Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 5. Jakob
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5. Jakob

JAKOB

Había pasado una noche de perros, no sabía si por los nervios o por la expectación ante lo que iba a hacer aquel día. Lo que sí tenía claro es que había empezado con una metedura de pata.

Había decidido pernoctar en un sencillo bungalow en Tornby, a una distancia prudencial de Hirtshals, pensando que en octubre solo se encontraría a obreros polacos y marineros, pero el camping resultó estar lleno de familias alemanas que habían venido a pasar las vacaciones de otoño, por lo que un hombre solo llamaba mucho la atención.

Era muy probable que alguien hubiese reparado en él y en sus dos bolsas de plástico cuando fue a registrarse en recepción.

Y en todo caso, en el bungalow de al lado, un niño de seis o siete años lo había estado observando descaradamente cuando entró con la caja del dron que acababa de comprar.

Apuró el último trago de leche y notó cómo el líquido dulce se deslizaba por su garganta como una crema untuosa. Se sentía todo lo preparado que podía estar, lleno de vitalidad y energía. Sentía la intensidad en el pecho, las cuerdas vocales en buena forma y la voz bajo control.

En una bolsa de supermercado sobre el asiento del copiloto llevaba una masa rectangular que, a ojos de cualquiera, parecería un simple trozo de plastilina amarillenta.

Tenía el detonador listo, guardado aparte en un táper con el dibujo de un mirlo.

Se había cortado al romper la pequeña bombilla incandescente, pero, por lo demás, estaba satisfecho con los preparativos del día anterior.

No le había costado desarmar el dron; la mecánica era tan barata y sencilla —como la de cualquier juguete teledirigido made in China— que hasta un niño lo podría montar.

Solo iba a usar el control remoto y un par de cables, el resto del dron lo destrozaría para luego, a la vuelta, repartir las piezas entre varios contenedores de basura.

Los cables estaban ahora fijados a la bombilla, y la mecha conectada al detonador, que iba insertado en el explosivo.

Cuando pulsara el control remoto, los filamentos de la bombilla se encenderían y prenderían la mecha.

Se incorporó en el asiento. El reloj marcaba ya las 7.

52 y había amanecido. Por detrás del rompeolas más lejano, una mancha azul emergió de entre la niebla.

Miró por los prismáticos y reconoció al instante aquella embarcación, un arrastrero de rayas blancas y azules, de unos treinta metros de eslora, popa plana y un puente de mando con aspecto de torre de control que le daba un aire de ferry pequeño y rechoncho.

El nombre, Maren II , parecía más acertado para los veleros azul claro de los folletos turísticos que para aquel prodigio de la tecnología valorado en 30 millones de coronas que se deslizaba con precisión milimétrica para atracar en el muelle.

El periódico local publicó un reportaje sobre el arrastrero cuando lo terminaron de construir el año anterior, que ensalzaba el sistema hidráulico de diseño especial, la planta de procesamiento de pescado bajo la cubierta y el ultramoderno equipo de radar del puente de mando.

«El orgullo de Hirtshals», rezaba el pie de foto que acompañaba la imagen del buque junto a su propietario.

Jakob, que había visto el reportaje de pura casualidad, no había logrado pegar ojo en los tres días siguientes.

Le había dolido la garganta como si tuviera ardor de estómago, pero peor.

Había sentido la ira, que le subía y le bajaba por el esófago como ácido puro.

Le habían temblado las manos y supo que tenía que hacer algo antes de que la oscuridad lo devorara por dentro.

Creía que Vang estaba acabado, que lo había perdido todo cuatro años atrás, pero no. Al muy capullo de Mads-Peter Vang la vida siempre le había sonreído. En todo.

Una mujer con boina y abrigo azul de lana esperaba a la orilla del muelle.

Era guapa, o al menos lo parecía, con su abundante melena rubia y unas curvas armoniosas.

Sin embargo, tras años vigilándola a ella y a su marido, Jakob la notó desmejorada, lo que no solo se podía achacar a la falta de maquillaje o a sus vaqueros desgastados.

La llegada del barco la había hecho deambular nerviosa por el muelle, y se la veía agotada cuando, por fin, levantó la mano para saludar.

Quizá solo fuera que no dormía bien cuando su marido estaba embarcado.

Se llamaba Ane y era la esposa de Mads-Peter y la madre de sus dos hermosas hijas adolescentes.

Con movimientos hábiles, la tripulación amarró el barco a los bolardos del puerto, y al poco rato salió Vang del puente de mando con una mochila The North Face colgada del hombro.

Le costó reconocerlo. Había echado barriga bajo ese pecho ancho y robusto, y lucía una espesa barba que ocultaba los rasgos faciales que Jakob recordaba de su infancia.

Pero sí pudo reconocer su parsimonia cuando cruzó la pasarela para darle a su esposa un fugaz beso en la frente.

Parecían discutir. Vang señaló al coche y a la ciudad, que se alzaba sobre el puerto. Su mujer se encogió de hombros y, poco después, se montaron en el Hyundai rojo en el que ella había llegado.

Jakob se encasquetó un gorro y se hundió en el asiento hasta que el coche pasó por delante y desapareció.

Su idea era subir a bordo en cuanto bajase la tripulación.

Cuando estaban en puerto, dejaban la pasarela siempre desplegada y las puertas abiertas de par en par.

Así de ingenuos y confiados eran allí en Hirtshals; se fiaban tanto de los demás que lo más probable era que solo guardaran con llave la morfina del botiquín.

Desde la cubierta bajaría a la cámara de máquinas, en la parte más baja del buque, que conocía como la palma de su mano por las detalladas descripciones de los folletos publicitarios del astillero.

Bajo el motor había una pequeña cámara de apenas diez centímetros de altura que solía pasar desapercibida.

Ocultaría en ella el explosivo y colocaría el detonador para que los filamentos de la bombilla rozaran la mecha.

Luego desaparecería antes de que la tripulación de relevo llegara con sus provisiones para navegar la semana siguiente.

Volvió a comprobar el control remoto del dron. Tenía alcance más que suficiente, hasta dos kilómetros, así que conduciría hasta el aparcamiento turístico, desde donde se tenía una inmejorable vista panorámica del puerto. Luego solo quedaría esperar.

Con algo de suerte, el Maren II zarparía antes del almuerzo y así él podría estar de vuelta en Copenhague antes del anochecer. Porque esa noche… esa noche le tocaba cantar.