23. Linette
LINETTE
Linette llevaba un buen rato sentada en la sala de espera, no porque el médico se hubiera retrasado, sino porque en Charis todo se movía a un ritmo casi terapéutico, más propio de un balneario que de una clínica privada, y ella simplemente había salido de casa demasiado temprano.
Se había despertado a las cinco y media de la mañana, con la adrenalina corriéndole por las venas, y ahora aguardaba en el interior de la clínica, temblando de los nervios y con una indescriptible sensación de que algo se ponía en marcha, como si aquel gris día de octubre marcara el comienzo del resto de su vida.
A sus cincuenta y dos años, Linette Thykier estaba a punto de recuperar el control de su vida y nadie, ni siquiera Per, podría detenerla.
Había decidido no contarle nada a su marido sobre su cita en la clínica privada por el momento. Se lo diría esa noche, cuando volviera a casa con el plan de tratamiento, o tal vez en un par de días. Eso sí, se abstendría de mencionar el precio.
«Fuiste tú quien me dijo que cerrara la boca y moviera el trasero. ¡Pues eso mismo estoy haciendo!», le recordaría, en el supuesto de que se le ocurriera protestar.
Entró un hombre que se sentó frente a ella, en diagonal.
Llevaba unos auriculares caros y un bloc de notas Moleskine en la mano.
Linette se frustró al verlo; ella también tendría que haber traído un cuaderno para anotar las dosis y detalles por el estilo, porque en cuanto veía una bata blanca se le nublaba la mente.
El hombre la saludó con un gesto de cabeza casi imperceptible, y ella le respondió con una sonrisa de dependienta, agradecida de que se hubiera quedado en la hilera de asientos del lado opuesto.
No estaba en condiciones de hablar con nadie en ese momento.
En su lugar, bajó la vista hacia un bol de caramelos que había en la sala, a los que llevaba casi una hora resistiéndose, a pesar de que prácticamente podía saborear la intensidad de la menta y el chocolate negro.
Sabía que un solo caramelo bastaría para calmarle los nervios; también sabía todo lo malo que vendría justo después: la vergüenza, la sensación de fracaso, los reproches.
Cerró los ojos.
La noche anterior, antes de conciliar el sueño, había tratado de recordar cuándo empezó a usar la comida para calmar sus emociones. Comía de forma compulsiva cada vez que la vida le ponía un obstáculo y, de un tiempo a esta parte, también para aplacar el cansancio, la soledad y el aburrimiento.
«Hay que darse un capricho de vez en cuando», le decía a Per alguno de esos fines de semana que no tenían planes.
Entonces horneaba tartas y pasteles porque no sabía de qué otro modo llenar el vacío que la roía por dentro, aunque lo cierto era que jamás se sentía mejor después de haberse comido toda la repostería.
De pequeña no había tenido problemas de peso. Entonces, ¿cuándo empezó todo?
Sobre las tres de la madrugada, la imagen afloró con toda claridad: tenía catorce años y estaba a punto de empezar el último curso de la enseñanza secundaria obligatoria, así que debía de correr el verano de 1985.
Iba pedaleando rumbo a la playa por un camino de gravilla, en bikini y pantalones cortos, en compañía de su amiga.
Las seguían Heinz y el chico al que todos llamaban Lange, con un transistor sujeto al portabultos.
Linette llevaba meses enamorada de Lange.
No estaban en la misma clase, pero, a base de astucia y encanto, se había ido acercando poco a poco a él: aparecía como por casualidad en su entrenamiento de bádminton o daba un pequeño rodeo para ir a comprar una revista a la tienda donde él trabajaba como ayudante.
Por aquel entonces, le resultaba muy fácil socializar, reía de manera espontánea y montaba en bicicleta sin la menor preocupación.
Iban pedaleando a trompicones por el camino de gravilla, entre los campos amarillos de colza, con la playa asomando al final de la cuesta.
Linette estaba convencida de que, antes de que acabara el día, ella y Lange serían novios, pero entonces oyó a los chicos reír a sus espaldas.
La risa de Heinz sonaba sorprendida, como si Lange hubiera dicho algo descarado e insolente. Entonces, Lange le espetó desde atrás:
« Oye, Linette, ¿qué has hecho con el sillín? » .
Heinz rompió a reír estrepitosamente, y lo mismo hizo su amiga, que estaba enamorada de Heinz. Linette, que no quería arruinar el buen ambiente ni quedar en ridículo preguntando qué diablos había querido decir, se limitó a sonreír mientras las palabras se repetían una y otra vez en su cabeza.
«¿Qué has hecho con el sillín?».
No cayó en la cuenta de lo que Lange había querido decir hasta que se pusieron a extender las toallas sobre la arena.
La había llamado gorda; obesa, de hecho.
Y no sin motivo: mientras pedaleaba detrás de ella por el camino de gravilla, había visto con sus propios ojos cómo el trasero se le desparramaba sobre el sillín.
Lejos de tener el cuerpo esbelto y tonificado y los glúteos de acero de las mujeres de los programas de aeróbic, el culo de Linette se movía y rebotaba al compás de la bicicleta.
Al día siguiente se puso a dieta por primera vez en su vida.
Nunca más volvió a hablar con Lange. Seis años después se lo encontró por casualidad en la iglesia de su pueblo, en Nochebuena, cuando ya no vivía con sus padres y había ganado los primeros quince o veinte kilos en una espiral descontrolada de atracones y vómitos autoinducidos.
Él la saludó sonriente: «¡Linette, cuánto tiempo!». Ella actuó como si no lo conociera, pero se pasó la misa entera pensando en cómo Lange le había destrozado la vida y ni siquiera se acordaba.
El crujido del celofán la devolvió a la realidad. Aunque apenas se escuchaba, algo en ese sonido le hacía la boca agua y, molesta, levantó la mirada. El hombre de enfrente se había servido tres caramelos de menta y chocolate y estaba a punto de comérselos todos de golpe.
Linette se puso lívida. ¡Tenía que ser la repera estar tan delgado como para poder sentarse allí tan tranquilo, devorando dulces como si nada! Y encima ahí, en un sitio al que la gente iba buscando ayuda por sus problemas con la comida.
Tomó una revista de decoración y trató de concentrarse en una guía complicadísima para hacer una pantalla de lámpara, pero le resultó imposible porque el idiota de enfrente parecía empeñado en llamar la atención por las razones equivocadas.
De sus auriculares llegaba un murmullo de música que parecía clásica.
La melodía no le sonaba de nada y probablemente ni la habría oído si el hombre no la hubiera empezado a tararear.
Una mujer sentada al fondo de la sala levantó la vista del móvil y observó al hombre con una sonrisa afable, pero Linette estaba a punto de perder los estribos.
¿Qué clase de persona se sentaba allí a proferir alaridos como si fuera un músico callejero?
Estaban en la sala de espera de una clínica; había pacientes que necesitaban tratamiento, asustados o a punto de recibir un diagnóstico grave.
¿Por qué tenía que torturarlos con semejante maullido infernal?
Quizá no estuviera molestando a nadie más, pero aquel era el primer día de su nueva vida y no iba a permitir que nada ni nadie lo estropearan.
—¡Disculpe! —Se inclinó hacia el hombre—. ¡Oiga! ¡Sí, usted, el cantante! —lo volvió a intentar, esta vez en un tono tan alto que todas las miradas de la sala se posaron sobre ella.
Él dejó de tararear de golpe y miró al vacío un instante, antes de ponerse los auriculares al cuello y clavar en Linette sus ojillos de rata durante dos largos e incómodos segundos.
—¿Me está hablando a mí? —preguntó al final.
—Sí. —Sintió que se le sonrojaban las mejillas—. ¿Le importaría dejar de cantar?
La contempló desconcertado, y entonces se reflejó en su mirada un atisbo de dolor, como si ella lo hubiera regañado como a un pobre niño sin culpa y no como a un hombre hecho y derecho.
Pero, en lugar de despertar su empatía, la reacción infantil del hombre la enfureció aún más.
¡Tenía que enterarse de que su comportamiento afectaba a los que lo rodeaban!
Cuando los niños pequeños la señalaban con el dedo o los adolescentes se reían a sus espaldas, ella tampoco se giraba para preguntarles qué querían.
Sabía perfectamente que estaba gorda. ¿Acaso no se había pasado toda la vida entre disculpas por sus kilos de más y esfuerzos por ocultarlos como buenamente podía?
Y allí estaba él, tan tranquilo, imponiendo su extraña manía a los demás como si fuera lo más normal del mundo.
Linette sintió cómo le hervía la sangre y tomó aliento antes de estallar en un arrebato de ira que se había estado gestando desde aquel verano de 1985:
—¡¡Si es que encima canta como el culo!!
Sus palabras resonaron por toda la estancia. La mujer al fondo dejó de sonreír y frunció el ceño, pero a Linette no le importaron las miradas de los demás. La nueva Linette no se dejaba pisotear.
—¿Linette Thykier? —llamó una voz clara desde la derecha.
Linette no la oyó; el tipo seguía observándola con aquella patética mirada de roedor.
—¿Hay aquí alguna Linette Thykier? El doctor la está esperando —dijo una mujer joven, vestida con polo azul claro y pantalones blancos, mientras escaneaba con la vista la sala de espera.
—Sí, soy yo. —Linette apartó la mirada del hombre y le estrechó la mano a la enfermera.
—Bienvenida, Linette. Hoy le haremos el examen médico y, si todo está bien, podrá empezar con la medicación el martes que viene —le explicó la enfermera con una sonrisa rutinaria.
Linette la siguió por el pasillo, con los ojos de aquel hombre clavados en el contoneo de sus caderas y en sus piernas arqueadas hacia adentro. Pero por primera vez, aquella mirada de desprecio no la afectó.
Hacía mucho tiempo que no se sentía tan viva.