Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 10. Ane
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10. Ane

ANE

Ane Vang se secó las manos en los vaqueros antes de asomar la cabeza al recibidor.

—Hola —saludó—, ¿hay alguien ahí?

La puerta exterior estaba cerrada y no se veía a nadie al otro lado del cristal esmerilado.

Era de esperar; ¿quién se iba a presentar en Hirtshals así, sin avisar, un martes por la mañana?

Cuando regresaba a casa después de una semana en alta mar, Mads-Peter necesitaba tranquilidad y todo el mundo lo sabía.

Volvió a meter las manos en el agua hirviendo del fregadero y siguió frotando la bandeja del horno.

Se había levantado a las cinco de la mañana para hornear unos panecillos para recibir a Mads-Peter, y él ni siquiera los había probado.

Ahora, aquella aburrida tarea que tenía entre manos le dejaba demasiado tiempo para pensar en su otra vida, en su otro hombre.

Anders le había dicho una vez que, cuando ella pensaba en él, notaba su presencia y se sentía seguro, como si la tuviera muy cerca y nada malo pudiera sucederle.

En esa ocasión, habían pasado la mañana acurrucados en su estrecha cama, ocultos de las miradas curiosas, pero Ane, cansada y sobrecogida, no tuvo fuerzas para responder.

En esos primeros meses de enamoramiento, el miedo a ser vista en el extremo equivocado del pueblo había consumido toda su energía, y se había pasado casi todas las noches en vela, deambulando en una nube de vergüenza y felicidad.

Pero allí, inclinada sobre el fregadero, la invadió aquella misma sensación; notó su presencia.

Miró el reloj de la cocina, que marcaba las 11.

30. De un impulso, hundió la bandeja en el fregadero con tal brusquedad que el agua jabonosa se desbordó, y fue al recibidor a buscar unos prismáticos potentes.

Por suerte, su marido no estaba por allí en ese momento, porque aquel arrebato habría despertado sus sospechas.

Y es que, a diferencia de ella, Mads-Peter nunca actuaba sin pensar.

Evitaba el conflicto a toda costa; no soportaba las discusiones: apagaba la tele en cuanto una película se volvía demasiado melodramática y suspiraba con desaprobación cada vez que, en los programas de debate, los tertulianos se enzarzaban en una pelea.

Incluso los cd de música clásica que tenía cuando se conocieron terminaron en el punto limpio, como si se hubiera hartado de tanta agitación emocional.

Mads-Peter vivía su vida a temperatura ambiente.

El incendio de su antigua embarcación, el Maren I , tres años atrás, los había dejado al borde de la bancarrota.

Sin embargo, él reaccionó a la noticia con unos días de silencio y luego afrontó todo el lío con el banco y la aseguradora con una entereza estoica.

«¡Madre mía, qué nervios de acero!», coreaban sin parar las mujeres de su entorno. «Mads-Peter jamás se viene abajo», coincidían al unísono los otros pescadores del puerto.

El problema era que también la felicidad de Mads-Peter parecía templada.

De ánimo siempre comedido, en su vocabulario no existía la palabra «entusiasmo», e incluso su amor se había ido midiendo y dosificando con el tiempo: una parte para ella, otra para cada una de las hijas y una tercera para su última gran inversión, el recién construido Maren II .

Quizá solo fuera el precio de estar casada con un jutlandés del oeste, donde la meteorología era tan salvaje e impredecible que el autocontrol se veía como una virtud.

En cualquier caso, Mads-Peter jamás habría inundado media cocina con el agua de fregar por un puro arrebato. Pero ella ya no podía más.

Se dirigió hacia los ventanales panorámicos del salón y trató de avistar con los prismáticos el muelle y los barcos que zarpaban.

No tardó en invadirla una leve sensación de alivio.

Bajo la pálida luz de octubre, junto al espigón del lado este del puerto, navegaba el Maren II con el agua lamiéndole perezosamente la proa.

El arrastrero giró a estribor y entonces él apareció en la popa.

No era difícil reconocerlo, con el anorak rojo, el gorro naranja y la barba rubia.

Ajustó ligeramente los prismáticos hasta que el rostro de Anders se mostró con total claridad.

Se le cortó la respiración cuando sus miradas se cruzaron o, al menos, así le pareció, porque a tantos cientos de metros de distancia el contacto visual era imposible.

Esa sensación en su cuerpo se intensificó: él estaba pensando en ella y nada malo podría sucederles.

Entonces él sonrió en su dirección, y Ane supo que lo amaba.

Tendría que habérselo dicho antes de que zarpara.

Él ya se lo había confesado en las primeras semanas de su relación.

No la amaba a medias ni por partes. Su amor era infinito, sin límites; tanto que había empezado a correr riesgos, enviándole aquel tonto saludo por vídeo esa misma mañana o, ahora mismo, diciéndole hola con la mano, como si algo en su interior le dijera que ella estaba allí, observándolo.

Sus compañeros del barco debían de pensar que le faltaba un tornillo.

Ella sonrió y le devolvió el gesto, aun sabiendo que él no podía verla.

Y entonces fue como si él y la embarcación se disolvieran en una nube de estrellas de color negro y anaranjado.

Las llamas le abrasaron la mirada y, por instinto, soltó los prismáticos.

Sintió que el pulso se le aceleraba en el cuello.

Volvió a alzar los prismáticos y, con manos temblorosas, escrutó el puerto con la mirada.

Seguro que lo había visto mal, pero tampoco podía ser tan difícil distinguir el rechoncho contorno del Maren II . Ni distinguirlo a él, con su anorak rojo y el gorro del color de un cono de tráfico… No debería costarle encontrarlo.

De repente se quedó helada. Dejó que los prismáticos recorrieran el panorama de este a oeste y de oeste a este, y contuvo la respiración en mitad de un jadeo. Del mar emergían bordes afilados como icebergs blanquiazules.

El peso de la realidad empezó a oprimirle el pecho, como si un puño le apretara con fuerza el esternón. Ya no reconocía a su Maren II . La silueta del arrastrero se había desdibujado, y sobre la proa verde se alzaba una nube de humo surrealista que apuntaba directa al cielo, como un dedo amputado.

Sintió que le temblaba el cuerpo, y en ese momento pareció que la casa entera estaba temblando… No, no era la casa, eran los altos ventanales panorámicos que tenía delante. La presión hizo retumbar los cristales con un sonido profundo y vibrante.

Entonces llegó el estruendo.

—¿Qué coño ha sido eso? —Los pies de Mads-Peter golpeaban con fuerza el suelo en el piso de arriba—. ¿Ane? —gritó—. Ane, ¿estás ahí?

Aturdida, dio dos pasos para alejarse de la ventana, chocó con un escabel y se tambaleó.

En cuestión de segundos, Mads-Peter bajaría aparatosamente por las escaleras, con solo una camiseta interior de lana y calzoncillos, y la barba desaliñada, como cada vez que se despertaba de una larga siesta.

Le arrebataría los prismáticos de las manos y descubriría su barco allí afuera, hecho pedazos.

Su nuevo y flamante barco, su sustento, su préstamo bancario millonario convertido en chatarra que flotaba en el mar. Eso si es que no se había hundido ya.

Todo lo que tenían había volado en pedazos. Su vida entera acababa de estallar ante sus ojos. De pronto sintió frío, perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, sin poder hacer nada por amortiguar la caída.

Estaban todos muertos. No podía ser de otro modo. El patrón, el mayordomo, el aprendiz.

Y él. El oficial de máquinas, Anders. Ya no sentía su presencia.