Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 22. Rose
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22. Rose

ROSE

Rose dejó que fuera Terje quien acompañara a Konrad Horsten hasta la salida y corrió a encerrarse en su despacho.

Se sentó y estiró la espalda, y en ese momento dejó escapar un eructo que olía a rayos.

Aquellos cacahuetes de la estantería de Helena le habían revuelto el estómago, y se le pasó por la mente la espeluznante idea de que quizá llevasen allí desde que el Departamento Q se mudó a Teglholm, cuatro años atrás.

Encontró en su cajón una lata de cocacola que se bebió de un tirón mientras desbloqueaba el móvil de Ole Horsten.

No había muchas fotos en el viejo iPhone: un par de puestas de sol, algunos platos de restaurante, fotos de la esposa muy arreglada y con la mirada perdida…

Llamaba la atención que su hijo Konrad no apareciera en ninguna.

En la última, tomada a principios de noviembre de 2019, se veía un rododendro con las hojas verde oscuro salpicadas de nieve.

Tampoco la aplicación de mensajes aportaba gran cosa. Al parecer, Ole Horsten tenía la costumbre de borrar los mensajes una vez leídos. Solo quedaban algunos de Konrad de carácter práctico y un recordatorio de una cita médica para diciembre de 2019.

De hecho, parecía que Horsten usaba el móvil básicamente para hablar por teléfono. No había historial en el navegador, no tenía instalada ninguna red social y la aplicación de correo ya no estaba vinculada a ninguna cuenta.

Rose se dejó caer en el sofá con las piernas colgando.

«A ver, señor Horsten, dígame algo», murmuró para sí misma, y se dispuso a examinar de forma sistemática lo que quedaba en el móvil.

La aplicación My Walk Tracker, cuyo logo mostraba dos monigotes y un marcador en un mapa, y que ni siquiera había visto en la primera pasada, la hizo enderezarse de golpe.

En ella se registraban de forma automática todos los lugares por los que había pasado el móvil, y en el mapa el usuario podía ver cuántos kilómetros había caminado, corrido o recorrido en coche en un día concreto.

Tocó el icono «MyWalkTrackerData» y se abrió una especie de tabla donde figuraban la fecha, la distancia, el tiempo, la velocidad y el número de pasos.

El último registro era del 10 de noviembre de 2019, el día en el que el municipio había recibido el mensaje de emergencia.

Sintió el pulso latirle con fuerza e inclinó la lata de cocacola para intentar extraer unas gotas más, pero estaba definitivamente vacía.

Abrió de nuevo el mapa y seleccionó el domingo 10 de noviembre de 2019.

Una línea roja mostraba con bastante precisión que Ole Horsten —o al menos su teléfono móvil— se había pasado el día entero en la casa de Emdrupgårdsvej y sus alrededores, con una breve escapada matutina a una panadería a pocos kilómetros de allí.

De pronto, a las 16.54, el teléfono móvil salió de la vivienda y, siguiendo una ruta bastante irregular, llegó hasta una dirección cerca de Asserbo, en el norte de Selandia, a unos sesenta kilómetros.

A juzgar por la velocidad registrada en la aplicación, solo podía haber sido en coche.

A las 18.46 de esa misma tarde, el móvil se quedó sin batería o lo apagaron.

Rose hizo zoom sobre Asserbo. La zona, conocida por sus abetos y sus bonitas casas de veraneo, atraía a gente de Copenhague y a amantes de la naturaleza que preferían la compañía de los mosquitos a la de sus vecinos.

Según Google Maps, la dirección donde el móvil había dejado de emitir se encontraba a escasa distancia del paraje forestal Asserbo Plantage.

En las imágenes de Street View, sin embargo, solo se apreciaba una valla y un denso matorral de árboles y arbustos que sobresalían por encima.

Pulsó aleatoriamente en varios puntos de Google Maps. La propiedad estaba aislada por completo; la vivienda más cercana se encontraba a quinientos metros: sin duda alguna, el escenario perfecto para quien tuviera intención de matar a alguien sin que lo molestaran.

El estómago revuelto le volvía a doler, como si los cacahuetes hubieran empezado a pelearse en su interior, así que se recostó y dejó que la mente divagara hacia casos pasados en los que viviendas solitarias, sótanos, un granero e incluso una cámara de presión habían servido de escenario para crímenes atroces.

Aunque en el Departamento Q estaban acostumbrados a esas cosas, de repente le entraron unas ganas terribles de vomitar.

Tragó saliva varias veces, pero los cacahuetes salados, aún sin digerir, le desgarraban el esófago.

Se llevó la mano a la boca con desesperación.

«Aquí no», alcanzó a pensar antes de ponerse en cuclillas y vaciar todo el estómago en la papelera.