Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 13. Assad
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13. Assad

ASSAD

—¿Por qué venís ahora a molestar a mi madre, después de tantos años? —Konrad Horsten se paseaba de un lado a otro por la sala de vigilancia nocturna de la residencia—. ¿No os parece que ya ha sufrido bastante?

En realidad, se dirigía a Assad; a Helena, que se había acomodado en la estrecha cama de la habitación, la ignoró sin el menor disimulo, aunque eso a ella pareció divertirla.

Con la cabeza ligeramente inclinada, seguía los movimientos del alterado hijo de Jette Horsten que, preso de sus emociones, caminaba con los puños cerrados frente al pecho, como si se preparara para boxear.

Assad no supo si eran solo indignación y resentimiento por lo de su madre o si estaba también algo nervioso.

—Siéntate y deja que te lo explique —dijo Assad.

—¡Ni hablar! A mi madre ya la interrogaron a fondo en 2019. O, mejor dicho, lo intentaron, porque no fue capaz de contar absolutamente nada. Si supierais la cantidad de veces que yo mismo he tratado de preguntarle por aquel día, sin nunca sacar nada en limpio…

Assad se levantó de la silla de oficina y se plantó junto a Konrad Horsten. Aquel hombre le sacaba, como mínimo, una cabeza, pero estaba tan flaco que, llegado el caso, Assad podría derribarlo sin demasiado esfuerzo.

—Nos ha llegado nueva información sobre ese día —anunció con calma—. Será mejor que te sientes. Ahora.

—¿Nueva información? —Konrad miró a Assad, luego a Helena y otra vez a Assad—. ¿Al cabo de cuatro años?

—Antes de nada, vamos a hablar de cómo recuerdas los días en torno al 10 de noviembre de 2019. —Assad tomó asiento.

—¡Pero si no hay nada más que añadir! —protestó Konrad—.

Lo que pasó fue que mi padre se quitó la vida e intentó llevarse a mi madre a la tumba con él.

Llevo casi cuatro años tratando de hacer las paces con eso.

—Se dejó caer sobre la cama junto a Helena—.

Mamá no entiende nada de esto. Algunos días me llama Ole, y ha preguntado al menos diez veces al personal cuándo va a venir su marido a verla —dijo, carraspeando.

—Pues a mí me ha dado la sensación de que algo sí recuerda. He notado en ella una especie de… présence —añadió Helena.

—¡Por el amor de Dios, pero si no la conoces de nada!

—O quizá es que tú estás demasiado cerca de ella, demasiado involucrado.

Konrad dejó escapar una risita nerviosa.

—¿«Demasiado involucrado»? ¿Eso qué diablos significa? —Hizo un gesto con la cabeza en dirección a Helena y luego miró fijamente a Assad—. Si esta de aquí va a seguir atacándome con sus horribles insinuaciones, prefiero quedarme callado.

Assad suspiró. En realidad, el trato era que, durante el interrogatorio, Helena se mantuviera en un segundo plano. Con o sin razón, Konrad Horsten había descargado su ira contra su compañera, y ahora ella se sentía herida en su amor propio; aquel tira y afloja no los llevaría a ninguna parte.

—¿Helena? —Assad le suplicó con la mirada.

Durante unos segundos que se antojaron eternos, Helena permaneció sentada, como si no entendiera lo que Assad trataba de decirle. Luego descruzó las piernas con lentitud y se marchó dando un portazo.

La vuelta a la Jefatura de Policía iba a hacérsele muy larga.

—Tú no estabas en Copenhague en el momento de los hechos, ¿verdad? —Assad volvió su atención a Konrad.

—Cuando me llamó la policía, yo estaba de gira por Jutlandia con la que, por aquel entonces, era mi orquesta sinfónica. —El hombre se ajustó la pajarita con un gesto sutil que dejaba claro que le ofendía tener que dar explicaciones.

—¿Y a tu madre la encontraron en el sótano?

—Sí, la cuidadora de la asistencia a domicilio.

Fue muy raro, porque como a mamá le costaba mucho subir y bajar las escaleras, ya no usaban el sótano.

Pero la mujer olió humo y, después de buscar un rato, la encontró en mi antiguo cuarto de adolescente, sobre mi vieja cama de hierro forjado.

Había vomitado y no reaccionaba. Cuando la asistenta logró reanimarla, estaba confundida y se lamentaba, llevándose las manos a la cabeza.

—Konrad miró a Assad—. Por suerte, yo no presencié nada de eso; me lo contó la policía.

Tus compañeros deben de haber tomado nota de todo.

—Hizo una mueca como si tuviera la garganta completamente seca—.

Según tengo entendido, mi padre ató a mamá a la cama con una cuerda de esas de tender la ropa, le amarró los tobillos y se los ató al cabecero de la cama.

Las manos las tenía atadas a la espalda. Debió de ser horrible para ella.

—¿Y cuándo encontraron a tu padre?

—Pasados unos días. Cuando llegué a casa de mis padres, a mamá ya se la había llevado la ambulancia, y el coche de mi padre no estaba, así que todos pensaron que se había largado.

Lo llamé varias veces, pero su móvil no tenía batería.

—Con la mirada perdida, Konrad trataba inútilmente de aflojar la pajarita.

—A tu padre lo encontraron en Furesø. ¿Eso por dónde queda?

—Ni idea. No tenemos ninguna relación con ese lugar. Le sugerí a la policía que buscaran en la casa de veraneo de Rørvig, pero no había señales de visitas recientes, y probé también con las rutas del bosque por donde solía pasear mi padre. Pero…

—Podría decirse que trataste de despistar a la policía.

Konrad alzó la vista.

—Pero no lo hice adrede. Era lo que me parecía más probable.

—A tu padre no lo encontraron hasta cuatro días después, el 14 de noviembre, ¿verdad? —Assad había leído en el informe policial que el cadáver colgaba de una grúa en forma de L que servía para izar y bajar embarcaciones al agua.

Konrad asintió.

—Sí. Lo descubrieron dos cazadores de patos. Yo no conozco de nada ese lugar y jamás en la vida hemos navegado, así que no sé qué pudo llevarlo hasta el lago de Furesø. Quizá solo quería asegurarse de estar muerto cuando lo encontraran, de que no había ninguna posibilidad de que lo salvaran.

—Cuando localizaron a tu padre, ¿llevaba encima algún objeto personal, aparte de la ropa?

—Solo la cartera y el móvil.

—¿El móvil? ¿Aún lo tienes?

Konrad se frotó la cabeza.

—¿Que si lo tengo? Pues… debe de estar en una caja, en el sótano. Todavía no he tenido fuerzas para ordenar las cosas de mis padres.

—Nos gustaría echarle un vistazo. Y sabemos que el coche lo encontraron cerca del lago, junto al cuerpo de tu padre. ¿Qué fue de él?

—¿Del Volvo? Me lo entregaron enseguida y lo tuve ahí parado un tiempo, pero luego lo vendí.

Assad asintió. Tendría que pedirle a Rose que rastreara la matrícula y averiguara quién lo había comprado. Con un poco de suerte, el coche aún podía conservar huellas de aquel día.

—El caso se cerró como «suicidio ampliado». ¿Insinuó tu padre en algún momento que no quería seguir viviendo?

Konrad se encogió de hombros.

—Estaba atravesando una etapa difícil, así que no me sorprendió demasiado.

—¿Y eso? ¿Se había cansado de tu madre o…?

Konrad alzó la vista con expresión firme.

—¡Dios mío, no! Todo lo contrario. Mi madre fue la única persona a la que amó de forma incondicional. Insistió en ocuparse él mismo de prácticamente todos sus cuidados. Era una cuestión de honor, un pacto que tenían entre ellos. En la salud y en la enfermedad, ya sabes…

—¿«La única persona a la que amó de forma incondicional»? ¿Y a ti?

Assad se inclinó un poco hacia delante.

—¿A mí qué?

—¿Es que acaso a ti no te amaba incondicionalmente? ¿A su propio hijo?

Assad pensó de forma instintiva en Alfi.

Y en sus hijas, de las que había tenido que estar separado durante demasiados años.

Daría lo que fuera por recuperar ese tiempo, pero, como no era posible, ahora se aseguraba de recordarles cada día cuánto las quería.

Incluso cuando los conflictos se sucedían uno tras otro.

Konrad lo miró como si no entendiera la pregunta.

—Teníamos una relación complicada —murmuró, bajando la vista—. Me parece… o, mejor dicho, estoy seguro, de que fui una decepción para él.

—¿En qué sentido? —preguntó Assad, mientras echaba un vistazo al dictáfono para comprobar que seguía grabando. ¿Un hijo que no se sentía querido por su padre? No sería la primera vez en la historia del país que algo así terminaba en asesinatos y violencia.

—Nunca estuve a la altura de sus expectativas —dijo Konrad tras una pausa—.

Mi padre fue director de un coro de niños durante años, pero yo jamás canté tan bien como él esperaba, y tampoco era lo suficientemente bueno en el colegio.

Si no tuvieron más hijos, fue por mi culpa, porque mi madre perdió el útero por complicaciones durante el parto.

Este tipo de cosas sin importancia, ¿sabes?

—Sonrió, tenso—. De pequeño me lo recordaban con bastante frecuencia.

Así que no, seguro que no fui yo quien más lágrimas derramó en el entierro.

Nervioso, empezó a juguetear con el puño de la camisa. Assad observó que se mordía las uñas.

—Paradójicamente —continuó Konrad, alzando la mirada—, he terminado siguiendo sus pasos. Me refiero a la música. Hace unos meses me nombraron director del mismo coro de niños. Y eso… eso le da mucho sentido a mi vida.

—Decías que tu padre estaba atravesando una etapa difícil —dijo Assad.

—Sí. Acababan de despedirlo de su cargo de presidente del Consejo de Administración de la Clínica Privada Charis. Lo pasó muy mal. Sentía que le estaban echando a él la culpa de una serie de escándalos ocurridos allí.

—¿Qué escándalos?