Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 21. Jakob
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21. Jakob

JAKOB

Cuando se despertó ya había anochecido y hacía frío.

Nunca había soportado el frío, despertaba en él un miedo existencial que llevaba años tratando de olvidar.

Por eso detestaba esa época del año: odiaba el otoño, con la oscuridad que devoraba hora a hora la luz del día; odiaba la caída de las hojas y, más que nada, odiaba el invierno, con sus virus implacables y sus dolores de garganta.

Al menos había tenido la precaución de cubrirse con la vieja manta de ganchillo de Lise antes de quedarse dormido.

Lise había tardado cinco años en terminarla.

«Cada punto está tejido con amor», le había dicho.

Ahora la manta estaba enmohecida y olía a humedad y a otras sustancias de las que Jakob prefería no conocer los detalles.

Miró a su alrededor en la oscuridad de la sala.

Hacía tiempo que habían dado de baja el agua y la electricidad; en invierno, la nieve y la lluvia entraban por una ventana rota.

Y los intrusos habían vuelto. En los últimos años, los gamberros de la zona, que no tenían otra cosa que hacer, habían empezado a trepar la valla y a colarse por la ventana para sentarse a fumar porros y beber latas de cerveza entre los recuerdos de infancia de Jakob.

Las primeras veces lo había recogido todo, había tapado el cristal con cinta americana y cambiado las cerraduras, pero ahora incluso defecaban y fornicaban allí.

En primavera había encontrado un condón usado en la cocina, y, aunque le daba asco solo el pensarlo, a estas alturas ya nada le importaba.

El lugar estaba mancillado, y no solo por los intrusos, sino por el propio Jakob y los acontecimientos de hacía cuatro años.

Al principio se había esforzado por cuidar la vieja casa de veraneo de Asserbo, que seguía tal cual la habían dejado Asger y Lise.

La primera vez que volvió, dos suplementos de Cultura de 2009 amarilleaban en el cesto de la leña, la taza favorita de Lise conservaba su puesto de honor tras las puertas del aparador y en el armario seguía doblado uno de los gruesos jerséis de Asger, carcomido por las polillas.

Lo cierto era que apenas había cambiado nada desde que Jakob llegó allí cuando era solo un niño, en 1989.

Pero un par de años después del entierro de Asger empezaron a colarse los intrusos, y Jakob acabó por vallar la propiedad, cerrándola a cal y canto y sellándola como si fuera un mausoleo dedicado a los dieciocho meses más felices de su infancia. En realidad, de toda su vida.

Pero lo había arruinado todo cuando fue allí con el viejo.

Había entrado en pánico, y ahora la casa ya no le recordaba a aquellos días perezosos al sol, ni a los zumos ni las meriendas de Lise.

La paz interior se había acabado para siempre; ahora sentía un terror palpitante cada vez que se acercaba al lugar.

Le dolían las manos y le empezaba a escocer la delgada piel entre el pulgar y el índice.

Le había costado un esfuerzo sobrehumano mantener al viejo contra el suelo; tuvo que apretarle el cuello varios minutos hasta conseguir que se callara.

Aquello no formaba parte del plan, que había sido justo lo contrario: acabar con la vida de la esposa de Ole Horsten para arrebatarle lo único que amaba.

Pero las cosas habían salido al revés.

Durante los meses siguientes había pasado allí las noches, convencido de que era solo cuestión de tiempo que la policía averiguara que Horsten no se había quitado la vida y llamara a su puerta.

No era un asesino experimentado; sin duda había dejado montones de rastros: escamas de piel, fibras textiles, huellas.

«Un día de estos vendrán a por mí». Eso sí lo tenía claro. No podía quedarse en Dinamarca mucho más tiempo.

Se incorporó en el sillón y miró el reloj.

Los números «22.43» brillaban en azul en la oscuridad.

Habían transcurrido dos, casi tres horas.

La mala noche en el norte de Jutlandia, el largo viaje en coche el día anterior y la humillación en el coro y en el trabajo aquel día lo habían dejado tan exhausto que apenas recordaba cómo había entrado a trompicones por la puerta del jardín para acabar desplomado en el sillón orejero del salón.

Podría reconocer aquel sillón incluso en sueños.

Cuando era niño, su delgado cuerpecito se hundía en el tapizado de terciopelo verde.

Ahora, allí sentado, casi podía oír a Asger pasando las páginas del periódico y moviendo la leña seca junto a la estufa, y a Lise calentando la leche con miel y arropándolo con la manta mientras le decía: «Cuida esa voz, precioso».

Eran Asger y Lise quienes lo esperaban en el muelle cuando, con apenas nueve años, llegó en ferry desde Bornholm.

A primera vista le parecieron muy mayores.

A diferencia de sus padres, ya peinaban canas y rondaban los cincuenta.

Nunca habían tenido hijos, por lo que, además de regentar una farmacia en Fredensborg, acogían en su casa a los alumnos del colegio Laurenti que venían de lejos.

Jakob no acababa de fiarse de aquellos desconocidos, pero Lise le había dado el abrazo más cálido que recordaba haber recibido en su vida, y en cuanto se subieron al coche y emprendieron el camino hacia Fredensborg, Asger puso un casete con las Variaciones Goldberg de Bach interpretadas por Glenn Gould.

«¡Qué suerte que podamos acoger a un niño prodigio!», había oído que Lise le susurraba al oído a Asger, antes de cerrar por completo los ojos y entregarse al sueño… y a sus padres de acogida.

Se levantó y dobló la manta de ganchillo. Echó un vistazo a su alrededor y tomó entre las manos un pajarillo de porcelana negra, con el pico abierto, que estaba sobre el secreter. Se lo llevaría cuando se fuera del país.

Había pensado muchas veces en cómo habría sido su vida si no lo hubieran separado de Lise y de Asger.

Soñaba despierto con que lo hubieran encontrado antes, quizá cuando aún era un recién nacido.

Con que sus padres biológicos lo hubieran abandonado en las escaleras de un orfanato, como en los países pobres, y que Lise y Asger lo hubieran adoptado y convertido en su hijo de verdad, para siempre; su maravilloso hijo prodigio.

Y así borrar a Bornholm, a la cantera y a su estúpida familia de su vida.

¡Cuánto los había querido!

Guardó el pajarillo de porcelana en el bolsillo, recogió la mochila y salió por la puerta de la terraza, que daba a lo que una vez había sido el huerto de Asger.

Aunque la maleza le llegaba ya hasta las rodillas, sus pies encontraron sin dificultad las losas irregulares que conducían hasta la linde del bosque.

Apartó una pesada rama de cerezo, y un cuadrado blanquecino emergió entre la oscuridad, al fondo del bosque.

Con el tiempo, se había formado sobre el techo una densa capa de musgo, la maleza había engullido casi por completo la caravana y los neumáticos estaban demasiado podridos para moverla, pero las ventanillas, que Jakob acababa de restaurar, seguían completamente selladas, y hacía siete u ocho años había renovado la moqueta y cambiado los cojines.

Por aquel entonces solía subir hasta aquí a echar una cabezadita y desaparecer un rato del mundo.

Un caluroso domingo hacia el final del verano, cuando apenas llevaba una semana con los Ritter, Asger enganchó la caravana al coche.

Lise había preparado una cesta con pastas y té, y pasaron toda la tarde en la caravana, junto a la playa, escuchando los casetes de Jakob mientras Lise hacía ganchillo y Asger le hacía preguntas del tipo «¿conoces también la grabación de Martha Argerich?

» y «¿es cierto que Beethoven fue alumno de Haydn? ».

Aquel día empezó a creer que la felicidad existía. También para él.

Asger debía de haber aparcado la caravana en la linde del bosque allá por 2008 o 2009, pensó. Tuvo que ser antes de que Lise muriera y de la primera de las dos embolias que sufrió.

Jakob deslizó dos dedos por el lateral rugoso de la caravana antes de abrirla.

Con los años, el verde se había ido imponiendo al blanco, y las yemas se le cubrieron de una gruesa capa de mugre negra y musgo verdoso.

Encendió las dos lámparas de pilas e inspeccionó de forma meticulosa los seis o siete metros cuadrados.

Las manillas de las ventanas cegadas estaban bien cerradas.

Sus provisiones, que consistían en latas de jamón y de estofado de carne picada, pan crocante y refrescos, seguían intactas bajo uno de los asientos.

Sus recortes de periódico, notas y recibos aún colgaban del tablón.

Todo estaba completamente seco: el deshumidificador había funcionado a la perfección.

Retiró del tablón la foto de Ane Vang con sus dos hijas y el calendario de cartón con las semanas que Mads-Peter estaba en el mar marcadas en amarillo. Tampoco necesitaba ya el artículo sobre el nuevo arrastrero de Vang: «El orgullo de Hirtshals». Jakob resopló; la alegría les había durado poco.

Después distribuyó el resto de recortes en columnas iguales y dio un paso atrás para hacerse una idea general.

Vang estaba acabado. Con Tommy Eckert todo iba bastante encarrilado. Y Berg… Despegó del tablón un folleto brillante y lo movió bajo una de las lámparas. Para hundir a Berg haría falta más astucia, pero ya tenía un plan que pensaba poner en marcha al día siguiente.

Y solo faltaba Konrad. Ya había recopilado toda la información necesaria sobre él en casa, así que aquí, en realidad, no le quedaba nada por hacer, salvo un detalle importante.

Abrió una alacena sin encontrar lo que buscaba. Notó un ligero temblor en las manos; ya sentía el subidón de adrenalina. Tenía tres carreras o, mejor dicho, tres vidas que arruinar en los próximos días, y eso le producía una embriagadora sensación de poder.

Por otra parte, ahora no podía fallar. Lo cierto era que la primera vez había tenido una suerte increíble; simplemente se dio la situación.

La siguiente, con los Horsten, había sido un estrepitoso fracaso.

Desde entonces había actuado con más profesionalidad, investigando, vigilando, planificando y desarrollando ideas con antelación para no repetir siempre lo mismo.

Por una parte, tenía que adaptarse a cada objetivo; por la otra, hasta un idiota sabía que un mismo modus operandi despierta las sospechas de la policía.

Tuvo que abrir dos alacenas más antes de dar con lo que buscaba: un estuche rectangular de madera de arce lacado en blanco. Sopló para quitarle el polvo, sacó de la mochila dos bolsas de plástico, tres pares de guantes de látex y una linterna frontal, y guardó en ella el estuche.

Se colocó la linterna en la cabeza y examinó la caravana antes de inclinarse sobre el material.

Tenía que ser meticuloso; sus huellas estaban por todas partes: en los tiradores, los asientos y el tablón.

La vieja moqueta estaría infestada de hebras de sus cabellos y, si a alguien se le ocurría investigar más a fondo, encontraría también pelo y escamas de piel de Ole Horsten en los asientos tapizados. Todo estaba impregnado de adn.

Trabajó sin descanso durante casi una hora; luego, saltó de la caravana y cerró la puerta tras de sí.

No sin dificultad, localizó el extremo del sedal que había hecho salir por la rejilla de ventilación de la puerta y que no mediría más de quince centímetros.

El sedal liso era prácticamente invisible en la oscuridad y casi imposible de manejar con los guantes puestos.

Contuvo la respiración mientras lo fijaba por fin a la rejilla con un nudo triple.

Después se incorporó y alzó la vista hacia el cielo nocturno.

—Gracias por todo, Asger —dijo.