LAS ALAS DE CLARA Capitulo 50
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Capitulo 50

El comienzo de una nueva mision

La noche había caído sobre la ciudad.

Desde la ventana del departamento contemplaba las luces que se extendían hasta donde mi vista alcanzaba. Todo era nuevo para nosotros: las calles, las voces, los rostros y hasta el aroma del viento. Sin embargo, había algo que nunca cambiaría.

Nuestro Padre seguía guiando cada uno de nuestros pasos.

Entré al cuarto de Carmen.

Dormía profundamente, abrazando el pequeño peluche que había traído desde nuestro antiguo hogar.

Sonreí al verla. Ya no era aquella bebé que me miraba y reía al sentir mi presencia.

Había crecido. Sus pasos eran más firmes, sus oraciones más sinceras y su corazón comenzaba a comprender el amor de Dios.

Me arrodillé a su lado y oré en silencio.

—Gracias, Padre, por permitirme acompañarla hasta aquí.

Al levantar la mirada descubrí que mis alas brillaban con una intensidad que nunca antes había visto. No era porque yo fuera más fuerte que antes, sino porque había aprendido que ningún guardián camina solo.

Recordé a Morillo, a Alejandro, a Aníbal, a Angélica, a Betsy, a Manuel, a Amateus y a tantos hermanos que nuestro Padre había puesto en mi camino. Cada uno me había enseñado una lección que jamás olvidaría.

Entonces escuché una voz conocida detrás de mí.

Era Matías.

—Hermana Clara.

Me volví para saludarlo.

Él sonreía.

—Has cuidado muy bien de Carmen durante esta primera etapa de su vida.

Sentí una inmensa alegría.

—¿Lo he hecho bien?

Matías asintió.

—Lo has hecho con amor. Y cuando un guardián ama de verdad a su protegido, nuestro Padre completa lo que aún le falta aprender.

Guardó silencio unos instantes mientras contemplábamos a Carmen dormir.

Después añadió con una serenidad que hizo latir mi corazón con fuerza:

—Pero prepárate, Clara... La infancia está llegando a su fin. Muy pronto comenzarán las decisiones que marcarán el resto de su vida.

Miré nuevamente a Carmen.

Por primera vez comprendí que ya no podía protegerla únicamente con mis alas.

Tendría que ayudarla a fortalecer su corazón para que ella misma eligiera siempre la luz.

Respiré profundamente.

Ya no era la guardiana insegura que había despertado junto a una pequeña cuna años atrás.

Había aprendido a confiar, a esperar y a caminar junto a mis hermanos.

Sonreí mientras observaba el amanecer asomarse por el horizonte.

Una etapa había terminado.

Otra, mucho más grande, estaba por comenzar.