Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 15. Tommy
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15. Tommy

TOMMY

Y, sin embargo, se acordaba de todo.

Se acordaba de ir por la carretera oscura con su bolsa de viaje ridículamente cara en la mano.

Se acordaba de que llovía; una lluvia silenciosa y a la vez ensordecedora que golpeaba el asfalto, cuchicheaba sobre los campos mojados y susurraba entre la hojarasca otoñal de la linde del bosque.

Se acordaba de su angustia al regresar a la posada y no encontrar su coche; puede que las luces del automóvil apenas tardaran dos o tres minutos en activarse, pero a él le parecieron horas.

A veces aún se despertaba de una pesadilla en mitad de la noche, helado y cubierto en sudor, y volvía a sentir lo fría y empapada que estaba su americana cuando finalmente consiguió localizar el vehículo y sentarse al volante.

Se acordaba del corazón martilleándole contra el cinturón de seguridad cuando llegó a la carretera, y de cómo no veía nada en la oscuridad de la noche, a pesar de que el limpiaparabrisas barría a toda velocidad la lluvia de la luna delantera.

Se acordaba del alivio que sintió al encontrar por fin la entrada a la autopista y acelerar por la rampa de acceso.

Había poco tráfico; era una noche entre semana, y el Audi fue devorando con rapidez la última treintena de kilómetros que lo separaban de Copenhague, pero la certeza de que pronto llegaría a casa no sirvió para aliviar la sensación de ahogo.

Sentía como si la corbata le apretara demasiado, así que dio un tirón y forcejeó con el cuello de la camisa, solo para darse cuenta de que ya no estaba.

Pasaron un par de segundos, seguro que por los efectos del alcohol, antes de que la realidad lo golpeara de lleno: la corbata, una Ferragamo de seda pura color marrón dorado que su mujer le había regalado en su investidura como ministro, había desaparecido.

Se había palpado con desesperación todos los bolsillos y rebuscado en el suelo del coche y en la bolsa, mientras el vehículo zigzagueaba sin control por la autopista. En el carril derecho, un coche le había pitado con insistencia, pero él apenas se enteró. ¡Tenía que encontrar esa corbata!

Pensó en dar media vuelta. Era posible que se la hubiera quitado en el baño, o quizá en el bar.

En cualquiera de los casos, ¿no se la habría metido en el bolsillo?

También podía ser que se le hubiera aflojado y se la hubieran arrancado de un tirón, pero entonces podía estar en cualquier parte: en la posada, en la carretera, en el coche de ella…

Fue en ese preciso instante cuando se dio cuenta de que detrás de él había un coche patrulla.

En la luna trasera, las gotas de lluvia multiplicaban los destellos azules, de modo que lo que vio por el retrovisor no fue un solo coche de policía, sino toda una legión de luces parpadeantes: eran cien contra uno.

Sabía que, si se detenía, la vida que conocía sería cosa del pasado, así que optó por pisar el acelerador…

Tommy sintió vibrar el móvil dentro de la chaqueta. Se incorporó de golpe en el asiento del tren y miró a su alrededor, confundido. Era de noche, y el vagón olía a lana húmeda. La anciana que tenía enfrente lo miraba con demasiada curiosidad; quizá lo reconociera de la televisión.

Sacó el móvil del bolsillo y vio que era un número oculto, seguramente de algún periodista.

Ya había concedido media docena de entrevistas desgarradoras sobre «la vuelta a la política» y «lo que había aprendido de haber tocado fondo en su vida», y con eso era más que suficiente.

De todos modos, no tenía intención de conceder una séptima entrevista de ese tipo a bordo del tren.

Había recuperado el carné de conducir cinco años atrás y, de hecho, en el garaje de casa tenían dos vehículos eléctricos, pero Catrine le tenía prohibido ir en coche al Parlamento.

«Los votantes no están preparados para verte al volante», había argumentado, seguramente con razón.

Alcanzó la bolsa y se apeó en la estación de Ordrup. Mientras trataba de localizar su bicicleta, el móvil volvió a vibrar. Otra vez un número oculto; ¡esos malditos periodistas nunca se daban por vencidos!

Suspiró hondo y respondió al teléfono a través de los auriculares con un brusco «Eckert, dígame». Tenía que mantener un tono seco y distante; de lo contrario sería imposible quitárselos de encima.

No hubo respuesta, pero claramente había alguien al otro lado.

Oyó una respiración, y un escalofrío desagradable le subió desde el diafragma.

Durante meses, después de que lo hubieran pillado conduciendo borracho, Catrine y él habían recibido un aluvión de llamadas anónimas, siempre desde números ocultos.

A veces eran críos que, entre risas, colgaban al momento, pero con frecuencia no se oía más que el ruido sordo de alguien respirando al otro lado de la línea.

—¿Hola? —Malhumorado, sacó su bici del aparcabicicletas—. Eckert, dígame.

—¿Eckert, el rey del comeback ? —La voz sonaba rara, distorsionada de algún modo.

—¿Quién es?

—Mmm… ¿Quién te parece que soy? ¿Tu conciencia, quizá?

Tommy le dedicó una amable sonrisa al hombre que pasaba junto a él en el aparcabicicletas.

En los últimos días había recibido muchos mensajes del mismo tono.

La mayoría llegaban a través de las redes sociales, inundadas de debates sobre hasta qué punto un conductor ebrio era digno de regresar a la política, pero esto era distinto.

Algo en aquel tono de voz, una satisfacción mal reprimida, le decía que debía alejarse de la estación para que nadie pudiera oírlo.

—¿Mi conciencia? —preguntó.

Se hizo el silencio.

—Lo de asumir responsabilidades nunca ha sido lo tuyo, ¿verdad, Tommy?

A Tommy se le hizo un nudo en la garganta.

Le irritaba sobremanera que las palabras de un desconocido estuvieran a punto de hacerle llorar, porque no eran ciertas.

¡Diablos, sí que había asumido la responsabilidad!

Se había marchado del Parlamento y dimitido de su puesto de ministro.

Había pasado por rehabilitación. Lo había perdido prácticamente todo y…

—Y ya estamos de vuelta en el Parlamento, ¿verdad? Como si aquí no hubiera pasado nada. Nada de nada de nada.

Había un extraño tono cantarín en la forma de hablar de ese hombre. Pensándolo bien, sonaba a desequilibrado mental, y en ese caso lo mejor sería no discutir con él: de nada servía razonar con chalados o trolls de Internet, así que se quitó uno de los auriculares para colgar.

—¿Qué crees que pensaría Mira si te estuviera viendo? —Oyó entonces.

Fue como si le echaran un jarro de agua fría que le cortó la respiración.

—¿La ves en sueños, Tommy? ¿Ves cómo te miraba fijamente?

Miraba y miraba y miraba, ¿verdad? —El hombre repetía las palabras y alargaba las sílabas—.

Ese tipo de mirada sin vida puede perseguirte durante años.

Aunque no estaba muerta cuando la dejaste, ¿verdad, Tommy?

No había muerto, pero a ti no te importó lo más mínimo, ¿eh, Tommy? La dejaste morir completamente sola.

Tommy miró el móvil, que le temblaba entre las manos, sin poder articular palabra. ¿Cómo podía aquel extraño saber…?

—Sé lo que sucedió —concluyó el hombre, en un tono que se había vuelto frío y profesional—. Y quiero cinco millones de coronas o compartiré con el resto del mundo el pequeño secreto de Tommy Eckert.

Hizo una pausa calculada y Tommy echó un vistazo a su alrededor por la calle de la estación. Era como si su interlocutor lo estuviera viendo, como si supiera que Tommy estaba paralizado por el pánico, y lo disfrutara.

—Creo que a la prensa le encantará saber lo que pasó en realidad esa noche. ¿No te parece, pequeñín?

¿«Pequeñín»? Qué retórica más rara…

—Cinco millones de coronas, Tommy. Te doy hasta la semana que viene.

—¡No sé de qué me hablas, y además no tengo tanto dinero! ¡Es una locura! —acabó gritando.

—La semana que viene, Tommy. Volveré.

—Espera…, espera un momento. ¡Me estás amenazando!

¿Tienes idea de lo muy en serio que se toma la policía las amenazas contra un cargo público?

—Tommy se enderezó. Debía de tratarse de una broma de mal gusto.

Al mismo tiempo, empezaban a abrirse en su mente puertas que llevaban mucho tiempo cerradas.

—Consigue la pasta, Eckert.

—¡No puedes probar nada! —se le escapó a Tommy, y de inmediato se arrepintió al darse cuenta de que con esas palabras estaba admitiendo los hechos.

Un breve resoplido al otro lado de la línea bastó para constatar que el hombre lo encontraba patético. Acto seguido, la conexión se cortó.

Se quedó mirando el móvil durante medio minuto, dudando de si la conversación había tenido lugar o no. Entonces recibió dos mensajes de WhatsApp casi consecutivos, que contenían dos imágenes adjuntas de una mujer llamada «Mira». Al ver el nombre, estuvo a punto de desmayarse.

Con dedos temblorosos, abrió los archivos.

Una de las fotos mostraba a una pareja avanzando deprisa por un aparcamiento cubierto de grava.

Era de noche y llovía. El hombre, en actitud galante, se había quitado la americana y la había extendido sobre él y sobre la mujer, que vestía una falda a la altura de la rodilla, un jersey blanco de punto y unos zapatos de tacón de aguja.

Aunque no se veía el rostro de ninguno de los dos, Tommy supo que era él: del bolsillo de la americana colgaba la corbata que había perdido esa noche.

En la segunda, se veía la corbata sobre lo que parecía un viejo cojín de jardín. Su preciosa Ferragamo de seda, marrón dorado y brillante cuando la estrenó, estaba ahora salpicada de huellas marrón oscuro: las huellas de Tommy. Y la sangre de Mira.