4. Carl
CARL
—¿Seguro que nadie puede oírnos?
La mujer vestida de verde echó un vistazo a su alrededor, repleto de contenedores pestilentes que parecían competir por un rincón.
Aquel basurero en el patio trasero del centro comercial Rødovre Centrum no era el más glamuroso de los lugares, pero había insistido en hablar con Carl «completamente a solas», así que esa era su mejor opción.
—Yo diría que el riesgo es mínimo —farfulló Carl examinando a la mujer, que había dejado caer el pañuelo y las gafas de sol. Se llamaba Gry; el apellido no lo quiso decir.
—A veces pienso si no sería mejor olvidarlo todo —dijo nerviosa, retorciendo un mechón de pelo entre los dedos—, pero es como una pesadilla que no me deja dormir ni trabajar.
Carl reprimió un suspiro. Ya sabía por dónde iban los tiros.
Tenía ante sí a una aficionada al true crime con su propia teoría sobre un homicidio sin resolver; conocía muy bien aquel perfil de detective aficionado.
En su opinión, tenían poca más credibilidad que los pitonisos y, si existían, era gracias al exceso de jerez y de redes sociales.
—La escucho —dijo sin el menor convencimiento.
Dejar atrás la vida de policía había sido más difícil de lo que pensaba.
Era como los mecánicos y los dermatólogos, suponía: en cuanto mencionaban su profesión, la gente se abalanzaba para que les examinaran el motor del coche o los lunares.
Carl seguía adscrito al Departamento Q como una especie de consultor por horas, pero ya no le apetecía tanta actividad neuronal y, ahora que se había publicado la segunda novela, no veía el momento de poder pasarse los días en pijama y con los pies en alto.
Las vacaciones de otoño estaban a la vuelta de la esquina, y nada ni nadie le impediría enlazarlas con las de Navidad, a no ser que en la editorial insistieran en tener una sinopsis del tercer libro.
Ya había decidido el título, El mensaje que llegó en una botella; se lo había enviado a su editora por sms para poder luego ignorar sus llamadas.
Y entonces venía esa señora, Gry nosequé , con intención de avivar en él la llama investigadora.
¡Ni de coña! La única llama que le interesaba en ese momento era la del cigarrillo.
—Lo he estado siguiendo en los medios y he leído su libro. Diría que es usted alguien que…, no sé…, que va por libre. —Los ojos de Gry bailaban de un lado a otro—. Me arriesgo a perder mi empleo si alguien se entera de esto.
—¿Y a qué se refiere cuando dice «esto»? —indagó Carl. Hacía años que sabía que hasta las personas más encantadoras son capaces de los actos más atroces, pero lo cierto era que Gry no tenía ninguna pinta de delincuente.
—Trabajo en la Delegación de Salud y Mayores de Copenhague. Un viernes del mes pasado nos tomamos todos unas copitas de más en el trabajo…
—¿Y? Si de mí dependiera, estar un poco piripi de vez en cuando debería ser un derecho laboral para los funcionarios públicos.
—Es que a mi jefe se le ocurrió ir a la «bodega»…, un despacho que ahora sirve de almacén, y birlamos…, bueno, mi jefe birló tres botellas de vino tinto de las del municipio.
A la mujer le empezó a temblar el labio inferior, y Carl tuvo que hacer un esfuerzo para que los ojos no se le salieran de las órbitas.
En sus treinta años de servicio había escuchado de todo; en las comisarías se presentaba a diario gente de dudoso equilibrio mental para hacer las confesiones más disparatadas, desde el asesinato del rey Erico V de Dinamarca hasta la decapitación de la Sirenita de Copenhague, pero aquello se llevaba la palma.
Quizá lo que buscaba era afecto masculino… Desde que en los medios habían empezado a describir su andadura como escritor, Carl recibía en su correo todo tipo de insinuaciones subidas de tono. Era bueno para la autoestima, pero hasta la fecha nadie le llegaba a Mona ni a la altura de los zapatos.
—Vamos a ver, Gry, la raza humana lleva robando en el curro desde la Edad de Piedra. Es uno de los pilares de nuestra ética protestante del trabajo y…
—¿Cómo…? No, no es eso. Es que no sé muy bien cómo…
Cuando estaba allí, activé sin querer un contestador.
—Gry hurgó en el enorme bolso, donde encontró de puro milagro el teléfono móvil—.
Mi jefe me amenazó con despedirme si no borraba el mensaje, así que lo borré, pero no sin antes grabarlo con el móvil.
—Se inclinó hacia delante y bajó la voz—. A mí me huele a crimen.
Con manos temblorosas, fue tecleando hasta encontrar lo que quería reproducir. Carl oyó una voz robótica de mujer anunciando «un nuevo mensaje de emergencia».
—¿Se oye bien? —preguntó Gry.
Carl asintió, pero de todos modos se acercó el teléfono a la oreja.
Una mujer de salud aparentemente frágil tarareaba una melodía que no le decía nada, pero al oír a un hombre pedir auxilio a gritos una y otra vez se le heló la sangre, y más aún cuando una segunda voz masculina siseante les ordenó callar.
Antes de que terminara la grabación, se oyó un espeluznante grito de mujer, que los contenedores se encargaron de amplificar.
Carl levantó las cejas y rebobinó para volver a escuchar la última frase. «En su día no asumiste tu responsabilidad. Ahora seré yo quien te haga cargar con una responsabilidad que no te dejará vivir», decía el hombre más próximo al micrófono.
—¿Y todo esto qué es? —inquirió Carl, escrutando con detenimiento a Gry.
—He estado dándole muchas vueltas, y mire lo que he encontrado.
—Volvió a rebuscar en su bolso, esta vez para extraer una funda plástica—.
En 2018, en el municipio de Copenhague, hubo unos cuantos casos de personas con demencia que se fugaron de su casa o del geriátrico; uno de ellos terminó en tragedia y desató tal revuelo mediático que en 2019 se pusieron en marcha una serie de medidas.
—Le tendió un folleto con el título de «Audimus» y una foto de algo que parecía una piedrecita blanca—.
Esto es una antigua medalla para personas con demencia; llevaba incorporado un gps para conocer la ubicación de los pacientes desorientados y también servía para pedir auxilio, como si fuera un teléfono, pulsando aquí. —Gry señaló al centro de la medalla.
—¿Y estas llamadas quién las recibía?
Gry parecía preocupada.
—Un teléfono de emergencia del municipio atendido las veinticuatro horas, pero luego contrataron a ese jefe del que le he hablado para recortar gastos y optimizar recursos, y despidieron a la mujer que llevaba el programa.
—Ajá —dijo Carl. Por la explicación burocrática de la señora, aquello parecía más bien un caso para el sistema de denuncias internas del municipio que para las fuerzas del orden.
—El problema es que el programa se canceló después de que despidieran a Gunvor —añadió Gry—, pero se les olvidó avisar a los usuarios de que la medalla ya no servía para nada porque el teléfono ya no estaba atendido.
—¿Gunvor?
—La coordinadora. —Gry bajó la mirada—. En el municipio, muchas iniciativas solo se sostienen gracias a personas entregadas como Gunvor, pero a ella se la cargaron antes de tiempo.
Fue un gravísimo error, porque he averiguado de dónde vino la llamada.
—Extrajo de la funda un nuevo trozo de papel, esta vez un recorte de periódico con la foto de una bonita casa en Copenhague.
Carl sacó las gafas del bolsillo para estudiar el recorte del 15 de noviembre de 2019, casi cuatro años atrás.
Llevaba por título «El presidente de un Consejo de Administración intenta llevarse a su mujer a la tumba» y en él se describía cómo la noche del domingo 10 de noviembre de 2019 una cuidadora del servicio de asistencia al domicilio había acudido a una vivienda al noroeste de Copenhague, donde había localizado a la mujer de la casa, Jette Horsten, afectada de demencia, atada a una cama en el sótano.
Apenas respiraba, lo que no resultaba nada sorprendente, pues en una esquina del cuarto había una barbacoa de carbón con brasas aún calientes.
Tuvo la suerte de que las llamas se extinguieran antes de que el monóxido de carbono acabara con su vida.
La víctima no había sido de mucha ayuda para la investigación; de hecho, no consiguieron que articulara ni una frase coherente.
Pero cuatro días después, el jueves 14 de noviembre de 2019, habían encontrado muerto a su esposo, Ole Horsten, a quien acababan de destituir como presidente del Consejo de Administración de la Clínica Privada Charis.
Su cuerpo sin vida colgaba de una grúa para barcos en Furesø, en el norte de Selandia.
La conclusión parecía obvia: el despido de un cargo tan prestigioso había empujado al hombre de setenta y seis años al suicidio y, como su esposa no podía valerse por sí misma, había decidido llevársela con él a la tumba.
—Lo que se conoce como suicidio ampliado —murmuró Carl.
—«Homicidio por piedad», según los periódicos de la mañana. Y a esa misma conclusión llegaron también la familia, sus antiguos empleadores e incluso la policía. Había sido él. —La voz de Gry tembló—. Pero al escuchar la grabación…
—Sí, hay algo que no encaja —concluyó Carl mientras guardaba las gafas—. No estaban los dos solos en casa… Aquel día había alguien más.