19. Jakob
JAKOB
El redactor jefe del periódico apoyó las manos sobre el escritorio como un velocista en posición de salida. Su lenguaje corporal irradiaba una agresividad que no encajaba con las suaves y condescendientes arrugas de su rostro.
—Jakob, soy consciente de que la música es tu gran pasión, pero en esta redacción lo que realmente cuenta son los intereses de los lectores. Y, las cosas como son, nadie quiere un reportaje tuyo sobre música clásica.
—Pero… —incluso Jakob percibió el tono defensivo en su voz—. Nuestros lectores son gente culta; me extrañaría que no hubiese entre ellos algún amante de la música clásica.
Sentado en una silla de poca altura frente al escritorio de su superior, se sentía como un sospechoso durante un interrogatorio, aunque era él mismo quien había solicitado la reunión.
Llevaba ya doce años en Morgenavisen . Oficialmente, no se podía considerar ninguna estrella; no era una de esas «figuras mediáticas» de la redacción a las que invitaban a debates televisivos.
Pero siempre había hecho guardias, viajado de punta a punta del país con escasa antelación y cubierto todos los temas que nadie más quería tocar.
Hacía un mes, armado de valor, le había escrito al redactor pidiendo —más bien exigiendo — su traslado a la sección de Cultura, y en particular al área de música clásica, que siempre había sido su verdadera vocación.
No había en todo el país un solo periodista que supiera más sobre el tema, y Olaf Nyrup, el compañero que llevaba encargándose de la sección desde tiempos inmemoriales, estaba hospitalizado por una embolia cerebral, así que la sección había quedado vacante temporalmente.
—¿Quieres que te diga una cosa? —El redactor enarcó las cejas—. Llevo treinta años en este oficio, conozco a nuestros lectores. Hoy ya nadie tiene tiempo ni energía para la alta cultura; lo que la gente quiere son historias sobre la inflación, el tiempo o personajes de la tele.
Jakob se incorporó para situarse a la altura de su jefe, pero sintió que le flaqueaban las piernas, como si el suelo se estuviera hundiendo bajo sus pies.
—¿A qué viene todo esto, Jakob? —Los ojos del redactor se detuvieron un instante en los puños apretados de su interlocutor—. ¿Estás estresado? ¿Quieres menos horas?
—No es eso, es que…
—Vamos a ver, me parece estupendo que quieras cambiar de sección, pero entonces tendrás que escribir sobre lo que les gusta a los lectores o sobre lo que los saca de quicio. Supervivientes , Taylor Swift… ¡Es lo que hay!
—Olaf jamás se ha rebajado de esa manera. Es…
—Olaf Nyrup es una personalidad, Jakob —lo interrumpió el redactor—.
A los lectores les encanta simplemente por ser quien es.
Además, tiene estudios de conservatorio.
Ahora dime, ¿qué tienes tú, aparte de esa manía tan rara de tararear todo el rato?
—Jakob bajó la vista al suelo. Ni siquiera se había dado cuenta de que los demás lo notaban.
Para él, tararear era una necesidad: le ayudaba a entrenar la voz y funcionaba como una especie de aislante acústico invisible que hacía que el mundo fuera más soportable—.
¡A lo mejor fuiste violinista de concierto…
! —sugirió el jefe, esbozando una tenue sonrisa.
—Fui a Laurenti de pequeño. Me consideraban el soprano infantil con más talento de la historia del colegio.
La sonrisa del redactor se ensanchó hasta convertirse en carcajada.
—¡Di que sí, hombre! Y yo, de crío, estuve a punto de entrar en la selección sub-11. Pero eso no me convierte en periodista deportivo.
—Es que…
El redactor lo interrumpió con un fuerte suspiro.
—Mira, Jakob. Cuando uno lleva cierto tiempo en este oficio, toca hacer balance y decirse a sí mismo: «Hasta aquí hemos llegado; mi talento ya no da para más». Y, además, siendo sinceros, ¿qué motivos tienes tú para quejarte?
—Pues… —empezó Jakob, pero el redactor hizo un gesto con la mano, dejándole bien claro que no hacía falta que respondiera.
—Tu propia personalidad juega en tu contra, Jakob.
Eres… —El jefe frotó los dedos índice y corazón entre sí, tratando de encontrar las palabras—.
Eres igual de plano que una línea isoeléctrica.
Biiiip. ¿Entiendes? Clínicamente muerto.
En los cinco años que llevo en la redacción, solo te he visto deambular como un zombi: ni contento ni enfadado.
No tienes ni un solo amigo entre tus compañeros.
Profesionalmente, nunca has hecho ningún estropicio, tampoco te voy a quitar el mérito, pero no nos engañemos, estás lejos de ser imprescindible.
Te falta entusiasmo; no vendes ni una suscripción.
—Se hundió en la silla con gesto cansado y, antes de que Jakob pudiera encontrar la respuesta adecuada, continuó—: De hecho, intentar arrebatarle el puesto a Olaf mientras el pobre hombre está en el hospital luchando por su vida es lo más impactante que has hecho por aquí.
—Después, señaló hacia la puerta y añadió—: ¿Cierras al salir?
Jakob sintió cómo la manilla de la puerta del despacho del redactor jefe le resbalaba de las manos al intentar cerrarla. Vaciló un segundo, paralizado en medio de sus compañeros, que hablaban a voces y tecleaban sin descanso entre sorbos de café.
El ruido de su entorno se volvió físico, casi opresivo, como un aire espeso, así que se puso los auriculares.
Dio un toque a la almohadilla derecha y los suaves acordes de cuerda del Laudate Dominum inundaron sus oídos.
La obra maestra de Mozart fue como una inyección intravenosa de paz interior.
Subió el volumen para aislarse por completo de la oficina, incluso de Pia que, como editora de portada, dirigía el destino del mundo desde su escritorio, igual que una reina en el trono.
Seguro que iba a preguntarle si podía acercarse esa noche a la panadería de Østerbro en la que había aparecido muerta una mujer.
«Ni hablar», pensó Jakob, mientras una voz de soprano infantil resonaba en sus oídos.
« Lau-u-uuu-daa-te Do-oo-minum » , sonó en los auriculares de Jakob mientras se acomodaba en su puesto junto a la ventana, de espaldas al resto de la redacción.
¡Y pensar que un día la había cantado como solista!
Su voz había sido como el cuerpo de un atleta: fuerte, ágil y poderosa.
La gente corriente no tenía ni idea de cuánto esfuerzo le exigía a un niño pequeño aquel «alabado sea el Señor».
Había que estar en plena forma para sostener el aire durante el fraseo, que se prolongaba a lo largo de cuatro o cinco compases.
No bastaba con dominar la voz: había que controlar también la lengua y la musculatura del cuello, había que comprender el texto en latín, ¡había que ser capaz de oír cantar al alma!
Se frotó la garganta, que le dolía desde el ensayo del día anterior con el coro masculino.
Con los años había recuperado cierta capacidad para hablar con claridad y, si se esforzaba, podía cantar durante mucho tiempo y en un registro más alto, pero el timbre ya no era el mismo: la voz había perdido elasticidad y plasticidad, y ya no la controlaba por completo.
Además, tenía que pagar el precio durante días: dolor de garganta, sabor a sangre en la boca y una voz que, al hablar, crujía y se resquebrajaba como si estuviera a punto de romper a llorar.
¿En cuántas situaciones humillantes se había visto envuelto por aferrarse a la absurda ilusión de que su voz volvería a ser como antes? Una voz que había sido al menos tan bonita como la del niño que ahora sonaba en sus oídos.
«Laudate Dominum, omnes gentes; Laudate eum, omnes populi. Quoniam confirmata est» , musitó para sí, tratando de recordar la siguiente línea. « Et veritas, veritas Domini manet, manet in aeternum». No. Irritado, sacudió la cabeza . En Laurenti, un olvido así le habría supuesto un duro castigo.
Unos meses después de la llegada de Jakob al colegio tuvo lugar un ensayo muy particular que prácticamente se volvió legendario. Todo había comenzado cuando el director del coro se sentó al piano y les pidió que cantaran justo el Laudate Dominum .
Tras unos cuantos compases, levantó las manos del teclado.
—¡Basta, basta, basta! —dijo—. ¡Cantáis demasiado entrecortado! Sería preferible que evitaseis inspirar. —Fulminó con la mirada a los niños más pequeños—. Os tendré que escuchar uno por uno.
Por las filas empezó a extenderse una cierta inquietud.
—Mathiesen, tú primero —ordenó el director, señalando a un niño pelirrojo de la primera fila que comenzó a cantar, vacilante—. ¡No te la sabes! ¡Siguiente! —lo interrumpió, señalando al próximo niño, que no logró pasar de «Laudate Dominum omnes gentes» antes de quedarse sin aliento y murmurar:
—No puedo…
El director golpeó el piano con el puño.
—No quiero saber nada de vuestras patéticas excusas. ¡Kristiansen, fuera! —Señaló hacia la puerta, y el pequeño salió del aula abrazando la carpeta de las partituras contra el pecho.
—Tommy —continuó el director, y todas las miradas se posaron sobre el muchacho tímido de la segunda fila—, acércate al piano.
Tommy se quedó un instante sentado, con la boca ligeramente abierta.
—Ahora ponte aquí y demuéstrame que te sabes el texto. ¡Ven! —Hizo un gesto firme con la mano y Tommy avanzó con lentitud.
En el aula se hizo un silencio sepulcral, hasta el punto de que Jakob tuvo la sensación de poder escuchar los latidos del corazón del muchacho.