Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 2. Carl
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2. Carl

CARL

Carl Mørck había salido cansado ya de casa, y ver el escaparate de la librería del popular centro comercial Rødovre Centrum, con su nuevo libro apilado entre lápices de colores y las memorias de una influencer de veinticuatro años, no le levantó precisamente el ánimo.

«Va a ser un día para recordar», había sentenciado la editora con chiribitas en los ojos cuando el libro salió de la imprenta.

Sin embargo, para Carl el día del lanzamiento no era más que un mal necesario que había que superar de alguna manera.

Un año y medio atrás se había publicado con excelentes críticas La mujer que arañaba las paredes , pero la histeria mediática había sido muy superior a las ventas reales, y a Carl lo habían interrogado en tantas ocasiones sobre el «temido segundo libro» que había empezado a dudar de que escribir otra novela fuese una buena idea.

Pero de nada servía ya: su obra sobre los asesinatos del internado en los años ochenta había llegado a las tiendas y, por motivos que se le escapaban, le habían puesto el título Los chicos que cayeron en la trampa .

—¡Caaarl, venga, vamos! —Anni Larsen, la responsable de prensa de la editorial, le hizo un gesto para que entrase en la tienda.

Aquella era la última parada del día en la gira de presentación de su novela y, sabiendo lo que se le venía encima, Carl había declinado participar en la presentación oficial, plagada de discursos, para poder marcharse directamente a casa.

Se quitó la chaqueta de cuero y se dejó guiar por la voz de su acompañante, que hablaba de forma compulsiva.

Anni era encantadora, pero su don de palabra superaba incluso al de Rose y sus hermanas Vicky, Yrsa y Lise-Marie juntas.

Tenía además un talento fuera de serie para inundar la agenda de Carl con todo tipo de eventos disparatados.

«Tú cierra los ojos y piensa en las ventas», le había dicho cuando lo envió al norte de Selandia para hacer de jurado en un concurso de pasteles.

También lo había arrastrado hasta una fiesta de pueblo, donde tuvo que sufrir los experimentos reposteros de unos colegiales que, como era de esperar, no se habían lavado las manos en lo que llevaban de vacaciones.

De premio, le cayeron una multa de tráfico y un terrible ardor de estómago.

Para Anni el evento había sido un éxito rotundo, hasta el punto de que ya lo había propuesto como jurado para un concurso de cocina tradicional en la isla de Samsø.

Ese día Carl se aseguraría de tener otros planes.

«¡Es que la gente te quiere conocer a ti!

», arremetía Anni cada vez que Carl proponía enviar el libro o un par de citas sueltas en vez de presentarse en persona.

Pero, por lo que él podía ver, aquello no era del todo cierto.

Sin ir más lejos, en ese «día para recordar» no había ni un alma en la librería del centro comercial, así que todo apuntaba a que se pasaría la siguiente media hora mirando las musarañas y exhibiendo una sonrisa forzada.

Mientras Anni monopolizaba al atractivo librero con una desconcertante explicación sobre la portada de Los chicos que cayeron en la trampa, Carl fingía estar absorto en un póster a tamaño natural que anunciaba la visita de uno de los autores culinarios de mayor renombre del país.

Iría la semana siguiente a firmar libros y repartir hamburguesas veganas.

Para alivio de Carl, no había pósteres promocionando su propia visita, así que cuanto antes acabase aquel circo, antes podría volver a casa.

Cuando se publicó su primer libro sí que había accedido a asistir a la fiesta de presentación y a entrevistarse con periodistas de diversa calaña profesional para acabar escuchando y respondiendo la misma sarta de preguntas: «¿Cómo es tu día de trabajo?

», «¿te inspiras en la vida real?» y el tan manido «¿cuánto has ganado? ». ¡Menuda panda de fisgones!

Lo único que de verdad le importaba era ser libre otra vez y estar rodeado de los suyos.

Seguramente aprendió a valorar las pequeñas cosas durante aquellos malditos días que pasó encerrado en prisión; había sufrido en sus propias carnes la soledad, había conocido el miedo y rozado la desesperación, y las muchas noches en vela habían acabado por pasarle factura, enseñándole que, a fin de cuentas, el prestigio y el dinero no valían absolutamente nada.

—¿Estás listo, Carl? —La voz de Anni lo devolvió a la realidad del ahora más concurrido centro comercial.

La siguió a regañadientes.

En días como ese echaba de menos sus tiempos en el Departamento Q.

Aunque Gordon había conseguido un buen puesto en Jutlandia del Norte y ya no tenían tanta relación, sí seguía en contacto frecuente con Rose y Assad, que acababan de volver al sótano de la Jefatura de Policía.

El motivo oficial del traslado era la falta de espacio en las elegantes nuevas dependencias de la policía en la península de Teglholm, en el histórico distrito portuario de Copenhague.

Extraoficialmente, el Departamento Q era una entidad disfuncional que no encajaba en el molde de la policía moderna, donde todo funcionaba a base de hojas de cálculo, certificaciones iso y horarios fijos.

Los agentes de la Unidad de Investigación de Crímenes contra las Personas siempre habían mirado con recelo al Departamento Q, y más aún ahora que ya solo quedaban Rose y Assad.

A sus compañeros de Teglholm no les cabía en la cabeza que un equipo de dos personas con una tasa de casos resueltos en caída libre mereciese una mayor dotación económica y condiciones especiales.

Carl se atusó el cabello. Pensándolo bien, no echaba en absoluto de menos todos aquellos líos.

—Con ustedes, Carl Mørck —anunció Anni, como si estuvieran en la sala de convenciones más grande de Copenhague y no junto a una renqueante mesita con ruedas, cubierta torpemente con un mantel de terciopelo, que habían preparado en su honor frente al escaparate.

Carl se acercó con paso firme a dos mujeres que esperaban con su ejemplar recién comprado bajo el brazo. Lo último que Mona le había dicho aquella mañana al darle un beso de despedida fue que no se olvidase de sonreír.

«Tus lectores te adoran, se merecen una sonrisa», había sido su razonamiento.

Para Mona era fácil decirlo, claro, pero siguió sus instrucciones y sonrió.

—¡Magnífico! ¡Qué bien que os hayáis aventurado a venir hasta este rincón desolado por mí! —exclamó—. Y qué alegría que vayamos a acabar pronto. ¡No os perdáis al salir!

Anni dio un respingo y agarró un libro de la pila.

—¿Carl, podrías contarnos qué pueden esperar nuestras afortunadas lectoras de Los chicos que cayeron en la trampa ?

Carl dejó escapar un suspiro. Muy a su pesar, había dado su consentimiento por escrito para asistir a tormentos como aquel; «eventos», como los llamaba Anni.

—Sí, a ver… En 1987 se encontraron en una cabaña de veraneo los cuerpos sin vida de un chico y de su hermana.

Se trataba de un caso archivado sin resolver que reabrió el Departamento Q.

Habrá quienes encuentren nuestros métodos de investigación poco convencionales, pero eso prefiero dejarlo al criterio del lector.

Se quedó mirando a las dos mujeres que formaban su modesto público. Ambas llevaban el pelo corto con mechones más largos por delante de las orejas.

—¿Podemos hacernos un selfi? —preguntó una de ellas, sacando un smartphone del bolso.

Carl masculló un «claro que sí».

—¿Le importaría arrodillarse? —Las dos mujeres se le acoplaron mientras Carl se ponía en cuclillas y trataba de recordar cómo articular una sonrisa enigmática de escritor y no la de un vulgar vendedor de zapatos.

—¡Directito a Instagram! —dijo la dueña del smartphone antes de desaparecer con su compañera y de abandonar a Carl en el pasillo ahora desierto del centro comercial.

Anni estaba de vuelta en la librería conversando con el librero, momento que Carl aprovechó para contar la pila de libros que llevaba su nombre.

Sobre la mesa había una docena de ejemplares, y, por más que le gustase la tranquilidad, le fastidiaba estar allí, mirando al vacío sin que nadie advirtiese su presencia.

Jugaba con la idea de esconderse en los lavabos hasta que hubiesen pasado los treinta minutos de rigor, cuando apareció Anni con una euforia desbordada que tan solo podía augurar malas noticias para Carl.

—Tengo al teléfono a un reportero freelance —anunció. A ojos de Anni, toda publicidad era buena, por lo que los reporteros eran ángeles caídos del cielo—. Pelle Hyttested se llama.

Le pasó el móvil.

Carl frunció el ceño. El «angelito» Hyttested había trabajado durante años para la revista Gossip y había sido una auténtica piedra en el zapato.

Cuando Carl estaba en prisión preventiva, a Mona y a sus compañeros del Departamento Q se les había ocurrido pasarle al freelance información falsa sobre él, y Hyttested, que, por suerte, no tenía ni una pizca de sentido crítico, la había enviado a la revista sin contrastarla.

Como era de esperar, en cuanto lo declararon inocente, despidieron al reportero por difundir fake news , por lo que Carl no era ni de lejos santo de su devoción.

Lo que siguió al «Mørck, dígame» de Carl no fue precisamente un torrente de felicitaciones:

—Conque otro libro, ¿eh, Mørck? Y entiendo que se basa en hechos reales …

Te piraste del Departamento Q y ahora sacas tajada de los casos más truculentos.

Metes miedo a la gente e incluso revelas vuestros métodos de investigación…

Quizá eso explique el porcentaje escandalosamente bajo de casos resueltos del Departamento Q en los últimos años —lo acribilló Hyttested.

Carl se rascó la nuca sin saber qué responder a tantas sandeces.

Cuando lo detuvieron y lo pusieron entre rejas, hacía ya casi tres años, sus compañeros Gordon, Rose y Assad habían investigado y resuelto sin su ayuda tres homicidios relacionados con el caso de la pistola de clavos; en su opinión, una hazaña memorable.

—Me han dicho que la policía de Copenhague está presionando para cerrar el Departamento Q —siguió azuzándolo Pelle Hyttested.

—¿Y quién diablos dice eso?

—Mørck, ya sabes que un periodista jamás revela sus fuentes —replicó con aire misterioso.

—«Fuentes»… ¿Ahora llamas así a las vocecitas que tienes en la cabeza?

—A Carl le entraron ganas de darle una patada al móvil, pero logró contenerse ante la mirada de Anni—.

Escúchame, hace ya tiempo que dejé la policía.

No escribo por gusto, sino porque siento que es mi deber.

—Se hizo el silencio al otro lado del aparato—.

Escribo un retazo de la historia de Dinamarca y no trato de meter miedo a los lectores, sino de hacer que se sientan más seguros.

Porque ¿qué nos enseña el Departamento Q?

Seguía el silencio. ¿De verdad costaba tan poco hacer callar a Hyttested? Prosiguió:

—El Departamento Q nos enseña que ningún crimen vale la pena.

Sí, puede que un asesino logre huir de la justicia durante meses o incluso años, pero al final siempre aparece un documento, alguien se va de la lengua o decide aliviar su conciencia, se recupera una huella de adn…

Así que, tarde o temprano, se esclarece hasta el más horrendo de los crímenes.

El Departamento Q nos enseña que incluso el más débil puede acabar siendo el más fuerte, y que el bien siempre vence al mal.

Carl respiró hondo y le devolvió el móvil a Anni. Aquella perorata lo había dejado aturdido, así que buscó con la mirada un bar, una bodega o algún puesto de perritos calientes. Un filósofo en ciernes bien se merecía una cerveza y un cigarrillo en un sitio tan anodino como ese.

Pensó en echar una cabezadita apoyado en la pared; su stand a las puertas de la librería no estaba precisamente abarrotado, pero la sensación de que alguien lo estaba observando le hizo enderezarse.

Una mujer con vestido verde y abrigo de lana que fingía curiosear en el expositor giratorio de gafas de la librería no le quitaba el ojo de encima.

Pensando que podía ser una admiradora a la caza de un autógrafo, Carl le dedicó su sonrisa más sexy de escritor.

Pero su gesto tuvo el efecto contrario y la mujer, espantada, huyó a la tienda de al lado.

Ataviada con unas enormes gafas de sol, un pañuelo en la cabeza y el cuello del abrigo levantado, tenía toda la pinta de ir disfrazada, pero ¿quién narices se disfraza para ir a un centro comercial?

Cuando por fin pasó la media hora, Carl había logrado vender tres libros más con ayuda de Anni. La responsable de prensa lo envolvió en un abrazo que olía a perfume.

—Eso que dijiste de que, al final, las víctimas siempre ganan ha sido precioso. —Y añadió—: Me ha puesto los pelos de punta.

Carl trató de recordar qué genialidad había soltado cuando, por encima del hombro de Anni, volvió a ver a la mujer vestida de verde en el expositor de gafas, ahora con el abrigo colgado del brazo. Cuando Anni se fue, la mujer se armó de valor y se le acercó.

—¿Carl Mørck? —preguntó—. ¿Podemos hablar en privado?