9. Assad
ASSAD
T an pronto como los pasos de Carl se perdieron por el pasillo, Rose dejó escapar un «¡no me jodas!» frente a la pantalla.
—¡Aún está viva! —dijo.
—¿Quién, la señora? —Assad se detuvo al salir.
—Sí. Jette Horsten tiene ahora setenta y ocho años y, según el padrón, vive en una residencia de ancianos en Charlottenlund. Un sitio muy bonito, por lo que veo.
—Los geriátricos nunca son bonitos —matizó Assad—. Los daneses sois muy raros en ese sentido. Si mi madre viviera y estuviera aquí, yo me encargaría de cuidarla.
—No digas chorradas. Tú seguirías aquí en el curro, igual que siempre, y al final sería Marwa quien cuidaría a su suegra. La demencia no es ninguna broma, necesita atención profesional.
—Helena, ¿tú meterías a tu madre en un geriátrico? —Assad se giró hacia la nueva compañera, que estaba sentada sobre una caja de la mudanza con los auriculares puestos, absorta en la grabación.
Se apartó un poco uno de los auriculares.
—Mi madre murió cuando yo era pequeña. Viví con mi padre hasta que falleció, hace cuatro meses —contestó Helena, y se recolocó el auricular antes de que Assad pudiera darle el pésame.
—¿Ves? Helena está de acuerdo con…
—Claro, claro —lo interrumpió Rose con los ojos clavados en la pantalla—, pero si uno es músico profesional y está de gira medio año, y encima vive en un piso de dos habitaciones en Vesterbro, no puede cuidar de una madre con demencia.
Rose se refería a Konrad, el hijo de los Horsten. La noche que encontraron a su madre había llegado a toda prisa desde Jutlandia, y pasó los días siguientes colaborando en la investigación por la desaparición de su padre.
Según el informe policial, Konrad reaccionó con serenidad cuando hallaron el cuerpo de su padre cuatro días más tarde; una serenidad que a algunos les pareció sospechosa, por lo que lo sometieron a un interrogatorio exhaustivo.
Pero, además de tener una sólida coartada —aquellos días había estado en Jutlandia con su orquesta—, no aportó nada útil, tan solo datos que reforzaban la hipótesis del suicidio ampliado.
—¿Y la casa de los Horsten? ¿La investigamos con más detalle? —preguntó Assad.
—¡Para, para! —dijo Rose, gruñendo sin querer—.
Pues… es que resulta que Konrad Horsten ha progresado que no veas desde aquel pisito de Vesterbro y se ha mudado a la casa de Emdrupgårdsvej.
Ahora que Jette Horsten no puede tomar decisiones por sí misma, se ha activado un poder notarial preventivo que, en la práctica, le da a Konrad pleno control sobre el patrimonio de su madre, lo que viene a ser la casa y todas las cosas de valor.
—¿O sea, que se forró con la muerte de su padre?
—Hombre, lo que se dice forrarse… Digamos que le da para vivir bien. Debía dinero a Hacienda, seguramente impuestos de algún ingreso extra; el caso es que eran doscientas sesenta mil coronas y saldó la deuda de un tirón.
Assad murmuró con un silbido:
—¿Tú crees que el de la grabación podría ser el hijo?
—Su coartada la respaldaron varios compañeros de la orquesta, lo cual no quiere decir que no haya encargado que matasen a sus padres. Creo que antes de ir a verlo tendríamos que hablar con Jette Horsten. Konrad no puede saber nada de la grabación por ahora.
—Pero si no habla, Rose. Tiene demencia.
—Ya, pero ¿sabes una cosa, Assad? El cerebro es increíble. Los recuerdos pueden seguir ahí guardados en algún lugar. Tú ponle la grabación, a ver si le desbloquea la memoria.
Assad comprobó la hora. Eran casi las doce.
—Entonces, vámonos ya.
—¿Estás de broma? Vas a tener que ir tú…
con esa de ahí —dijo Rose, señalando a Helena con la cabeza—.
No voy a ir a una residencia de ancianos a provocar una epidemia de diarrea y vómitos, ¡como para que me acusen de homicidio involuntario!
—Se puso en pie y le dio a Helena un toquecito en el hombro descubierto, como un niño que toca una babosa—.
Vosotros dos, de paseo; yo me voy a casa a comer patatas de bolsa, por prescripción del docteur —espetó, con mucho carácter y un punto de insolencia.
Assad se quedó mirándola. En casa estaba más que acostumbrado a vérselas con mujeres con carácter que agitaban las manos, las pestañas y los pañuelos con dramatismo, poniendo los ojos en blanco, pero nada comparable a aquella pelea de gallos femenina. ¿O existía la expresión «pelea de gallinas»?
—¿Adónde nos vamos? —Helena ya se había puesto en pie.
—A la residencia de ancianos Aldersro, a visitar a Jette Horsten, por si se acuerda de algo.
—Vale. Dame tres minutos.
Assad regresó a su despacho, apagó el hornillo del café y echó un vistazo al póster con el sombrío retrato de su amigo.
No había hablado en condiciones con Carl de todo aquello y ahora se las tenía que ver con una Rose que se comportaba de forma extraña y con una nueva compañera a la que se le notaba a kilómetros que prefería estar en cualquier otro lugar. ¡Cómo le gustaría que volviera Carl!
Agarró las llaves del coche y volvió para recoger a la francesa, pero al llegar a la puerta se paró en seco: Helena Henry estaba de espaldas en su despacho, quitándose la camiseta y dejando a la vista una espalda menos bronceada que sus brazos, pero casi igual de musculosa.
Assad dio un paso atrás. Sintió vergüenza; tenía muy claro que debía marcharse de allí lo antes posible, pero estaba paralizado.
No estaba acostumbrado a ese tipo de situaciones.
Es verdad que en cierta ocasión había oído a Rose echar un polvo con Gordon —algo que aún estaba intentando borrar de la cabeza— y también había invadido semana tras semana la vida privada de Carl, si es que se podía llamar así a irrumpir en su despacho mientras él dormía a pierna suelta en la silla del escritorio, con la boca abierta y roncando.
Sin embargo, esto era de otro calibre: una mujer desconocida sin ropa de cintura para arriba; desde luego, no se había criado con cosas de ese tipo.
Por supuesto que en Dinamarca había visto mujeres en la playa, también había ido a la piscina, y hasta puede que en los muchos años que él y Marwa estuvieron separados hubieran pasado por su cama un par de mujeres, pero esto era otra clase de intimidad.
Helena llevaba un sujetador de color crema, del mismo tono que su piel.
Sencillo, sin detalles de encaje. Sostuvo frente a sí la camiseta sujetando la parte del medio con la barbilla y la plegó con cuidado antes de abrir la funda para ropa que, tal como había anticipado Assad, contenía una blusa blanca y una americana de color verde oscuro.
Pero, en lugar de vestirse, metió la mano en el bolso, sacó un tubo, echó un poco de crema sobre el dedo índice de la mano derecha y se estiró para aplicarla en la espalda de tal modo que los músculos del brazo y la zona lumbar se le marcaron bajo la piel.
Le dio un vuelco el corazón al darse cuenta de la zona que Helena trataba de alcanzar con el brazo.
La piel del omóplato izquierdo se veía diferente.
Assad conocía demasiado bien el malestar que Helena intentaba aliviar; la tirantez, aquella sensación de que la piel era más gruesa y resistente de lo que debía, pero a la vez tierna y vulnerable, sin mecanismo de defensa.
Conocía también el constante picor y el dolor en los nervios dañados que iba y venía sin avisar.
Una cicatriz grande e irregular cubría el omóplato de Helena. Debía de tener ya años, pues apenas había diferencia de color entre la piel vieja y la nueva, pero a Assad no le cupo la menor duda: a Helena le habían disparado, y de cerca.
La cicatriz se extendía por el hombro como una flor rosa tenue de pétalos dentados y, si no se equivocaba, la habían operado varias veces. Primero para salvarle la vida, después para dos o tres trasplantes de piel.
La cicatriz brillaba bajo la luz intensa del fluorescente del techo.
Helena no había mostrado el más mínimo gesto de vulnerabilidad desde su llegada, pero de repente Assad sintió ternura por aquella mujer desconocida y tuvo que contenerse para no estirar la mano, fría, y colocarla sobre aquella mancha rosada.
Pero eso no podía ser. Helena había venido a ocupar el lugar y el despacho de Carl. Ahora era su nueva compañera, una en la que debía poder confiar si las cosas se ponían feas, alguien capaz de aguantar lo que le echaran.
Helena alargó el brazo para alcanzar la blusa y la americana, momento que Assad aprovechó para retirarse en silencio a su despacho, donde esperó un instante antes de regresar y dar unos golpecitos en el marco de la puerta. Ella dio un respingo, como un gato asustado.
— Merde, putain ! —Alcanzó a oírla mascullar mientras se ponía la americana; un par de palabras en francés que no hacía falta que le tradujeran y que más bien parecían para sí misma.
—¿Estás lista? —le preguntó Assad.
—Siempre. —Se giró. Acto seguido, agarró las gafas de sol y salió por la puerta, tomando la delantera.