Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 12. Jakob
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12. Jakob

JAKOB

La neblina cubría los pilones del puente del Gran Belt, y el aire era frío y húmedo cuando Jakob se bajó del coche en el área de descanso de Nyborg.

Encontró su bufanda en el maletero y se la envolvió dos veces alrededor del cuello.

Le quedaba tan solo una hora y media de camino hasta casa, y ahora debía cuidar la voz.

En apenas unas horas, y tras meses en lista de espera, cantaría en uno de los coros masculinos más prestigiosos del país.

No era, ni de lejos, el primer grupo coral al que intentaba unirse, pero siempre se echaba atrás antes del debut: o no se presentaba, o cancelaba en el último momento.

En una ocasión, antes de la pandemia —que había paralizado casi toda la actividad coral—, incluso había llegado a poner la mano en el pomo de la puerta del auditorio…

, pero no fue capaz de entrar. No se atrevió. No pudo hacerlo.

Como tantas otras veces, se había sentido paralizado, fulminado por una sensación de muerte súbita, aunque físicamente siguiera estando vivo. Podía caminar, ponerse en pie, conducir e incluso hacer su trabajo, pero estaba muerto por dentro, y las almas muertas no cantan.

«Nos desplazamos a Hirtshals, donde poco antes de este mediodía ha estallado un arrastrero cuando salía de puerto». Al oír la radio a través de la puerta abierta del coche se le puso la piel de gallina. Se inclinó para mirar la pantalla del vehículo.

«Según la información que ha llegado a dr, en el momento del hundimiento había cuatro hombres a bordo del arrastrero Maren II .

Se desconocen las causas de la explosión, pero por el momento la policía trabaja con la hipótesis de un fallo crítico en el motor del barco, de reciente construcción, según declaraciones del comisario Gordon Taylor, de la policía de Jutlandia del Norte.

Los buzos del Servicio de Emergencias de la región llevan toda la tarde buscando a los tripulantes desaparecidos, pero la esperanza de encontrarlos con vida disminuye a cada minuto que pasa, explica nuestro reportero… ».

Jakob cerró la puerta del coche de un portazo. No le hacía falta seguir escuchando. No tenían pruebas ni la menor idea de nada. Habían pasado ya tres horas y él se encontraba a 352 kilómetros de allí. Eso debía bastar para que nadie lo vinculara con el caso.

Lo invadió un sentimiento de euforia. Así debía de sentirse el éxito, pensó, como pequeñas burbujas bajo la piel.

Y seguramente por eso se decía que la venganza era dulce; casi podía saborearla.

Tal vez fuera la leche con miel que se había tomado aquella mañana, pero lo dudaba.

Algo era distinto. El sabor a sangre, aquel sabor a hierro y óxido que llevaba siempre en la boca, había desaparecido.

Se enderezó y respiró por la nariz. «Uno, dos, tres, cuatro», contó mientras la brisa marina le llenaba de aire fresco los pulmones y el diafragma.

Luego abrió la boca y dejó escapar un prolongado «aaaa» que resonó sobre el mar.

¡Joder que sí!, hoy se sentía de todo menos muerto: reavivado, resucitado, exaltado, como si su cuerpo y su mente levitaran unos centímetros por encima de la tierra.

Y, como siempre, esa euforia se reflejaba en su voz y ponía fin a todos sus bloqueos.

Había ido cantando durante todo el trayecto por la autopista de Jutlandia, no sin antes calentar bien la voz.

Hasta un idiota sabía que forzando los tonos agudos lo único que se conseguía eran chillidos lamentables y edema en las cuerdas vocales, así que practicó a conciencia sus «i-i-iiii», «o-o-oooo», «u-u-uuuu» y «a-a-aaaa» mientras el coche se incorporaba a la E45.

Primero staccato , después vocales largas y suaves en tonos cambiantes.

A la altura de Randers se puso los auriculares y practicó las escalas.

Al llegar a Fionia, lo intentó con Va, pensiero , el fragmento de Verdi que el coro tenía previsto cantar esa noche.

Al pasar por Odense, logró un vibrato que no escuchaba en su propia voz desde…

¿Desde cuándo? ¿Desde aquellos días de euforia tras el accidente de tráfico, hacía diez años?

Podría haber llorado de la emoción, pero se sobresaltó al sentir una vibración en el bolsillo superior de la chaqueta. Miró la pantalla del móvil: lo llamaban de la redacción.

—¿Jakob? ¡Hola! —dijo una voz de mujer al otro lado de la línea. Quien hablaba era Pia, la jefa de Nacional, con aquel agudo tono de voz que le ponía los pelos de punta—. ¿Dónde estás?

—¿Por qué lo dices? —Jakob fijó la mirada en una lancha motora que se alejaba hacia el sur—. Estoy de descanso… por horas acumuladas —añadió, esperando que aquello bastara como excusa.

—Ha explotado un pesquero en el puerto de Hirtshals. ¡Es una locura! Ahora mismo están los buzos trabajando. Dicen que han muerto cuatro hombres. ¿Podrías acercarte hasta allí?

—No. —Deseó haberse mordido la lengua. ¿Por qué demonios había sido tan brusco? Tendría que haber fingido que al menos se lo estaba pensando.

—Es un notición, Jakob. Tenemos que hablar con las familias. ¡Cuatro muertos! Es el siniestro laboral más grave en años… De hecho, ya ni me acuerdo de cuándo fue el último.

—Pues tendrás que buscarte a otro. Yo no estoy disponible.

Pia se quedó en silencio.

—Venga, Jakob —dijo, con un punto de zalamería en la voz—. Son más de las tres. No encuentro a nadie que pueda desplazarse hasta Jutlandia en tan poco tiempo. La gente tiene pareja, va a recoger a los niños… Tú… mmm…

Se calló a tiempo, pero Jakob sabía perfectamente lo que estaba pensando. Él no tenía mujer. No tenía niños que recoger. No tenía nada. Por no tener, no tenía ni a alguien como Pia.

Nueve años atrás, cuando Pia se incorporó al periódico Morgenavisen recién salida de la universidad, habían iniciado una relación tan breve como torpe.

No pasaron de las seis semanas; Jakob ni siquiera estaba seguro de que pudiera calificarse de relación y no tenía ni idea de qué era lo que había visto en él, salvo que tenía algo más de experiencia.

Las tres primeras semanas le había preguntado intrigada sobre su infancia, sus logros periodísticos y su visión del mundo en general.

A la cuarta, su interés parecía haberse desvanecido; tenía la mirada cansada nada más abrir la puerta y encontrarlo frente a ella.

A la quinta semana le había soltado si siempre era «así de pasivo y sin iniciativa».

¡A saber qué esperaba que respondiera! La verdad —que estaba muerto por dentro, que había dejado de vivir a los diez años, que solo se sentía vivo cuando veía cómo se desmoronaba la vida de los demás— difícilmente habría servido para prolongar la relación.

Con los años, ella había conseguido un puesto en la redacción que le daba carta blanca para manipularlo a su antojo.

Según contaban, ahora se acostaba con Heino, de Finanzas, un galán plateado de cincuenta y cuatro años que presumía de dos matrimonios fracasados y de ser el experto de la redacción en el precio de la vivienda y las comisiones hipotecarias. Todo un partidazo al lado de Jakob…

—Estoy con la familia —le respondió.

—¿Familia? —La incredulidad de Pia se hizo evidente—. ¿En Bornholm? Pensaba que no tenías contacto…

—Sí, en Bornholm —mintió—; así que comprenderás que hoy no me sea posible ir hasta Hirtshals. ¡Adiós! —Colgó y se sentó en el coche, donde la radio seguía sonando.

«Y ahora nos desplazamos hasta Christiansborg, la sede del Parlamento, donde ayer un rostro conocido protagonizó un espectacular comeback .

Tras más de diez años alejado de la escena política, Tommy Eckert, de los Nuevos Demócratas, vuelve al Parlamento.

Eckert se incorpora como suplente de su compañero Mikkel Vibro, que se encuentra de baja por larga enfermedad».

Jakob se quedó observando la radio. Apretó con fuerza los dientes y de inmediato notó el sabor a óxido en la boca.

«Eckert, que al inicio de su carrera ocupó el cargo de ministro de Sanidad y destacó por sus dotes de negociación, tuvo que dejar la política en 2013 tras descubrirse que había conducido bajo los efectos del alcohol. Nuestro reportero se ha reunido con él para hablar de…».

Jakob apagó la radio y permaneció sentado con la mirada fija en el parabrisas durante unos segundos interminables.

Se había enterado del regreso de Eckert a través de una alerta informativa el día anterior, mientras se dirigía hacia Hirtshals, y se había visto obligado a parar en el arcén, donde permaneció veinte minutos con la sensación de asfixiarse, como si algo le presionara bajo la nuez.

La bilis le había seguido quemando y escociendo la boca y la garganta durante horas.

Siempre había pensado que la responsabilidad había destrozado a Eckert, que se había derrumbado bajo el peso de sus acciones, pero no…

Jakob apretó los puños con intención de aporrear el volante, pero se contuvo cuando un Volvo reluciente con tres niños en el asiento trasero se detuvo al lado de su viejo Peugeot.

Uno de ellos, un crío pelirrojo con una Nintendo Switch entre las manos, lo miró fijamente y le sacó la lengua en cuanto Jakob le devolvió la mirada.

Le entraron ganas de hacerle lo mismo. Aunque, pensándolo bien, lo que de verdad le apetecía era apearse, sacar al mocoso de aquel coche de lujo, cruzarle la cara de un bofetón y decirles a los padres que enseñaran a su maldita prole a tratar a la gente con respeto.

¿No se daban cuenta de que comportamientos como aquel podían marcar a una persona de por vida?

Pero se limitó a apartar la vista y apoyar el brazo en la ventanilla para ocultar el rostro. Era preferible que los padres y sus puñeteros niñatos no repararan ni en él ni en su coche.

Habían pasado casi cuatro años desde que llamó a la puerta de aquel anciano matrimonio.

Esta vez se había preparado mejor: había planeado hasta el mínimo detalle y previsto incluso lo más imprevisible.

Pero, aunque ahora nada hubiera salido mal, aún podía evocar aquel miedo paralizante a ser descubierto, a que alguien reconociera su rostro o su voz.

Ojalá tuviera suficiente dinero para poder destrozarlos a todos, uno por uno, largarse del país y encontrar un lugar donde vivir tranquilo. Porque lo único que Jakob quería era liberarse del yugo del pasado: vengarse, recuperar la voz y luego desaparecer.

Giró la llave del contacto, dio marcha atrás, buscó la entrada a la autopista y pegó un acelerón hacia el puente.

A ras de la calzada, la neblina creaba la sensación de estar conduciendo hacia el cielo.

Entonces, al alcanzar a toda velocidad la cima del puente colgante, le vino la inspiración: sabía exactamente de dónde iba a salir el dinero para su nueva vida.

Aquel hombre se lo debía. Le debía a Jakob toda una maldita vida.