LAS ALAS DE CLARA Capitulo 48
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Capitulo 48

Alas marcadas por la batalla

—Clara, hermanita... estás muy callada —dijo Alejandro mientras regresábamos a casa.

Lo miré y sonreí ligeramente.

—Sí, hermano. Tengo tantas preguntas que ya no sé por cuál empezar.

Alejandro soltó una carcajada.

—Jajaja... hermanita, pronto comprenderás muchas cosas. Nuestro Padre revela cada respuesta en el momento perfecto.

Aquellas palabras me dieron tranquilidad.

Al llegar al edificio donde ahora vivíamos, Morillo se detuvo de repente.

Sus alas se tensaron.

—Atentos, hermanos. Permanezcan en guardia.

Alejandro, Aníbal y yo reaccionamos de inmediato.

A pocos metros de la entrada había dos muchachos sentados en el suelo. Sus ropas estaban sucias y desgastadas; el cabello, desordenado, y sus rostros reflejaban el cansancio de quien ha sufrido mucho.

Junto a cada uno de ellos permanecía un ángel guardián.

Sus alas eran casi completamente negras.

Sentí un escalofrío.

Ellos nos miraron y sonrieron con amabilidad, pero, aun así, no pude evitar sentir temor.

Morillo se acercó discretamente.

—Compónte, hermana Clara. No dejes que noten tu miedo.

Respiré profundamente e intenté serenarme.

En ese instante, uno de los muchachos se levantó y caminó directamente hacia Pablo.

Aníbal reaccionó por instinto.

Extendió una de sus alas y cubrió a Pablo mientras permanecía atento a cada movimiento.

El joven sonrió y saludó a Pablo con amabilidad.

Entonces su ángel guardián se acercó rápidamente y le susurró al oído con firmeza:

—Déjalo pasar.

El muchacho bajó la mirada de inmediato, dio un paso atrás y regresó junto a su compañero sin decir una palabra.

Su guardián levantó entonces la vista hacia nosotros.

Con la cabeza inclinada y una profunda humildad en la voz, dijo:

—Perdónennos, hermanos.

Durante unos segundos nadie habló.

Yo seguía observando aquellas alas oscuras.

No veía maldad en sus rostros.

Solo un inmenso cansancio.

Comprendí que, algunas veces, las alas no se oscurecen por falta de amor...

Sino por el peso de batallas que parecen no tener fin.

Y en ese instante sentí compasión por aquellos hermanos que, aun agotados, seguían luchando por sus protegidos.