3. Assad #2
Era cierto que, desde la marcha de Carl, Terje no había dejado de enviar a posibles suplentes, en concreto, dos hombres y dos mujeres, pero todo terminaba siempre con el ilusionado candidato huyendo por patas.
Una de ellas había tenido la brillante idea de «organizar el sistema de archivos de Rose»; desapareció en cuanto Rose se dio cuenta de lo que había hecho.
El segundo candidato se había quejado al representante sindical del café de Assad y del «tono» de Rose.
A una tercera la había rozado un disparo durante una violenta detención en 2022 y, por lo que Assad sabía, seguía de baja.
El cuarto, un fanfarrón en mitad de la treintena, no había ocultado que quería el puesto como trampolín para hacerse famoso como Mørck, pero en su primera persecución trepidante se había equivocado tres veces al girar hasta que Assad, tras agotar su repertorio de insultos en árabe, le gritó que parase a un lado.
Resultó que, además de mala orientación, el hombre tenía un grave problema con el alcohol.
En la época más reciente, Terje había insinuado que Assad, Rose y Gordon no habían acogido precisamente con los brazos abiertos a los posibles sucesores de Carl.
«Vosotros queréis otro Carl, y no lo hay», había suspirado mientras añadía: «¡Gracias a Dios!».
No era así. Assad no quería otro Carl: quería que regresara el viejo Carl, el verdadero Carl, para que todo tuviese sentido, y esperaba de todo corazón que su compañero recapacitara ahora que habían vuelto al sótano.
Rose todavía no veía nada positivo en la mudanza.
«¿Buenas noticias, dices? No, Assad, para nada; esto no es más que un intento de congelar al Departamento Q. En cuanto se menciona nuestro nombre, se palpa hielo en el ambiente».
«¿Congelarnos? ¿Dónde? En el sótano siempre se está calentito, Rose», le había respondido él.
«¡Dejarnos fuera de juego, Assad! Hacernos irrelevantes.
Carl se ha largado, Gordon también, hace años que no tenemos un caso de interés público…
¡Quieren cerrar el Departamento Q!». Rose se había ruborizado bajo la gruesa capa de maquillaje.
«Quieren hartarnos y deprimirnos hasta que renunciemos, como Carl y Gordon».
Assad no sabía qué pensar del análisis de Rose, pero decidió hacer un nuevo intento de echarle una mano antes de cerrar el día.
La encontró en su despacho, al otro lado del pasillo, mal sentada en el suelo con una caja entre las piernas, empapada en sudor y con la mirada fija en algún punto de la pared detrás de Assad.
—¡Rose! ¿Te has caído? —exclamó, saltando por encima de una caja con toda la agilidad que le permitía su robusta constitución.
—¿Qué? —Parecía que la hubieran interrumpido en medio de algo importante.
Assad extendió la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Te has tropezado con la caja?
Rose, sorprendida, resopló, miró la mano peluda de su compañero y la apartó de un manotazo.
—Es el expediente del Guardián de los secretos.
Tendría que haber tres cajas de archivadores, pero solo veo dos.
¡Menudo marrón! Carl las querrá ver, si es que escribe sobre este caso, así que tengo que encontrar la que falta ya, joder, ¡joder!
Y no, Assad, no tienes que ayudar. Aquí abajo solo hay una manera lógica de archivar y es la mía —dijo mientras se daba golpecitos en la sien.
—Me dejarás mover un par de cajas, ¿no? —Assad apenas se atrevía a preguntar nada cuando Rose estaba de ese humor. Tanto él como Carl habían llegado a la conclusión de que, por el bien de su vida y de sus tímpanos, lo mejor era dejarla reinar en su castillo.
Pero no era tan fácil. A lo largo de los años, Rose había cuidado con esmero de Assad, así que sentía que se lo debía, sobre todo ahora que estaba tan fuera de sí.
Estaba acostumbrado a verla llegar con los ojos delineados en negro y envuelta en una intensa fragancia de jazmín y vainilla que le recordaba a los bazares de su infancia, pero estos días iba con la cara lavada.
Además, aunque no se podía hablar de estabilidad, los períodos buenos habían sido mayoría desde su colapso mental hacía siete años, y era importante que siguiera siendo así, porque él solo no sería capaz de llevar el Departamento Q.
—¡Ni hablar, Assad! No te metas donde no te llaman —le espetó, en un tono más brusco de lo que daban a entender su afable sonrisa y sus palmaditas en el brazo—. Amigo, estamos en 2023; hasta las mujeres perimenopáusicas mueven cajas sin ayuda. Pero ¡una taza de té sí me la bebería!
Asintió, algo más tranquilo, porque a fin de cuentas la Rose con chispa era la de siempre, y se fue en busca de su mejor mezcla de té.
En cambio, lo de la menopausia lo descolocaba…
Marwa pasaba ya de los cincuenta, por lo que Assad conocía de sobra los síntomas como palpitaciones, insomnio, sequedad en los ojos o cambios de humor que lo habían llevado a esconder todos los cuchillos y objetos potencialmente peligrosos en casa, pero no se le había pasado por la cabeza que Rose, una mujer diametralmente opuesta a Marwa, sufriese los mismos achaques hormonales.
¿Cuántos años tendría Rose? ¿Cuarenta y tres? ¿Cuarenta y cuatro? No era una anciana ni una jovencita…, más bien diría que una estupenda mujer madura.
—Por cierto, Assad —le gritó—, ¿me puedes hacer ese té tuyo especial… con extra de especias?
Assad se enderezó mientras un escalofrío le recorría la espalda. ¿Acaso le estaba pidiendo un chai con jengibre y cardamomo?
Aquello sí que era preocupante…