LAS ALAS DE CLARA Capitulo 37
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Capitulo 37

Nunca estas solo

Ya en el automóvil, camino a casa, comencé a sentir un extraño malestar.

Todo mi cuerpo se debilitó.

Mis alas empezaron a temblar sin que pudiera controlarlas.

—Morillo... algo no está bien.

Él me miró de inmediato.

Antes de que pudiera responder, el automóvil frenó bruscamente.

El papá de Carmen abrió la puerta y salió corriendo.

Había un niño tendido a un lado de la autopista.

Se arrodilló junto a él y, mientras intentaba ayudarlo, repetía una y otra vez:

—¿Estás bien? ¿Me escuchas? Tranquilo... ya pedimos ayuda.

Yo permanecía junto a Carmen, cubriéndola con mis alas.

Alejandro tranquilizaba al papá de Carmen, mientras Morillo susurraba al oído de la mamá:

—Todo estará bien. Mantén la calma.

Pocos minutos después llegó la ambulancia.

Los paramédicos atendieron al pequeño y lo trasladaron de inmediato al hospital.

Nosotros fuimos detrás de ellos.

Al llegar, la policía entrevistó al papá de Carmen para conocer lo ocurrido.

Después de revisar la escena y escuchar a los testigos, confirmaron que él nunca había atropellado al niño.

Simplemente lo había encontrado desmayado a un costado de la carretera.

Los médicos descubrieron algo aún más doloroso.

El pequeño estaba desnutrido y vivía sin una familia que pudiera cuidar de él.

Era huérfano.

Mientras esperábamos la llegada de la asistente social, Carmen permanecía abrazada a su mamá, todavía confundida por todo lo que había sucedido.

Entonces Morillo preguntó con preocupación:

—¿Dónde está el hermano guardián de ese niño? Ninguno de nosotros lo ha visto.

Todos comenzamos a mirar alrededor.

El silencio se hizo pesado.

De pronto escuchamos una voz muy débil.

—...Soy Aníbal... hermanos...

Nos giramos al mismo tiempo.

Quedé completamente sorprendida.

A unos metros de nosotros apareció un ángel casi transparente.

Su cuerpo apenas podía distinguirse y sus alas habían perdido casi todo su brillo.

Parecía desvanecerse poco a poco.

Mis hermanos estaban tan confundidos como yo.

Aníbal intentó sonreír.

—No quiero causarles tristeza... solo... necesito su ayuda...

No pudo decir más.

Su cuerpo perdió las fuerzas y cayó al suelo.

En ese mismo instante apareció Matías acompañado por dos ángeles guías.

Su sola presencia llenó el lugar de paz.

Matías se acercó a Aníbal y nos miró con serenidad.

—Hermanos, nosotros nos haremos cargo de esta situación.

Todos permanecimos en silencio.

Entonces continuó:

—El hermano Aníbal está debilitado porque su protegido también lo está. Durante mucho tiempo ha luchado solo por ese pequeño. Su inmenso amor lo llevó a entregar todas sus fuerzas para sostenerlo.

Sentí un nudo en la garganta.

Miré a aquel hermano y comprendí que el sufrimiento de un protegido también podía consumir lentamente a su guardián.

Los guías levantaron con delicadeza a Aníbal y lo envolvieron con su luz.

Antes de retirarse, Matías nos dirigió unas últimas palabras:

—Nunca olviden esto: cuando crean que ya no pueden más, no están solos. Nuestro Padre siempre envía ayuda en el momento preciso.

Observé cómo se alejaban.

La tristeza llenó mi corazón, pero también una profunda esperanza.

Una vez más comprendí que, aun en los momentos más difíciles, nuestro Padre jamás abandona a ninguno de sus hijos... ni tampoco a quienes los protegemos con amor.