Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 14. Jakob #2
20%

14. Jakob #2

Y así fue. Su madre, que esperaba sentada en el pasillo y que, con sus zapatos planos grises y su chaqueta holgada, no se parecía en nada a las demás madres, no se atrevió a hacer otra cosa que asentir ante el intimidante director del coro.

El padre de Jakob, en cambio, montó en cólera.

«¿Y tendremos que pagar para que se lleven a este niño prodigio?», preguntó.

No, el colegio no les iba a cobrar nada.

A Jakob le ofrecieron una beca que cubría todos los gastos y una familia de acogida que le daría un hogar cerca de la escuela.

Fue como si la vida real de Jakob comenzara ese día de agosto de 1988, mientras esperaba a las puertas del aula de canto del colegio Laurenti junto a Asger y Lise Ritter, sus nuevos padres de acogida.

«¿Estás listo?», le preguntó Asger mientras le enderezaba el cuello de la camisa.

Entonces las puertas dobles se abrieron y un torrente de luz los inundó. Dentro del aula de canto le esperaba lo más hermoso que había visto jamás: filas y filas de niños de tiernas mejillas y boca en forma de O que cantaban como los ángeles.

«Nunca había oído a nadie que cantara tan bonito como tú», le susurró su compañero de al lado al finalizar la primera clase.

Mads-Peter Vang no se prodigaba en grandes elogios. Era un reservado jutlandés lejos de su hogar y, a diferencia de Jakob, a él lo devoraba la nostalgia.

A través de Vang, Jakob se introdujo en el grupo de los niños más ambiciosos del coro.

El mayor se apellidaba y respondía por Berg.

Tenía un enorme lunar en forma de corazón en la mano izquierda, una curiosa coincidencia, teniendo en cuenta que sus padres eran cardiólogos con una clínica privada en Hellerup, además de estar entre los donantes más generosos del colegio.

Cuando almorzaban en la cantina, el chaval, de doce años, sostenía los cubiertos como si fueran de plata auténtica.

Tenía ocho polos Lacoste de colores vivos, y todos los días lo llevaba al centro una mujer a la que llamaba su «chófer privada», aunque lo más probable es que no fuera más que su niñera.

Tommy era más joven, tenía nueve años. Los padres de Berg y los de Tommy habían sido compañeros de clase, y Berg protegía a Tommy como si fuera su hermano pequeño, pero, a diferencia de la familia de Berg, en casa de Tommy la economía era inestable.

Se decía que las empresas de su padre se iban al garete cada cinco años porque su talento no acababa de estar a la altura de sus extravagantes ideas.

Por eso, a pesar de su corta vida, Tommy había pasado épocas en las que su padre compraba por impulso viajes chárter y motos de gran cilindrada, y otras en las que la familia tenía que dejarlo todo en manos del funcionario de embargos de turno e instalarse en pequeños apartamentos prestados, hasta que al padre se le ocurría otra idea revolucionaria.

Konrad, que tocaba el violín mejor de lo que cantaba, era, sin duda, la voz menos imponente del coro.

Decían las malas lenguas que, de no haber sido hijo del director del coro, jamás lo habrían admitido en Laurenti, pero lo que le faltaba de talento, lo compensaba con empeño; eso sí, jamás le dieron un trato de favor.

En realidad, a nadie se lo daban. El director del coro de niños de Laurenti llevaba diez años en el cargo y se decía que se codeaba con personalidades de la talla de la reina y del magnate naviero Mærsk Mc-Kinney Møller.

Era de la vieja escuela y, cuando los niños empezaban en el coro, muy rara vez veían su lado amable.

Se tomaba la falta de preparación como un insulto personal y no tenía ningún problema en ponerlos en evidencia delante de los demás.

Ese tipo de cosas podían destrozarle la vida a un niño. Pero no a Jakob. Para él fueron buenos tiempos. En el colegio Laurenti podía ser él mismo. Recuperó el apetito y el primer año creció siete centímetros. Su voz se abrió como una flor y su rango vocal se amplió.

«Nunca había oído a nadie que cantara tan bonito como tú». Eso era lo que allí se decía de él.

—¡Todo el mundo, atención, por favor!

Jakob abrió los ojos. La música se detuvo de repente.

—Hay algo que no funciona, una disonancia que me molesta.

—El director se apartó el flequillo hacia atrás con un giro brusco de la cabeza, mientras Jakob se apresuraba a recorrer el aula con la mirada intentando localizar al causante del desastre que, por norma general, era alguien con la camisa sin planchar y aspecto desaliñado a quien el director llamaba la atención de inmediato.

—¡Tú! —dijo el director, señalándolo con el dedo.

—¿Cómo dice? —reaccionó Jakob, aclarándose la garganta.

—Ponte ahí atrás. —El director le señaló un punto al fondo del aula—. No estás bien colocado, tu voz no llega a los tonos agudos.

Jakob miró a su alrededor, dudando de si el comentario iba dirigido a él o a alguien de los de atrás. Tenía que ser alguno de los que desafinaban allí, en la última fila.

—¿Se refiere a estos? —preguntó, señalándolos discretamente por encima del hombro.

—¡No, estoy hablando contigo! Saltas medio tono arriba y abajo todo el rato, no controlas el pitch … —El director suspiró—. A ver si poniéndote con los bajos eres capaz de alcanzar las notas. —Señaló a un chico a la izquierda de Jakob—. Jeppe, ven, te quiero aquí delante… ¡Vamos a empezar otra vez!

El director alzó las manos y volvieron a empezar Va, pensiero .

Jakob se quedó atrás, desconcertado, con la sensación de que todos lo miraban con aire de superioridad, sonriendo con malicia tras las partituras.

Sabía que después hablarían de él en sus corrillos de chismorreo: de cómo el nuevo había llegado a su primer ensayo dándose aires de Pavarotti y, mira tú, resultó que cantaba como un gato mareado, ¡ja, ja, ja!

Un recuerdo lo asaltó. El dolor en la garganta, el quedarse paralizado, la certeza de que iba a morir…

Tenía que salir de allí.

Se llevó las manos al cuello y masajeó la nuez para tratar de aliviar aquella sensación de asfixia, mientras se abría paso a empujones entre las filas de hombres apiñados que no le cedían el paso, como si tratase de atravesar un muro de carne hostil.

Sus bocas le parecieron enormes y deformes; sintió las gotas de saliva cayéndole sobre la piel y el canto siguió resonando en su cerebro hasta que la puerta se cerró de golpe tras él.

Atónito, se quedó mirando la puerta cerrada. Después de un día prometedor, había esperado la redención, que su voz se liberara por fin del bloqueo y sonara con claridad.

Sacó el móvil del bolsillo y abrió una carpeta con viejas fotos. Aquellas imágenes eran su salvación, lo único que le quedaba.

Va, pensiero volvió a sonar tras la puerta, y pensó en lo injusto que era encontrarse allí fuera cuando su lugar estaba en el centro del coro.

Porque aquella canción era, en realidad, su canción.

Él era como los esclavos del coro: la víctima de unos verdugos autoproclamados.

Y, si pretendía ser libre, solo cabía hacer una cosa con los verdugos…

Ellos se lo habían arrebatado todo, así que él se lo arrebataría todo a ellos. Uno por uno.