Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 11. Assad
15%

11. Assad

ASSAD

—Creo que voy a tener que hacer una llamada…

—Su enfermedad está bastante avanzada, y su hijo está muy pendiente de cómo la cuidamos. Sobreprotector, dirían algunos… Pero bueno, tampoco es de extrañar, con toda la historia que hay detrás.

—Así que sobreprotector, ¿eh?… ¿Y viene con frecuencia? —Helena dio otro paso hacia delante.

—Habría que definir «con frecuencia». Tenemos residentes que nunca reciben visitas, pero él llama casi todos los días.

—A lo mejor es que tiene prisa por recibir el resto de la herencia —sugirió Helena con sequedad.

—¡Qué barbaridad! —La directora de la residencia parecía haber tirado la toalla con Helena y, en su lugar, miró con cara de súplica a Assad—. Nos están poniendo, a mi equipo y a mí, en una situación muy comprometida.

—Le juro por mi madre, que en paz descanse, que no causaremos ninguna molestia a la señora Horsten —replicó Assad con la mejor de sus sonrisas—. Serán como máximo cinco o diez minutos; luego, nos iremos.

Helena llamó a la puerta con tres fuertes golpes y entró sin esperar respuesta. La siguió Assad y, tras él, la directora de la residencia, visiblemente perpleja.

Una de las paredes de la diminuta y austera vivienda la ocupaba una estantería llena de libros y objetos decorativos junto a una cama de hospital.

En un rincón se alzaba una mesa de comedor con manteles individuales de ganchillo y, cerca de la entrada, una silla de ruedas revelaba que la residente tenía dificultades para caminar.

El habitáculo, funcional y despersonalizado, parecía exactamente lo que era: la última estación de la vida.

Lo único que destacaba era un equipo de música, que a Assad le pareció bastante nuevo, junto a una pila de cd en un mueble con ruedas.

Les costó distinguir a Jette Horsten, que estaba sentada de costado junto a la ventana, en una butaca de respaldo alto.

Su atuendo beige se confundía con la tapicería, hasta el punto de que era difícil ver dónde acababa ella y dónde empezaba el mueble.

El cabello le caía como cortinas blancas de tiza sobre la cabeza inclinada hacia delante y tenía la piel fina, casi translúcida; bajo la luz del ventanal, la frágil anciana tenía el aspecto de quien ha dado ya los primeros pasos hacia la eternidad.

—¿Señora Horsten? —De cuclillas frente a ella, Helena la tomó de la mano y trató de captar su mirada—. Señora Horsten, somos de la policía.

A Assad, el lenguaje corporal de Helena no le pasó desapercibido. Si la hubiese tenido sentada junto a él así de empática y persistente, le habría contado su vida más rápido de lo que corre un camello con un cactus clavado en el culo.

—Más vale que se lo diga: en cuanto ustedes anunciaron su llegada, avisé al hijo de Jette Horsten —espetó entonces la directora de la residencia, que de tanto frotarse las manos estaba a punto de arrancarse la piel.

Assad tuvo que contenerse para no echarle un rapapolvo.

—Creo recordar que le pedimos expresamente hablar a solas con nuestra testigo.

La directora dio un respingo.

—Lo entiendo, pero yo también tengo mis obligaciones.

—Ahora nos hace falta silencio para trabajar, así que sea tan amable de salir de la sala o rebuscaremos en la normativa del orden público hasta encontrar un artículo con el que imputarla por desobediencia —la amenazó Helena, sin apartar la vista de Jette Horsten.

Para sorpresa de Assad, la anciana no solo no le esquivaba la mirada, sino que incluso mostraba curiosidad, como si su compañera fuera una graciosa mascota sentada a sus pies.

—Habrá que darse prisa. —Assad sacó el móvil en cuanto la directora abandonó el cuarto.

—Señora Horsten, estamos aquí para que escuche una grabación —explicó Helena—. Es de su último día en Emdrupgårdsvej, de cuando estaba acostada en la cama del sótano. Aquel día, usted y su marido tuvieron visita, ¿verdad?

La anciana la observó con una sonrisa ausente.

—Mmm —farfulló.

Assad no sabría decir si se trataba de una afirmación o de un sonido vacío.

Helena le hizo una discreta seña para que se acercara, y Assad le dio al botón de play . Al oír el tarareo, la sonrisa de Jette Horsten se transformó de inmediato en una mueca de desconcierto.

—La que tararea es usted, Jette. Y el que grita «¡socorro, auxilio!» es Ole, su marido, ¿no es así? Pero además hay otro hombre, el que suena enfadado. ¿Quién fue a visitarlos? —inquirió Helena con delicadeza.

Jette asintió y, por un breve instante, esbozó una extraña sonrisa de cortesía mecánica, como la de una dependienta que reconoce a un cliente. La sonrisa se borró tan rápido como había llegado.

—Ese hombre dice algo sobre la responsabilidad, ¿a qué se refiere?

Entonces Jette alzó la cabeza con lentitud y miró por la ventana. Las arrugas de su rostro habían languidecido, como si alguien hubiese apretado un botón para desconectarla del mundo que la rodeaba.

—¿Jette? —Helena le acarició la mano con suavidad.

—Helena, no sirve de nada. Está demasiado enferma —constató Assad en voz baja.

Helena fingió no haberlo oído. Se sentó directamente en el suelo con las piernas cruzadas y, sin soltar la mano de la anciana, se quedó observándola, inquisitiva, durante seis o siete segundos antes de ponerse a tararear.

Assad se sorprendió a sí mismo pensando que su compañera se había vuelto majara; cou-cou o bip-bip , o como se dijera en francés.

Pero al reconocer la melodía se retiró hacia atrás mientras observaba cómo la anciana de la butaca giraba despacio la cabeza hacia Helena.

Su mirada parecía estar regresando al mundo real.

Entonces Jette se puso a tararear. Al principio lo hacía como si fuera un ensayo y tratara de aprender la melodía de Helena, pero pronto tomó el control y tarareó con más fuerza y determinación.

—Sí, es esto lo que tarareaba aquella tarde. Esta misma melodía —la animó Helena—. ¿Cómo se llama? Es la misma música que la de sus cd, ¿verdad? ¿Le gustan les classiques ?

Assad se giró y recorrió con la mirada la colección de cd de la mujer, decepcionado consigo mismo por no haber tenido la idea de examinarlos con más detalle, a pesar de que eran lo único verdaderamente personal de todo el inventario.

Tomó nota mental: Bach, Verdi, Brahms, Beethoven, Gade, Schubert, Chopin y Mozart.

Conocía los nombres, pero la música le sonaba casi idéntica, como si todo estuviera escrito en la misma clave.

Jette no respondió a la pregunta, pero tarareó más alto y con más fuerza. Había recuperado el color de las mejillas e incluso se enderezó un poco en la butaca. Helena se puso en pie sin soltarle la mano.

—Sí que se acuerda, ¿verdad, Jette? —Se inclinó hacia delante, acercando su rostro al de la anciana—. ¿Quién era el hombre que les gritaba a Ole y a usted? ¿Lo conocía?

La mujer se detuvo de forma brusca y levantó la mirada hacia Helena. De repente, su expresión cambió: el color de sus mejillas se disipó como los granos de un reloj de arena al caer y la curiosidad de su mirada se transformó en súbito horror.

Helena se inclinó un poco hacia delante.

—Recuerda cómo se llamaba, ¿verdad?

La mirada de Jette iba saltando de un ojo de Helena al otro.

Y entonces se echó a gritar.

Assad se sobresaltó al oír el inesperado chillido, agudo como el de un pájaro. Por el contrario, Helena apenas se inmutó; siguió de pie, contemplando a Jette Horsten con ojos vigilantes.

La puerta se abrió y un hombre alto, vestido con camisa, pajarita y americana, irrumpió de golpe, con la directora de la residencia pisándole los talones.

El recién llegado observó a la anciana de la butaca, que se había quedado sin fuerzas para gritar, pero seguía allí sentada, presa del pánico, tosiendo entre sollozos.

—¡Suelta a mi madre! —Apartó a Helena de un empujón—. ¡Que la sueltes, he dicho! ¿Qué diablos está pasando aquí?