24. Assad
ASSAD
El chasis crujió sobre la grava cuando Assad aparcó frente a la casa de veraneo de Asserbo. La finca entera estaba sumida en la penumbra, y en la vivienda de entramado de madera de detrás de la valla no se veía ninguna luz encendida, de modo que Assad tuvo que sacar una linterna de la guantera.
—Es algo bizarre , ¿no? —Helena rascó la valla con la uña—. Le hace falta una buena mano de pintura, pero la madera está… ¿Cómo se dice? ¿ Impresionada ?
—¿Impresionante? —Assad agarró el sólido y robusto candado de la puerta de la valla—. Sí, podría decirse que sí.
—No, no, impresionada a presión. Tratada. Yo diría que esta valla no tiene más de siete u ocho años.
Assad se asomó por encima de las tablas, de más de un metro de altura.
—No puede decirse lo mismo de la casa —observó.
Las ventanas de cuarterones tenían varios cristales rotos, y dudaba mucho de que en el interior hubiera agua corriente, calefacción o electricidad.
Del tejado de paja, sucio y gris, colgaban racimos de musgo, y largas grietas de asentamiento resquebrajaban la fachada.
La inmobiliaria que pretendiera vender la propiedad tendría que echar mano de los eufemismos más creativos para no describirla como «auténtica ruina».
—¿Qué sentido tiene poner una valla nueva si ni siquiera piensas mantener la casa?
—Espera, que te hago una herradura —dijo Assad. Se encajó la linterna en la cinturilla del pantalón, se puso en cuclillas y entrelazó los dedos.
—¿Una qué?
—Una herradura. Un estribo. Para ayudarte a trepar. Súbete a mis manos.
Helena miró perpleja las manos de Assad y luego lo observó a él.
Después apoyó sus propias manos en la valla, se impulsó con los brazos como una gimnasta olímpica, pasó la pierna derecha por encima de las tablas y se dejó caer al otro lado.
Entonces esperó pacientemente a que Assad hiciera el mismo movimiento, eso sí, con bastante menos elegancia que ella.
Caminaron hacia la casa. La puerta principal estaba entreabierta, y acabó de abrirse con un chirrido cuando Helena le dio un leve empujón con el codo. Se asomó con cautela al recibidor.
Assad trató de descifrar su expresión.
—Déjame entrar primero —se ofreció, pero Helena soltó un gruñido de fastidio, inclinó la barbilla hacia atrás y cruzó el umbral.
Assad probó a pulsar un interruptor pringoso junto a la puerta, pero, como era de esperar, no ocurrió nada: no había luz ni en el recibidor, ni en el pequeño aseo de la derecha, ni al fondo, en el salón.
Entonces Helena encendió la linterna del móvil y dejó que la fría luz recorriera el espacio, probablemente para averiguar de dónde procedía aquel hedor a moho y excrementos que impregnaba la vivienda.
«Menos mal que Rose no ha venido», pensó Assad, tapándose la nariz y la boca con el brazo.
Unas horas antes, Rose le había arrojado sobre el escritorio un papel con una dirección del norte de Selandia y le había pedido que fuera hasta allí con Helena. Ella apenas tenía fuerzas para regresar en tren a su casa, en Stenløse.
«Tienes que comer algo decente; las galletas saladas son para los peces y los burritos pequeños», le había dicho Assad, pero ella lo despachó con un gesto de fastidio.
Según Rose, esta era la ubicación cerca de Asserbo Plantage donde se encontraba el teléfono de Ole Horsten cuando se le agotó la batería o lo apagaron el 10 de noviembre de 2019. Lo que faltaba por aclarar era si el propio Ole también había estado allí.
La pequeña finca rural databa de 1902 y, según el registro de la propiedad, pertenecía a un australiano de unos cincuenta y ocho años llamado Damien Ritter, quien la había heredado de sus anteriores propietarios, Lise y Asger Ritter, un matrimonio sin hijos que falleció en 2011 y 2013, respectivamente.
Asger Ritter era algo así como un tío abuelo del australiano, pero Damien, que cumplía condena en la cárcel de Canberra por cuatro robos a mano armada, aún no había tenido ocasión de echar un vistazo a su propiedad danesa.
El sonido de un crujido seco seguido de un golpe sordo de algo que caía al suelo llegó hasta ellos desde el salón. Helena volvió la cabeza hacia Assad. Sus ojos verdes permanecían atentos, pero en ellos no había rastro de miedo.
—Espera un momento. —Assad palpó su pistola reglamentaria para comprobar que seguía en su sitio—. ¿Vas armada?
Ella asintió.
Assad trazó un círculo en el aire con el índice, retrocedió unos pasos desde la puerta principal y avanzó entre la hierba y los arbustos que crecían descontrolados alrededor de la vivienda hasta una terraza completamente cubierta de vegetación.
Se asomó con cautela por la esquina. El cristal de la puerta que daba al jardín estaba ennegrecido por la suciedad, pero por la ventana rota de al lado pudo contemplar la mayor parte del salón en la penumbra.
Viendo el mobiliario, parecía como si alguien se hubiera ido a hacer un recado en los años ochenta y hubiera decidido no regresar.
Al pie de un sillón muy gastado se veía una manta tejida a ganchillo.
Había también un aparador con unos cuantos objetos en los estantes: una taza, unos libros encuadernados en piel, el bordado enmarcado de una planta y una licorera intacta.
De la lámpara que pendía sobre la mesa del comedor ya solo quedaba una bombilla desnuda, y las sillas estaban dispersas por todo el salón. Había una estufa gris, cubierta de polvo.
Al ir a asomar la cabeza por la ventana rota, una sombra oscura se cruzó en su camino y le dio un golpe en la sien.
—¡Au! —gritó.
—¿Estás bien? —preguntó Helena, en voz alta pero sin perder la calma.
Assad siguió con la mirada al mirlo que acababa de salir volando por la ventana y que ahora, posado sobre una rama de espino, lo miraba con aire perplejo.
—No era más que un pájaro; creo que ha tirado algo al suelo —respondió. Comprobó la puerta del jardín: no estaba cerrada con llave—. Aquí no hay nadie.
Helena entró en el salón desde el pasillo.
—Pero lo ha habido. He encontrado esto en la cocina —dijo, mostrándole un trozo de papel arrugado.
Era un sucio ticket de compra de dos refrescos, un salchichón y un paquete de pan del supermercado Netto de Helsinge del día 3 de agosto de 2018 a las 17.
20—. Aunque yo que tú no comería ni bebería nada aquí dentro; hay caca de rata y de pájaro por toda la mesa de la cocina.
—Miró a su alrededor—. ¿Ves algo que te llame la atención?
Assad se encogió de hombros. En realidad, no sabía muy bien qué estaban buscando. ¿Una huella de zapato? ¿Huellas dactilares? ¿Un trozo de cuerda? ¿Restos de adn en una botella de plástico o en el sillón?
—¿Crees que retuvieron aquí a Ole Horsten? —Una pequeña arruga en la nariz de Helena dejaba intuir que a ella no le parecía probable.
Assad también lo dudaba. La cisterna del baño estaba seca y llena de lo que parecían excrementos petrificados.
La cama doble del dormitorio y el sofá del salón tenían manchas negras de humedad.
Nadie en su sano juicio dejaría que un anciano durmiera y comiera en un lugar así.
Aunque ¿quién dijo que el agresor estuviera en su sano juicio?
No hacía falta llegar a la locura: Assad sabía mejor que nadie que el odio, la sed de venganza y la avaricia bastaban para acabar con cualquier vestigio de humanidad.
—Hay que precintar la casa y examinarla a fondo. Aquí no puede entrar nadie hasta que sepamos qué le ocurrió al viejo Horsten —concluyó.
Salieron por la puerta del jardín. Assad apartó un arbusto junto a la esquina de la casa para regresar al coche y avisar a los peritos, pero Helena se había detenido.
—Por aquí ha pasado alguien hace poco —dijo, señalando un matojo de hierba alta, aplastada como si la hubieran pisado. De pie en la penumbra, tenía los ojos cerrados y la cabeza alzada, como un felino que acaba de encontrar un rastro—. Aquí huele a podrido.
Assad aspiró varias veces con fuerza, pero no le olió a absolutamente nada. ¡A ver si Rose le había contagiado el «mal de tripas»…!
—Pásame la linterna —ordenó Helena y extendió el brazo hacia donde la guardaba Assad para dirigir después el haz de luz hacia la maraña de pequeños árboles y vegetación.
Bajo el potente foco, Assad alcanzó a distinguir unas losas ocultas entre la maleza, dispuestas de forma irregular, que se extendían desde la terraza hasta los matorrales.
—Vamos a ver qué hay ahí detrás —propuso Helena, deslizándose junto a un enorme rododendro.
—Aquí no huele a cadáver, si es lo que piensas —espetó Assad—. Ese olor no se olvida jamás una vez que se te mete en la nariz.
—¿Y quién ha dicho eso? —replicó Helena, señalando la tierra a su alrededor, salpicada de manchones embarrados que hacían resbaladizo el terreno—. Fruta caída. Manzanas, peras y… ¿Cómo se llaman estas? Cerises . Alguien las ha pisado.
—¡Mira! —dijo Assad, levantándole el brazo con el que sostenía la linterna. A unos treinta metros de allí, en la linde del bosque, había avistado en medio de la oscuridad un cuadrado blanco con esquinas redondeadas.
— Une caravane ? —exclamó Helena.
Era difícil distinguirla: la superficie, ennegrecida por el moho y cubierta de musgo y polen, casi se confundía con los espesos matorrales que la rodeaban, y unas ramas de pino y sauce la ocultaban prácticamente por completo, cerrándose sobre ella como en un abrazo.
Assad se acercó a mirar por las ventanillas, pero solo vio su propio reflejo. Los estores, opacos y con revestimiento plateado, estaban bajados e impedían ver el interior.
Una sensación difusa se apoderó de él. Por el diseño, la caravana parecía de los años sesenta; tendría que estar equipada con lo que se llamaba popularmente «cortinas de nalgas », recogidas a ambos lados. Aquellos estores modernos desentonaban por completo.
Probó a abrir la ventanilla de uno de los extremos de la caravana, pero estaba cerrada a cal y canto.
Pegó la mejilla al cristal para inspeccionar los mecanismos de cierre.
Había cuatro en total: dos pestillos en la parte inferior y uno a cada lado; y parecían nuevos, intactos: el plástico era de un blanco impoluto, no se veían marcas amarillentas de dedos grasientos acumuladas durante décadas, y en los tornillos, de un metal plateado brillante, no había rastro de óxido.
Dio un paso atrás y volvió a observar la caravana. Podía equivocarse, pero le pareció distinguir un par de líneas más claras sobre el gris mohoso del lateral y alrededor de la rejilla de ventilación de la puerta, como si alguien hubiera pasado los dedos por allí.
—Aquí ha estado alguien hace poco —observó Helena, interrumpiendo sus pensamientos y señalando el suelo embarrado frente a la caravana. En la tierra húmeda aún se apreciaban las huellas de unos zapatos o unas botas.
Helena sorteó el barro para subirse al taburete frente a la puerta, pero Assad le puso la mano en el brazo.
—Helena, espera —dijo. No sabría decir el qué, pero algo en esa caravana lo inquietaba.
Ella se volvió y lo miró sin comprender.
—Vamos a mirar qué hay dentro.
—Creo que es mejor esperar a los peritos.
Helena lo miró tranquila mientras sacaba un par de guantes de látex y tres bolsas para muestras de adn del bolsillo interior.
—¡Rose y tú la tenéis tomada conmigo! ¿De verdad creéis que no controlo las técnicas de investigación más elementales?
De acuerdo, no soy Carl Mørck, pero sé moverme perfectamente en una escena del crimen —afirmó, con los ojos en ascuas—.
Sé tan bien como vosotros que no se puede tocar nada sin guantes; he manejado miles de pruebas a lo largo de mi carrera.
Y, por cierto, en ningún momento pedí entrar en vuestro dichoso Departamento Q.
Vamos a resolver este caso para que me dejen volver a Teglholm, como me prometió Terje —hizo una breve pausa—, y así os libráis de mí. D’accord ?
Assad dio un paso hacia ella sin saber muy bien por qué. Helena no había dado señales de necesitar ayuda, pero quería dejarle claro que, aunque no podía hablar por Rose, él no tenía nada en su contra. Helena le dio la espalda y puso la mano en el tirador de la puerta.
De pronto, el suelo cedió bajo la caravana. Assad, que ya estaba en movimiento, agarró instintivamente el brazo de Helena. Quiso gritar «¡cuidado!», pero, en su cerebro, que ya había advertido el peligro, se activó su lengua materna.
— Ihthari ! —gritó, tirando de ella con todas sus fuerzas.
Assad sintió una presión brutal en la espalda, como si una mano gigantesca los lanzara hacia delante.
Notó que sus pies se levantaban en el aire y, de repente, su cara se estampó contra el suelo pedregoso.
Apenas podía respirar. Le dolían las costillas como si se le hubieran salido de la columna e incrustado en el pecho, y por un momento pareció que el mundo había perdido todo su color; su campo de visión se vio reducido a un caos de gris y negro polvoriento.
Lo reconoció al instante: el polvo, el calor, el estruendo ensordecedor seguido de un silencio ominoso. Algo había explotado detrás de él, y supo que era la caravana.
Se arrastró hasta Helena; sus guantes de látex azul claro sobresalían entre la humareda, que se iba extendiendo sobre ellos como la bruma matutina y les dificultaba la respiración.
Su compañera estaba boca abajo, inmóvil, y sangraba por un corte bajo el ojo.
Movía los labios, pero Assad no podía oírla porque un silbido agudo le taladraba los oídos.
Sintió algo caliente que le resbalaba por la sien hasta el ojo derecho y lo apartó con la mano, que se tiñó de rojo oscuro.
Notó que iba recuperando la audición a la vez que el dolor se le extendía por todo el cuerpo. Lo primero que oyó fue el crepitar del fuego detrás de él. Y a Helena, que repetía un lamento que Assad no entendió.
— Yu-yu, yu-yu —decía. Un único sonido, un grito desgarrador, una y otra vez—. Yu-yu !