Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 7. Tommy
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7. Tommy

TOMMY

Primera vez solo hay una, y por eso aquel día Tommy Eckert ya estaba mentalmente preparado para un anticlímax. Lo que no había previsto era el enorme vacío que sintió al bajar de la tribuna del Parlamento y ocupar su asiento al fondo del hemiciclo.

Durante diez años había anhelado —e implorado— el perdón del público, con la esperanza de volver a Christiansborg.

Se había dejado humillar, se había sometido a terapia psicológica e incluso había ingresado en la clínica de desintoxicación más cara del país.

Había renunciado a cualquier tipo de placer —no solo al alcohol, sino también al azúcar, las redes sociales y los ultraprocesados— como parte de un plan de transformación dirigido y financiado por su esposa Catrine.

Después de haberla dejado en ridículo en público por conducir borracho y tener que salir del Parlamento con el rabo entre las piernas, no se atrevía a llevarle la contraria.

Si Catrine aceptó seguir con él fue por su insistencia, y a condición de que, a partir de entonces, hiciera todo lo que ella le pedía.

Tommy accedió, en parte porque la quería, y en parte porque un divorcio lo habría arrastrado hasta el fondo del precipicio.

Catrine tenía derecho de disposición sobre una herencia considerable y, al fin y al cabo —pensaba él—, si había que sufrir por el camino, mejor hacerlo en primera clase.

También se había resignado a que sus errores y años en rehabilitación se difundieran públicamente, con pelos y señales.

Su esposa había escrito un best seller sobre el proceso, y él había tenido que acudir como un simple figurante a varios programas de televisión mientras Catrine explicaba con aplomo cómo se sobrevive al colapso moral de tu cónyuge.

Al completar el tratamiento había vuelto a empezar desde cero, también en política, en el último escalafón de la agrupación local de su partido.

Preparaba cafés, colaboraba en actos del día de la Constitución y colgaba carteles electorales mientras soñaba con regresar a su vida en Christiansborg, pero sin atreverse a imaginar que ese día llegaría.

Y ahora que por fin se había hecho realidad, resultaba que no sentía nada de nada…

Miró el manuscrito que apenas había tocado.

Desde los inicios de su carrera política se había acostumbrado a memorizar sus intervenciones, y sabía que su comparecencia en la tribuna había sido impecable.

No podía ser de otro modo. Vibro, el compañero de partido que estaba de baja, era el portavoz de Sanidad y, como exministro de esa cartera, Tommy conocía el tema mejor que nadie.

El discurso trataba sobre el aumento desorbitado del gasto público en nuevos fármacos adelgazantes.

El Estado destinaba miles de millones de coronas a subvencionarlos, y con novecientos mil obesos severos en el país, encontrar los recursos era un auténtico quebradero de cabeza.

Una mano con las uñas pintadas de rosa le felicitó y plantó frente a él una moneda de una corona.

—¡Enhorabuena, lo has bordado! —Una compañera de partido que no pasaría de los veinticuatro años le quitó el bolígrafo para estampar su firma en el manuscrito, como era costumbre cuando un parlamentario recién electo pronunciaba su primer discurso—.

Yo temblaba como un flan el día que me estrené, ¿tú no?

La pregunta provocó una risita ahogada del compañero que tenía al lado, un campesino del centro de Jutlandia con la cara colorada, conocido por no andarse con rodeos.

—¿Estrenarse? ¡Pero si el bueno de Eckert hace ya mucho que se estrenó, al menos en el Parlamento!

—El campesino se recostó, hurgó en el bolsillo y estampó una moneda de diez coronas sobre la mesa de Tommy—.

Aquí tienes: una corona por cada año que has pasado en el banquillo; eso sí, a un pecador reciclado como tú no le pienso dar mi autógrafo ni de coña.

Tommy se levantó con la excusa de que necesitaba un café.

La mera idea de tener que sentarse durante meses al lado de aquel imbécil maleducado le daba sarpullidos, pero si quería avanzar en el hemiciclo no le quedaba otra que morderse la lengua, hacer alianzas con personas más influyentes y dejar que sus logros políticos hablaran por él.

En su afán por salir de allí, a punto estuvo de chocar con el presidente de su partido, un exfuncionario tan gris como predecible que no había dado un paso en falso en toda su carrera política.

Eso sí, tenía menos gracia que un lunes por la mañana, y la prensa matutina lo había apodado, muy acertadamente, Degn, el Descafeinado .

—Eckert. —Suspiró el presidente.

—Degn. —Tommy vaciló un instante.

El presidente no se había tomado la molestia de darle la bienvenida de vuelta al grupo parlamentario de los Nuevos Demócratas, pero ahora que Tommy había dado su discurso parecía la ocasión perfecta.

A él le habría bastado con un apretón de manos para sentirse mejor, así que esbozó una amplia sonrisa y le tendió la mano, pero Degn ignoró el gesto y, en cambio, le agarró el codo con una fuerza brutal.

Desde lejos, podía parecer un abrazo torpe entre dos viejos conocidos, pero dolía como si un cepo le hubiera atrapado el brazo.

—Eckert, borra esa sonrisa de satisfacción —le susurró al oído, y Tommy vio cómo el asesor del presidente se situaba estratégicamente entre ellos y el resto de la sala para que nadie los escuchara—.

No me hace ninguna maldita gracia que un despreciable conductor borracho vuelva a la asamblea más distinguida del país, y encima como representante de mi propio partido.

—Tommy sintió el calor del aliento de Degn humedeciéndole la oreja—.

Así que escúchame bien, porque no te lo pienso repetir: un solo error, una mala noticia en la prensa, y no vuelves en lo que te queda de vida, ¿está claro?

—El presidente se echó hacia atrás con un galante paso de bailarín y le dio una palmadita amistosa en el antebrazo antes de desaparecer.

Tommy se quedó clavado, incapaz de moverse.

¿Qué demonios le acababa de decir? ¡Pues claro que no iba a meter la pata!

No solo se jugaba la carrera por segunda vez, sino también el matrimonio y la estabilidad económica…

Literalmente, le costaría la vida. ¡Se moriría si tuviera que volver a pasar por algo parecido!

Sacudió la cabeza para quitarse de encima la sensación del hálito de Degn sobre su oído y salió del hemiciclo del Parlamento.

Por los pasillos de Christiansborg no se podía correr, pero sintió que sus piernas querían hacerlo para huir lo más lejos posible.

Sin embargo, por mucho que corriera, lo seguía atormentando la imagen de una joven en un coche, recostada sobre el airbag desplegado y sangrando por una herida en la sien.

Pero aquello no era lo peor.

Lo peor era que la muchacha tenía los ojos abiertos y que lo había estado mirando cada minuto de cada hora de cada día durante los últimos diez años.