8. Carl
CARL
En cuanto atravesó la puerta del sótano, lo envolvió aquel aroma dulzón y pegajoso del brebaje que Assad se empeñaba en llamar café. Carl llevaba años sin dejarse ver por la Jefatura de Policía, pero aquel día no le quedaba otro remedio.
Golpeó con cuidado el marco de la puerta del cuchitril de Assad, que lo recibió con los ojos abiertos como platos y una sonrisa de oreja a oreja.
—Carl, no esperaba verte por aquí abajo —dijo, entusiasmado—. ¡Es como en los tiempos viejos buenos !
—Al revés, Assad: los buenos viejos tiempos —lo corrigió Carl, y le dio unas palmaditas en la espalda.
—Eso quería decir. ¿Te apetece un café?
A Carl se le revolvió el estómago solo de pensar en la pócima de Assad, así que alzó las manos en señal de rechazo, aunque en realidad necesitaba con urgencia un chute de cafeína.
No había logrado pegar ojo tras el encuentro del día anterior con Gry, la funcionaria del municipio.
Se había pasado la noche entera tratando de convencerse de que, como agente de policía, ya había hecho más que suficiente.
No tenía ninguna obligación moral ni contractual de involucrarse en un caso que el municipio de Copenhague había descuidado y que los pringados de Emergencias habían dado por cerrado demasiado pronto, pero no lograba quitarse de la cabeza el grito de aquella mujer.
Según informaron los medios en 2019, los dos ancianos de la llamada de emergencia llevaban juntos toda la vida; en el momento de los hechos, Jette Horsten tenía setenta y cuatro años y Ole Horsten, setenta y seis.
Por lo que declaró el vecino de al lado, el hombre cuidaba y atendía a su esposa enferma de forma ejemplar.
«Todas las noches le echaba crema en los pies, y por la mañana le recogía el pelo en un moño impecable. Era el amor de su vida. ¡Jamás la habría atado a la cama para que se ahogase con el humo de las brasas!», había declarado una vecina a un periódico.
En un principio, Carl pensó que la pareja había sido víctima de un robo, pero la barbacoa no encajaba como arma del crimen de un ladrón preso del pánico. Además, esta hipótesis tampoco explicaba cómo Ole Horsten acabó colgado de una grúa para barcos en las aguas de Furesø.
—Lleva azafrán —dijo Assad, tendiéndole con orgullo una taza de café; por lo visto no entendía el gesto universal de «ni de coña»—. A la nueva le gusta mi café, Carl.
Carl se quedó mirando la taza, en cuya superficie flotaba una hebra de azafrán como un gusano de color rojo anaranjado.
—¿La nueva? No será, por casualidad, otra de las múltiples personalidades de Rose que se ha dejado caer por aquí, ¿no?
Necesitaba hablar con Rose. Tras esa noche infernal dando vueltas en la cama, decidió que fuera el Departamento Q quien investigara la grabación recién salida a la luz. Él, por su parte, tenía otros planes: dedicar unas cuantas horas a estudiar el interior de sus párpados.
Assad se llevó un dedo a los labios.
—Tenemos una nueva compañera. Está en tu despacho, Carl. Es francesa. Muy preparada, ha dicho Terje, y fuerte.
—¿Fuerte?
—Con mucho músculo —aclaró Assad apuntando a sus propios bíceps.
Carl puso los ojos en blanco. Dios mío, una madame francesa con brazos tonificados… ¡y en su despacho!
El plan que había trazado aquella mañana no incluía a ninguna desconocida en el Departamento Q.
Era, más que nada, un riesgo de seguridad, porque, por un lado, le había prometido a Gry el más absoluto anonimato con todas las garantías y, por otro, el caso del matrimonio Horsten podía resultar embarazoso para la policía, y nadie —realmente nadie— agradecería que el Departamento Q empezara a hurgar en él, sobre todo si la intuición de Carl resultaba errónea.
No, tendrían que reabrirlo con absoluta discreción.
Rose y Assad no le preocupaban, pero ¿podía confiar en que la nueva mantuviese la boca cerrada?
En el mejor de los casos, se sentaría con los pies en la mesa y un Gauloise en la boca, sin el menor atisbo de ambición; en el peor, iría directa a los mandamases.
—Ven conmigo. —Carl giró sobre sus talones y entró el primero en su antiguo despacho, donde a punto estuvo de tropezar con Rose.
—¿Carl? —A Rose parecía que la había atropellado un camión—. Espero que no hayas venido para nada importante. Tengo gripe estomacal.
—¿Gripe estomacal? —Carl se echó para atrás al momento. Lucia traía de la guardería todo tipo de bichos, bacterias y miasmas, pero de todos los virus malignos que le podía contagiar, el de la gastroenteritis era el peor con diferencia.
—Patatas de bolsa y mucha agua, y estarás en bonne santé —constató una voz seca detrás de Rose.
Una mujer de cabello oscuro se levantó de la silla tras el escritorio de Carl. Y es que seguía siendo suyo: se había pasado días y años en el trabajo creando aquel familiar patrón de anillos de café incrustados y marcas de quemaduras de cigarrillo.
—Ah, Carl, tenemos nueva compañera. —Rose esbozó una sonrisa torcida que no ocultaba su irritación—. Helena ha empezado hoy mismo y es toda una experta en crimen organizado… y en vómitos. —Rose sonrió con sarcasmo—. Helena, este es el subcomisario Carl Mørck, del que seguro que ya has oído hablar.
—Por supuesto. Las historias sobre monsieur Mørck son fascinantes. —Los ojos verdes de Helena chispearon con un brillo juguetón, y de repente a Carl le quedó claro por qué Assad se comportaba como un chaval en la edad del pavo.
—Helena ha leído tu libro —dijo Assad.
—Mi nounou y yo hemos escuchado La mujer que arañaba las paredes , señor Mørck.
Mi nounou apenas ve, y así yo de paso practico el danés…
—Helena se acercó a Carl, mientras este se preguntaba quién sería el tal Nounou .
¿Un conejo, quizá?—. Soy Helena Henry —añadió la mujer de cabello oscuro con su inconfundible acento francés que parecía negarse a pronunciar las «h».
¡Vaya follón!; quizá habría que sugerirle que se buscara un alias más danés: algo como Kisser o Dorte.
—Puedes llamarme Carl. ¿Has venido aquí por voluntad propia o fue idea de Terje?
—Nada que ver conmigo —soltó sin rodeos—. Me arrebataron el puesto y luego me enviaron aquí abajo.
Las evasivas educadas no parecían formar parte del repertorio de la policía francesa. Y eso, a Carl, en el fondo, le gustaba.
—Mi especialidad es el crimen organizado, y espero volver a Teglholm lo antes posible; me lo ha prometido Ploug —prosiguió. Pronunciaba Ploug como «plu-u» — . Pero monsieur Ploug cree que en el sótano me podéis dar una buena introducción a la cultura policial danesa.
Carl intercambió una mirada con Assad.
—Vaya… Así que eso piensa monsieur Plu-u … Bueno, yo no paso mucho por aquí, así que la cultura tendrás que absorberla de estos dos magníficos ejemplares: el corazón y el cerebro del Departamento Q.
Señaló a Assad y a Rose, que se desplomó sobre una silla. Tenía todo el aspecto de un «magnífico ejemplar», pero con anemia, así que sería mejor ir directamente al grano.
—Ayer, por casualidad, me llegó información de una fuente.
Puede que no sea más que una broma o un malentendido…
, pero también podríamos estar ante un caso en el que nuestros compañeros hicieron una cagada monumental hace cuatro años.
Es un tema delicado, así que, pase lo que pase, nadie debe saber de dónde ha salido la grabación que os voy a poner ahora, ni siquiera Ploug.
—¿El jefe tampoco? —Helena frunció el ceño un buen rato, lo que a Carl no le hizo la menor gracia.
—En este departamento solo molestamos a los de arriba como último recurso, y eso pasa muy pocas veces. ¿Entiendes? —dijo.
Sacó del bolsillo el artículo que le había dado Gry y lo desplegó sobre su antiguo escritorio.
—«El presidente de un Consejo de Administración intenta llevarse a su mujer a la tumba» —leyó Assad en voz alta—. Me acuerdo. Era ese de la clínica privada que se colgó del gancho de la grúa como un barco.
—Ese mismo, y a su esposa la encontraron medio muerta en el sótano, al lado de una barbacoa. Los investigadores concluyeron que Ole Horsten, el marido, había intentado asfixiar a su mujer, que sufría demencia, con monóxido de carbono, para luego ir a colgarse a Furesø.
— Euthanasie ? —preguntó Helena.
—Homicidio por piedad… Bueno, algunos lo llamarán así.
El caso se cerró como tentativa de asesinato y suicidio.
A él acababan de despedirlo de un puesto muy bien pagado en un consejo de administración, y ella padecía una enfermedad incurable, así que se dio por hecho que el hombre quiso ponerle fin a todo —precisó Carl, y sacó su móvil del bolsillo—. Pero ahora ha aparecido esta grabación.
Las cejas de Assad se elevaron hasta casi rozar la línea del cabello en cuanto la grabación se puso en marcha, y Rose palideció aún más, por imposible que pudiera parecer.
—Como habéis oído, el mensaje quedó grabado en un contestador el domingo 10 de noviembre de 2019 a las 16.
28 —siguió Carl—. Debido a su enfermedad, Jette Horsten llevaba una medalla especial, un pequeño emisor gps que se activaba al pulsar un botón.
No sabemos si la activó conscientemente o por casualidad, pero al escucharlo parece como si la estuvieran arrastrando de aquí para allá.
—Déjame buscar el caso —dijo Rose apartando a Helena del escritorio y del único ordenador de la sala.
—¿Qué melodía tararea la señora? —preguntó Helena—. Juraría que la he oído antes. Me trae eco .
—Se dice «me suena», Helena —la corrigió Assad.
Carl se frotó el entrecejo. Desde luego, aquello sí que era una clase de danés alternativa.
—El caso se cerró con la conclusión de «suicidio ampliado» —dijo Rose sin apartar los ojos de la pantalla—. En el informe, que es relativamente breve, se explica que encontraron a una mujer muy deteriorada en una habitación de un sótano el domingo a las 20.30.
—¿Pudo contar lo que había pasado? —preguntó Assad.
—En principio, no. A Jette Horsten la describen como una mujer de salud delicada, confusa y sin memoria de lo sucedido.
—¿Huellas? —Carl buscó un lugar donde sentarse; algo en aquel despacho le producía una somnolencia incontrolable.
—En el depósito central, en Lynge, conservan algunos efectos, como la barbacoa. Pero no se encontraron más huellas que las de Ole Horsten ni rastro de otras personas en el resto de la casa. En general, no había indicios que apuntaran a un robo —dijo Rose.
—¿O sea, que dejaron entrar a una tercera persona? —inquirió Helena.
—Sí, es lo más probable. Pero ¿quién? —preguntó Carl—.
Tiene que ser alguien que conocieran, pero debe de haber ocurrido algo inesperado, porque Ole grita: «Pero no querrás cargar con esto en la conciencia».
Y eso es lo que debéis tratar de descubrir.
—Al tomar el último sorbo de café, recordó que, de camino a casa, tenía que comprar pastillas para la acidez.
—Ese hombre me recuerda a un verdugo, Carl. De esos que hay en las cárceles de Irak y Siria —observó Assad, y prosiguió—: Dice y hace cosas terribles, pero habla como si fuera lo correcto y tuviera derecho a hacerlo.
Carl le puso una mano en el hombro a su compañero al salir y agregó:
—Por eso mismo, Assad, por eso mismo.