20. Rose #2
—Dadme más detalles del caso que mencionasteis ayer —prosiguió Terje, incansable—. ¿Estáis seguros de que es ahí donde debéis centrar vuestros esfuerzos?
— Certainement! —exclamó Helena, y comenzó a exponer el caso sin escatimar detalles como si fuera ella la jefa de todo el tinglado.
Entretanto, Rose maldecía en silencio el móvil de Ole Horsten. Mientras ese cacharro siguiera bloqueado en el cajón de su escritorio, ella no tendría nada interesante que aportar.
—Todo parece indicar, por tanto —concluyó la francesa en su resumen—, que ese día Ole Horsten no estaba solo en casa.
—Ajá —dijo Terje con semblante serio—. ¿Y ya tenéis alguna idea de por dónde buscar al sospechoso?
—¡El hijo! —soltó Helena, casi a gritos—. Sentía que su padre no lo quería, y tenía tanto el motivo como la oportun… —Se detuvo en mitad de la frase, con la mirada fija en un punto detrás de Rose. Los tres se volvieron hacia donde ella miraba.
En el umbral de la puerta estaba Konrad Horsten, o al menos eso fue lo que supuso Rose, porque el hombre llevaba pajarita, y porque al cabo de unos largos y tensos segundos de silencio, abrió la boca enfadado:
—No estaréis aquí jugando con la idea de que yo haya matado a mi padre…
—Es una de las… —intentó añadir Helena, pero Konrad la interrumpió con un gesto de la mano.
—¡Estoy de ti hasta las narices! —bufó—. Eres antipática y poco profesional, se mire por donde se mire.
La recepcionista, que había acompañado a Konrad hasta el sótano, se marchó con la cabeza gacha.
Rose, en cambio, se cruzó de brazos y se apoyó contra la pared, contenta con el giro que habían dado los acontecimientos y el nuevo ambiente que se respiraba en la sala.
Por primera vez en tres días sintió apetito y se sirvió un puñado de cacahuetes de un bol que había en la estantería de Helena.
Esos frutos secos, grasientos y salados, le supieron a verdadera gloria.
Terje se puso en pie.
—Terje Ploug. Soy el jefe de Homicidios de la policía de Copenhague. Todo parece indicar que en 2019 se sacaron conclusiones prematuras sobre tus padres. Para empezar, quisiera decirte que lo lamento.
Konrad le echó un vistazo de pies a cabeza a Terje, que, dicho sea de paso, tenía más pinta de banquero demacrado que de jefe de Homicidios.
—Y a mí toda esta información me ha puesto el mundo patas arriba de un día para otro —confesó Konrad, completamente hecho polvo—. He explicado y dado cuenta de todo con la mejor voluntad, y me lo pagan con desconfianza y acusaciones.
—En casos como este no podemos dejar ni una sola piedra sin mover —explicó Terje, mientras colocaba una mano firme sobre el hombro de Konrad—.
Puede que sea desagradable mientras dura el proceso, pero al final estamos del lado de las víctimas.
Si de verdad asesinaron a tu padre, él, tu madre y tú os merecéis una investigación exhaustiva.
Konrad se dejó caer en la silla que Terje acababa de dejar libre.
—Hace dos días que apenas como ni duermo —se lamentó—.
He rebuscado por toda la casa. He estado en el desván y en el garaje.
He hurgado entre todos los libros, abierto cajones y puertas de armarios que no se habían tocado desde la muerte de mi padre…
Esperaba encontrar algo que me diera alguna respuesta.
Pero…, bueno, no sé… —Sacó dos cartas del bolsillo interior de su chaqueta y se las tendió a Assad—.
Encontré esto en el cajón del escritorio de mi padre.
—Habrá que enviarlas para el análisis de adn —dijo Assad con discreción, y le pidió a Rose dos bolsas para las muestras.
Konrad parecía algo avergonzado.
—Lo siento, no lo había pensado —se disculpó—. Estaban en el fondo del cajón, así que no creo que mi padre se las enseñara a mi madre ni a nadie más antes de que yo las encontrara. No es una lectura agradable.
—¿Qué dicen?
—La primera dice algo como «o cierras Charis, o tú y tu familia os arrepentiréis». «Tú» estaba subrayado. Parece escrita por un niño.
—¿Charis es la clínica privada? —preguntó Assad.
Konrad asintió.
—Sí. Mi padre era el presidente del Consejo de Administración de la clínica hasta unos meses antes de su muerte. Está en un sitio precioso, a las afueras de Blovstrød.
—¿Y la otra?
—La otra no es más que una foto de mi padre tomada de la página web de la clínica con las palabras «¿muerto o inválido?» escritas por encima.
—¿Mencionó tu padre estas amenazas? —Rose, que se acababa de zampar su cuarto puñado de cacahuetes, decidió que era hora de meter baza en la conversación.
Konrad negó con la cabeza.
—Quizá ya estuviera acostumbrado. ¡La gente escribe cada cosa en las redes…! Recuerdo que en Trustpilot y Facebook se publicaron auténticas injurias. Pero estas cartas se las enviaron de forma personal a él.
—Supongo que no hay remitente —añadió Terje.
—No, ni en los sobres ni en las cartas.
—¿Crees que a algún paciente de Charis se le pudieron cruzar los cables? —preguntó Assad.
—Querrás decir que se le « enredaron las cuerdas» —lo corrigió Helena, erróneamente.
Rose, irritada, la hizo callar con un «shhh».
—Podría ser un paciente o un familiar resentido, sí —dijo Konrad—, pero no es más que una suposición. Siento si no ha sido de mucha ayuda.
—Sí que lo ha sido —se apresuró a responder Rose, con una amable sonrisa—. ¿Quizá nos puedas ayudar también con el pin del móvil de tu padre?