Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 20. Rose
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20. Rose

ROSE

—¿Molesto? —dijo Helena, que acababa de entrar en el despacho. Estaba justo detrás de Rose y miraba sin disimulo el móvil que esta sujetaba en la mano.

—Estoy en medio de algo —murmuró Rose, pensando: «¿¡No sabe llamar a la puerta antes de entrar!?».

—Terje Ploug llegará en un momento para ponerse al día sobre el caso Horsten —anunció Helena, dejándose caer en la butaca de Rose—. ¿Es ese el móvil de Ole Horsten?

Rose alzó la vista.

—¿Has hablado con Terje? Como ya dejé claro el otro día, todo el contacto con la dirección pasa antes por mí, por norma general.

Helena vaciló.

—Tuvimos que hablar de algo no relacionado con el caso. —Helena se puso en pie, pero no hizo ademán de marcharse, para fastidio de Rose.

Rose sintió que empezaba a sudar sin motivo.

—¡Ah, no me digas! ¿Y qué has acordado con él en nombre del departamento?

—Que vendría hasta aquí dentro de un rato. Primero tenía una reunión con el director de la policía.

¿El director de la policía reuniéndose con Terje?

Rose se secó el sudor del labio superior.

Cuando dos jefes se reunían a puerta cerrada en esos despachos de la primera planta con los históricos sillones de piel, no cabía ninguna duda de que estaban tramando algún recorte.

¿Y qué sería exactamente aquello «no relacionado con el caso» de lo que Helena había hablado a solas con Terje?

Miró de reojo a la francesa, que se movía por el despacho de Rose como Pedro por su casa, al tiempo que barría con la mirada las carpetas y los tablones de aglomerado como un escáner que hace horas extra.

Se detuvo en seco frente a la foto de una niña de apenas cuatro años que había desaparecido sin dejar rastro hacía ya mucho tiempo.

Si siguiera con vida, la cría tendría ahora diecisiete o dieciocho años.

El caso había consumido por completo a tres jefes de investigación de la policía de Jutlandia Meridional, y los padres se habían refugiado en la bebida, resignados a aceptar que quizá nunca volverían a ver a su hija.

Pero Rose le prometía cada día a la niña del tablón que no se habían olvidado de ella.

Hacía ya tres años y 234 días que el caso había llegado a manos del Departamento Q, y Rose no tenía la menor idea de qué más podrían hacer o deshacer si querían resolverlo.

En cualquier caso, Helena no debía meter las narices en todo esto.

—¿En Francia no tenéis archivos? —Rose se puso en pie.

—Claro que sí. —Helena se volvió de golpe—. Pero hoy en día casi todo es…, comment dirais-je ?, digital. En el ordenador.

Rose se acercó al tablón, retiró la foto de la niña y la presionó contra el pecho.

—¿Te puedo ayudar en algo? Tengo mucho que hacer.

Helena no dijo nada; se limitó a mirar el dorso de la foto amarillenta antes de salir del despacho con el rostro rígido, atrapado en una mueca indescifrable.

Quizá ofendida, quizá triste. Era difícil de saber en una persona a la que no conocía y en la que no confiaba, y, para ser sincera, a Rose le importaba un comino.

Guardó en su cajón la foto de la niña desaparecida y se frotó los ojos.

Había algo en Helena que se le escapaba, algo misterioso y comedido.

Los investigadores que el Departamento Q había tenido a prueba hasta entonces se habían dedicado a hacerle la pelota con descaro a Rose y a darle palmaditas en la espalda a Assad como viejos colegas de bar.

Algunos incluso llegaban a exclamar «¡mmm!

» y «¡qué exótico!» cuando Assad traía uno de esos platos que hacían que Teglholm apestara como el bazar Jan el-Jalili de El Cairo.

Sin embargo, Helena… Ella no le daba coba a nadie.

—¡Assad! —gritó Rose, confiando en que su fiel escudero pudiera oírla a través de la puerta cerrada. Cuando él asomó la cabeza, susurró—: ¡Cierra la puerta, por Dios!

—Estás más blanca que el pan —observó Assad.

—Estoy bien —mintió ella, que en realidad se sentía como si la hubiera arrollado un tren—. ¿Está Helena por ahí?

—¿Helena?

—Me parece que mete demasiado el hocico.

—¿Que se llena el hocico? ¿Con qué? ¿Con esto? —Señaló un paquete de galletas saladas sobre el escritorio de Rose, lo único que su estómago había tolerado desde la gastroenteritis.

—Mete el hocico, Assad. Hurga en nuestras cosas. Mira mis archivos. ¿Por qué iba a hacerlo?

Assad ladeó la cabeza y la observó en silencio, sonriente, con arrugas enmarañadas que le cruzaban el rostro y una expresión que Rose fue incapaz de interpretar.

—¿Por qué me miras así? ¿No te parece raro que hable todo el rato por teléfono con Terje? ¿A qué viene tanto secretismo? Y ahora resulta que han organizado una reunión a mis espaldas… ¿Por qué está aquí en realidad?

—Para ayudarnos con los casos sin resolver —contestó Assad sin pararse a pensar.

Aquella no era la respuesta que Rose esperaba.

—¡Despierta de una vez, carajo! ¡Es la espía de Terje!

Él está ahora mismo en una reunión con el director de la policía, creo que para preparar la artillería para cerrar el Departamento Q, pero no tienen pruebas de que no hacemos nada, o de que nos saltamos las normas.

¿Acaso no viste cómo reaccionó ayer, cuando le dije que ni se le ocurriera mencionar que fue Carl quien nos dio el soplo sobre el caso Horsten?

—Entonces, ¿crees que Terje nos ha mandado a una agente infiltrada? —Assad se rascó la barba oscura de varios días.

—¡Bingo! —suspiró Rose aliviada, feliz de que por fin la comprendieran.

—Rose, Terje est… —Un golpe en la puerta interrumpió a Assad.

Terje asomó la cabeza.

—Pero ¿dónde os habíais metido? Helena y yo os estamos esperando en su despacho —dijo, señalando por el pasillo hacia lo que, a ojos de Rose, nunca sería otra cosa que el despacho de Carl.

—No hay nada malo en llegar tarde cuando no te han invitado. —Rose, arisca, fue la primera en salir por la puerta.

—La cosa es que acabo de reunirme con el director de la policía —anunció Terje—. Se avecinan cambios en la Unidad de Investigación que seguro que os van a afectar.

«¡Pues claro que nos van a afectar!», pensó Rose. Un jefe de Homicidios y un director de la policía no se reúnen precisamente para charlar y tomar un café.

—¿Y qué va a pasar esta vez, jefe? —preguntó Assad, hastiado y se dejó caer con pesadez sobre el viejo sofá de Carl.

—Todavía no está decidido —admitió Terje—, pero os voy a ser sincero: no ha pasado desapercibido que, desde que Carl se marchó, no habéis resuelto nada realmente significativo.

—¡Al contrario, no hemos hecho otra cosa! —protestó Rose.

—Al menos, no ha muerto ningún sospechoso desde la marcha de Carl —prosiguió Terje—. Y esperemos que así sea durante mucho tiempo.

—Oye, ¿quieres que vaya a buscar mi hoja de cálculo para comparar las tasas de casos resueltos? ¿O prefieres leerte todos los expedientes de principio a fin?

—Tranquila, Rose. Yo hago todo lo que está en mis manos para protegeros.

Es verdad que habéis resuelto casos, pero no de los que llaman la atención en el Parlamento.

Y, como ya sabéis, para tener contento al director de la policía, hay que tener contento al ministro de Justicia, porque si ninguno de los dos está contento, empiezan a maquinar reformas y recortes.

Eso lo sabía muy bien Rose. Hacía unos años, los políticos se habían enamorado de la idea de resucitar la extinta Brigada Móvil, rebautizándola con un nombre que ya de por sí exigía un par de dosis extra de cafeína: Departamento para el Control de Calidad en Investigaciones de Homicidios. ¡Dios bendito!

Cuando un par de chavales con ganas de comerse el mundo se habían presentado en el Departamento Q, Rose se había asegurado de que solo revisaran los casos sin resolver más imposibles.

Al cabo de media jornada ya estaban de vuelta en el búnker de mandos intermedios, en el pequeño pueblo de Ejby, con la moral por el subsuelo.

—También tenemos que asegurarnos de que recuperáis vuestro antiguo esplendor, o acabaréis como peones de segunda en la Unidad Nacional de Crímenes Especiales —dijo Terje.

Helena asentía a cada sílaba como uno de esos muñecos que balancean la cabeza en el salpicadero del coche, y Rose tuvo la sensación de que ese «acabaréis» no incluía a la recién llegada.

A ella no la enviarían a Ejby bajo ningún concepto: siendo como era la hija de un director de policía francés, Helena Henry sabía perfectamente cómo navegar por las jerarquías y cómo ganarse el favor de los que llevaban galones en el hombro.

Como recompensa por su labor de espionaje en el sótano, le reservarían un buen puesto en la Unidad contra el Crimen Organizado en Teglholm, mientras Rose y Assad se pudrían en los suburbios bajo las órdenes de algún trepa de veintiocho años.

—Terje, lo mejor sería que pudieras convencer a Carl de que volviera —dijo Assad, con una mirada más suplicante que la que tenía cuando rezaba de rodillas en la alfombra, con la cabeza orientada hacia La Meca—. Mi cabeza funciona mejor cuando lo tengo cerca.

—¿Carl, ese flamante escritor que se distanció de la policía enfadado y decepcionado? Perdona, Assad, pero es como si no conocieras a ese testarudo de Mørck. No, tendréis que apostar por jóvenes promesas —sentenció Terje, señalando con la cabeza en dirección a Helena.

Rose tuvo que contenerse para no soltar una carcajada sarcástica. «¿Jóvenes promesas?». ¡Joder, pero si Helena tenía la misma edad que ella! Y de no ser por el huracán viral pos-covid que la había dejado hecha polvo estos últimos días, ella sería igual de atractiva… ¡o incluso más!

—Ayer Helena demostró excelentes dotes de observación al encontrar en la escena del crimen un casquillo de bala que los peritos habían pasado por alto y que se envió de inmediato al análisis balístico.

Terje miró a Rose con el ceño levantado. Ella le devolvió una sonrisa desdeñosa. No tenía ni idea de qué reacción esperaba su jefe ante semejante información. Primero les infiltraba una chivata en el equipo, y ahora… ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Aplaudir como una foca de acuario?