Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 17. Linette
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17. Linette

LINETTE

La jornada laboral acababa de terminar, y a Linette las humillaciones del día le habían dejado un nudo en la garganta.

Tuvo que tragar saliva repetidas veces mientras, al volante, tomaba el ya conocido atajo por el barrio de Østerbro, aunque la sensación de tener algo atascado detrás de la campanilla no desapareció.

Era algo parecido a las ganas de llorar, pero mucho peor.

Por fortuna, estaba ya cerca de TaTo, su panadería favorita.

Tenía que comer algo; el azúcar le había bajado en picado una hora después del último tentempié en el trabajo y se encontraba fatal.

El corazón le latía a mil por hora, en la nuca le brotaban gotas de sudor y le temblaban tanto las manos que casi no se reconocía a sí misma.

Era como si el cuerpo y la mente estuvieran desconectados.

Quizá fuera por todas las dietas y planes de adelgazamiento que había probado a lo largo de los años: la dieta de la sopa, la depurativa, el ayuno intermitente, la antiinflamatoria, la keto, la baja en carbohidratos, la alta en grasas…

Lo había probado todo, pero el único efecto a largo plazo había sido un cuerpo estresado y confundido, que en ese momento le pedía azúcar a gritos.

Esperaba que no fuese otra cosa. A veces se agobiaba pensando si sería algo grave, como un cáncer o una hernia de hiato. O quizá una úlcera, o esclerosis. ¿Y si se estaba muriendo en ese mismo instante?

Se sentía sola, atrapada en sus pensamientos.

Su marido, Per, ya no quería saber nada del asunto, y en el trabajo tampoco podían seguir dándole permisos para llevarla a especialistas de Copenhague y media Selandia que siempre llegaban a la conclusión de que lo único que tenía era el índice de masa corporal por las nubes.

Y, como le había dicho él hacía poco, «la única solución es cerrar la boca y mover el trasero».

Linette parpadeó para apartar algo que le escocía en los ojos. ¿Por qué le decía esas cosas? Después de veintitrés años casados, ¿no era de esperar que remaran en la misma dirección?

En los últimos años había empezado a pensar que a lo mejor él quería otra cosa en la vida.

Nunca habían tenido hijos, y ella se había resignado, pero, a sus cincuenta y tres años, Per, que era delgado y de aspecto juvenil, aún estaba a tiempo de encontrar a una chica joven y atractiva con quien formar la familia que siempre había deseado.

Puede que, en el fondo, Per quisiera librarse de ella.

Tal vez, pensó en ese momento, lo mejor para los dos sería que ella muriera de alguna de esas enfermedades no diagnosticadas que la consumían por dentro.

Así, de algún modo, ella tendría razón y él podría respirar tranquilo y empezar una nueva vida más bonita, sin tener que contemplar sus caderas descomunales balancearse por el salón ni los cráteres lunares de celulitis de su trasero y sus muslos. Quizá…

«¡Basta, Linette!», se gritó a sí misma mientras entraba en su plaza de aparcamiento favorita cerca de la panadería.

Era el maldito bajón de azúcar; sus pensamientos se volvían oscuros y la sobrepasaban, fluyendo como la lava y arrasándolo todo a su paso.

Se sobresaltó cuando alguien golpeó con fuerza la ventanilla del coche. Un policía uniformado le hizo señas para que la bajara.

—Tiene que marcharse. Estamos acordonando la zona. Nos han avisado de un incidente en esa panadería de ahí y esto va para largo. —El agente hizo una señal por encima del hombro. Efectivamente, en la acera frente a TaTo había más coches patrulla.

—¿Un incidente? ¿De qué? —Linette esperaba que no hubieran robado a la amable dependienta de TaTo.

—Me temo que no le puedo dar esa información —respondió el agente—, pero todas las personas ajenas al caso deben marcharse, así que tendrá que irse ahora mismo.

Golpeó un par de veces el techo del vehículo, y a ella no le quedó más remedio que girar la llave de contacto y salir de allí.

Linette apenas podía pensar con claridad. ¿Dónde más podría encontrar algo que calmara ese maldito dolor de cabeza?

Presa del pánico, recorrió con la mirada los edificios que veía por la ventanilla y respiró con alivio cuando, a escasa distancia, avistó una gasolinera.

Se desvió hacia allí, salió del coche y atravesó las puertas correderas de la tienda esbozando aquella sonrisa forzada con la que aparentaba normalidad mientras buscaba algo que la reconfortara.

Se inclinó a inspeccionar la selección de revistas de la gasolinera antes de decantarse por una de crucigramas.

Siempre las usaba a modo de tapadera en este tipo de tiendas, como una especie de contrapeso a todo lo demás que iba a comprar.

Una revista de crucigramas daba a entender que no era idiota y que, a pesar de sus kilos de más, sabía usar el cerebro.

«¡Anda, sabe resolver crucigramas, y además de los difíciles!

No es de esas que se sientan frente a la tele a zamparse todo lo que pillan; tiene inquietudes intelectuales, parece una persona culta con carrera universitaria».

Linette se imaginaba que eso era lo que pensaban los dependientes al ver sobre el mostrador una revista con el título Pasatiempos para mentes expertas o Crucigramas imposibles .

Entonces, como quien no quiere la cosa, añadía un comentario del tipo «ah, y ya de paso, ponme también dos trozos de ese pastel» u «ostras, ¿tres rollos de canela por treinta y cinco coronas? ¡Pues me llevo tres!».

Se acercó al mostrador y, antes de dejar sobre él la revista de crucigramas, echó un vistazo fugaz al surtido de bollería, galletas y salchichas de la vitrina.

—¿Algo más? —preguntó la joven dependienta, que llevaba unas pestañas postizas tan largas que apenas le dejaban abrir los ojos.

—Mmm… —dijo Linette, haciendo una pausa calculada, como si ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza comprar otra cosa que no fuera la revista—. Bueno, sí, ponme dos trozos de ese pastel.

Sonrió a la chica, que asintió, inexpresiva, antes de tomar con las pinzas un denso y grasiento trozo de pastel con glaseado rosa y guardarlo en una bolsa de papel.

—¿Algo más? —volvió a preguntar la dependienta.

Linette notó cómo el pánico se le extendía por el pecho.

—Bueno… en realidad había pedido dos —dijo con un hilo de voz.

—¿Dos qué? —La dependienta abanicó pesadamente las pestañas.

—Dos trozos de pastel.

Linette sintió que ardía por dentro mientras la joven la evaluaba de forma minuciosa con la mirada; no una evaluación física de su peso o de su altura, sino una evaluación moral.

¿Merecía un trozo de pastel aquel cuerpo con sobrepeso?

¿Dos trozos de pastel? ¿Acaso no tenía fuerza de voluntad para resistirse a sus antojos?

Así que Linette se sintió con la obligación de demostrar que sí tenía fuerza de voluntad y que debajo de aquellas capas de grasa se escondía una buena persona.

—He dejado a mi marido y a mi hijo en casa montando la nueva cocina; me parece que bien se han ganado un capricho y, si llego con un solo trozo de pastel, uno de los dos se va a llevar una decepción.

—Esto último lo dijo con una risa forzada, intentando ignorar la cola de clientes impacientes que se amontonaba a su derecha.

La dependienta se encogió de hombros y metió en la bolsa el segundo trozo de pastel.

Cuando Linette llegó al coche, el nudo de la garganta estaba a punto de asfixiarla, y ya antes de cerrar la puerta supo que tenía que comerse los pasteles allí mismo. Los dos. Sin perder más tiempo.

Partió un trozo de pastel en dos y se llevó una mitad a la boca.

Al instante la invadió una exquisita explosión de glaseado dulce, mermelada de frambuesa ácida y masa de cacao.

No le sorprendió que el nudo en la garganta fuera desapareciendo con cada bocado.

Ese azúcar era como una inyección de antidepresivos: la sangre empezó a fluir con fuerza, se le despejó la mente y, por un segundo, incluso sintió felicidad.

Pero entonces bajó la visera parasol del coche y se vio reflejada en el pequeño espejo.

Llevaba restos del glaseado pegados a la comisura de los labios como un escupitajo rosa.

En el labio superior, trocitos de fideos de colores daban forma a un patético bigote de payaso y tenía el pecho cubierto de migajas.

Desde aquel extraño ángulo, el doble mentón resaltaba aún más que de costumbre.

Casi se le cortó la respiración. ¡Normal que quizá Per ya no sintiera nada por ella!

Cerró la visera parasol con tanta violencia que se sorprendió a sí misma.

Golpeó el volante y el portateléfonos. Golpeó también la palanca de cambio y el retrovisor.

Golpeó por último la bolsa de la gasolinera, que yacía en el asiento del copiloto cubierta cada vez de más manchas de grasa y que emitió un seco crujido al caer sobre el suelo del vehículo.

Se arrepintió al instante. La necesidad de un chute de azúcar era más fuerte que la humillación, así que se inclinó para rescatar lo que quedaba de pastel en un movimiento forzado y acabó con la cara casi pegada a la revista de crucigramas que había dejado tirada sobre el asiento del copiloto.

Un anuncio en la contraportada la hizo detenerse en seco: «¡perder peso es solitario!

», decía en mayúsculas. Bajo el titular, un hombre atractivo con un polo azul claro posaba frente a un edificio que parecía un palacio.

El texto continuaba en una fuente más pequeña: «Pero no estás sola: En la Clínica Privada Charis te ayudamos a conseguir el cuerpo y la vida que mereces.

¡Llama ahora y concierta una cita para mañana mismo! ».

Linette se recompuso y se limpió la cara. Cuando salió de la gasolinera, ya la había atendido por teléfono una mujer muy agradable. Sintió ganas de llorar: era la primera persona que la trataba bien en todo el día.