Las almas muertas no cantan (Los casos del Departamento Q 11)
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Prólogo. Jakob
Prólogo
JAKOB
En cuanto recuperó el conocimiento, Jakob volvió a sentir el frío. Un dolor mordiente le devoraba los dedos de las manos y le abrasaba los pies lacerados.
El termómetro no debía de marcar mucho más de cero grados; su aliento formaba pequeñas nubes blancas frente a la boca, y de sus hombros desnudos parecía emanar vapor en la oscuridad.
El escroto, en cambio, se le había vuelto del tamaño de una nuez y le dolía como si le hubieran propinado un puntapié.
Ojalá pudiera inclinarse hacia delante y encogerse como aquel contorsionista que había visto una vez en el circo, soplar aire caliente en la entrepierna, en las manos y en los pies y calentarse así todo el cuerpo, en especial los dedos de los pies.
Lise le recordaba todo el tiempo que un niño con una voz como la suya jamás debía dejar que se le enfriaran los pies.
Pero no podía hacer nada.
Lo habían atado al árbol con las manos detrás del tronco y allí seguía, desnudo y solo, abrazado al roble, a la orilla de un lago negro.
La áspera corteza se le clavaba en la mejilla, en las costillas y en la delicada piel del pecho.
Deseó con todas sus fuerzas volver a perder el conocimiento, escapar a un lugar cálido y agradable.
Pero ¿qué había que hacer para desmayarse?
Era un niño de diez años y, hasta ese día, nunca se había desmayado.
Giró la cabeza y vio detrás de él su pijama azul claro y sus calzoncillos de rayas, amontonados de cualquier manera sobre el suelo embarrado.
La ropa estaba sucia y empapada. Se la habían arrancado a tirones y, antes de marcharse, habían orinado sobre la ropa y luego sobre él.
Aunque la orina se había secado, y había formado una película sobre sus piernas y la parte baja de la espalda, el escozor persistía, como si le treparan por el cuerpo hormigas y escarabajos que le mordían la piel.
¿Cuánto tiempo llevaba allí? Ni siquiera lo sabía. El vocerío de los chavales se había apagado hacía rato y ya solo se oían los ruidos de la noche. La oscuridad y el agotamiento le habían hecho perder toda noción del tiempo.
Dejó caer la cabeza sobre los hombros. Su cuerpo estaba a punto de rendirse cuando, muy cerca de él, un leve crujido se mezcló con el susurro del viento entre las ramas desnudas que lo rodeaban. Bajó la mirada. Había un mirlo posado junto a sus pies.
—¿Y tú de dónde has salido? —preguntó Jakob.
El pájaro aleteó en la oscuridad, voló hasta posarse en su brazo y lo miró fijamente con ojos negros inquietos.
Las garras le perforaron la piel desnuda, y de pronto sintió que ambos se fundían en un solo ser.
A través del mirlo, algo de naturaleza oscura, casi animal, se fue introduciendo en él.
Cerró los ojos y le susurró que le daba del todo igual si venía de parte de Dios o del demonio con tal de que estuviera allí para ayudarlo.
Lo despertó el ruido de unas voces a su espalda. El mirlo que estaba apoyado en su brazo había desaparecido.
Jakob volvió a girar la cabeza. Tommy estaba sentado a orillas del lago junto a un poste del que colgaba un viejo salvavidas ya grisáceo. Al igual que Jakob, Tommy acababa de cumplir diez años, pero era rubio, un palmo más bajo y flaco como un insecto palo.
—Quiero irme a casa —dijo.
—Deja de lloriquear, Tommy. ¿Qué le voy a hacer si nos hemos equivocado de camino? —refunfuñó Berg, uno de los chicos mayores del coro, saliendo de entre la arboleda—. Vang, tú dijiste que el campamento escolar quedaba hacia el sur. Pero ¿dónde diablos está el sur?
Mads-Peter Vang apareció de mala gana de detrás de un árbol. El corpulento muchacho de once años pertenecía a la última generación de una larga estirpe de taciturnos pescadores del oeste de Jutlandia. Señaló con el índice un sendero un poco más adelante.
—Ya os he dicho que era por ahí —lo dijo en voz baja y evitó a toda costa mirar hacia Jakob—. ¿De verdad pensáis dejarlo aquí toda la noche? Podría morir si hay helada.
—¿Y quién ha dicho que vaya a helar? ¿Esas rodillas gordas que tienes? —Konrad, un niño delgado, con el pelo peinado hacia atrás y un aire permanente de soberbia, deambulaba de un lado a otro por el embarcadero.
—¿Qué pasa si nos delata? —preguntó Tommy. La idea de orinar sobre Jakob había sido suya; quería impresionar a los chicos mayores. Ahora ya no sonaba tan fanfarrón.
—¡Que lo intente si se atreve! —Los ojos de Berg se movían nerviosos en la oscuridad.
Era un chico guapo y mimado y, hasta la llegada de Jakob, su voz había sido indiscutiblemente la más hermosa del coro.
Ahora Berg y Konrad tenían ya trece años; podía empezar a cambiarles la voz en cualquier momento.
—No pienso chivarme. —Jakob se sorprendió de que aún pudiera hablar, con la boca tan seca como la tenía.
Konrad ladeó la cabeza y se le acercó con sigilo, como una hiena.
—¡Puaj! ¿Qué es ese olor? —Se situó detrás de Jakob y se inclinó hacia delante, ensanchando las fosas nasales—. ¡Pero si apesta a meado!
Berg también se acercó. Una sonrisa torcida se le dibujó en la comisura de los labios mientras se inclinaba sobre el triste montón de ropa de Jakob.
—Tienes razón, huele fatal. A un marrano así no lo podemos llevar de vuelta al dormitorio, Vang.
—Pues deja que se lave un poco. Puedo prestarle mi jersey. —Vang hizo amago de quitarse su suéter islandés.
—¡Qué buena idea! —Berg chasqueó los dedos señalando a Vang antes de dar media vuelta y colocarse detrás del árbol.
De pronto Jakob sintió cómo la cuerda que le ataba las manos se aflojaba, pero entonces Konrad lo agarró por el brazo como si se fuera a escapar.
¡Como si pudiera hacerlo! Sus pies parecían bloques de hielo y sus piernas, gelatina; apenas podían sostenerlo cuando Konrad lo llevó a rastras hasta el embarcadero.
—Ahora escúchame, niño prodigio. —Berg, que le sacaba al menos una cabeza, se plantó muy cerca de él y, con un gruñido, murmuró—: Salta al agua.
Jakob no se atrevió a alzar la mirada.
—No sé nadar. —El pánico se le propagó desde el diafragma hasta el bajo vientre y no pudo hacer nada por contener la orina.
—¡Jolín, qué asco! —Konrad hizo una mueca, como si estuviera a punto de vomitar—. Pero ¿tú no tienes modales? —Le apretó el brazo con fuerza y lo acercó aún más al borde del embarcadero.
—¿Vosotros sois tontos o qué? —Vang observaba la escena con los ojos muy abiertos—. A ver, no quería decir eso, pero es que puede que el lago tenga dos metros de profundidad, o que ni siquiera tenga fondo.
Jakob contempló el agua negra. Vang estaba en lo cierto. No se podía ver el fondo, menos aún en la oscuridad. Quizá no fuera un lago de verdad, sino un pantano, y sabía muy bien que los pantanos eran traicioneros. El fango cenagoso podía arrastrar incluso a un adulto a las profundidades.
Tommy se acercó corriendo por detrás, y entonces Jakob distinguió algo azul claro revoloteando por el aire. Volvió la vista al lago; la camisa de su pijama acababa de posarse sobre la superficie, a dos o tres metros de allí.
—Más te vale ir a recoger el pijama. —Berg lo miró como un lobo al acecho—. Date prisa, ¿o no quieres volver al campamento?
—Pero… no sé… nadar. —Jakob intentó dar un pisotón en el suelo, pero le dolía demasiado el pie.
—¡Que vayas a buscarlo!
Berg empujó a Jakob hasta hacerle perder el equilibrio. Entonces, Konrad lo sujetó por los brazos y Berg por las piernas, y lo levantaron del suelo.
Lo balancearon en el aire un instante antes de lanzarlo al agua.
Cayó en plancha. El agua helada le cortó la respiración.
Jadeando sin control, luchó por mantener la cabeza sobre la superficie, moviendo los brazos y pataleando en la negrura del lago como un perro.
Sus pies buscaron el fondo y arañaron algo viscoso y esponjoso, pero no encontraron nada que los sostuviera.
Oyó que alguien gritaba, pero no alcanzó a descifrar las palabras.
El frío le calaba hasta los huesos y el agua amenazaba con inundarle la boca y bajarle por la garganta.
Sabía que tenía que salir de allí si no quería morir, pero no era capaz de orientarse.
Ya no diferenciaba delante de detrás ni arriba de abajo; el frío le había paralizado los sentidos y todo a su alrededor era oscuridad: el agua, el bosque, la noche.
Algo duro lo golpeó en la cabeza. ¿Una piedra?
La siguió otra más, y una tercera lo alcanzó en la sien, aunque su cuerpo apenas lo sintió.
De repente, el insoportable frío que lo había invadido dio paso a un envolvente calor, y pensó que quizá lo mejor fuera entregarse a aquella suave y tentadora calidez.
¿Se entristecerían por fin sus padres? Asger y Lise sin duda sí lo harían.
Eso fue lo último que le pasó por la cabeza antes de que las fuerzas lo abandonaran y el agua se lo tragase.