Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 14. Jakob
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14. Jakob

JAKOB

Incluso después de tantos años, aquella introducción orquestal seguía poniéndole la piel de gallina.

Debía de haber escuchado la pieza miles de veces en casa.

Tantas, que hasta en sueños habría sido capaz de reconocer los primeros tonos bajos que daban paso a los dramáticos golpes en las cuerdas y al retumbar de los timbales.

Y, como cada vez que llegaba a aquellos compases violentos, no pudo evitar estremecerse. Entonces, cerró los ojos y cantó.

« Va, pensiero, sull’ali dorate …»

Jakob suspiró de satisfacción. Sabía exactamente cómo modular el complejo texto del coro de los esclavos hebreos; quizá fuera de los pocos en la sala capaz de hacerlo.

Al llegar, había dado un buen repaso con la mirada a los demás cantantes del renombrado coro, una experiencia que le resultó decepcionante.

Tuvo la impresión de que no eran más que simples aficionados y, de hecho, apostaría a que más de uno usaba aquella expresión tan cursi de que «cantaban en un coro».

Para Jakob, en cambio, el coro no era una afición de fin de semana. Cantar era su vida.

Puede que sonase a frase de anuncio de contactos o de necrológica, pero ¿cuántos más en la sala se sabían de memoria el texto de Va, pensiero ? ¿Cuántos habían estudiado italiano por su cuenta desde pequeños con el único propósito de entender el texto de las grandes óperas?

Abrió los ojos un instante. Al notar que el maestro lo miraba algo sorprendido, cambió un poco la forma de sostener la partitura para recuperar la concentración.

Estaba en una funda transparente desgastada y de mala calidad que no le gustaba en absoluto.

Las cosas mal cuidadas tenían algo de vulgar que le recordaba a las manos de su padre.

Tantos años trabajando en la cantera de granito habían acabado por pasar factura a aquellas manos que, al tocarlas, se sentían como leña partida y se agrietaban y sangraban, sobre todo en invierno.

Un accidente con explosivos en 1979 le había costado el dedo meñique de la mano derecha.

Jakob aborrecía todo lo que las manos de su padre representaban: el duro trabajo manual de hombres que llegaban a casa con la espalda molida y se quedaban dormidos frente al televisor.

Manos que jamás habían abierto un libro.

Manos más dadas a los golpes que a las caricias.

Precisamente las imprevisibles bofetadas que esas manos podían propinar le habían enseñado a ser invisible, a encerrarse con llave en su cuarto, donde podía escuchar en paz su programa de música clásica favorito y rezar para no llegar a tener nunca unas manos como las de los demás varones de su familia.

Su abuelo paterno había trabajado en la cantera picando y cargando piedra hasta que la espalda y los pulmones acabaron con él.

Su padre había logrado alcanzar un puesto con más prestigio: dinamitero.

En cuanto a la tercera generación, su hermano mayor buscó trabajo en la cantera de granito tan pronto como terminó la escuela.

A los pocos meses, sus manos de niño ya estaban ásperas y llenas de ampollas.

El mediano no veía la hora de que le llegara el turno.

Durante la cena, escuchaba con los ojos como platos cuando su padre hablaba de la dinamita, y no se perdía ni una sola oportunidad de acercarse a la cantera en bici para ver las explosiones.

Después volvía a casa con la mirada encendida, imitando el estruendo de la explosión de un modo que a Jakob siempre le había parecido enfermizo.

Le vino a la mente aquella tarde que su madre había regresado de una reunión de padres en la escuela.

El maestro de Jakob opinaba que el benjamín de la familia mostraba ciertas aptitudes intelectuales y que, llegado el momento, estaría preparado para el instituto y los estudios superiores, pero el padre recibió el elogio con una mueca de disgusto.

«Aquí en esta familia somos canteros. ¿O es que no es suficiente?», dijo.

La madre se frotó las manos en silencio y, como nadie respondió, el padre zanjó la conversación: «¡Malditos esnobs, siempre se creen mejores que nosotros!».

Aquel día, Jakob entendió que ya habían trazado su camino y que la única salida era marcharse de la isla.

Comprendió también que existía un «ellos» por oposición a un «nosotros», y que «ellos» eran las personas que leían libros, frecuentaban exposiciones de arte, trabajaban en oficinas con sus manos de seda y escuchaban ese tipo de música refinada que tanto le gustaba a él.

«Si es que estos inútiles tendrían que estarnos agradecidos», solía repetir el padre.

El granito para los edificios del Parlamento, del Banco Nacional y de la fábrica de Carlsberg salía, precisamente, de su cantera, de modo que, «sin currantes como nosotros, en Dinamarca no tendríamos ni políticos, ni dinero ni cerveza».

Los hermanos mayores de Jakob eran tan cortos de miras y tan corpulentos como su padre. Los tres tenían los hombros cuadrados, el cuello corto y los rostros casi idénticos, con los ojos pequeños y muy juntos, la nariz ancha y el cabello rubio como el maíz y erizado en todas direcciones.

Y luego estaba Jakob, el benjamín de la familia.

Su pelo castaño se rizaba al humedecerse y tenía los ojos igual de juntos y del mismo azul claro que los de sus hermanos, pero lo que a ellos les daba un aspecto simple e inocente, en él inspiraba una desconfianza crónica.

Una cara de rata que, por instinto, provocaba el rechazo de la gente.

Era de baja estatura y de poco comer: no le gustaban las hamburguesas empanadas ni las montañas de patatas con las que se atiborraban su padre y sus hermanos.

Por eso tenía un aspecto enclenque y era más pequeño que la media.

Jakob era diferente.

Era imposible no darse cuenta, y en el círculo de amistades de sus padres se había convertido casi en un chiste recurrente.

Cuando unos amigos iban a cenar a su casa, era habitual que alguno se quedara mirando a Jakob y soltara, con una sonrisa burlona: «¿Y este de dónde ha salido, Gunnar? Debe de ser hijo del cartero».

Y entonces, el gracioso de turno le daba al padre una fuerte palmada en la espalda, y todo el grupo se reía del vulgar comentario con complicidad.

Pero a Jakob no le hacía ninguna gracia ni entendía por qué su padre les seguía la corriente, en lugar de cortar por lo sano con un «¡por supuesto que es hijo mío!».

Echaba en falta el cariño de su padre. Ni siquiera aspiraba a un abrazo o un beso en la frente; le bastaría con una de aquellas fuertes palmadas en la espalda que les daba a sus hermanos, o con un apretón de manos como el que recibían los vecinos en días señalados.

Pero no sabía qué más podía hacer para ganárselo.

Para la celebración de los cuarenta años de su padre, decidió hacerle un regalo especial.

Cuando llegó el día, no probó bocado de lo nervioso que estaba.

En lugar de eso, se sentó en el jardín a esperar a que retiraran de la mesa el plato principal.

Entonces entró en el salón con la mirada fija en el suelo y golpeó su vaso con un tenedor, sintiendo cómo lo invadía esa aterradora mezcla de miedo y expectación cuando el salón quedó en silencio y treinta y cinco pares de ojos se posaron sobre él.

Los primeros tonos sonaron algo oxidados, pero pronto cerró los ojos, se desconectó del mundo y se entregó por completo a la canción.

Oyó su soprano suave llenar la habitación, alcanzó las vocales largas, cerró aún más los ojos, relajó la mandíbula y no cometió ni un solo error al recitar los dieciséis versos de la canción tradicional I skovens dybe, stille ro .

Al finalizar hizo una solemne reverencia, imaginando que estaba en una sala de conciertos repleta de público que aplaudía y vitoreaba, y no rodeado de una nube de humo de tabaco sobre la moqueta andrajosa del salón de sus padres.

Pero su padre no lanzó ninguna ovación. Cuando la última nota de Jakob se desvaneció, los invitados aplaudieron, pero Gunnar Solvig permaneció recostado en su silla, con la mano alrededor del vaso de cerveza y las mejillas ligeramente sonrojadas.

A continuación, se incorporó, se aclaró la garganta y dio un golpe con el vaso de cerveza.

«Me vais a perdonar. A este muchacho le falla un mecanismo. ¡Pero si canta como una niña!», bramó.

Jakob todavía podía oír las risas de los invitados.

Años después, ya de adulto, seguiría preguntándose si aquella noche los aplausos habían sido más fuertes que las carcajadas.

Para Jakob era esencial sentirse querido.

Porque su padre no lo quería. Ya no tenía sentido seguir peleando por su amor o su respeto; en ese momento, Jakob vio en los ojos de su progenitor que su presencia lo incomodaba.

Veía a su hijo de siete años como un extraño.

Un día de primavera del año siguiente, Jakob volvió de la escuela con una invitación para las pruebas de acceso al colegio Laurenti de Hillerød, que tenía un coro de niños con el mismo nombre.

«¡Míralos! Una escuela para blandengues y peleles», dijo el padre señalando el folleto con fotos de niños bien peinados y con camisa blanca que Jakob había traído consigo.

A Jakob le daba igual. Sentía como si estuviera de pasada en su propia casa, y en cuanto tuvo entre las manos el folleto brillante, supo que por fin había encontrado su lugar.

La directiva del coro había ido a Allinge como parte de su gira anual por todo el país en busca de talento especial.

Y, por primera vez en su vida, nadie mostró asombro ni repugnancia al oírle cantar, sino todo lo contrario.

Cuando terminó de interpretar I skovens dybe, stille ro , el director del coro le puso la mano en el hombro con lágrimas en los ojos.

«Eres un niño prodigio, ¿lo sabías?», le dijo. Jakob negó con la cabeza. No, no lo sabía en absoluto. «Ahora hablaré con tu madre para avisarla de que después de las vacaciones te vienes a Selandia».