LAS ALAS DE CLARA Capitulo 39
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Capitulo 39

Ahora estamos en casa

—Gracias, Dios mío, por poner en nuestro camino a un niño como Pablo. Sabemos que es tu voluntad y que nos bendices día tras día. Hoy queremos darte gracias por nuestros dos hijos: Carmen y Pablo. Danos sabiduría para guiarlos por tus caminos y enséñanos a amarlos como Tú nos amas.

—Amén —respondieron todos.

La mamá de Carmen terminó la oración y comenzó la cena.

Miré a Pablo.

Tenía los ojos humedecidos.

Aquel niño, que había conocido el abandono, el hambre y la soledad, por primera vez en su vida se sintió verdaderamente querido.

Mientras la familia compartía la mesa, me acerqué a Aníbal.

—Hermano, ¿cómo te sientes?

Él sonrió con serenidad.

—Mucho mejor, hermana Clara. Me estoy recuperando muy rápido.

Morillo apoyó una mano sobre su hombro.

—Nos alegra verte así.

Aníbal levantó la mirada hacia el cielo.

—Gracias a nuestro Padre encontré hermanos con quienes compartir esta misión. Después de la oración que hicimos esta mañana, sentí una fuerza que hacía mucho tiempo no experimentaba. Sé que el Señor me concederá permanecer junto a ustedes durante muchos años más.

Morillo sonrió.

—Claro que sí, hermano. Nuestro Padre nos enseñó que debemos amarnos y sostenernos unos a otros.

Continuábamos junto a nuestros protegidos cuando, de pronto, Morillo levantó la cabeza.

Sus alas se desplegaron de inmediato.

—¡Atentos, hermanos!

Alejandro, Aníbal y yo reaccionamos al instante.

Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.

Había sombras en distintos rincones de la casa.

—¿Cómo pudieron entrar tan rápido? —pregunté.

Sin perder un segundo, extendimos nuestras alas y comenzamos a orar.

La luz que brotó de nosotros formó un escudo protector alrededor de toda la familia.

Las sombras intentaron acercarse, pero desaparecieron una tras otra al ser alcanzadas por aquella luz.

Todo ocurrió en apenas unos instantes.

Cuando el peligro pasó, Aníbal bajó lentamente sus alas.

—Hermanos... estas son las sombras que han perseguido a Pablo durante años.

Lo miramos en silencio.

Su voz comenzó a quebrarse.

—He luchado muchas veces contra ellas. Pablo tiene un corazón noble, pero ha vivido demasiado solo. Las tentaciones para un niño sin hogar son innumerables.

Sus ojos se llenaron de tristeza.

—Hubo noches en las que durmió en un parque. Yo extendía mis alas sobre él para protegerlo del frío y de las sombras. Hice todo lo que pude para mantenerlas alejadas, pero cada batalla me iba debilitando un poco más.

Sentí un nudo en la garganta.

Aníbal continuó.

—Quise llevarlo muchas veces a la casa de nuestro Padre. Allí habría recuperado mis fuerzas. Pero no podía dejarlo solo ni un instante. Cada vez que pensaba en alejarme para buscar ayuda, temía que algo le sucediera.

Guardó silencio.

Comprendí entonces el inmenso peso que había cargado durante tantos años.

Morillo dio un paso al frente y lo abrazó.

—Hermano... ahora estás en casa.

Alejandro también se acercó.

—Ya no volverás a luchar solo.

Yo los abracé a ambos.

—Somos una familia. Las batallas de uno también son las batallas de todos.

Aníbal cerró los ojos por un instante.

Por primera vez desde que lo conocimos, pude ver un brillo de verdadera esperanza en sus alas.

Había encontrado un hogar.

Y también una familia de hermanos que jamás volvería a dejarlo solo.