punto de costarle la vida a ella y a su compañero, confirmando así todas las sospechas de Rose y Assad sobre su ineptitud.

Merde ! ¿Cómo había podido ser tan imprudente?

Ella, que estaba siempre alerta y olía el peligro desde lejos.

Su último error como policía lo había cometido más de diez años antes de la explosión, y era algo que no podía repetirse bajo ningún concepto.

La última vez que falló, su vida se derrumbó y su corazón se rompió en pedazos.

Después de aquello, ya no le quedó nada. Solo su padre. Y Nanna, claro.

Abrió la puerta y se encontró a Nanna que sostenía una bandeja con dos tazas humeantes y un cuenco con galletitas de jengibre. Cómo había subido las escaleras con todo eso seguía siendo un misterio.

— Nounou ! —Le retiró la bandeja de las manos y la colocó en el suelo—. ¡Podrías haberte quemado! —La miró con reproche, aunque de poco sirviera, porque el trastorno ocular de Nanna le había arrebatado hacía tiempo la capacidad de leer expresiones faciales.

—Chiquilla, vivo en esta casa desde hace veinte años; mis pies encuentran solos el camino. —Nanna tanteó el rostro de Helena y posó los dedos un instante sobre la mejilla suturada—. ¿Qué tal estás?

— Pas mal . —Helena se encogió de hombros.

—En danés, Helena. Y no me mientas, haz el favor.

—Todo bien. De verdad. —Helena estuvo a punto de reírse. Ya tenía cuarenta y cuatro años y, aunque sus roles se habían invertido y ahora era Nanna quien necesitaba ayuda, a ojos de esta, Helena seguía siendo una niña.

—¿Te sigue doliendo?

—Sí, un poco, pero no es eso lo que…

—Ya —dijo Nanna—. A ti el dolor físico siempre te ha dado igual. Tu padre te llamaba su enfant sauvage , su niña salvaje. Claro que tampoco tenía mucho con qué comparar —sonrió.

Helena era hija única y acababa de cumplir siete años cuando Nanna llegó a la villa de la familia Henry en Rillieux-la-Pape, a las afueras de Lyon.

La madre de Helena, danesa de nacimiento, había fallecido de repente dos años antes.

Una noche se había ido a la cama con fiebre y dolor de cabeza, y a la mañana siguiente estaba muerta.

Meningitis bacteriana. Nunca se supo dónde se había contagiado.

Había oído a un médico entrado en años decirle a su padre: «Es obra del destino». Y en el entierro, el sacerdote trató de consolar a los afligidos con un «Dios la ha llamado a su presencia».

Helena aborreció a ambas autoridades por aquellas explicaciones y pasó noches enteras en vela, furiosa ante lo absurdo de los dos argumentos que supuestamente debían ayudarla a entender por qué a partir de ese momento tenía que arreglárselas sin su madre.

Entonces tomó una decisión: dado que no se podía confiar ni en Dios ni en el destino, de ahí en adelante solo confiaría en sí misma.

Nanna era una de las pocas excepciones a esa regla, pero había costado lo suyo.

La madre de Helena había sido abogada e iba siempre impecable, con tacones y chaquetas inspiradas en Chanel, y a la niña le costó perdonar que su padre contratase como sustituta a una au pair bohemia de acento torpe y vestidos con estampados de flores.

Pero, como el cargo de director de la policía en Lyon implicaba larguísimas jornadas de trabajo, Nanna acabó convirtiéndose en la nounou de Helena, su niñera.

Estuvo con ellos nueve años. Los tres primeros, como au pair a tiempo completo; después se matriculó en una academia de arte en Lyon y se echó novio, un artista francés que se llamaba Luc y que, a ojos de Helena, no era más que un fanfarrón inútil.

El caso es que Nanna nunca se mudó del piso de abajo de Rillieux-la-Pape y pasó a ser una especie de ama de llaves para el padre de Helena y una confidente para ella, hasta que Luc la dejó por una mujer mayor y adinerada, y Nanna decidió regresar a Dinamarca.

Para Helena, aquel fue el segundo peor día de su vida.

—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó Nanna, acariciándole la mano con suavidad.

—Me parece que ya no sirvo para policía. —Helena se volvió a deslizar por la pared para no sobrecargar las costillas—. ¡Joder, siempre voy con los ojos bien abiertos y pienso antes de hacer las cosas! Pero esta vez quise lucirme como una idiota delante de ese…

—¿Assad? —Nanna buscó a tientas las tazas en el suelo y le alcanzó una a Helena.

—Sí. —Helena dio un sorbo al té. Té de jengibre con galletitas de jengibre.

Nanna estaba convencida de que aquella raíz tan potente lo curaba todo, desde problemas digestivos hasta artrosis y resfriados, así que por fuerza tenía que servir para unas costillas magulladas—.

Puede que me dejara provocar por esa mujer del Departamento Q que parece salida de una película de Fellini.

Desde que entré por la puerta no ha hecho más que mostrar rechazo, pero eso no quita que yo haya metido la pata hasta el fondo.

Assad nunca volverá a confiar en mí. —Miró a Nanna—. Tiene mujer y tres hijos, Nanna. ¡Tres!

—¿Y a ti no te parece que un hombre como él también ha cometido errores? ¿No te dijo tu jefe que sobrevivió a una intoxicación por humo y a una fractura de cráneo? Y el otro día me contaste que tenía el pulgar como si se lo hubieran asado en la barbacoa.

Helena se quedó en silencio un instante, incapaz de pronunciar la siguiente frase.

—Llamé a Juju a gritos después de la explosión, llorando como una idiota. Assad tuvo que sujetarme porque yo quería revolver entre los escombros a pesar de que todo estaba en llamas.

Nanna asintió suavemente, con un ligero vaivén.

—Normal. Estabas en estado de shock , y entonces…

—No —dijo Helena, sin poder evitar alzar la voz—. Eso también fue un error; no puedo seguir en la policía si me bloqueo cada vez que oigo un estruendo.

—Claro que puedes. Acuérdate de por qué viniste aquí en primer lugar.

Estás aquí por Juju, ¿no es así? —Posó una mano sobre el brazo de Helena—.

Y no tienes motivos para no confiar en Assad.

Tú misma has dicho que es agradable y un buen investigador, con montones de casos resueltos a sus espaldas.

Sois compañeros, y los compañeros tienen que poder confiar el uno en el otro.

—Yo no confío en nadie, lo sabes muy bien.

—Tal vez sea hora de intentarlo —sugirió Nanna, con cautela.

Helena optó por hacer oídos sordos. Lo habían discutido infinidad de veces: tenía que reconciliarse con su pasado y recuperar la confianza en los demás. Pero ¿cómo?

—¿Y qué pasa si me hace preguntas cuando lo vuelva a ver? Aquí nadie puede saber nada de Juju; sería demasiado peligroso.

Nanna le apretó el brazo.

—Ya lo sé, pero es policía, a lo mejor te puede ayudar a la larga.

Helena negó con la cabeza.

—No tengo intención de quedarme en el Departamento Q.

—¿Por qué no? —Los ojos prácticamente ciegos de Nanna trataron de encontrar la mirada de Helena—. Me da la impresión de que ahí encajas muy bien. Un batiburrillo de excéntricos con problemas para acatar la autorid…

Helena la interrumpió.

—Gracias, pero podías haberlo dejado en «excéntricos».

La idea era resolver el primer caso que se presentara, que ha resultado ser el de los Horsten, y después exigir la vuelta al crimen organizado, que fue lo que me prometieron.

Jamás volveré a ver a Juju si me quedo en ese extraño sótano, desempolvando viejos casos de homicidio.

—Vale, pues resuelves el caso Horsten en un plis plas y ya está —dijo Nanna mientras mordía una galletita.

—¿Es que no lo entiendes? La explosión de Asserbo demuestra que el caso es mucho más complicado de lo que pensábamos.

Por lo que parece, el autor no solo mató a Ole Horsten hace cuatro años; también convirtió la caravana en una trampa con explosivos sin importarle un pepino si se acercaba un niño o un borracho de la calle o…

Un tipo así seguro que carga con más muertos en la conciencia.

Tardaremos meses o incluso años en llegar al fondo de todo esto.

¡Y a mí no me queda tanto tiempo! —La voz de Helena se quebró.

Golpeó el suelo con el puño en un intento de recuperar la compostura, pero no pudo evitar que le brotaran las lágrimas.

Nanna extendió una mano y le acarició la mejilla.

—Nunca volveré a ver a Juju —sentenció—. Quizá ni siquiera lo merezca.

—Pero ¡qué dices!

—Algunos días la nostalgia es tan fuerte que siento que me rompo por dentro. —Helena alzó la vista.

—Lo sé, chiquilla, lo sé. Pero… courage , nosotras vamos a seguir con el plan. —Nanna le puso el cuenco de galletas en el regazo—. Anda, come.

Helena suspiró y echó un vistazo a las galletas. Las había hecho la propia Nanna, así que probarlas era casi una temeridad. Siempre había horneado «a ojo», pero con la vista cada vez peor, la improvisación con las medidas se le había ido de las manos.

—¿A que son las mejores que he hecho nunca? —dijo Nanna con orgullo.

Helena levantó una mano en gesto defensivo. El jengibre hacía que le picara la nariz y la garganta, y sospechaba que un ataque de tos en ese momento haría que las costillas magulladas acabaran de romperse del todo.

—Creo que Assad y tú os llevaríais bien —constató, bebiendo un sorbo de té—. Por cierto, ¿qué es eso de «vamos a seguir con el plan»?

—Tenemos que averiguar quién te envió esos correos tan repulsivos.

—No «vamos» a hacer nada —concluyó Helena, secándose las lágrimas.

—Si encontramos al remitente, quizá averigüemos también qué demonios ocurrió entonces —insistió Nanna—. Esa gente ya te ha destrozado bastante la vida, no puedes seguir así.

—¡Te he dicho que no «vamos» a hacer absolutamente nada! Soy yo quien… —Frustrada, Helena se inclinó hacia delante y las costillas le respondieron con un dolor fulminante que la hizo gemir de rabia.

Nanna tanteó hasta quitarle la taza de las manos.

—¡Así me gusta! ¡Esa es la actitud que quiero ver!

—dijo con una sonrisa—. La Helena que yo conozco no se deja intimidar por compañeros desagradables ni por una pequeña explosión.

Ahora descansa. En un par de días estarás lo bastante bien como para volver al trabajo…

y hacer lo que tenemos pendiente. —Se puso en pie con una agilidad sorprendente—.

Entonces haremos una visita a esa dirección de Brønshøj, ¿te parece?