Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 3. Assad
5%

3. Assad

ASSAD

Al otro lado del pasillo, Assad podía oír a Rose peleándose con las cajas de la mudanza entre resoplidos, insultos y maldiciones, que le recordaban a una extraña mezcla entre un parto y una pelea de bar.

Se había ofrecido a ayudarla, pero Rose, con los brazos en jarras, se había opuesto a que se entrometiese en su meticulosa coreografía de desembalaje.

Por eso ahora estaba allí sentado, capeando aquel aluvión de improperios barriobajeros a una distancia prudencial.

Se acarició la barba de dos días y miró a su alrededor.

Él no había tardado mucho en instalarse.

Su viejo sofá volvía a estar encajado en la pared del fondo, tal como lo había dejado.

En su escritorio, el ordenador ya estaba encendido y conectado a Internet, a la impresora y a una pantalla externa, y en el estante superior tenía la radio dab sintonizada en una emisora libanesa de baladas románticas.

Un par de fotos de Marwa y de las niñas con ropa de fiesta ayudaban a humanizar el espacio.

Eran fotos del cumpleaños de una de sus hijas, ahora ya mayores; quizá de Nella.

Su Corán ocupaba el sitio de siempre en la estantería, junto con el Manual de la Policía Científica , que podía recitar con los ojos cerrados, y a la alfombra de orar le había encontrado un hueco en la esquina.

Completaban el decorado un televisor de pantalla plana montado en la pared y una mesita de azulejos que había conseguido rescatar del punto limpio aquella misma mañana, de camino al trabajo, y en la que ahora se acomodaban a la perfección la placa eléctrica, las latas de té, el arsenal de cafeteras y un paquete de azúcar de caña de dos kilos.

Hacía dieciséis años que Carl Mørck le había endosado un par de casos archivados y le había asignado el cuarto de almacenamiento como despacho, y lo cierto era que había muy pocos sitios en el mundo donde Assad se sintiese tan a salvo como allí.

El sótano de la Jefatura de Policía era uno de los lugares donde más tiempo le habían permitido quedarse en toda su vida, así que era como volver a casa. Aunque no del todo…

Se quedó mirando la pared. La nostalgia por el pasado lo había acompañado toda la vida; seguro que era así para los refugiados como Assad, pero ese sentimiento, al igual que la ausencia de Carl, no se había vuelto más llevadero con los años.

Con ocasión de su primera novela, la editorial de Carl había impreso un cartel de un metro de alto para promocionarla, con su foto al lado de la portada del libro y fragmentos de las mejores reseñas.

Mona se había negado rotundamente a tener a la vista algo tan lúgubre en el piso de Østerbro, por lo que ahora aquella obra maestra estaba ahí colgada para recordarle a Assad al mejor jefe, compañero y amigo que jamás había tenido.

Habían pasado casi tres años desde que trabajaran juntos por última vez, y Assad lo echaba todo de menos, incluso el malhumorado careto mañanero de Carl.

Pero Carl se había hartado. Se había hartado de las costillas rotas, de las descargas eléctricas, de las heridas por arma blanca y de los peligros de muerte, de jefes imprevisibles y de la maldad del mundo, y había cambiado su vida de investigador de los crímenes más sórdidos del país por la de escritor a tiempo completo desde su casa, por la de padre y marido volcado en su familia.

Y, la verdad fuera dicha, parecía estar disfrutándolo.

Assad, por su parte, se sentía como si le hubieran amputado una extremidad.

Su primer impulso, cuando Carl anunció su decisión de renunciar, había sido dejarlo él también, pero ¿de qué iba a vivir su familia?

El salario de Marwa como auxiliar de guardería a media jornada apenas alcanzaba para el alquiler, y a sus cincuenta y tres años no le apetecía demasiado desempolvar la licencia de taxista que se había sacado dos décadas atrás.

Y, además, Assad era rematadamente bueno para el trabajo de investigación.

Seguramente podría encontrar otro empleo, pero ¿algo que tuviese tanto sentido para él?

Todos los horrores que había vivido parecían destinados a llevarlo hasta allí: una excelente unidad de investigación que buscaba garantizar la justicia, dar voz a las víctimas y plantarle cara al mal.

A su vez, se sentía en deuda con la sociedad danesa y con la policía, que le habían ofrecido algo por lo que vivir cuando no tenía absolutamente nada.

Así que se quedó. Al igual que Rose y Gordon.

—¡Joder, joder! ¿Quién coño se ha llevado…

? ¿Aquí…? Aghhh, tampoco… ¡Mierda, mierda, mierda!

—Una nueva oleada de maldiciones a media voz llegó hasta sus oídos desde el despacho de Rose.

Se dio un par de palmadas firmes en las mejillas.

Estar allí sentado, ahogándose en la tristeza, tampoco mejoraba la situación.

Encendió el televisor. Había vuelto a estallar la guerra en Oriente Medio, y pese a que se le ponía el corazón en un puño al ver cómo sacaban a niños de casas arrasadas por las bombas, tenía el maldito deber de estar al corriente de lo que sucedía.

En tv2 News, mientras tanto, preferían centrarse en una historia del país, el sensacional comeback de un parlamentario llamado Tommy Eckert.

El nombre no le decía nada, pero por el reportaje entendía que diez o quince años atrás Eckert había sido una de las grandes promesas políticas de Dinamarca y todo apuntaba a que sucedería a la primera ministra.

Hasta que, una noche, un coche patrulla de incógnito al que adelantó cuando iba zigzagueando a velocidad temeraria por la autopista, en dirección sur, lo sorprendió a 153 kilómetros por hora y con una tasa de alcoholemia de 1,3 gramos por litro de sangre.

Al cabo de unos días, Tommy Eckert había anunciado, con lágrimas en los ojos, que dejaba la política para cuidar de su salud.

Ahora, diez años más tarde, volvía en «una versión mejorada de sí mismo», como se apresuraba a proclamar desde la escalinata del Parlamento, en el Palacio de Christiansborg.

Lo habían puesto como suplente de un camarada de partido que estaba de baja por estrés; nada del otro mundo, pero esa clase de indulto público irritaba sobremanera a Assad.

¿Cómo podía un gilipollas que se había puesto al volante borracho perdido, poniendo en peligro la vida de otros, posar tranquilamente ante el Parlamento como una estrella de rock?

Si fuera en Irak, Siria o Líbano, donde todos los políticos sin excepción eran corruptos o enchufados, lo entendería. Pero ¿en Dinamarca? ¿Y por qué había unas reglas para los políticos y otras para los meros mortales?

A Carl, que había ayudado a tantas personas, lo habían humillado y encarcelado hacía tres años por una burda sospecha, y el caso de la pistola de clavos había acabado con su carrera.

En cambio, un imbécil que conducía borracho podía volver como si nada al principal órgano legislativo del país.

Le dio tal golpe al televisor que lo apagó.

Más le valdría ayudar a Rose en vez de quedarse ahí, consumido por la indignación.

Tras el adiós de Carl, y aunque el título no figurara en su tarjeta de visita, Rose Knudsen había asumido el papel de jefa de facto del Departamento Q.

Su misión seguía siendo la misma: reabrir e investigar casos antiguos sin resolver de todo el país como departamento independiente bajo la responsabilidad del jefe de Homicidios de la policía de Copenhague, que, a fecha de 2023, era Terje Ploug.

En los dramáticos acontecimientos de 2021, a Terje le habían disparado en la espalda.

Se había recuperado sin secuelas y, para alivio de todos, tras la salida de Marcus Jacobsen le habían ofrecido el puesto a él.

Ya no era un jovencito y blasfemaba como un camellero, pero, por lo demás, era un hombre estoico con la suficiente inteligencia como para no entrometerse más de lo necesario en los trajines de Assad, Rose y Gordon.

Tampoco tenía razones para hacerlo. Rose tenía sus cosillas —bastantes, a decir verdad—, pero, a diferencia de Carl, manejaba a la perfección papeleo, plazos y agentes con la pechera llena de medallas, y, por ahora, aquello había bastado para mantener a raya a las altas esferas.

—Rose, ¿seguro que no necesitas ayuda? —gritó desde el otro lado del pasillo sin obtener respuesta.

Rose le había propuesto instalarse en el antiguo despacho de Carl, el mejor y más amplio local del sótano, pero Assad se había negado.

Estaba ilusionado como un niño pequeño por volver a su cuchitril, bajo las tuberías de la calefacción, desde que les anunciaron el regreso del Departamento Q a Teglholm.

«Qué buena noticia, Rose», había dicho Assad, dándole un abrazo.

Regresaban al bonito edificio de la Jefatura de Policía en el centro de Copenhague, lo que, a su parecer, era justo lo que les hacía falta para levantar el ánimo, que estaba por los suelos desde la renuncia de Gordon en el mes de junio.

El joven investigador había conocido a Jennifer, una peluquera de pueblo, y, para estar cerca de ella, había pedido una plaza de comisario que acababa de quedar vacante en la policía de Jutlandia y se la habían concedido.

Para Gordon suponía un gran avance profesional, pero Assad había derramado más de una lágrima ante la perspectiva de perderlo como compañero, y Rose había tratado por todos los medios de convencer al benjamín del equipo de que se quedase.

De hecho, Assad seguía tentándolo a «volver a casa» cada vez que lo llamaba a Jutlandia del Norte para charlar con él. Por ahora, ambos habían fracasado.

La realidad era que, en pocos años, el Departamento Q se había reducido de cuatro a dos miembros.