Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 13. Assad #2
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13. Assad #2

—«Escándalos» fue lo que se dijo en la prensa.

—Konrad dibujó unas comillas con los dedos en el aire—.

En realidad, fueron incidentes aislados: una operación mal hecha, una serie de tratamientos con malos resultados, ese tipo de cosas.

Mi padre era presidente del consejo, no tuvo nada que ver con esos errores, pero como los propietarios tenían que hacer valer su autoridad, lo convirtieron en el chivo expiatorio.

—El rostro de Konrad se contrajo en una mueca de amargura—.

Sé que estaba muy avergonzado, aunque jamás me imaginé que estuviera tan desesperado como para hacerse daño a sí mismo y a mamá.

Pero he aprendido a vivir con eso. A perdonar, en cambio…

—¿Perdonar el suicidio?

—Perdonar que intentara matar a mi madre. —Konrad se encogió de hombros—. El pastor que enterró a mi padre opinaba que lo había hecho por amor. Pero ¿es amor atar de pies y manos a una anciana y dejarla morir asfixiada? Al menos, podría haber escogido algo más…, no sé…, compasivo.

—¿Estás seguro de que fue un suicidio?

Konrad lo miró extrañado.

—Esa fue la conclusión a la que llegaron tus compañeros.

—Pero ¿dejó algo que lo confirmara? ¿Una carta de despedida?

—No, mi padre no era dado a sentimentalismos. Lo único… —Konrad deslizaba el dedo corazón arriba y abajo por el borde del puño de la camisa.

—¿Qué?

—Mi padre era un hombre muy responsable que se enorgullecía de tener la casa en orden, así que me sorprendió que no lo hubiera dejado todo dispuesto.

Ya sabes, vaciar la nevera, pagar las facturas, cancelar el periódico, actualizar el testamento…

, ese tipo de cosas. En la encimera de la cocina había una bolsa de galletas sin abrir, comprada ese mismo día. Y eso que era muy ahorrador.

—¿Y por qué no se acostó al lado de tu madre, para morir junto a ella? ¿Crees que alguien pudo interrumpirlos?

Konrad alzó la mirada. Al parecer, la idea ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

—No lo sé, la verdad. Quizá no pudiera soportar verla morir, o le entró el pánico… —Le empezaron a temblar ligeramente las manos.

—¿Faltaba algo en casa de tus padres?

—No… Como ya le dije a la policía en su momento, no había ninguna señal de que hubieran entrado a robar. Las joyas de mamá y la cubertería de plata estaban en el sitio de siempre.

—Konrad, ¿mataste a tu padre?

—¿Cómo? —Konrad abrió los ojos de par en par.

Assad era muy consciente de que la gente se quedaba de piedra cuando alguien con su aspecto de oso amoroso arremetía con una pregunta tan fría sin avisar.

—Tenemos motivos para creer que el 10 de noviembre de 2019 tus padres no estaban solos en casa —aclaró.

La puerta se abrió de una patada, y entró Helena tratando de no perder el equilibrio con tres tazas de café, que dejó sobre la mesa. Sacó del bolsillo ocho o nueve sobres de azúcar y arrojó la mitad frente a Assad antes de dejarse caer sobre la cama al lado de Konrad.

—¿Qué me he perdido? —preguntó.

—Justo ahora vamos a lo más importante, Helena —dijo Assad en voz baja, esperando que ella se retirara al pasillo para poder continuar el interrogatorio.

—Ah, très bien —respondió ella, recostándose, mientras abría un sobre de azúcar tras otro.

Assad dejó escapar un suspiro.

—Konrad, ha llegado a nuestras manos una grabación que creemos que corresponde a una llamada de emergencia que hizo tu madre.

—¿Mi madre? ¡Pero si ya no sabe llamar por teléfono!

—En 2019, a tus padres les dieron una medalla de teleasistencia como parte de un programa piloto municipal para personas con demencia. Era un chisme que…

—Sí, me acuerdo. Mi padre me lo contó. ¿Y eso qué tiene que ver? —Sacudió la mano con irritación.

—Según las fotos del informe policial, la noche que la encontraron en el sótano llevaba puesta la medalla. Escucha esto. —Le dio al play en el móvil y subió el volumen—. ¿Reconoces las voces?

A medida que la grabación avanzaba, la incomodidad se iba haciendo más patente en el rostro de Konrad.

—Es mi madre la que tararea. Y mi padre el que grita «¡socorro, auxilio!» al fondo, creo. ¡Qué horror! ¿Y esto cuándo se grabó?

—El día de los hechos —aclaró Helena escuetamente.

—La medalla activaba una llamada de emergencia con solo apretarla. Es posible que tu madre disparara la alarma sin querer —explicó Assad.

—¿Ese mismo día? ¿Y por qué no acudió nadie?

—La llamada fue directa a un contestador del municipio porque no había nadie para responder al teléfono. Acababan de despedir a la responsable del programa.

—Una tremenda cargada —añadió Helena.

—¿Qué ha dicho de cargarse? —dijo Konrad Horsten, mirándola con desconcierto.

—«Cagada » …, una equivocación que cometieron los del municipio —se apresuró a explicar Assad.

—¿Cagada, dice? —Konrad se llevó las manos a la cabeza—. ¿Mi madre ha estado a punto de morir por un error?

—Como has podido escuchar, Konrad, aquella tarde había alguien más, un hombre, en casa de tus padres.

—Pero entonces… —El rostro de Konrad Horsten delataba cómo su realidad empezaba a tambalearse—. ¿Quieres decir que los… que alguien los ma…? —No fue capaz de acabar la frase.

— Oui . Todo indica que a tus padres los asaltaron en su propia casa.

Estamos trabajando con la hipótesis de homicidio en el caso de tu padre e intento de homicidio en el de tu madre.

Nada de suicidio ampliado, como la policía concluyó trop vite —dijo Helena con una frialdad que llevó a Assad a buscar su mirada.

No se podía negar que sabía provocar reacciones, pero, si no dejaba de interferir en sus interrogatorios, su paso por el Departamento Q también iba a terminar trop vite .

—El hombre de la grabación que dice «¡que te calles, joder!»… ¿Te suena la voz? —le preguntó a Konrad, quien indicó con un gesto que necesitaba volver a oírla.

—No —concluyó después de escuchar la grabación con la cabeza hundida entre las manos—. No me dice nada en absoluto.

—¿Y lo que está diciendo? «En su día no asumiste tu responsabilidad. Ahora seré yo quien te haga cargar con una responsabilidad que no te dejará vivir» —preguntó Helena—. ¿Qué crees que significa? ¿A quién le falló tu padre?

—No lo sé, la verdad. —Konrad levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos—. Mi padre ocupó cargos directivos toda su vida. Era responsable de mamá y también lo fue de mí. Por supuesto que cometió errores, pero eso no es motivo para matar a alguien.

Helena se incorporó.

—La gente mata por bastante menos. ¿Sabes qué es lo que canta tu madre?

Konrad hizo un gesto ambiguo, como si la pregunta le resultara incómoda o completamente irrelevante.

—Mozart, creo. Su compositor favorito.

—¿Qué obra? —insistió Helena.

—Parece el Laudate Dominum , la sección más conocida de una composición coral de 1780. El solo suele cantarlo un niño soprano.

—Ajá —dijo Helena—. ¿Significa algo para tu madre? ¿Os trae algún recuerdo especial?

Konrad se inclinó hacia delante y hundió la cabeza entre las manos. Al respirar, sonaba como si bebiera un café caliente a pequeños sorbos. Assad se dio cuenta entonces de que estaba llorando.

—Creo que le recuerda a mí —murmuró—. La ensayaba todo el rato cuando era pequeño, día sí y día también…, pero papá nunca me dejó interpretar el solo. Ni una sola vez.