Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11) 1. Gry
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1. Gry

GRY

Kevin se balanceaba frente a la puerta, encorvado hacia la cerradura como un anciano con poca vista, mientras forcejeaba sin acierto con un manojo de al menos cincuenta llaves.

Según tenía entendido Gry, cada una tenía un uso particular: abrían desde viejos archivadores hasta unas bicicletas de uso compartido que había comprado el municipio tras dejarse asesorar por una de esas modernas consultoras de ideas brillantes.

Y él parecía decidido a probarlas una por una.

—No sé yo, Kevin… ¿No sería mejor volver con los demás y buscar alguna tienda abierta por ahí? —sugirió Gry, impaciente, mirando por encima del hombro a su jefe, diez años más joven y sin el menor sentido de la coordinación desde hacía cuatro o cinco copas.

—Solo tengo que dar con el agujero… —La miró con ojos empañados, soltando una risita nerviosa—. ¡Igualito que ayer!

Gry estaba a punto de responderle con una sonrisa forzada cuando el sonido de una puerta abriéndose y cerrándose de golpe en alguna parte del inmueble captó su atención. Después de quince años en la Delegación de Salud y Mayores de Copenhague, notaba en los huesos cada susurro del edificio.

—Kevin, vámonos ya —imploró una vez más.

—Cierra el pico, Gro. ¡Ya casi lo tengo! —gruñó, arrodillándose para acercarse al ojo de la cerradura.

—Gry…, me llamo Gry. —Trató de mantener la calma, pero notó que la humillación se iba apoderando de ella y que el rubor le trepaba por el cuello y por las mejillas.

En la delegación, los compañeros llevaban desde las tres de la tarde bebiendo cerveza de lata y vino de cartón.

La cena se limitó a tres bolsas de patatas que fueron pasando de mano en mano.

A las seis, Gitta, de Recursos Humanos, se había deshecho de los zapatos y conectado el altavoz Bluetooth al móvil, y Bo, de Contabilidad, había encendido un cigarrillo sin el menor reparo.

Nadie tenía prisa por marcharse a casa. Fue entonces cuando Kevin se le acercó.

—Me parece que la llave de la verdadera fiesta la tienes tú —insinuó, con una sonrisa de oreja a oreja y un agrio tufo a cerveza. Gry se sintió a la vez halagada y desconcertada de que ese joven de pómulos marcados, responsable de la delegación, se hubiese fijado precisamente en ella.

A sus cincuenta y tres años, Gry era una soltera crónica con principios de hipertensión y completamente invisible a ojos de los jóvenes; en cambio, allí estaba él, mostrándose curioso sobre sus áreas de responsabilidad, tema que en su medio siglo de vida jamás había despertado el interés de nadie.

Al poco rato, Kevin apoyó un pie en su silla y le rozó el muslo con la punta del zapato. ¿La estaba acariciando? Cuanto más se vaciaba el cartón de vino, más se convencía de que así era, y cuando le pidió que lo acompañase hasta el pasillo, Gry tenía la libido desbocada.

—No olvides traer las llaves —susurró Kevin.

Gry estaba convencida de que esta vez había llegado su momento, el momento de ese sexo de oficina sin ataduras del que tanto había oído hablar, ¡y con un jefe de departamento…

! Por fin iba a vivirlo en primera persona.

Kevin se ocuparía de encontrar la estancia apropiada, cerrar la puerta, arrancarle la ropa y suplicarle un polvo a ella, la mujer más madura y con más experiencia de la delegación.

Se sentía importante, consciente de que todos sabían que era ella quien custodiaba el mítico manojo de llaves que abría todas las puertas del edificio.

Si la puerta del baño no se abría, Gry tenía la llave; si una puerta se cerraba de golpe, Gry tenía la solución; si a un muchacho atractivo le apetecía follar en la fotocopiadora, por narices había que hablar con Gry.

Pero, al llegar al cuarto de fotocopiadoras, tras haber pasado de largo por la sala de reuniones y su cómodo sofá, Kevin la siguió arrastrando por el pasillo.

—¿Adónde me llevas? —preguntó Gry, tratando de no quedarse atrás.

—A la bodega. ¡Que se nos ha acabado el «combustible», joder!

La «bodega» no estaba en el sótano, sino en un despacho al final del pasillo que hasta finales del verano de 2019 había ocupado Gunvor, la encargada del Servicio Municipal de Atención a la Demencia.

Recién llegado y con ganas de marcar territorio, Kevin la había puesto de patitas en la calle a escasos días de que cumpliese treinta años en el puesto.

Ocupar el despacho de Gunvor se interpretaba como un acto de traición, así que, con el tiempo, había pasado a ser la despensa de vinos de la Administración.

En la «bodega» se almacenaban cientos de botellas —vino tinto para recepciones, cava para aniversarios y los restos de los regalos navideños del personal del año anterior—, y nadie se preocupaba de llevar inventario.

—No podemos llevarnos nada de aquí, ¡estaríamos robando!

Gry se arrepintió de sus palabras en cuanto reparó en el surco que se había formado entre las oscuras cejas de Kevin.

—¿Es que ya no te acuerdas de quién manda aquí? Tan solo lo tomaremos prestado. Vamos a divertirnos un rato, ¡relájate!

La rodeó con el brazo, presionando su mejilla contra el calor de su pecho y, por unos instantes, Gry quiso creer, una vez más, que con «divertirnos» se refería a «echar un polvo».

Pero él simplemente forcejeaba con el manojo de llaves sin ni siquiera acordarse de su nombre.

—Yo me marcho —dijo, conteniendo las lágrimas; aunque Kevin ni la oyó, solo sonreía feliz al haber conseguido por fin encajar la llave en la cerradura.

—¡Soy un puto Indiana Jones! —exclamó, y encendió la luz para escrutar el cuarto abandonado.

Las viejas estanterías de Gunvor estaban a rebosar de botellas y cajitas de bombones con el escudo del municipio.

A la izquierda, en un archivador, se amontonaba todo lo que Gry calificaría de chatarra electrónica: impresoras, viejos teléfonos fijos, cables desparejados, enchufes y ventiladores de mesa polvorientos que deberían haberse llevado a reciclar al punto limpio hacía siglos.

—¡Mira lo que tenemos aquí! ¡El santo grial! —exclamó Kevin, agarrando una botella magnum de champán de uno de los estantes.

Hasta la propia Gry, criada en un barrio obrero de Rødby y perfecta ignorante en lo que a vinos se refería, sabía que aquella botella costaba un ojo de la cara.

—Kevin, déjala en su sitio, por favor. De esas no quedan más —suplicó con voz quebrada—. Yo ya no quiero saber nada.

Jamás había corrido riesgos ni cometido imprudencias; sus parejas sexuales se contaban con los dedos de una mano —tres, para ser exactos—. Y, sin embargo, allí estaba, dejándose llevar por sus más bajos instintos, a punto de robar en el trabajo.

—Tienes razón —concedió Kevin, y cambió el champán por dos botellas de vino tinto de otro estante, colocándose una de ellas bajo el brazo mientras alcanzaba la segunda—. De estas tienen a montones. ¡Toma! —Le lanzó el manojo de llaves con demasiada fuerza y le dio de lleno en la clavícula.

El inesperado y doloroso impacto hizo que golpease con el codo un teléfono de sobremesa, que emitió un pitido.

—Tiene un nuevo mensaje de emergencia —anunció una voz robótica de mujer.

—Pero ¿qué narices es eso? —Asombrado, Kevin dejó escapar una sonrisa nerviosa y contempló el aparato, en el que parpadeaba una luz roja.

—Alerta recibida el 10 de noviembre de 2019 a las 16.28 horas —añadió la voz.

—¡Hostias, pedazo de reliquia tenemos aquí! 2019… Esto es de cuando tú aún eras joven. —Kevin le propinó un codazo en el costado, y otra vez se ensañó más de lo necesario, pero en esta ocasión ella le sostuvo la mirada sin pestañear.

—¡Cállate de una vez! —Gry escupió las palabras una a una, subrayándolas con fuerza, mientras contemplaba el teléfono con un mal presentimiento.

¿Era posible que nadie hubiese escuchado aquel mensaje?

A Gunvor la habían despedido el 31 de octubre, Halloween, y al día siguiente le habían encargado precisamente a Gry que se deshiciera sin demora de la calabaza cuidadosamente tallada por su excompañera.

—Audimus… —Detrás de ella, Kevin miraba con fijación al contestador—. Esa mierda de programa fue lo primero que liquidé al llegar. Era demasiado caro.

—¡Shhhh! —ordenó ella y le mandó callar con un dedo para poder escuchar el contestador, que se estaba poniendo en marcha.

El mensaje de cuatro años atrás comenzaba con seis segundos de ruido de fondo que primero daban paso a una voz quebrada, como de anciana, que tarareaba una melodía fragmentada como si tuviese que hurgar en la memoria para encontrar cada nota, a la que después seguía otra voz, esta vez de hombre mayor.

Aunque se escuchaba a distancia, sus palabras sonaban con claridad:

—¡Socorro, auxilio! —gritaba una y otra vez con creciente desesperación, antes de que una tercera voz, también de hombre, aunque más joven, irrumpiera en la grabación.

—¡Que te calles, joder! —La nueva voz sonaba muy extraña y recordaba a la de un adolescente en plena pubertad—. No me dejas otra opción.

La mujer había dejado de tararear.

—Pero no querrás cargar con esto en la conciencia. ¡Mírala! —Al fondo, se oía al hombre implorar, como un padre que trataba que su hijo entrase en razón.

—¿Conciencia? ¿Me vas a dar tú lecciones de conciencia? —La aguda voz del joven sonaba nerviosa, rozando la histeria. Tras un par de segundos, añadió—: En su día no asumiste tu responsabilidad. Ahora seré yo quien te haga cargar con una responsabilidad que no te dejará vivir.

Se oyó un tumulto seguido de una voz de mujer gimiendo de modo estridente y sobrecogedor; de pronto, se hizo el silencio.

Gry fijó la mirada en el teléfono, pero no había nada más: el doble parpadeo de la luz roja indicaba que la grabación había finalizado.

Volvió la cabeza y observó a Kevin.

—Dices que cancelaste el programa. Quiero creer que se avisó a los usuarios…

La expresión de complacencia en torno a la boca de Kevin dio paso a un leve gesto de inseguridad.

—¡Pensé que alguien se ocuparía, maldita sea! ¡Soy el cerebro, no el puñetero conserje! —Sacudió la cabeza con fastidio, mientras la apuntaba con el índice en actitud amenazante—. Ahora, escúchame bien…, de esto ni una sola palabra a nadie, ¿está claro?

—Pero… —dijo Gry y apartó la mano de Kevin justo a tiempo de evitar que le clavase el dedo en el ojo—. Parece que hay una mujer herida. Tenemos que dar parte a la policía.

—¿A la policía? —dijo salpicándole la cara con gotas de saliva—.

Pero ¿te has vuelto gilipollas o qué? ¡Borra eso de una puta vez, ¿de acuerdo?

! O, si prefieres, al acabar el día me dejas tu renuncia sobre la mesa antes de largarte, y ya me encargaré yo de que no te contraten ni para fregar platos en todo el país.

Gry lo miró, atónita. Los ojos de él se entornaron.

—¿Sabes por qué este municipio funciona tan mal? —Kevin agarró sus botellas y se encaminó hacia la puerta—. ¡Por culpa de burócratas de manual y solteronas amargadas como tú, Gro! ¡Borra el maldito mensaje de una vez!