Capitulo 35
La voz de Carmen
—¡Oh, Carmen! Ya cumplimos ocho años.
La contemplé con una inmensa sonrisa.
Llevaba un hermoso vestido floreado que resaltaba la dulzura de su rostro.
Me acerqué y le susurré al oído:
—Estás preciosa, mi pequeña. Gracias por escucharme durante todos estos años.
Aunque ya no podía verme como cuando era niña, sentí que una suave sonrisa iluminó su rostro.
Me volví hacia Morillo.
—Gracias, hermano, por haber guiado a su madre por el camino que nuestro Padre eligió para ella. Se ha convertido en un hermoso ejemplo para Carmen.
Morillo sonrió con humildad.
—Ha sido la gracia de Dios, hermanita. Nosotros solo inspiramos; son ellos quienes deciden abrir su corazón.
Aquella mañana era muy especial.
Carmen presentaría la prueba para ingresar al coro de la iglesia.
No pude evitar sentir los mismos nervios que ella.
Morillo me miró divertido.
—Tranquila, hermanita. Creo que estás más nerviosa que tu protegida.
Los tres reímos.
Al llegar a la iglesia, una voz conocida me llamó.
—¡Hermana Clara!
Me giré de inmediato.
—¡Angélica!
Corrimos a abrazarnos con la alegría de dos hermanas que siempre encontraban consuelo la una en la otra.
—Qué felicidad verte otra vez.
—Y a mí verte a ti, hermana.
Entramos juntas en la casa de nuestro Padre.
Como siempre, una paz indescriptible inundó todo mi ser.
El canto de nuestros hermanos llenaba el templo con melodías tan hermosas que parecía que el mismo cielo descendía sobre nosotros.
Cada nota era una alabanza.
Cada voz era una oración.
Mientras los niños se preparaban para cantar, pude sentir que todo el templo estaba envuelto por la presencia de Dios.
Cuando llegó el turno de Carmen, el silencio lo abrazó todo.
Ella respiró profundamente y comenzó a cantar.
Su voz era dulce, delicada y llena de una pureza que conmovía el corazón.
No era solo una niña cantando.
Era un alma alabando a su Creador.
Las personas presentes permanecieron inmóviles, escuchándola con admiración.
Muchos sonreían.
Otros tenían los ojos llenos de lágrimas.
Yo no pude contener las mías.
Lloraba de orgullo.
Lloraba de amor.
Lloraba de gratitud.
Miré a aquella niña que había protegido desde el instante mismo de su nacimiento.
A la pequeña a quien tantas veces había abrazado en silencio.
A quien había guiado con suaves susurros para que jamás se apartara del camino de nuestro Padre.
Y mientras su voz llenaba el templo, elevé mi mirada al cielo.
—Gracias, Padre amado, por permitirme cuidar de Carmen. Que nunca olvide cuánto la amas. Que jamás se aparte de Ti, que entregaste a tu único Hijo para salvarnos y enseñarnos el camino del amor eterno.
En ese instante comprendí que la alabanza más hermosa no era la que salía de la voz de Carmen.
Era la que nacía de un corazón que había aprendido a amar profundamente a Dios.