CAPITULO 49
La sabiduria del camino
—Hermana Clara, tranquilízate. No sientas temor. Nuestros hermanos siempre estarán dispuestos a ayudarnos.
Morillo habló con tanta serenidad que poco a poco la inquietud comenzó a desaparecer de mi corazón.
—Siempre habrá seres humanos con comportamientos difíciles de comprender. Algunos cargarán heridas muy profundas y tomarán decisiones que nos causarán dolor. Pero entre nosotros, los guardianes, nunca dejaremos de apoyarnos.
Bajé la mirada.
—Carmen sintió miedo... y yo también. No supe cómo reaccionar ni transmitirle la tranquilidad que Aníbal le dio a Pablo.
Morillo sonrió con paciencia.
—No te culpes, hermana.
Entonces abrió ligeramente sus alas, que poco a poco recuperaban el brillo que habían perdido.
—¿Ves mis alas? Hace un momento también estaban oscurecidas. Cuando recuperé la paz, su luz volvió a reflejarse. Eso también nos sucede a nosotros.
Lo observé con atención.
—Tú aún estás aprendiendo. Cada experiencia fortalecerá tu corazón y tus alas. Poco a poco adquirirás la sabiduría necesaria para guiar a Carmen cada vez mejor.
Guardó silencio un instante y después añadió:
—Eres capaz, Clara. Todos nosotros lo sabemos.
Sus palabras me llenaron de esperanza.
Morillo levantó la vista y continuó:
—Guiar a la madre de Carmen también ha sido un gran desafío para mí. Todavía me queda mucho por aprender y sé que el camino será largo.
Sonrió con humildad.
—Yo también he cometido errores por mi inexperiencia. Ningún guardián nace sabiéndolo todo. Nuestro Padre nos enseña paso a paso, y cada prueba nos prepara para la siguiente.
Sentí cómo el peso que llevaba en el corazón comenzaba a desaparecer.
Comprendí que aprender no era una señal de debilidad, sino parte del camino que todo guardián debía recorrer.