16. Rose
ROSE
Rose se detuvo al pie de las escaleras y respiró hondo tres veces. Le chocaba lo poco en forma que estaba últimamente: de tan solo subir corriendo hasta recepción y regresar al sótano, se había quedado sin aliento.
Quizá solo fueran los gajes de ser una cuarentona.
A esa edad no era extraño tener palpitaciones, insomnio, menstruaciones irregulares y algunos kilos de más, y ella se identificaba con casi todos los síntomas de la lista.
Tenía solo cuarenta y tres años, pero su madre había entrado en la menopausia a los cuarenta y cinco, y contra la predisposición genética no había mucho que hacer.
Aun así, la imprevisibilidad de tantos achaques y la endeblez que conllevaban la sacaban de quicio.
No tenía tiempo para esas cosas; Konrad Horsten acababa de entregar el móvil de su padre en la recepción de la Jefatura de Policía, y Rose tenía intención de examinarlo de forma personal antes de que se lo enviaran a los especialistas de Ejby.
De camino al despacho, pasó por el viejo almacén de pruebas.
La mayoría de las evidencias de los casos cerrados se guardaban en el depósito central de Lynge, pero algunas seguían en el pasillo serpenteante del sótano de la Jefatura, y Anton, que gestionaba aquel almacén con mano de hierro, había dado aviso de que la carpeta con las fotos del caso Horsten estaba lista para recoger.
—No hace falta que grites así —respondió finalmente Anton desde el final del pasillo, después de que Rose lo llamara cuatro o cinco veces—.
Estaba liado con esa dichosa digitalización; ahora, tarde o temprano, todo tiene que meterse en el ordenador.
¡Si fuera más viejo, ya habría colgado las botas!
—refunfuñó. Con su cabello blanco y su inconfundible palidez de sótano, Anton había tenido aspecto de jubilado desde que Rose lo conocía, aunque en realidad nadie en Jefatura sabía a ciencia cierta su edad.
—Bueno, ya no te faltará mucho —recalcó Rose, notando que su ya de por sí limitada capacidad para la charla trivial se había esfumado por completo: la menopausia, el regalo que nunca dejaba de sorprender.
—Rose, tesoro, el caso es que este almacén no funciona sin mí. —Anton le tendió una bolsa marrón de papel, más pesada de lo que esperaba—. La necesito de vuelta en menos de un mes. Si no, tendrás que presentar una nueva solicitud.
De regreso en el Departamento Q, oyó a Assad y a Helena discutir en el despacho de esta última.
Parecían no ponerse de acuerdo sobre el interrogatorio del día anterior.
Helena estaba convencida de que Konrad Horsten ocultaba algo.
¿Por qué, si no, se había indignado tanto cuando quisieron interrogar a su madre?
Assad, en cambio, pensaba que ella no era objetiva porque Konrad la había humillado.
Según él, el hijo de Jette Horsten no estaba muy dispuesto a colaborar, pero nada en sus respuestas ni en su lenguaje corporal indicaba que mintiera.
—¡Tiene una coartada sólida! —oyó que decía Assad—. He hablado con tres músicos que cenaban con él en Jutlandia cuando recibió la llamada.
Rose cerró la puerta de su despacho y encendió el televisor para acallar la discusión.
Desde el muelle de Hirtshals, un reportero azotado por el viento informaba de que, el día anterior, un arrastrero se había hundido con toda su tripulación tras una explosión a bordo.
La cámara recorrió el muelle hasta detenerse en dos parejas de ancianos que lloraban, con toda probabilidad padres de dos de los fallecidos.
En principio, se apuntaba a un fallo mecánico como causa de la explosión, aunque a Rose no le habría sorprendido que se tratara del clásico caso de fraude al seguro o de un intento de encubrir una operación de tráfico de drogas.
Fuera como fuese, era un caso de gran envergadura y había acabado en manos de Gordon Taylor poco después de asumir el cargo de comisario.
Vació sobre el escritorio la bolsa que había recogido en recepción.
Dentro había un cargador y un iPhone antiguo.
Le dio la vuelta al móvil y examinó la cámara.
Era un iPhone 7: fácil de desbloquear con Touch ID, con buena calidad de imagen y batería de poca duración.
Lo puso a cargar mientras revisaba las fotografías procedentes del almacén de pruebas.
A primera vista, nada llamaba la atención. La barbacoa de carbón del sótano era de la marca Weber y pertenecía al matrimonio. El carbón había salido de una bolsa que guardaban en el cobertizo de herramientas, donde también almacenaban las cerillas, según la declaración inicial de Konrad.
La habitación donde encontraron a Jette seguía tal cual la habían dejado: era un dormitorio de adolescente abandonado desde los años noventa, con pósteres de ídolos como Michael Laudrup y Sinéad O’Connor en las paredes, y una bata polvorienta colgada detrás de la puerta.
Rose encendió la luz del escritorio y alcanzó la lupa para examinar las fotos de las cuerdas con las que habían atado los tobillos de la mujer al cabecero de la cama.
Ya no estaban en posesión de la policía, pero parecían cordeles de nailon blancos, normales y corrientes, de los que se usan para tender la ropa, y procedían de la casa del matrimonio.
Las fotos de Furesø, donde se había hallado a Ole Horsten, eran más inquietantes.
La primera mostraba el cadáver del anciano colgando y oscilando del gancho de la grúa.
No era fácil de distinguir a primera vista, porque el gancho no estaba en la punta del brazo de la grúa, sino pegado a su estructura.
En la siguiente imagen se veía el cadáver dentro de una bolsa funeraria abierta.
Rose aproximó la lupa. No había rastros de sangre ni signos de descomposición, y el hombre tenía la piel lisa y pálida, pero la expresión del rostro no era en absoluto apacible.
Los peritos lo habían fotografiado desde distintos ángulos y, en las últimas fotos, se habían acercado todo lo posible al torso y al rostro del hombre, dejando ver los ojos completamente abiertos y cubiertos por una membrana grisácea.
Volvió a mirar la foto de la grúa. En el momento de su muerte, Ole Horsten tenía setenta y seis años.
¿De verdad habría podido subir sin ayuda hasta lo alto de la grúa, atarse con una cuerda al gancho y dejar que el peso de su cuerpo hiciera el resto?
No era imposible, pero estaba claro que requería fuerza en los brazos y cierta flexibilidad.
La propia Rose no se veía capaz de hacerlo en su actual condición física.
De todos modos, nada indicaba que Ole Horsten tuviera problemas de movilidad.
La documentación confirmaba que la primera inspección del cadáver se había efectuado en el Hospital de Hillerød.
En el informe correspondiente, el médico forense indicaba que la causa inmediata de la muerte había sido «asfixia por ahorcamiento» y la forma de muerte, «suicidio».
Como la policía no había solicitado la autopsia, se entregó el cadáver a la familia.
Esa precipitada conclusión sorprendió a Rose.
Según el forense, el cuerpo mostraba rigor mortis avanzado cuando lo encontraron, un estado que solo dura un par de días.
Por lo tanto, cuando hallaron el cadáver, el 14 de noviembre de 2019, Horsten llevaba muerto como máximo dos días, así que no había ido directamente desde su casa de Copenhague hasta la grúa de Furesø o, al menos, no murió de inmediato.
Si de verdad se quitó la vida, tal como concluyó la policía, ¿por qué esperó dos días? ¿Y dónde estuvo hasta entonces?
Se centró en la imagen del primer plano del torso y la cabeza de Ole Horsten.
Con ayuda de la lupa, distinguió alrededor del cuello, de oreja a oreja, el clásico surco que deja la soga, una marca que no tarda en aparecer y que permanece como evidencia en el cuerpo del difunto.
Pero había algo más. Rose se frotó los ojos y limpió la lupa.
Lo volvió a intentar, frunciendo el ceño.
Estaba casi segura de que en el centro y a los lados del cuello del cadáver había pequeñas marcas rojizas.
Nunca había visto algo así en un caso de ahorcamiento, por lo que decidió llamar a una de las forenses en las que más confiaba.
La curtida forense Anne Hanson permaneció en silencio al otro lado del teléfono mientras Rose le pedía que evaluara las fotos de un caso ya cerrado, pero accedió a examinarlas de inmediato y, apenas diez minutos después, le devolvió la llamada.
—Aquí hay algo raro —dijo Hanson—. Da la impresión de que a algún compañero le entraron las prisas y se olvidó de comprobar si había hemorragias puntiformes en los ojos.
No quiero dejarlo en evidencia; se jubiló hace tres años.
Y, por lo que tengo entendido, no había nada más en el caso que indicara circunstancias sospechosas —la forense vaciló un instante—, pero, si hubiera llegado a mis manos, habría insistido en practicar la autopsia.
—¿Por…?
—Porque no creo que se haya ahorcado. Los hematomas del cuello me hacen pensar que la causa de la muerte fue asfixia por estrangulamiento.
—O sea que tú crees que… —Rose se quedó callada. Había gritado sin darse cuenta.
—Sí. Este hombre ya estaba muerto cuando lo subieron a la grúa.
Apenas había colgado cuando llamaron con fuerza a la puerta. Assad asomó la cabeza sin esperar respuesta.
—¿Qué pasa aquí dentro, que haces más ruido que un minarete en viernes?
—Encontré algo en las fotos del cadáver. Algo extraño, así que llamé a Hanson…
—Hans… ¿ese quién es? —Helena se asomó por la puerta, por detrás de Assad.
—Esa, no ese. Una forense —aclaró Assad.
—Sí, y a todas luces más minuciosa que el médico forense que intervino entonces —precisó Rose—.
La llamé al notar estas petequias bajo el surco de ahorcamiento —dijo, señalando las pequeñas marcas rojas en el cuello del difunto—.
Según ella, se deben a que lo asfixiaron antes de colgarlo de la grúa.
Los otros dos se la quedaron mirando.
—O sea, que lo mataron —sentenció Rose—.
Y no solo eso: murió un par de días después del intento de asesinato de su esposa.
En 2019, la policía lo interpretó como que Ole Horsten había pasado esos días con remordimientos de conciencia, o que necesitaba armarse de valor para acabar con su vida.
Pero ahora todo indica que, antes o después, se cruzó con su asesino.
—¿Podría ser el mismo hombre que oímos en la llamada de emergencia? —Assad se rascó la nuca.
—Es una hipótesis razonable —asintió Rose.
Helena miró la fotografía.
—¿Seguimos partiendo de la base de que los Horsten dejaron entrar a un desconocido?
No se puede descartar que el hijo esté detrás de todo esto.
Podría haber pedido a un copain que agrediera a sus padres en casa, dejara morir a la madre y luego metiera al padre en el coche a la fuerza.
Ahora sabemos que Konrad estaba de vuelta en Selandia cuando asfixiaron a monsieur Horsten.
Rose se mordió la mejilla por dentro. No se había acostumbrado aún a la presencia de la francesa, y mucho menos a sus irritantes observaciones mordaces ni a esa extraña manera de no pronunciar la hache.
En el sótano, las cosas funcionaban mejor si cada uno se ceñía a su papel, y Helena había empezado a pisotear el territorio de Rose.
—No lo podemos descartar —concedió Rose—. Pero, por lo que tú has dicho, Assad, Konrad adora a su madre. ¿Habría sido capaz de atar así a la pobre mujer enferma?
—No con tanta fuerza, desde luego —empezó Assad.
—De todas formas, tendremos que traerlo para interrogarlo de nuevo —dijo Helena, como si ya se alegrara de volver a verlo.
—¿Y qué me decís del coche de Ole, el que encontraron junto al lago? Nunca se llegó a examinar en busca de pruebas: adn, cabellos, huellas dactilares… ese tipo de cosas —comentó Assad.
—Bien pensado —admitió Rose, consultando el historial del coche en el Registro de Vehículos. El matrimonio había comprado el Volvo nuevo de fábrica en 2012.
—Por lo que veo, el coche se vendió a un concesionario de Jutlandia apenas medio año después de la muerte de Horsten —añadió Rose—. Tras una búsqueda rápida en Google, he visto que lo lleva un tipo que se anuncia con el eslogan de «¡Tachán! Transformamos viejas latas en bugas perfumados».
Assad soltó una carcajada, pero se contuvo enseguida al ver la cara de reproche de sus compañeras.
—Los jutlandeses tienen el mismo sentido del humor que los árabes —dijo, con las palmas levantadas a modo de justificación.
—Limpieza a vapor, desinfección y espray ambientador… ¡Dios mío de mi vida! —murmuró Rose, que veía un vídeo en la web del concesionario en el que el regordete vendedor de coches mostraba cómo los acondicionaban para la venta—. ¡Ese coche ya no nos sirve para nada!
—¡Qué churrada ! —masculló Helena.
Assad iba a abrir la boca para corregirla, pero Rose se le anticipó.
—He conseguido el móvil del difunto —anunció, levantando el teléfono de la mesa.
Seguía completamente descargado, así que tiró un poco del cable.
El aparato emitió un breve pitido y se encendió un par de segundos antes de volver a apagarse—.
Maldita sea, el cargador está muerto. ¿No tendréis uno igual?
Assad y Helena negaron con la cabeza.
—Bueno, tendré que salir a comprar otro. Por cierto, Assad, creo que ya es hora de informar a Terje de que estamos trabajando en un caso oficialmente cerrado. Sin entrar en detalles ni mencionar la fuente, por supuesto. Ni la intervención de Carl, ya que estamos.
—Pero eso tenemos que… —empezó Helena, pero el zumbido de la radio policial que Rose tenía sobre el escritorio la interrumpió.
«P11, P11. Llegamos al lugar del posible incidente en la plaza de Sankt Kjeld, en el barrio de Ydre Østerbro. Hay una persona fallecida en TaTo, la panadería grande de la rotonda; una mujer con disparo en la cabeza. Hotel11, cambio».
—¿P11? —preguntó Helena.
—¡Shhh! —la mandó callar Rose, molesta.
—Distrito policial 11, Copenhague —susurró Assad.
«Hotel11, recibido. Salid e iniciad el parte. Llamamos a Lima de inmediato. P11, cambio», se oyó por la radio.
—Hotel11 es la unidad canina. Lima es el jefe del operativo —aclaró Assad en voz baja.
—Ya, ya, no hace falta que me lo expliques todo con peros y señales —le susurró Helena, igual de bajo.
—¿Querrás decir con «pelos»? —replicó Assad, desconcertado.
Una sola mirada de Rose bastó para zanjar la conversación.
—¿A qué esperáis? —dijo, alternando la mirada entre uno y otro—. ¡A ver si podéis hablar con Terje ahora que se desplaza al lugar del crimen! Cuanto más ocupado esté con ese homicidio, más tranquilos podremos trabajar nosotros. ¡Vamos, al lío!