Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 19. Jakob #2
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19. Jakob #2

—¡Espalda recta! ¡El tóóóóórax, venga! —vociferó el director.

Tocó la primera nota y Tommy hizo un esfuerzo por seguir.

Logró tartamudear «Quoniam confirmata est, Super nos misericordia eius…

» antes de que el director se pusiera en pie—.

¡Tienes una inseguridad que da pena! —dijo, inclinándose por encima de Tommy—.

A ver, chicos, tenéis que saberos el texto de memoria.

¡Con autoridad! Me dejáis a mí en evidencia cuando hacéis estas chapuzas.

¡A mí! —Muy pocos niños se atrevieron a mirarlo a la cara—.

¡Tommy! —El director se giró de nuevo hacia el niño junto al piano—.

Ahora vamos a intentarlo sin música. Recita el texto.

—¿Tengo que cantar? —preguntó Tommy, confundido.

—No, habla. Quiero comprobar si te lo sabes.

Jakob trató de buscar la mirada de Tommy para ver si podía ayudarlo con aquel galimatías en latín, quizá haciéndole mímica con la boca, como si fuera un apuntador. Pero Tommy solo miraba al vacío.

— Laudate Dominum omnia… No, omnes gentes… —empezó.

—¿Ni siquiera dominas la primera estrofa?

¡Impresionante, sí, señor! —exclamó el director del coro, volviéndose hacia los demás niños con los brazos exageradamente abiertos, como un actor de teatro.

Pero ninguno de los cuarenta y cinco se rio.

Permanecieron inmóviles, mirando fijamente a Tommy.

Una mancha oscura se había extendido desde la entrepierna de sus vaqueros por el interior del muslo derecho, hasta formar un pequeño charco junto a sus zapatos. Tenía los ojos vidriosos.

—¿Hay alguien que me quiera alegrar un poco el día? —preguntó el director, que aún no se había dado cuenta del estado de Tommy—. Dime, Berg.

En la última fila, Berg se había puesto en pie.

—¿Puedo ir al baño? —preguntó y, sin esperar respuesta, se acercó a Tommy y lo sacó del aula.

El director, desconcertado, los siguió con la mirada.

—Lo que tenéis que entender es que esto es una muestra de mi cariño hacia vosotros —dijo—; de cariño y de respeto. Imaginaos que Tommy hubiera hecho el ridículo de ese modo delante de vuestros padres o incluso de la reina. Mi trabajo consiste en sacar lo mejor de cada uno de vosotros.

Jakob notó que Vang, su compañero de al lado —algo mayor que él—, estaba temblando. Vio que se mordía el labio.

—No está bien que nos humille de esta manera —susurró—. En otros colegios no hacen esto.

—¿Qué? —Jakob no entendía a qué se refería su compañero.

Sí, claro, a él también le daba pena Tommy porque se había hecho pis delante de todos, pero el director del coro tenía razón.

Ni Tommy ni los demás habían ensayado lo suficiente, y para Jakob eso era algo inconcebible.

Para él, cada hora en Laurenti era la oportunidad de su vida: una vía de escape de su familia, de la cantera y de una existencia anónima y sin cariño.

—Tommy no se merecía que lo humillaran así. —Con los puños apretados, ahora Vang le susurraba directamente al oído—: Tenemos que hacer piña, no podemos permitir que nos…

—¿Quién cuchichea por ahí? —El director del coro los miró a ambos, y Vang enmudeció—. ¿Vang? ¿Solvig? —El director dio dos pasos hacia ellos—. ¿Quizá tenéis algo que compartir con los demás?

Jakob sintió el codo de Vang presionándole las costillas.

«¡Di algo!», parecía indicarle el codo. «¡Sálvanos!

», insistía. Entonces comprendió que él era el único capaz de proteger a sus compañeros, a todo el coro y al propio director de más humillaciones.

Él sí había ensayado. Conocía tanto la melodía como el texto.

Así que se levantó y se acercó al piano.

—Quiero cantar.

En ese mismo instante se abrió la puerta y Berg entró de nuevo en el aula, pero se detuvo en seco al ver a Jakob junto al piano.

Jakob notó cómo la mirada de Berg lo atravesaba y pensó que el chico debía de sentirse aliviado.

Los demás niños del coro podían respirar tranquilos: Jakob estaba a punto de sacrificarse por el grupo.

—Muy bien, Solvig —dijo el director, sentándose al piano—. Te escucho.

Jakob cantó como jamás lo había hecho. Ajeno a la presencia de sus compañeros, se sintió transportado a otro nivel. Era como si hubiera encontrado el rumbo y el propósito de su vida. Cuando los demás salieron al recreo y se quedó ensayando con el director, vio su futuro desplegarse ante él.

¿Fue entonces cuando empezó todo? ¿Fue ese en realidad el día que…?

—¡Eeeh! —Un insistente toque en el hombro lo devolvió a la realidad.

Incomodado por aquel roce repentino, se giró irritado en la silla de oficina y, para su sorpresa, se encontró frente a un par de senos perfectamente modelados como los de una actriz en una opereta.

Se quitó los auriculares y levantó la vista hacia Laila, la correctora.

Una vez, durante el almuerzo, Pia había proclamado a los cuatro vientos que la correctora estaba pillada por él y que debería animarse a salir con ella, a pesar de que le sacaba al menos diez años.

«Los hombres de verdad saben cómo tratar a una mujer con experiencia», había dicho, insinuando que Jakob no era «un hombre de verdad».

—Solo quería enseñarte esto: son las páginas de Cultura del periódico de mañana.

Tú fuiste a Laurenti de pequeño, ¿verdad?

—dijo Laila, acercándole una hoja de tamaño A3 y señalando un anuncio en la parte izquierda—.

El coro de Laurenti actúa en el castillo de Kronborg el fin de semana que viene.

Es el concierto de presentación del nuevo director, con la orquesta completa.

—Laila dio un par de pasos hacia él—. Yo de música clásica no entiendo mucho, pero me encantan los castillos…

¡y los niños!, así que matamos dos pájaros de un tiro.

—Rio nerviosa—. Me encantaría ir, si tú…

Jakob le arrebató el papel de las manos y dejó de escucharla. Al leer el anuncio, todas las malas sensaciones de aquel día empezaron a desvanecerse.

La oportunidad que tanto había estado esperando acababa de llegar.