Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 6. Assad
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6. Assad

ASSAD

A Assad le gustaba llegar temprano al trabajo.

«¡Que te pongas los zapatos, leñe!», solía gruñirle Carl cuando se presentaba en la oficina un par de horas después.

Assad jamás había entendido el porqué de tantos tacos por algo así, aunque sí era cierto que se quitaba los zapatos nada más llegar.

Luego preparaba su café con cardamomo, estiraba las piernas en el sofá y se ponía a leer los archivos de homicidios no resueltos.

Con algo de suerte, podía tropezar con una fuente mal interrogada o con material antiguo que, gracias a las técnicas modernas, tal vez arrojara nuevas pistas.

Pero aquella mañana no fue el primero en llegar.

Aunque apenas habían dado las siete, ya había luz en el despacho de Rose y, al asomar la cabeza, vio con asombro que todo el archivo estaba perfectamente alineado en las estanterías con una precisión milimétrica capaz de ablandar el corazón de un oficial de la kgb.

Rose estaba sentada frente a su escritorio con tanto kohl alrededor de los ojos que parecía la mismísima reencarnación del punk, y aunque esa mañana se había lavado y arreglado el pelo, llevaba la cara tan empolvada que Assad no supo decir si sus mejillas habían recuperado algo de color.

—Buenos días, Assad. Oye, ese té que me preparaste ayer… Tú lo llamarás chai , pero yo diría que es una lavativa en toda regla.

Assad pareció sobresaltarse.

—¿Lavativa? ¿Eso viene en el diccionario, Rose?

—Sí, pero no pongas esa cara. Parece que he pillado una gripe estomacal, así que guarda la distancia, que esas cosas se pegan que no veas.

—¿Gripe estomacal?

—Sí… Norovirus. Gastroenteritis. Vómitos, vamos.

—Pues entonces te vendría muy bien un té de menta con algo de azúcar. Yo…

—¡Por Dios, Assad, a la porra con tus tés!

Seguiría en cama si no fuera porque ayer Terje me envió un mensaje diciendo que se pasaría por aquí esta mañana para inyectar «nueva sangre» al departamento: un tal Henry que, por lo visto, tiene «mucha experiencia».

—Los dedos iracundos de Rose trazaron comillas en el aire.

Assad se quedó pensativo.

—No es tan mala noticia, Rose. ¿Refuerzos? Entonces no parece que nos estén acongelando en el departamento.

—Assad, se dice «congelando», y no te quedes ahí de pie jorobándome la mala leche.

Me conozco al dedillo todos los distritos policiales y nunca he oído hablar de un investigador de homicidios que se llame Henry.

—Rose se abanicó la cara con una funda de plástico—.

Además, ¿quién se llama así hoy en día? Tendrá sesenta y cinco tacos como mínimo, ¿no?

Lo que yo creo es que Terje ha desempolvado a algún carcamal de Tráfico de Hundige o de por allá arriba para mandarlo aquí a hacernos la vida imposible hasta que tiremos la toalla y cerremos nosotros mismos el chiringuito.

—En las mejillas lechosas de Rose empezaron a asomar unas manchas rojas palpitantes, aunque Assad no estaba nada seguro de que fueran señal de buena salud.

Ella señaló las estanterías saturadas de casos archivados—.

¿Cómo se supone que vamos a resolver todo esto si nos usan de centro ocupacional para polis con un pie en la jubilación?

Assad miró de reojo el reloj. Rose no iba a cambiar de humor ni por asomo antes de que llegara Terje, y además le estaba costando entender su lógica, porque en el fondo quería creer que Terje Ploug buscaba lo mejor para el Departamento Q.

Quizá fuese demasiado ingenuo al confiar en el jefe.

Carl siempre había mantenido un sano escepticismo hacia cualquiera que llevase galones en el hombro, y con razón, pues el hecho era que Marcus Jacobsen, el antecesor de Terje, le había dado la espalda a Carl en su momento más crítico, algo que los había conmocionado a todos.

Pero el Departamento Q no había sido idea de Terje, por lo que podría haberlo desmantelado sin problemas tras la dramática salida de Carl.

Sin embargo, ni lo hizo ni tenía previsto hacerlo a largo plazo, según le había asegurado cuando le expuso sus preocupaciones sobre el futuro.

«Quédate, Assad. No podemos prescindir de ti ni del Departamento Q», le había implorado Terje, que era un tipo cumplidor y un hombre de una rectitud casi enfermiza.

Policía hasta la médula, era conocido por su sangre fría en la escena del crimen.

Durante más de diez años había sido el responsable formal de investigar el caso de la pistola de clavos, y cuando las sospechas de asesinato y tráfico de drogas recayeron de lleno sobre Carl, mantuvo la serenidad y no se dejó arrastrar por el rebaño.

De hecho, llegó a sacrificarse por Carl, recibiendo el impacto de una bala que iba destinada a él, y por eso Assad le tendría siempre el más absoluto respeto.

A todo eso se sumaba que, con los años, se había ablandado.

Assad no tenía claro si era por la edad o por haber estado a punto de morir de un disparo en la espalda.

Lo que sí sabía era que, si alguno de los peces gordos tuviera planes de cerrar el Departamento Q, Terje se lo habría dicho en román paladino en lugar de traerles a un posible sucesor tras otro.

—Hay que comer para levantar el ánimo, Rose —sentenció Assad—.

Pasa como con los camellos: si tienen el estómago vacío, la cabeza no les funciona.

Entonces se zampan lo primero que ven, se les revuelve la tripa y se ponen de mal humor, así que más te vale alejarte si no quieres perder el pescuezo.

Y seguro que también te falta hierro; te haré un guiso de cordero con alubias, orejones y almendras, que tienen fibra para…

—No me hables de comida, y mucho menos de camellos. ¡Es para vomitar! —Rose se tapó la boca con la mano y abrió los ojos de par en par. Dos golpes en la puerta le hicieron alzar la vista.

Assad se giró. En el pasillo esperaba Terje Ploug algo desconcertado.

—¿Quién se encuentra mal? —indagó.

Rose se incorporó.

—Hay algo raro circulando en el ambiente, Terje. Llámalo virus, bacteria, cólera o salmonela, no lo sé, pero parece grave; hay que desinfectarlo todo y ventilar bien. En mi opinión, lo mejor sería esperar un par de semanas antes de meter aquí a vejestorios de salud delicada.

—¿Con eso de «vejestorio» te refieres a mí? —Terje se señaló a sí mismo con el cigarrillo electrónico por el que había cambiado la pipa años atrás.

—No, al nuevo hombre del Departamento Q, ese tal Henry que es un vetusto —la ayudó Assad.

— Hombre con mucha experiencia , Assad. Así lo llaman ahora —aclaró Rose.

En el rostro de Terje se dibujó una sonrisa socarrona.

—Rose, Assad, os presento a nuestra nueva incorporación.

Se hizo a un lado y detrás de él apareció una mujer.

Assad y Rose se quedaron paralizados de la vergüenza durante tres segundos, que se les hicieron eternos.

Assad no supo si la expresión estupefacta de Rose se debía al aspecto de la recién llegada o a que no fuera el policía de tráfico canoso que se había imaginado; a él mismo le estaba costando conectar con su propio cerebro.

La mujer que entró en el despacho de Rose llevaba gafas de sol —lo que ya de por sí llamaba la atención, porque en el sótano no entraba un rayo de luz ni siquiera en verano— e iba vestida de negro, con una camiseta sin mangas y pantalones de pernera ancha.

De su hombro izquierdo colgaba un desgastado bolso de lona verde militar con la inscripción «Gendarmerie Nationale», y en el brazo derecho —«inesperadamente musculoso», pensó Assad— llevaba colgada una funda para ropa que con toda probabilidad contenía una americana, aunque tampoco le sorprendería que fuera un vestido de seda, porque las botas de tacón alto y su forma de caminar y de apartarse el cabello eran arrolladoramente femeninas, pero… ¿semejantes bíceps?

Assad se había quedado totalmente alelado, y la situación no mejoró cuando la nueva se colocó las gafas sobre el pelo castaño, revelando un par de ojos almendrados de un tono verde intenso que lo dejaron del todo embobado y sin poder dejar de sonreír.

Pero ella no le devolvió la sonrisa; de hecho, ni siquiera los miró.

Bajo el denso flequillo, sus ojos vigilantes escaneaban la estancia de aquella manera que Assad solía asociar con los agentes secretos, con la Unidad de Operaciones Especiales o con él mismo.

Era una mirada cautelosa que buscaba en cualquier espacio desconocido una vía de escape, cámaras ocultas, explosivos o francotiradores, y que normalmente solo se observaba en personas acostumbradas a esperar siempre lo peor, ya fuera por sus muchos años de entrenamiento o por malas experiencias.

Sus ojos recorrieron las estanterías modulares del despacho y las tuberías de la calefacción en el techo antes de posarse sobre una imponente telaraña detrás de Rose.

En su rostro se dibujó un breve gesto de desagrado y Assad se lamentó de no haber encendido unas varitas de incienso el día anterior; según su experiencia, las de lavanda mantenían a distancia a los bichos, a los ratones e incluso a los jefes.

—Esta es Helena Henry. Tiene cuarenta y cuatro años, y nació, se crio y se formó como policía en Francia.

Es hija de un director de policía francés y su madre era danesa, por lo que habla perfecto danés.

Con un poco de acento, según ella misma dice, pero eso nunca ha sido un obstáculo para trabajar aquí.

—Terje le guiñó un ojo a Assad—. Helena estuvo muchos años en una unidad contra el crimen organizado de Lyon hasta que se mudó a Dinamarca hace unas semanas.

—Ya veo —dijo Rose con voz apagada—. ¿Crimen organizado?

Assad la miró de reojo; ya sabía de qué iba la cosa.

En el Departamento Q se ocupaban oficialmente de «casos archivados de interés especial», o al menos así justificaron los mandos políticos la partida extraordinaria que se le había asignado y, aunque sonara un poco a cajón de sastre, todos sabían que se trataba de asesinatos y desapariciones.

El crimen organizado, como el contrabando, el tráfico de drogas, los enfrentamientos entre bandas, la trata de personas y las estafas, era competencia de otros departamentos policiales, por lo que había puestos en los que la tal Helena Henry de Lyon encajaría mucho mejor, o al menos eso pensaba Rose.

—Sí, Helena consiguió un puesto en la Unidad contra el Crimen Organizado, pero el compañero que iba a renunciar se arrepintió en el último momento, así que de repente les sobraba una persona.

Por suerte para vosotros, pude echar un vistazo a las recomendaciones que traía de Francia y, como os había prometido un colega de primerísimo nivel, pues…

—Terje se volvió hacia la mujer de pelo oscuro que tenía a su lado—.

Helena, te presento a Rose Knudsen y a Hafez el-Assad.

Sin querer, el ágil cuerpo de Assad pegó un brinco coqueto hacia delante.

Sintió la mirada de Rose fulminándole la nuca mientras le dedicaba a Helena la mejor de sus sonrisas y le tendía una mano peluda.

La mano de ella era pequeña, con una ligera callosidad en el extremo inferior de la palma, y llevaba las uñas cortas pintadas de un rojo intenso, algo descascarilladas.

El apretón fue tan firme que Assad se preguntó dónde estarían sus mancuernas.

Supuso que criando polvo bajo la cama de Alfi o en el sótano.

—¿Hafez? —preguntó la recién llegada. Con una pronunciación en árabe perfecta, constató él.

—Todo el mundo me llama Assad.

—¿Como el dictador?

Assad se sorprendió a sí mismo contemplando las pobladas y arqueadas cejas de la francesa; rara vez se veían cejas así más al norte de Estambul.

—No, como el vendedor de conservas —replicó.

Helena asintió cordialmente, se volvió hacia Rose y le tendió la mano.

—Helena Henry —se presentó. Assad cayó en la cuenta de que, al contrario que Terje, ella no pronunciaba las «h»: Elena Enri… Sonaba a perfume caro o a bolso de diseño.

Rose se acercó y le estrechó la mano a Helena de tan mala gana que hasta el propio Assad se sorprendió.

La diplomacia nunca había sido el punto fuerte de Rose, y su benevolencia solía quedar eclipsada por comentarios mordaces y auténticas bofetadas verbales, pero, con los años, Assad, Carl y Gordon habían aprendido que, en el fondo, era buena persona.

Sentía debilidad por los más desamparados, sabía meterse en el bolsillo al más terco de los tercos, era leal como nadie, trabajadora como pocas, atenta y —Assad se sonrojó solo de pensarlo— afectuosa, también en el plano físico.

Pero para quienes no la conocían, como Helena Henry, esa faceta pasaba inadvertida.

Así que, a no ser que fuera adivina, la mujer de acento francés debía de haberse llevado una pésima primera impresión de Rose, y no solo por su aire hosco y malhumorado.

La mala noche le estaba pasando factura: desde la línea del cabello le resbalaban gotas de sudor que iban trazando surcos en el rostro empolvado, y con solo ponerse en pie parecía haber perdido el aliento.

—Soy Rose —resopló—. Me ocupo de todas las formalidades y de la comunicación con los mandos superiores. Por lo general, en el Departamento Q no se mueve un dedo sin que yo haya dado el visto bueno a cada plan y a su ejecución. —Rose respiró hondo para el remate final—. ¡Así que ya lo sabes!

Assad trató de encontrar la mirada de Rose; tenía una ligera sospecha de lo que la estaba molestando.

Aunque Rose y Helena eran prácticamente de la misma edad, no se parecían en nada.

Mientras que la francesa era ágil como un galgo, flexible como una gimnasta y se movía con la elegancia de una bailarina, Rose, con sus leggings , sandalias de velcro y camiseta extraholgada, parecía en aquel momento una turista yogui afectada por un golpe de calor.

—¿O sea que eres tú quien dirige el departamento? —preguntó Helena, escaneando con la mirada las estanterías llenas de archivadores y, de paso, a Rose.

—Soy, en cualquier caso, la que parte y reparte aquí abajo —respondió Rose, tajante.

Terje se disponía a intervenir; probablemente tuviera alguna objeción a aquello de partir y repartir, pero antes de que lograse articular palabra, Rose se marchó tambaleante hacia el baño, con las piernas rígidas y tapándose la boca con la mano.

—Assad, ¿ayudas a Helena a instalarse? —solicitó el jefe, cambiando de idea—. Tiene que quedar algún despacho libre por aquí.

—Creo que primero voy a hacer un café —dijo Assad.

—¿Expreso o turco? —Helena soltó el bolso.

—Turco, con cardamomo y azafrán.

Helena sonrió por primera vez desde su llegada.

—Y azúcar, espero. Yo le echo de seis a ocho… ¿cómo se dice?… morceaux ?

—¿Terrones de azúcar?

Ella asintió.

— Oui !, terrones.

Terje se quitó las gafas, como si fuera a decir algo.

—Sí, sí, Terje, a ti también te preparo uno —dijo Assad, y se marchó corriendo a su cuchitril.

No había tiempo que perder. Rose podría decir lo que le viniera en gana, pero… ¡ocho terrones de azúcar! La nueva incorporación era justo la clase de mujer que le gustaba.