Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 18. Assad
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18. Assad

ASSAD

—No pudimos hacer nada. —El médico de urgencias, que vestía una chaqueta de color amarillo neón, se quitó los guantes y sacudió un poco la cabeza.

Era un tipo joven, de mejillas lozanas, que seguramente había sido padre hacía poco, pensó Assad, una de esas personas a quienes aún les afecta la irracionalidad de la muerte.

—Era una mujer de mi edad —le constató el médico a Terje Ploug—. Le dispararon dos tiros en la cabeza; falleció en el acto. Os la hemos dejado ahí.

Assad miró hacia la panadería TaTo, en la rotonda de la plaza de Sankt Kjeld.

Estaba situada en un somnoliento barrio residencial, donde solo había bloques de pisos, una ferretería y un par de supermercados, pero aun así el negocio parecía tener grandes ambiciones: su zona de cafetería contaba con capacidad para cuarenta o cincuenta personas.

El establecimiento era una de las panaderías de moda de Copenhague, de esas que cobran cincuenta coronas por un café solo y sesenta por un bollo con queso.

Aunque lo más seguro era que a pocos les apeteciera un bollo de cardamomo o un cruasán relleno de ganache ahora que habían matado a tiros a una mujer a plena luz del día en su interior.

Helena y Assad habían abordado a un estresado Terje en el aparcamiento de detrás de la Unidad de Investigación, en Teglholm Allé.

La denuncia por el asesinato de la mujer en Østerbro había llegado unos veinte minutos antes, y lo habitual era que el jefe de Homicidios fuera de los primeros en acudir a la escena del crimen.

—Subid —les dijo—, hablamos por el camino.

Tal como había anticipado Rose, la conversación sobre el caso Horsten había quedado en nada.

De hecho, Assad ni siquiera estaba seguro de que Terje hubiese entendido por qué debía reabrirse un caso de suicidio ampliado cerrado hacía tiempo, aunque al preguntarle directamente si contaban con el beneplácito de la dirección para hurgar en el expediente lo habían visto asentir por el retrovisor.

Eso sí, sin prestarles atención: además de tener que abrirse paso entre el tráfico de la ciudad a hora punta, lo bombardeaban sin parar con mensajes por radio y por teléfono.

La situación en el barrio de Ydre Østerbro parecía bastante caótica.

Les estaba costando mantener a los testigos bajo control.

Según la patrulla que llegó primero, en el momento de los disparos había varios clientes en la zona de cafetería, pero, como era de esperar, muchos habían salido corriendo y ahora resultaba casi imposible localizarlos para tomarles declaración.

—¿Es tu primera escena del crimen? —le preguntó Terje a Helena, a la vez que les hacía un gesto a Assad y a ella para que pasaran por debajo de la cinta de acordonamiento de rayas rojas y blancas.

—Aquí, sí. —Helena avanzó con paso firme hasta situarse al lado de Terje.

—La primera vez puede ser muy impactante —dijo Assad.

Helena volvió la cabeza y lo miró en silencio durante un par de segundos. El jefe de la investigación los estaba esperando a la entrada del local.

—Ploug. —Saludó con una cabezada—. Veo que has traído refuerzos.

—Solo temporales. A Assad ya lo conoces. Helena se formó en Francia y es nueva en el Departamento Q. Quería familiarizarla con nuestro protocolo de actuación en escenas del crimen, ya que se ha presentado la oportunidad. ¿Te parece bien?

—Claro que sí. —El jefe de la investigación consultó su libreta—.

La situación es más o menos la siguiente: a las 15.

55, un cliente dio la alarma. En ese momento, la víctima estaba sola detrás del mostrador, y el denunciante la vio mirar el móvil para, justo después, dejar la caja registradora y dirigirse a la trastienda.

Segundos más tarde, el mismo cliente oyó dos disparos casi seguidos.

Terje echó un vistazo a la zona de cafetería. En su huida, los clientes habían dejado atrás chaquetas, ordenadores abiertos y cafés a medio beber.

—Es grande el local, ¿eh? Supongo que la víctima no atendía sola el negocio, ¿no?

—Así es; había una muchacha de dieciséis años recogiendo las mesas, pero no vio nada.

En el obrador había dos empleados: un aprendiz y un panadero, que ya han prestado declaración.

El aprendiz había salido a sacar la basura por la puerta trasera y la había dejado entreabierta.

El panadero estaba junto a la enorme amasadora, preparando el pan de centeno, cuando entraron dos enmascarados por la puerta abierta.

—¿Le dijeron algo? —preguntó Terje.

—No —respondió—. Dice que apenas tuvo tiempo de reaccionar al verlos porque en ese momento entró la víctima, Marje Bakker, por la puerta que daba a la tienda, y uno de los hombres la encañonó con la pistola.

—¿Y no apuntó a nadie más?

—No. Solo a la víctima.

«Una ejecución en toda regla», pensó Assad. Sonaba a ajuste de cuentas personal; un castigo o alguna forma de venganza.

—¿Y no se llevaron nada? ¿Las joyas de la mujer? ¿Dinero de la caja? —preguntó Terje.

—Los agresores no llegaron a poner un pie en la cafetería.

El panadero dice que entraron, dispararon dos veces y se fueron por donde habían venido.

Pasaron a toda prisa junto al aprendiz, que se había escondido tras el contenedor de basura, pero todavía no sabemos en qué dirección huyeron, porque el patio trasero tiene varias salidas.

He puesto a dos perros a rastrear la zona, empezando por la puerta trasera.

Puede que los hombres sigan escondidos por ahí —añadió el jefe de la investigación.

—¿Y de la víctima qué se sabe? —preguntó Terje.

—Marje Bakker. Treinta y nueve años. Dueña del negocio.

Vivía sola a la vuelta de la esquina, en un ático recién renovado.

No tenía hijos, solo dos gatos. Al parecer, era muy apreciada por sus amigos, clientes y empleados y, según estos últimos, la panadería se estaba recuperando económicamente tras las dificultades de la pandemia.

Dicen sus compañeros que Bakker jamás había hablado de exnovios resentidos ni nada por el estilo, aunque eso habrá que investigarlo más a fondo, claro.

—¿Por qué se llama TaTo? —interrumpió Assad.

El jefe de la investigación lo miró perplejo y se dispuso a consultar su libreta.

—Pues no tengo ni idea —confesó—. ¿Es importante?

— Taarten van Toen —aclaró Helena—. Es holandés. «Las tartas de antaño». Marje Bakker era holandesa de nacimiento. —Se encogió de hombros ante la mirada inquisitiva de Terje—. Estuve haciendo unas búsquedas en Google desde el asiento de atrás mientras veníamos hacia aquí.

—Así que holandesa… Quizá debiéramos tomar nota. —Terje se giró de nuevo hacia el jefe de la investigación—. ¿Y qué más hay de las primeras diligencias? ¿Cámaras de seguridad, registros telefónicos, papeleras de los alrededores?

—Ya está todo en marcha, y también hemos adelantado el análisis forense del lugar de los hechos; supongo que tú también querrás estar presente cuando llegue Hanson.

Terje asintió. Media hora más tarde, Helena, Assad y él mismo, ataviados con redecillas, mascarillas y trajes de protección, entraban en la trastienda, donde la forense Anne Hanson estaba inclinada sobre el cadáver.

Un aroma dulce y especiado, ligeramente húmedo, impregnaba el local.

En circunstancias normales, la mezcla de cardamomo, azúcar caramelizado y masa de fermentación lenta le habría hecho la boca agua a Assad, pero la imagen de la mujer fallecida le quitó de golpe cualquier tentación de probar una caracola de canela del carrito de pasteles horneados.

La ropa de la víctima le recordó al uniforme del personal de cocina de Matador , una serie danesa que le habían asignado ver como tarea hacía años en la academia de idiomas.

Era ancha de caderas, calzaba zapatos negros de cordones y llevaba puestos un vestido rosa y un delantal blanco con volantes que le daban un aire serio y artesanal.

Daba la impresión de que también había llevado una redecilla con una decoración de papel alrededor del moño apretado, aunque el color exacto y la función del adorno eran difíciles de determinar en ese momento.

La cabeza de la mujer yacía sobre un círculo irregular de sangre oscura, con la cara girada hacia la derecha y la boca un poco abierta.

«¡Qué pena!», pensó Assad, y miró de reojo a Helena.

Necesitaba tomar aire fresco. Helena, en cambio, lejos de apartarse o retroceder, dio un paso más hacia el cadáver y se puso en cuclillas, procurando no entorpecer la meticulosa inspección de la forense Hanson que, con los guantes puestos, sostenía en una mano la cabeza de la mujer y examinaba en silencio las lesiones.

Assad pudo ver dos orificios de bala, lo que concordaba con las declaraciones de los testigos, aunque no descartaba que hubiera más.

Una de las balas había atravesado la frente de la víctima justo por encima del ojo derecho y la otra le había atravesado la mejilla por debajo del izquierdo.

Assad miró hacia el techo, donde un ventilador giraba perezoso.

No hacía falta ser médico ni policía para saber que era imposible sobrevivir a esos disparos.

Seguramente, los autores del crimen también lo sabían.

—Examen del cadáver llevado a cabo en el lugar del hallazgo —grabó la forense en el dictáfono— el miércoles 11 de octubre a las…

—miró su reloj de pulsera— 17.52. La forma de muerte es homicidio; la causa de la muerte se atribuye a dos disparos que penetraron en el cráneo de la víctima y alcanzaron órganos vitales, lo que le provocó la muerte de manera inmediata.

— Hanson interrumpió por un instante su monótono discurso médico para examinar brevemente el rostro de la mujer—.

Se estima que los dos impactos de bala penetraron por la parte frontal del cuerpo de la víctima, mientras que las lesiones de salida se registran en la parte posterior de la cabeza.

La presencia limitada de residuos de hollín y partículas de pólvora alrededor de una de las lesiones sugiere que uno de los disparos se efectuó a corta distancia y el otro a media o larga distancia.

Helena le lanzó una mirada a Assad. Por encima de la mascarilla solo se le veían los ojos, pero elevó aquellas cejas perfiladas de forma cuidadosa como queriendo decir algo.

Seguramente estuviera pensando lo mismo que él: Marje Bakker no era una víctima al azar, sino que los autores sabían con exactitud a quién buscaban y, con dos disparos, uno de ellos a quemarropa, habían querido asegurarse de que la mataban.

Pero ¿por qué acabar con la vida de una simpática panadera? ¿Y cómo sabían que entraría justo entonces en el obrador?

Hanson se incorporó y miró al jefe de Homicidios.

—¿Nos la podréis llevar al Instituto Forense para que le pueda practicar la autopsia mañana por la mañana?

—Cuenta con ello. ¿Ya sabes qué tipo de arma se utilizó? —preguntó Terje.

—Todavía no. ¿Habéis encontrado los casquillos? —Hanson miró al jefe de la investigación, que negó con la cabeza.

—Nada de nada. Y eso que los peritos han inspeccionado con lupa el local.

—¿Y no será que usaron un revólver? —Terje parecía contrariado.

Todos sabían que la ausencia de casquillos en la escena del crimen indicaba, por norma general, que los disparos se habían hecho con un revólver, que deja los casquillos dentro del tambor, y no con una pistola, que los expulsa al suelo.

Era una lástima, porque los casquillos se podían asociar al arma utilizada con la misma seguridad que las huellas digitales a un dedo y, por tanto, constituían una prueba decisiva en el juicio.

Helena levantó la mano.

—También podría ser una pistola, si los autores del crimen recogieron los casquillos vacíos antes de irse.

—En teoría, sí. Pero según las declaraciones de los testigos, no perdieron el tiempo en hacer limpieza —dijo Terje.

—Correcto. Los testigos coinciden en que todo sucedió muy rápido. No estuvieron aquí más de ocho o diez segundos, así que yo también diría que se trata de un revólver —añadió el jefe de la investigación.

—Pero… —Helena echó un vistazo al obrador, equipado con todo tipo de máquinas y utensilios—. ¿No es un poco pronto para aferrarse a una única teoría sobre el arma? Es posible que los casquillos aún estén por aquí, ¿o no?

El jefe de la investigación la miró con ojos cansados.

—Como comentaba, hemos buscado hasta debajo de las piedras. Y cuando digo «hemos», me refiero a un equipo de profesionales con amplia experiencia.

Assad observó a su compañera. Admiraba sus agallas, pero también le preocupaba, porque a veces las agallas se podían confundir con arrogancia. ¿Acaso no era consciente de que pisoteaba el orgullo de los demás con la misma delicadeza que un camello que ha bebido agua fermentada?

—Helena, aquí, de momento, nadie se ha aferrado a nada —añadió Terje, haciendo una señal al jefe de la investigación para que lo acompañara por la puerta trasera—. ¿Hablamos de lo que le vamos a decir a la prensa?

—Helena —dijo Assad, con voz templada, en cuanto el jefe se perdió de vista—, tu actitud cabrea a la gente.

No estaría de más mostrar un poco de humildad cuando nunca antes se ha trabajado en un caso de homicidio.

—Detestaba la palabra «humildad», porque aún le costaba pronunciarla, pero era la que mejor definía lo que faltaba en aquella situación.

Helena lo miró con las cejas muy fruncidas sobre sus ojos verde hierba.

—Lo que yo he dicho es que esta era mi primera escena del crimen en Dinamarca. En Francia fueron diecisiete.

—¿Diecisiete? —Assad se exprimió la mente en busca de la respuesta adecuada, pero Helena ya había zanjado el asunto.

Colocada junto a los pies del cadáver, Helena dirigió la vista hacia la puerta trasera y comenzó a inspeccionar el local con la mirada. Assad se percató de que examinaba las vigas y los rodapiés. De pronto, como movida por un impulso, se abalanzó sobre la amasadora gigantesca y miró en su interior.

Con el rostro resplandeciente tras la mascarilla, le hizo señas a Assad para que se acercara.

—¡ Vite , deprisa, una bolsa para muestras de adn!

La amasadora estaba llena de masa de pan de centeno, de un color gris parduzco, que olía a cerveza agria y a cereal húmedo.

En medio de la masa amarronada, pegado al enorme gancho de amasar, se asomaba un objeto metálico y redondo que cualquier policía habría reconocido al instante: el culote de un casquillo de bala.